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El monstruo cubrió de oscuridad otra familia, y una niña desapareció. En su lugar, dejaba una muñeca con la cabeza girada ciento ochenta grados. Era su firma, su impronta de poder, en un juego de sádica locura.
Los días iban pasando, y el tiempo fue arrastrando los años. Con el alma encogida, la madre anduvo su vida, otro hijo la necesitaba. El padre, profesor de matemáticas, ya no podía enseñar, veía en cada niña los ojos de su hija. Atormentado, seguía buscando. Nunca cejaría, jamás.
El paraguas le protegía de la lluvia, pero nada protegía a su hundido corazón. Estaba envejecido y cansado, pero continuaba aferrado a la esperanza. De repente, volvió el rostro y vio la silueta oscura en la pared, un grafiti de aliento. La cabeza girada ciento ochenta grados no podía ser una casualidad. El secuestrador seguía marcando su ego como orina de un depredador marcando su territorio. Pero lo que le motivó para continuar hasta encontrar a su pequeña, fue el curioso símbolo que acompañaba a la silueta, ∃. Grabado por el monstruo o cincelado por erosión divina, no importaba, de inmediato comprendió su significado matemático: “existe”.
Su hija estaba viva y pronto besaría sus ojos.
Era temprano y amenazaba lluvia, Wilson Escalera, tosió aparatosamente, luego abrió su viejo paraguas para protegerse de la humedad y del viento. Al escuchar unos pasos cercanos y el click de una cámara fotográfica, giró instintivamente su cabeza.
La fotografía se hizo viral en segundos. Un hombre a cubierto de una lluvia inexistente, echaba la vista atrás, observando, al parecer, una silueta femenina pintada sobre la pared.
Bajo el hashtag #niñadegoma, se barajaron toda suerte de motivaciones:
Que si era su sombra infantil, que si veía en la figura a la hija que abandonó un día, que aquella alcantarilla guardaba algún misterio, que se trataba de un niño monaguillo, que se sentía muy solo y ansiaba que la silueta cobrara vida…
Wilson bastante descontento con el protagonismo que le estaba convirtiendo, sin desearlo, en la estrella del día, escribió bajo seudónimo “polvoeres”:
Si observáis con atención, veréis que ella y yo no estamos en el mismo plano y que, de ningún modo podía verla desde el lugar donde me encontraba, sin embargo, sabía que estaba cerca porque me persigue desde hace unos meses. Nunca sé si viene para quedarse o se va definitivamente. Unos días me promete vida y otros…
Elijo muy bien las calles por las que me muevo. Procuro que estén poco transitadas, aunque ello me suponga hacer largos recorridos para llegar a los sitios. Pero ella siempre se las apaña para sorprenderme en cualquier esquina.
Aquella tarde, mientras los demás esperaban fuera, yo me colé en el internado. La mayoría de las alumnas estaban pasando el puente con sus familias. A Clara nadie había ido a recogerla. No era la primera vez que nos veíamos y me costó muy poco convencerla. De hecho, cuando la llevábamos en la furgoneta camino de la bajera, no me soltó la mano ni un momento. Pero yo era de los más jóvenes y no tenía poder de decisión.
No conservo aquellas amistades. Sin embargo, la imagen de esa chica de cuerpo menudo vestida de colegiala, que vive en esa misteriosa sombra de cuello volteado, me persigue.
Tengo que acostumbrarme a pasar de largo, sin volverme. Igual que aquel día cuando, esquivando la mirada de sus ojos suplicantes y obedeciendo órdenes, me fui a casa, consciente de que los gritos ahogados en una boca sellada no traspasan las paredes, y para el mundo exterior no existen.
No hacemos bien al mirar hacia atrás cuando caminamos, ni es bueno que nuestros fantasmas nos persigan y, apostados en una esquina, nos hagan mirar hacia atrás cuando andamos, ni es bueno ir hacia atrás en el tiempo cuando pensamos en nuestros fantasmas, ni es bueno que nuestros fantasmas vayan hacia atrás cuando se acuerdan de nosotros… No, no es bueno, ni es bueno saber que podría volver a ocurrir.
Pero cómo hacemos para quitarnos de encima la culpa, la vergüenza y el miedo de haber convertido en sombra, ahí, en esa misma esquina, a alguien que poco antes merendaba pan con chocolate y repasaba con nosotros la tabla de multiplicar…
– ¡Clown! ¡Clown!
– ¿Quién es?
Se había resignado a su presencia, a cualquier hora del día o de la noche, con luz o sin ella. Soportaba dignamente el mote de Malasombra. Los niños del barrio jugaban a pisoteársela, incluso con lluvia. Siempre lo seguía una caterva de muchachos que competían por unos centímetros de sombra andante. Esto llegó a agobiarlo, tanto que restringió las salidas. Si era imprescindible ausentarse de casa, lo hacía por el garaje y en coche. Cuando algún asunto lo obligaba a pisar la calle, corría como un galgo para no ser alcanzado.
Hoy ocurre algo insólito. En su fuga desesperada, cargando angustia y paraguas, gira la cabeza para ver a qué distancia vienen sus perseguidores; se extraña de que nadie lo siga. Aminora el paso y continúa caminando sin bajar la guardia. De repente, descubre que su sombra perenne ha desaparecido. Respira aliviado.
Poco le dura la alegría. Por una bocacalle, avanza hacia él la silueta negra e hipnótica de una niña, cuyos pies apuntan en dirección contraria a la marcha. Parece una pegatina en la pared, hecha de dos piezas pegadas por la cintura; cada mitad, con orientación opuesta. Al intentar huir, un tropel de chavales lo inmoviliza.
Se perfilaron contra la pared los miembros desordenados sobre sus siluetas enlutadas, anticipándose a las gestiones de última hora de la tarde, paseos sin rumbo fijo o carreras de vuelta de extraescolares del día siguiente. Lo hicieron por decenas, en cuanto el lobo solitario dobló la esquina, después de que hubiese comprobado que no había pivotes en esa calle peatonal.
No se saca las manos de los bolsillos hasta que no sale del ambulatorio; ni con lejía consigue quitar la roña de las uñas. Le da apuro enseñarlas, ya ves. En la farmacia, igual: guarda rápidamente los antibióticos y después, en vez de irse derechito a la cama, como ha insistido el doctor, se encamina al taller. No puede dejar tirada a la clientela otro día. En un rato vendrá el panadero, le urge cambiar las ruedas de la furgoneta. Estuvo ayer, pero encontró la persiana bajada.
Mientras le espera, piensa en su hijo. Es buen chico, aunque un poco mandria, qué le vamos a hacer. Hoy está castigado sin salir, alguna habrá liado. Le gustaría que estudiase una carrera, que encontrara un buen empleo, que no fuera siempre lleno de lamparones, como él. Abogado, por ejemplo. Con traje y corbata, eso es.
Sí, estaría bien. Pero ¿y si cuando el niño le ve alejarse calle abajo coge la pelota y sale corriendo hacia la plaza a jugar y cruza sin mirar y el panadero derrapa en un charco y pierde el control del vehículo y le estampa contra una pared?
Un milagro que finalmente todo quede en un susto.
La primera vez que me abandonó me sentí como Peter Pan. Tenía que recuperarla costara lo que costara. Ella siempre había estado ahí, fiel y sumisa. Si yo volvía la mirada, ella también. Si reía, ella lo hacía a carcajadas. Si lloraba… Su cara se convertía en un mar de lágrimas.
Por qué me dejaste, le reproché. No me gustaba ser tu sombra, me contestó. Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, le recordé. Eres un trasnochado, me replicó. La abofeteé. Tuvo miedo y volvió conmigo.
Ha vuelto a escapar. Está lloviendo, me ha obligado a salir en su busca y la rabia me corroe. Me ha parecido verla doblar la esquina, pero no está. Esta vez, en cuanto la encuentre, la mato.
Yo ya sé que a quién le debo todo. Esto es algo que tengo bien claro desde que aparezco en cuanto ellos me imaginan; por eso nunca pienso que me puedan abandonar dejándome así, como hoy, en tan incómoda posición.
La mía es una postura imposible que él, en una especie de burla perversa, intenta imitar mientras abandona la escena huyendo bajo un suave sirimiri que tiñe de húmeda tristeza el recuerdo de lo que ya nunca más será; desconoce que, un fotograma después, una pequeña balsa de agua va a hacer que resbale yendo a perder algo más que su digna porte en ella. Pero eso no pertenece a este relato y yo me quedo inmóvil, oscura, sabedora de que ya di mi último paso, a la espera de que el tiempo en su transcurrir se alíe con vientos y desidias, y llegue el día en que ya no quede rastro de mí en la pared y pueda, al fin, olvidarme de esta molesta tortícolis imaginando que algún otro artista me imagine, quién sabe si esta vez en colores, para variar, y que yo no necesite imaginar pedruscos que bien podrían desnucar a alguien tras un resbalón inoportuno…
Muchos años llevo viviendo en el barrio, en realidad nunca he salido de él. Aquí me crie y encontré trabajo en una cafetería de la avenida cercana donde me dirijo andando cada mañana. Ya no queda nadie de los que conocí, poco a poco se fueron esparciendo por la ciudad; el zapatero remendón cerró su local —ya nadie arregla el calzado—, solo residen ancianos e inmigrantes sin papeles en busca de empleo; las jóvenes parejas prefieren las afueras y los edificios modernos y soleados. La calle está casi siempre desierta, desangelada, no se oyen gritos de niños jugando; de aquella época queda plasmada en la pared de mi casa la sombra del crío despistado que fui caminando hacia el colegio.
En aquella región hacía mucho tiempo que no llovía. Desde que en la Factoría se produjo un escape de ácido que formó una nube tóxica impidiendo la condensación del vapor de agua.
Un grupo de creyentes decidieron sacar en procesión la imagen de la Santa. Cantando los himnos tradicionales, invocaron su ayuda. Y en mitad de la plegaria, se abrió el cielo. Rugió un trueno y un rayo vino a caer sobre una de las portadoras, Bennedetta, la niña con más fe de la congregación. Todo el mundo pudo ver cómo se le torció el gesto y vino a empotrarse contra la pared, justo en el cruce de la vía del Corso y la Avenida Garibaldi. La tormenta fue antológica. A partir de entonces, el tiempo se regularizó: llueve de vez en cuando y en enero se llega a los 25º. Lo normal.
Ahora, solo los días de lluvia se puede contemplar la silueta de la Beata Bennedetta en el lugar donde sucedieron los hechos. Aunque la mayoría no conocen el prodigio, otros en cambio vienen a ofrecerle un ramo de flores, cantando emocionados la atávica canción:
Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva…
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