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Atado con cadenas en un tanque lleno de agua, el gran Marotti parecía aguantar la respiración más allá de cualquier límite humano. Era sabido que el suspense formaba parte indispensable del número, que tardaría lo suyo, pues, en abrir aquellos candados y escapar de sus ligaduras, pero que de un modo u otro acabaría haciéndolo. Y aun así resultaba inevitable caer contagiado de su presunta desesperación.
Ese día, sin embargo, alguien le había cambiado las llaves, y Marotti buscó y buscó inútilmente entre ellas, probándolas una por una, mudando pronto la serenidad del principio en un nerviosismo creciente, apreciable en la expresión de sus ojos —tendente al pánico—, en el aspecto de su rostro —cada vez más congestionado— y, sobre todo, en los movimientos de su cuerpo, que acabaron desembocando en un pataleo y forcejeo tan angustiados como estériles, hasta quedar inerte y pálido —y con el aire de sus pulmones subiendo a la superficie— ante el espanto general.
«Un buen mago jamás desvela a nadie sus mejores trucos», escribiría en sus memorias años después.
A mi madre me la robó una triste enfermedad y a mi padre me lo quitaron los ganadores de una guerra. Estos dos acontecimientos tan crueles, segaron mi infancia con el mismo golpe seco con que se cortaba el trigo en las llanuras áridas de mi pueblo. Madre acompañándome con su ausencia vacía y padre con su infierno, se llevaron mi niñez desdibujando mi vida entera.
Sin embargo nunca estuve sola. Mi hermano, un ser mágico y puro me regaló toda la fantasía que una niña puede necesitar y más tarde fue la mano segura que nunca soltó la mía.
Aunque algo se había roto para siempre en mí, dejándome inválida para las emociones y yerma para los sentimientos, los pude vivir a través de él.
Supe lo que era el amor porque él encontró el más verdadero y fui madre a través de sus hijos. En ellos me apoyé, cuando sin quererlo también cruzó al otro lado.
Hoy, cansada de una vida que se hace demasiado larga ya, pienso que la balanza está casi equilibrada y lo estará del todo cuando la mano conocida, que intuyo cada vez más cerca, me apriete con fuerza esta vez para siempre
Un pequeño gusano se disponía a comer su jugosa hoja cuando cae violentamente al río, navega corriente abajo sobre el improvisado barco, sin rumbo, hasta chocar contra una roca y termina sumergido en las frías aguas, tembloroso y asustado. De pronto nota calor, un calor reconfortante y una luz brillante que sale de unos ojos azules como el cielo. Alguien le sonríe, lo posa sobre una rama y desaparece.
En ese mismo instante varios conejos huyen despavoridos. Uno dice a su madre que corra más deprisa, tienen que huir. Pero la madre yace en el suelo, el gazapo al tocarla se tiñe de rojo. Ella, apagándose poco a poco, rendida, apoya su hocico en la tierra. De repente, la herida va cerrando y unos ojos claros le dan sosiego y calor, un calor placentero, agradable.
Pocos metros más atrás, un cazador se queja, maldice la rama que cayó clavándose en su hombro y disparando la escopeta que espantó a los conejos. Sangra abundantemente. Aturdido ve la figura de una mujer con grandes ojos azules que le transmite frío. El frío sale de ese ser, no la distingue bien, parece una criatura alada. “¡Mejor me largo!”, refunfuña, mientras recoge sus trastos.
Hace no mucho tiempo los campos parecían jardines. Cualquier pedazo de tierra, por pequeño que fuese, era fértil. Los ciclos estacionales eran rutinarios Los ríos corrían bulliciosos y las fuentes brotaban con vigor. Las gentes no sólo cuidaban sus propiedades sino el medio en el que vivían. Las náyades se sentían mimadas y ellas a su vez protegían el preciado líquido en el que habitaban. La armonía se sentía, se respiraba.
No se sabe bien cuándo el perfecto equilibrio comenzó a desmoronarse. El primer signo fue la presencia invasiva de zarzas y malas hierbas. Le siguió una inactividad colectiva, que giraba la cabeza para no ver esas manchas disonantes. La exuberante maleza comenzó a expandirse libremente. Las plantas crecían sin control y pugnaban entre ellas por conseguir luz y alimento. Las aguas se tornaron turbias, espumosas, aceitosas e incluso pestilentes.
Las náyades, otrora vivarachas y locuaces, comenzaron a languidecer. En la misma medida en que ellas dejaban de hacer elegantes volteretas y traviesas cabriolas el agua perdía su capacidad de oxigenación. Las náyades se fueron debilitando y sólo algunas, las más fuertes, sobrevivieron. Localizarlas hoy es tan arduo como encontrar una fuente de aguas cristalinas.
Su tiempo se agotó, con dulzura en el aire la magia se desvanece y ya muy próximo se advierte el momento de marchar. Aunque… tal vez… ¿Y si al fin no resultara ello preciso? ¿Y si hallara el modo de esquivar tan tristísima partida?
Entre la ilusión, la fantasía, el deber y la razón, la niña se debate indecisa mientras, a lo lejos, la luz de una ventana para ella siempre abierta aguarda con paciencia su regreso. Al oído un rumor de campanillas, un susurro muy dulce y muy bajito que dolorido le murmura: <<Nunca jamás olvides>>. Un dedal sobre su pecho, cerca, muy cerca, del corazón. Para siempre en su recuerdo, quizá muy pronto diluido entre sus sueños, un muchacho de sonrisa pícara y valiente que a duras penas oculta el dolor que sus ojos gritan. Y una despedida: <<Segunda estrella a la derecha, ya sabes, todo recto hacia la mañana. Siempre allí te esperaré>>.
Las plantas no necesitaban riego porque había diluviado, pero yo sí que precisaba acercarme a verlas. Era algo vital para seguir en la tarea cotidiana. Sabía que la recovera no me engañó cuando me vendió las semillas y me dijo que no eran como las otras de temporadas anteriores. Después de la intensas lluvias recibidas, tenía la certeza de que algo se habría transformado así que me asomé tapada con mi viejo chubasquero y comprobé como habían crecido una ramitas de las que salían unas protuberancias donde suponía saldrían hojas y más tarde, los capullos de mis maravillosas plantas. Al día siguiente ya los capullitos apuntaban con cierto colorido en los extremos, de donde al tercer día, empezaron a emanar personajillos delicados y variopintos. Algunos tenían alitas y volaban alrededor de las plantas, otros llevaban en sus manos notas musicales que eran con lo que se identificaban. Desde entonces, no estuve nunca sola, no me faltó música, ni alegría por doquier. Tuve que adiestrar al gato y al perro, porque al principio quisieron lamerlos y alguien podría salir mal parado pero más adelante, formamos una gran familia junto a los que supieron aceptarnos y conseguir descubrir un mundo de ensueño.
El mago Wonderland va desgranando sus trucos de ilusionismo. Los clásicos, los que nunca fallan y el público espera de un veterano como él. Ni estatuas de la libertad que desaparecen ni personas que viajan en el tiempo y en el espacio. Espejismos no. Trucos familiares, acogedores. El número con el pañuelo que crece sin fin y luego, en un plis plas, desaparece. O algún clásico de cartas como el del as de corazones que retira del mazo y, sin saber cómo, vuelve a la baraja. Por supuesto, el inevitable del cajón en el cual el mago corta a su ayudante en varios pedazos para que luego ella salga incólume y tan contenta.
El del conejo en la chistera no. A ese truco se niega en redondo. El maldito conejo blanco. Ese no lo hace desde aquella vez en que se le complicó tanto. Si solo fuera el conejo… , pero es que detrás del conejo salió el gato y detrás del gato la niña y aquello ya no hubo forma humana de pararlo.
«Ser o no ser, esa es la cuestión», se preguntaba Aureliano Buendía ante el pelotón de fusilamiento y con los ojos vendados cuando percibió que violentamente lo asían por el brazo y lo izaban hasta la grupa de Rocinante para huir junto con D. Alonso Quijano.
Habiendo llegado a Barataria, fueron recibidos por Le Petit Prince, quien con regia calma les condujo ante el Capitán Nemo pues, al parecer, eran invitados a su mesa colmada de ricos manjares. Aureliano, escéptico como siempre, preguntó al Principito dónde estaba el tal Nemo y la mesa de viandas, a lo que el joven príncipe, de rostro angelical y manto de armiño, le susurró al oído que «lo esencial es invisible para los ojos».
El examen de literatura había comenzado hacía un buen rato, pero la noche anterior en vela, las anfetaminas y el sueño le confundían sobremanera y en su folio de examen sólo había escrito una línea: El Ingenioso Hamlet, que viajó veinte mil leguas por un pequeño planeta y durante cien años en solitario…
Miró al estrado buscando inspiración y seres reales para alejar sus fantasías. Sin embargo, sólo pudo constatar que el dinosaurio aún no había llegado.
IsidroMoreno
Del día que te ahorcaste, apenas recuerdo nada. Los silencios de la casa, inundados por el crujir de la madera bajo los pies del dueño de la funeraria. Que era enorme. Y tuerto. Eso sí que lo recuerdo. Y que no te descolgaron hasta que llegó el juez de paz, que no vino hasta que no acabó su partida de dominó. Lo esperé a tu lado, con la vista fija en tus zapatos de domingo. Pensando en por qué llevabas el izquierdo desatado. O por qué te habías atado el derecho. También recuerdo que no fui capaz de levantar la vista más allá de tu cintura. Tus piernas colgaban inertes. Me entró el absurdo deseo de empujarlas para provocar un movimiento pendular y cadencioso, como el de esos tentetiesos con los que juegan los bebés.
No recuerdo nada más.
El tuerto te llevó a la habitación. Y nos quedamos allí solos. Fue en ese momento, cuando vi tus ojos abiertos.
Supongo que a los muertos no les queda más que eso. Una imagen congelada en la retina. La última que han visto. O la última que hubieran deseado ver. Y allí, dentro de tu pupila, estaba ella.
Haberlas, haylas.
Apostaron por detener la caravana en un precioso claro que se abrió ante ellos . Valeria y Pablo, con sus 8 y 10 años respectivamente eligieron junto a su padre las bicicletas para disfrutar del entorno. Mientras, la madre y el pequeño Enol de cuatro añitos, optaron por colgarse las mochilas y emprender una pequeña excursión. Volverían todos para la cena.
El niño se maravillaba de todo lo que acontecía durante la marcha, un ordenado ejército de hormigas desfilando con paso marcial, unas ardillas que apenas logró ver por la rapidez de sus movimientos y un escuadrón de pájaros emitiendo sonoros trinos. Lo que no sabían era la cantidad de ojos que les vigilaban durante el camino de vuelta, como queriendo asegurarse de que no tendrían sorpresas. Los niños ya dormían. Sus padres desde afuera, observaban cómo el sol escondía su cabeza en el horizonte tras nubes anaranjadas. Enseguida palideció el cielo y perlas líquidas de rocío vistieron de plata la hierba. El bosque ya era un clamor de silencio, el descanso de sus moradores estaba en buenas manos, el centinela de los sueños jamás dormía…menos aún con invitados.
Entre ecos de disparos, gritos, llantos, los niños han perdido la infancia y han olvidado la magia. Los seres que acompañaban sus sueños han desaparecido, y los que sobreviven se han refugiado en un tugurio camuflado por la sombra de la muerte donde sienten, por primera vez, el dolor de lo real. Cenicienta ya no quiere ser princesa y ha cambiado sus zapatos de cristal por somníferos que le hagan olvidar el presente. Blancanieves busca otra manzana para volver a sentir la paz eterna. Los hobbits se pelean con los elfos mientras los enanos de Narnia, los únicos felices, se besan sin pudor ahora que por fin han salido del armario. Campanilla alterna con brujos y Gandalf le pide una caricia a cambio de un anillo ennegrecido por el odio. Caperucita canta un blues de Howlin’ Wolf, con la voz rota, poseída por el alma de su difunto lobo. Peter Pan y Garfio balancean sus cabezas al compás de la música, al tiempo que ahogan en ron recuerdos oxidados de viejas batallas. Esperanzados, brindan por el futuro, pues aún creen que comerán perdices. No sospechan que en menos de once palabras, colorín ¡fuego!, colorado ¡sangre!, su cuento se habrá acabado.
El “Pase misí, pase misá” nos arrebató a Cayetana. Ni siquiera dio tiempo a que escogiera entre el sol o la luna. Al meter la cabeza bajo las manos enlazadas de Purita y Jimena no volvió a sacarla por el otro lado. Fue como si se hubiera colado a través de una cortina invisible por la que desapareció, dejando tras de sí solo un olor de manzanas a oscuras. Las dos se quedaron balanceando los brazos ya sin sentido. Mirándose, mirándonos, mirándose otra vez, mirando hacia donde ya no estaba Cayetana. Ninguna entendíamos lo ocurrido ni supimos explicar nada más que esto a la directora, que aparentemente tampoco le dio mayor importancia y dijo que esas cosas pasan. Estuvimos días hablando de ello al acostarnos. Todas reconocíamos que llevaba tiempo muy rara, siempre pendiente de los haces de luz que entraban por los ventanales. Coincidíamos en eso y en que, conociéndola, ella habría elegido la luna. Estábamos seguras.
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