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Una tarde más se acurruca en su rincón de la más alta torre del castillo. Desde su atalaya divisaba toda la comarca, cientos de leguas en derredor, los pastos del norte con olor a hierba recién cortada, el trajín de los pueblos del valle y sus gentes, y el galopar de los caballeros que se dirigían a palacio a rescatar a la bella princesa. Ahora la oscuridad y el silencio envuelven el torreón.
Suspira y abre su cofre de recuerdos: Un trozo de espada quebrada del príncipe valiente, el único que consiguió sortear el foso y enfrentarse al temible dragón. Murió abrasado, como otros cientos, pero solo a él le recuerda porque fue el que hirió a la bestia. También está la corona de la bella durmiente, aún brilla un poco, aunque su dueña se apagó hace ya siglos soñando con un rescate que nunca llegó.
Se frota la cicatriz, tose volutas de humo que ennegrecen sus antaño brillantes escamas y de sus grandes ojos amarillos por primera vez en su vida resbala cálida, una lágrima de dragón.
Va a hacer un año de lo de Candela. La nota que dejó está tan manoseada que pronto será ilegible. No importa. Nos la sabemos de memoria. Que se va a un lugar mejor y lo hace en buena compañía, que estará bien. Que nos quiere.
Los días de viento llegan a nuestra casa, desde el río, extraños sonidos, voces cargadas de lamentos en las que intuimos a Candela, pero cuando salimos fuera esperando encontrarla no hay nadie y solo se escucha el silbido natural del viento entre los árboles.
Ya no le hacemos caso. Cuando sopla muy fuerte, papá sube el volumen de la tele, mamá enjuga el torrente de lágrimas azules con las que siempre la llora en el pañuelo que nunca termina de bordar, y yo intento aplacar el aguijoneo de mi conciencia. Una promesa es una promesa, me repito, y si aquel tipo era capaz de convertir un pañuelo en una paloma, no tendría problema en hacerla cruzar el río pese a que no sabía nadar.
Siempre es allí, imagínense, rumor soporífero de un arroyo, paisaje idílico y mi predisposición innata a la melancolía y la ensoñación, todo hay que decirlo, y empiezan a brotar. Es como un trance del que creo ser consciente pero que no puedo frenar, o no quiero, no lo sé.
No lo comento mucho por ahí, por si atar me quieren, y menos aún dejo que los lean, no fastidies. Me dicen que son las musas unos, los duendes y ninfas del lugar otros, e incluso algún hongo de por ahí y sus ligeras esporas pudiera ser. Ni idea, francamente, yo sólo sé que de vuelta llevo el cuaderno rebosante de letras, de vida.
Esto van a ser las dichosas esporas esas, fijo que son alucinógenas.
Sentado a la máquina me parecía un dios creador de mundos. Sus dedos, ágiles sobre las teclas, desataban un estruendo de percusiones metálicas. A su ritmo, la linotipia escupía mayúsculas, minúsculas y signos de puntuación que, como soldados, formaban en hileras perfectas hasta completar una página. “¡Es magia, abuelo!”, gritaba yo desde el asombro de mis ocho años. Y entonces él me instruía en su magia con palabras misteriosas: magazín, lingotes, matrices… Pero la que más me fascinaba era “caldera”, aquella marmita en ebullición cuya hambre se saciaba con plomo.
La advertencia de no acercarme a ella llegó tarde ese día: un chisporroteo de metal fundido me salpicó la mano. El agua del cubo siempre lleno para estos casos vino al rescate y, sobre el escándalo de la linotipia y mis llantos, mi abuelo sentenció: “Ahora ya sabes que la magia muerde”.
Desde entonces, una constelación de cicatrices minúsculas me tatúa en la mano la memoria de mi abuelo, y quiero pensar que también su herencia: alguna vez me ronda un rumor de dientes y, sentada al silencio de otra máquina, me atrevo a hacerla escupir letras con mayor o menor fortuna.
A mi abuelo Paco
Cada suceso trascendental de mi vida aconteció por error. El primero, que papá y mamá se conocieran porque quedaron enganchados. Al poco, nací yo. Radiante hijo único hasta que pergeñaron darme una hermanita, en lugar de la bici que durante meses demandé.
Compartir mi cosmos con aquella llorona, me ensombreció.
Y que mis padres me nombraran hermano-canguro, el día de su aniversario, añadió otra torpeza a la lista.
Cuando les vi alejarse, destrocé mi hucha y corrí hacia la tómbola. Compré dos boletos. Arriba del todo, la bicicleta más majestuosa del mundo. El primero no resultó premiado. Recé, cruzando los dedos. Con el segundo, conseguí una estúpida máquina de coser.
Regresaba a casa hundido, arrastrando aquel pesado cacharro, cuando un tipo bajito y saltarín, vestido de verde, con sombrero de tubo de estufa, me propuso algo al oído. Mi mayor error.
Los años siguientes residí en diferentes centros. Aislado. Con severos terapeutas. Nadie creyó mi historia. Mis padres, tampoco. Debían odiarme porque jamás recibí sus visitas. Pasado el tiempo supe que huyeron cuando mamá enloqueció.
Cada septiembre regreso al pueblo. Continúo buscando a aquel enano cabrón para deshacer el trueque. Necesito devolverle la maldita bici y recuperar a mi hermana.
En la torre del castillo, una princesa escribe cuentos de dragonas y brujos mientras suspira por una dama de rubios cabellos que atraviese el bosque encantado.
Así comienza la historia que cuentan, en el estanque, los sapos a sus renacuajos y renacuajas antes de dormir.
Mientras, las ranas lanzan besos a los caballeros andantes que buscan perdices para liberarlas de los cuentos antiguos.
Vita primero fue libre, sin definición y, de un salto, fue al comienzo: se convirtió en maga, artista de su creación.
Acumuló experiencia, gestó deseos, obras que estallaron, bellas, llevándola hacia la estabilidad, convirtiéndose en espiritualidad.
Paso a paso disfrutó del gusto, gustó del hecho. Se deleitó en las relaciones agarrando firme las riendas de su carro. Y trotando consiguió encontrar el equilibrio entre el tumulto y la luz en la crisis. Experimentó que los ciclos pasan y la fuerza aumenta para dejar de elegir separándose del murmullo.
Con los años descubrió su Ave Fénix. Sanó. Nunca dudó de su poder de crear.
Vivió sin límites buscando su lugar. Alegando que somos polvo de estrellas y el cosmos nuestro hogar.
Vita al final conectó con el sol y la luna, despertando a unos padres universales. Se descubrió sin sexo, sin materia… nunca fue hecha por partes. Se definió como un organismo celular unido a su medio ambiente.
Una noche le pregunté qué era la magia, y Vita me contestó, me imploró, que nunca me olvidara de estar hermosamente loca, para pasar por veinte moldes hasta fundirme con el mundo.
Saber ser.
Esa es la magia.
Cuando estalló la crisis, papá ya no pudo comprarnos más libros y las brujas y las hadas se vieron obligadas a emigrar a Alemania, en busca de trabajo. Los lobos, en cambio, se disfrazaron de corderos y huyeron a Wall Street, donde la realidad cotiza al alza y la magia consiste básicamente en multiplicar por dos el valor de las acciones. Los gnomos no pudieron hacer frente a los préstamos hipotecarios. Ni encadenados a sus setas lograron evitar que los desahuciasen. La casita de chocolate también se la ha quedado el banco. Con el calentamiento global acabará por derretirse. El lago donde otrora chapoteábamos felices está casi vacío. Los sapos agonizan al sol, mientras esperan a que alguien los bese, y hasta los patitos más feos han perdido toda esperanza de convertirse en cisnes. Como no tenían papeles, los duendes y los elfos fueron expulsados. Los ogros perdieron el apetito y las perdices están en peligro de extinción. Dicen que habíamos imaginado por encima de nuestras posibilidades, pero a papá no le importa. Cada noche, antes de dormir, entra en nuestro cuarto y se inventa un cuento. Y así vamos llegando a fin de mes.
Ya es suficiente, hoy acabo con él. Con lo de ayer hemos llegado al límite. Casi le saca un ojo al crío. Quién iba a pensar que se le soltarían las plumas de las alas, con lo grandes y fuertes que son, ni que fuera un gorrión.
El día en que apareció, blanquísimo y tan elegante, quisimos imaginar que era un regalo divino. Los vecinos nos envidiaban, venían a todas horas a acariciarlo y a jugar con él. Qué bonito era verlo volar. Pero eso se acabó. Empezó rebozándose en los montones de paja, luego se echó a dormir en los charcos umbríos, y ya nunca vuela, ni trota siquiera. No puedo pasarme el día limpiándole la bosta y el barro que se le pegan de tanto revolcarse. Ni le voy a seguir recortando y peinando las crines. Se pasa el día amodorrado, y ha acabado poniéndose como un tonel. No soporto más a ese vago.
Hoy no debería alegrarse tanto de verme llegar con el forraje. No se imagina lo mal que le va a sentar.
“Todas las personas mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan).”
– Antoine de Saint-Exupéry «El Principito»
Cierra los ojos. Nota como el sol te da en la cara y te llena de colores por dentro, de rojos, naranjas o amarillos. Anda unos pasos con los ojos cerrados. Te sientes liviano. Cuando los abras, sonríe a quien te mire raro.
Paséate entre las sábanas secándose al sol y, si estás con un niño, jugad a esconderos entre ellas. Luego, al doblarlas entre dos cogiéndolas por las puntas, llevadlas bien arriba y cuando caigan os ponéis debajo. Risas. Complicidad.
El cielo es un lugar ideal para plantar la imaginación y dejarla crecer. Túmbate boca arriba y mira las nubes en movimiento. ¿Qué ves? O averigua qué personaje esconde la luna llena. Quizá descubras la expresión de un niño sonrojado con grandes mofletes, un maestro pidiendo silencio o una señora sorprendida. ¡Dibújala!
¿Recuerdas cuándo fue tu última batalla con hojas mecidas por el otoño? ¿O tener los dedos pegajosos con la dulzura de un algodón de azúcar? ¿Y una guerra de cosquillas? ¿O dibujar en cristales empañados?
Rescata del olvido y deja salir de vez en cuando a ese niño que todavía llevas dentro y, si puedes, comparte ese ser mágico con otros pequeños: te mirarán con otros ojos.
Siguiendo el ritual, apenas se ha movido durante toda la noche. Pero ya no aguanta más y sus ojitos somnolientos, una nariz respingona y el resto de su cabeza comienzan a asomar como un periscopio del submarino de mantas en el que ha estado escondido. Se levanta despacio y avanza de puntillas por la penumbra. Al fondo del pasillo vislumbra una silueta moviéndose por el salón con el mismo sigilo que él. Si se acerca sólo un poquito más podrá verle. Nunca se había atrevido tanto, nunca se había levantado, pero esa noche lo ha hecho. Y ahí está, él: ese ser que cada Nochebuena inunda de regalos su casa como por arte de magia. Cuando sus miradas se cruzan los ojos del niño iluminan la estancia como dos focos, y el hombre le lanza un guiño juguetón mientras su dedo índice silencia el grito de sorpresa del pequeño. Éste, orgulloso, corre a abrazarle; ha descubierto su secreto, pero lo guardará como el mejor regalo de ese año… nadie sabrá que su padre en realidad es… ¡Olentzero!*
* Olentzero: personaje de la mitología vasca. Es un carbonero que trae regalos a los niños en Nochebuena.
La bibliotecaria corría despavorida por los pasillos hacia el despacho del Director General para comunicar el incidente… más bien el accidente… la tragedia, sin lugar a dudas, señor director, que acabamos de descubrir…
Leyó el letrero fijado en la pared: D_r_ct_r G_n_r_l e, instintivamente, llevó la mirada a su pecho izquierdo, sobre el que descansaba su identificación administrativa: “S_s_n / B_bl__ t_c r __” Horrorizada, comprendió que el ataque de los duendes vocálicos no solo había afectado a los libros, sino que extendía sus tentáculos a cualquier palabra, frase o expresión. Muda de espanto, imagen viva del cuadro de Munch, un desgarrador grito silencioso salió de su boca ante la contemplación del despacho:
—¡₋₋₋h! –.
Un enjambre con millones de grafías diferentes rodeaba al director, que desesperado, abrió la ventana e intentó pedir auxilio.
—¡S_c_rr_! – alcanzó a decir, mientras el enjambre aprovechaba la oportunidad de emprender vuelo, abandonando el edificio de la biblioteca para unirse a la Gran Vocálica.
Provenientes de todas las bibliotecas del mundo, inmensas nubes de vocales (abiertas unas, cerradas otras), surcaban el cielo como una gran bandada de aves hacia el paraíso prometido. Atrás dejaban – para siempre – la tiranía infinita del país de las consonantes.
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