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¡Qué susto! ¡Y qué vergüenza! ¡Si hubierais visto cómo corrí! En un instante comprendí lo que sucedía y a la velocidad del rayo escapé de allí. ¡Ay, Dios! ¿Qué habrán pensado de mí? Pero ¿qué otra cosa podía hacer si ya empezaba mi cuerpo a transformarse? Pensé que no lo lograría, que descubrirían mi impostura y para siempre me enjaularían como a un absurdo y vulgar monito de feria. ¿Y qué creéis que hubiera sucedido entonces? Expuesto mi secreto a la curiosidad malsana de tanto entrometido, mi vida ya nunca habría vuelto a ser la misma. Sé que yo no hubiera podido soportarlo y por eso fue que me asusté tanto. Sí, me asusté muchísimo, lo reconozco. Y pese a todo… ¡Ay! ¡Haber tenido que huir de esa manera! ¡Quién iba a imaginarlo! Y justo, lástima, cuando mi plan rodaba ya a las mil maravillas. Aquella hechicera maldita tuvo la culpa ¡mira qué confundir el embrujo…! ¡Las doce campanadas pertenecen a otro cuento! Todo el mundo sabe que nunca −¡nunca jamás!− tuvieron nada que ver con el mar y sus sirenas.
El verano del 85 se marchó mar adentro, subido a la resaca de la última ola. Lo vimos alejarse, recostados en la barca, como si nuestros pies fueran punto de mira para no errar el tiro del arpón que debía regresarlo. Pero no éramos lobos de mar, sino grumetes atrapados en la red de nuestros cuerpos. Así que regresamos a la playa sin la presa y nos fuimos al hotel, paseando de la mano, unidos y distantes; como dos ciudades separadas por mil leguas de mundo y un océano de tiempo.
Los veranos, después, llegaron como llega el oleaje de un mar sin disciplina. A veces llegaban varios juntos, y se iban vacíos con sus peces escuálidos. A veces llegaban solos, y subían a la barca para bambolearse en el eco de tu risa desatada por mis torpes intentos de enfocar el objetivo. Aún guardo esa foto de tus pies sobre el mar, apuntando al horizonte. A veces me cruzo con ella, cuando intento organizar mis desordenes domésticos. Y entrecierro los ojos. Y apunto entre tus dedos. Y aprieto el gatillo. Y tiro de la maroma de aire hacia mi pecho hasta que regresa, aquel 85, con el arpón clavado.
Dos años de preparación para un golpe de quince minutos. Cien millones de euros a repartir entre cinco profesionales. Un chalet en Barbados de medio millón. Una colección de coches valorada en novecientos mil euros. Una piscina olímpica de cincuenta por veinticinco. Una rubia de noventa, sesenta, noventa a juego con la piscina, la casa y los coches. Una previsión de vida de más de medio siglo… y todo se me viene abajo por contratar a un abogado mezquino, negociar una pensión de divorcio ridícula y abrir la puerta a una exmujer despechada armada con un cuchillo de la Teletienda de nueve con noventa y nueve.
Los celos son esas ondas concéntricas que aparecen en el agua queda cuando algo perturba la superficie; primero aparece una, insignificante, que se va haciendo más grande, después aparece otra…
Ella creía que aquello de los celos lo había superado con los años de matrimonio, porque de novia lo pasó muy mal y en más de una ocasión apareció la fiera en que se convertía. Creyó olvidarlos definitivamente con la llegada de Samuel, su príncipe, el único hombre sobre la tierra que, este sí, eternamente sería suyo.
Pero la vida no siempre está en calma, como tampoco el agua de un lago, y la suya estalló precisamente el día en que él le había regalado aquella preciosa pulsera para el tobillo. Ella ahora sabe que no debería haber actuado así, pero entonces no pudo soportar, débil como era, que él paseara de la mano con aquella mujer, una mujer que no era su madre.
Cada tarde, sentada al borde del embarcadero, con los pies colgando, veo ponerse el sol tras la montaña. Los reflejos sobre el agua del lago, el color del crepúsculo y la melancolía que me inunda, hace que cada tarde, ante tan insinuante pose de suicida atormentada, se me acerquen, como moscas, buenos samaritanos, curiosos o ligones. A veces son realmente apuestos los que se me pegan y entonces, con ellos, alargo la conversación y el rato mágico de la tarde.
Ya no quedo con mis amigas. Ligo mucho más al borde del embarcadero que en los paseos pueblerinos viendo las mismas caras día tras día. ¡Dónde va a parar!
Hoy ha sido desconcertante pues he visto, de reojo, a un guapo joven que hablaba con unos señores de blanco y señalaba hacia mí. Al rato han venido esos hombres de bata blanca y me han puesto la camisa con correas de la que no puedo zafarme.
Mañana tendré que escaparme otra vez.
IsidroMoreno
Confieso que, de un tiempo a esta parte, esperaba ansioso sus publicaciones en Instagram. Siempre marcando tendencia, siempre a la moda, siempre ideal y, siempre, esquiva. Nunca muestra su rostro. Sólo manos.. y, especialmente, pies. En un banco, en la hierba, en el mar…
El mar. Una pasión que nos unía. Yo solo he estado una vez en Benidorm, pero ella… Ella ha recorrido mundo. Aguas turquesas, azul intenso, verdosas, transparentes, tranquilas, agitadas…. Siempre acompañadas por lindas palabras, etiquetas viajeras y sentimentales que dejaban volar la imaginación.
Me gusta. Me gustaba. Hoy vi su última foto publicada en las redes. De hecho ya la había visto. Pero ahora estaba en el telediario y con imágenes de mi calle y mi edificio.
Han encontrado el cuerpo en su domicilio. Todavía no se sabe cuándo o cómo murió, ni por qué dejó programadas tantas entradas en las redes sociales. Montajes. Todo falso. Hasta tenía una tela verde en una pared del salón.
Al volver a casa he subido hasta el quinto. Esta vez no he podido entrar. La puerta está precintada como en las películas.
Saco el móvil. Me hago un selfie y comparto con su hastag póstumo: #LaMuertadeInstagram
Tengo casi sesenta años. Y el recuerdo de cuando tenía diez, once, doce. De cómo bajábamos al río y me ponía en el tobillo la pulsera de cuentas de cristal. Era buen nadador. Jugaba mal al fútbol. No me gustaba coger cangrejos, pero lo hacía. Ni ranas o lagartijas, y también lo hacía. Luego comenzaron las charlas de chicas. Ellas me gustaban, a mi manera, y eso me ayudaba a disimular. Poco a poco necesité algo más para sentirme bien, y dejé de usar la tobillera.
Esta tarde voy de compras. Algo corto y con encaje. Diré, como siempre, que es un regalo para mi mujer. Ahora, pasado el tiempo, sé que nunca volveré a sentirme como con aquella pulsera en mi pie. Podía llevarla por la calle sin que nadie mirara.
La contundencia del padre no admitía negativas: Aquí solo hay miseria y va a seguir habiéndola cada vez más. Yo ya no me voy a ir, pero tú debes marcharte cuanto antes. Hazte un hatillo con lo que puedas y llégate a algún lugar donde encuentres otros posibles. Busca una vía de tren y escoge el camino que quieras. Verás que aunque los raíles van paralelos se juntan en el horizonte, pero eso no indica un final, dicen que es un efecto óptico fuera de mis entendederas. Tú no desesperes y sigue sin volver la vista atrás; olvídate de mí y de este maldito lugar como si nunca hubiéramos existido.
En algún momento, vuelve a bajar a sus pies desnudos. Tras besarlos unos instantes, le separa las piernas y comienza a ascender muy muy despacito, sin parar de acariciar y lamer esos miembros casi interminables.
Cuando ya está en el ángulo donde los muslos se funden, y antes de seguir jugando, repite su característico ¡ya he llegado!
–Lo sé, lo sé siempre –manifiesta la mujer entre una tenue risa y un placer acomodado.
Él, en realidad, eso no se lo dice a ella.
Después de una recta de varios kilómetros, una curva, y tras ella un pueblo. Su calle principal: dos líneas de casas que titilan en la reverberación del sol en el asfalto. Parecen ir del brazo y andar a pasitos desacompasados como viejas reumáticas. Luego, unas cuantas granjas más repartidas al tuntún entre retama y rastrojos. Sentada en lo alto del trampolín del falso edén de arena caribeña inaugurado por el alcalde —para que nuestros jóvenes no tengan que irse a buscar otros divertimentos por ahí, había dicho con voz engolada—, y con los ojos entrecerrados por la luz inmisericorde, la joven del bikini azul eléctrico mira por encima de los cipreses guardianes del edén. Aún les queda por crecer si quieren poder rivalizar un día con los del cementerio. Abajo, el chico de las Ray Ban de espejo no la mira, nunca lo hace. Sin embargo hoy se siente guapa. Ha podido cogerle el bikini a su hermana, el que deja las nalgas muy al aire y tiene algo de relleno para las tetas. La chica del trampolín mira el agua. De repente le llega el olor pestilente de una nave avícola cercana. Frunce el ceño. Se tira.
Otro año más empieza el peregrinar del ánade real hacia los humedales del sur, a sus tardes soleadas. Otro año más estoy sentada sobre la madera fría del embarcadero, estudiando cómo propulsa sus patas anaranjadas del agua al aire, juntando mis pies en sintonía. Y no lo entiendo. Por más que papá diga que tengo dos pies izquierdos yo los veo diferentes, más allá de su simetría en el espejo. La disposición de los dedos, la curva del empeine… Todo normal. Por no disgustarle llevo en el tobillo la pulsera de cuentas que me regaló. «Así –me explicó– sabrás que tienes que adelantar primero el que está desnudo. Plantarlo bien en el suelo. Uno primero y otro después. Nunca los dos a la vez». Luego me llamó pato mareao, y nos reímos. Hoy he amanecido con la sospecha de que me quiere suya, como ave anillada. Los años pasan y no me convierto en el cisne prometido. Mis pies han formado una punta de flecha que indica una dirección. Un lugar compartido por el cielo y el mar. Y entonces lo entiendo, y salto con los dos pies juntos, y comienzo a correr sobre las aguas, y remonto el vuelo…
El día en que ella no lo vio por primera vez, estaba en el muelle, sentada, con sus piernas suspendidas sobre el agua. Balanceándose. A él aún le duele ese recuerdo. Por una vez en su vida sintió un relámpago reptando por sus brazos invisibles y un calambre en el preciso lugar donde sus manos nunca estuvieron.
Se pelean por hablar, porque eso sí pueden hacerlo ambos. A él le apasionan sus descripciones de sonidos. El arrastrarse de un caracol. El estruendo del contenedor del vidrio, al vaciarse en un camión. El crichcrich del plástico rígido, el de los envoltorios de regalo. Él no le dice que nunca ha abierto un regalo. A cambio, él suele describirle el mar. Es torpe con las palabras: le dice que es azul, o gris. Ella, en su oscuridad y según el día, lo siente tibio, anguloso, esférico o áspero. Pero no le corrige.
Nunca se tocan, porque eso ya no pueden hacerlo ambos. Se sientan a una distancia exacta de cinco palmos (medidos con las manos de ella) y siete miradas (medidas con los ojos de él). Y así pasan las tardes. Esperando al día siguiente.
Para no verse.
Para no tocarse.
En el cine parecen hermosas, pero son despiadadas. Por eso ya no hago promesas. Un verano, aquel chico y yo prometimos que, si tras un tiempo no nos había cristalizado ese amor de anillos y maternidad, cada treinta de agosto, volveríamos al embarcadero, cómplice inerte de nuestra despedida.
El tiempo y los desengaños arrastrarían revelaciones: que el amor fue aquel zarpazo inmaduro, aquella explosión cegadora, aquel ardor insoportable. De tan hermoso, lo creímos imposible. Y parecía obligado probar, conocer, vivir la vida de verdad.
Nada ha cristalizado. Regreso cada verano; nerviosa, dubitativa, ilusionada. Algunos, querría impresionarle; toda maquillaje y perfume. Otros, me descuido, fingiendo desinterés. Una medio jipi, puro caos vital.
Estos años he pensado en él, a menudo cuando enfermaba, imaginando si sería un marido de calditos y compresas frías o de los que toman cervezas de camino a la farmacia. Pero no, ya no hago promesas. Duelen demasiado. He pasado días enteros aquí sentada, reviviendo sus besos aprendices, aquel cosmos en sus pupilas, pujos y jadeos entre susurros. Y sigo viniendo, preguntándome si podría ser él aquella silueta escondida tras el eucalipto, aquel tipo con niños observando desde la barcaza o esas tímidas pisadas alejándose a mis espaldas.
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