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En la Atlántida, sede central de la OSMU, se habían reunido los 193 representantes del mundo mágico para votar una moción interpuesta por las Ninfas, declarar su independencia.
La votación había sido muy ajustada, 98 votos a favor, 95 en contra, entre ellos, el de las hadas, ya que con la independencia de las ninfas veían peligrar su poder obtenido durante siglos en los bosques del mundo.
A su vez las sirenas apoyaron la iniciativa, ya que las veían como grandes aliadas para embaucar a los marineros que surcan los océanos y apoderarse de sus mercancías.
Los dragones también votaron a favor de las Ninfas, ya que creían que habían permanecido mucho tiempo bajo el yugo de los elfos. Ellos, evidentemente votaron en contra, sin ellas su mundo se vendría abajo.
Los enanos también se aliaron con elfos y hadas, ya que dejarían de ser el reino más bajo.
Los unicornios que sabían que su extinción estaba cerca, apoyaron a las ninfas para así dejarles todo su legado.
Ogros y gigantes, al dividir sus votos hicieron que la propuesta de las Ninfas saliera adelante; ganar la libertad de esos seres que la habían dominado durante milenios, los Elfos.
Todos esperaban que durmiera feliz, sin embargo, no podía, sus ojos expectantes, escudriñaban la oscuridad. Sus hermanos intentaban conciliar el sueño pero él se movía demasiado y la litera con él.
—¡Mamá, mamá!
La madre, solícita, recorrió el pasillo en silencio.
—Mamá ¿y si el ratón se equivoca y se sube encima de mí y me despierta?
— Pero hijo, el ratón Pérez es un pequeño mago que sabe moverse en la oscuridad. Anda, duerme tranquilo.
No había llegado aún a la cocina cuando escuchó de nuevo el grito angustiado de su hijo.
— ¿Y si el ratón tropieza con mis pies y me asusto?
—No tengas miedo hijo, el Ratón Pérez tiene muchísimos poderes, por eso puede dejar regalos cada noche a cientos de niños. ¡Es magia hijo, magia! Duérmete.
Cuando por quinta vez oyó aquel “mamá” desesperado, se acercó mucho a su hijo y mirándolo con ternura le confesó.
—Escucha bien hijo, no hay ratón Pérez, el ratón soy yo y en cuanto te duermas cambiaré tu diente por un regalo.
El niño respiró tranquilo y a los pocos minutos, el silencio anunció a gritos la llegada de Morfeo.
Tú sí que eres mágico, susurró la mujer aliviada ¡Bendito Morfeo!
Cuando llegó a la aldea todos sus habitantes estaban muertos. El lugar se reducía a media docena de chozas situadas junto a un arroyo de aguas tan frías como cristalinas. El silencio sepulcral junto con el hedor a putrefacción lo invadía todo. Entró en una cabaña y una turba de insectos, gusanos y larvas evidenciaban el avanzado estado de descomposición de un cadáver. Del anciano curandero solo quedaban huesos sanguinolentos, jirones de carne y piel. La punta oscura del único dedo que quedaba evidenciaba que la muerte negra había sido la culpable.
De pronto vió como el castaño centenario se iluminaba, miles de chispas de fuego, como pequeñas luciérnagas, le daban un extraño resplandor .Al acercarse una niña cadáverica , subida a una rama empezó a hablar:
«Antes de que nadie enfermara yo ya había muerto, pero perduré junto a los espíritus de los niños sacrificados por los antiguos druidas . Aqui fue donde creamos el germen que extendió la plaga. Ellos destruían nuestro bosque,teníamos que exterminarlos. Al principio se enterraban a los muertos, hasta que ya no hubo nadie que pudiera hacerlo. Usted morirá pronto y entoces estaremos solos…….»
Y mientras un sudor frio le invadía la sien , la niña desapareció.
El minotauro apenas se defiende, únicamente trata de distraer a Teseo mientras los jóvenes recogen el hilo buscando el camino de salida. El ateniense le hunde hasta diez veces la espada en el corazón, consumido por una rabia fruto de la conjura de aquellos que le debían obediencia. Desconoce que tras volver a arrojar a los muchachos al interior del laberinto, Ariadna ha marchado abandonándole a su suerte. Con el paso de los días, el cuerpo de Teseo se asemeja cada vez más al de un toro, aunque todavía es posible vislumbrar un vestigio de humanidad. Se ensañará sin motivo alguno cuando encuentre la carne fresca que vaga perdida por pasadizos que no llevan a ninguna parte.
Consigue que todas sean sus mamuchis, y cualquiera papá adoptivo, en cuanto se den cuenta de que la silla de ruedas es una nave espacial que abandona para acariciar a la luna, insinuándosele por la ventana. En cuanto vean que la tiene hipnotizada, arrodillada a sus pies, que ella le sonríe y escuchen besos lunáticos. O cuando, hop, se convierta en tiranosaurio, aterrorizando a la concurrencia, muerto de risa.
Se levanta cuando quiere y pliega velas cuando le apetece. Multiplica lágrimas, como especie de fuente de fantasía, cuando asegura tener, cosido entre las manos, al mismísimo sol. Su roma nariz mía la arruga, hasta hacerla desaparecer por completo, no vaya a colarse en su fantástica y amorecida «Eduardópolis» la pestilencia de la injusticia, que intuye y deplora vuelto un coloso ceñudo.
Hubo un tiempo en que no cabía su magia dentro de mi cabeza. Cambié de idea en cuanto contemplé el gesto que compuso, entre suspicaz y divertido, verdaderamente mágico, cuando aterrizó una mosca en uno de sus pezoncillos. Me hechizó para que me tiñera el pelo: así nunca le parecería viejo. Si os llama papás, no le contrariéis. No vais a arrepentiros de ser sus lunas y sus soles.
No creo en hadas, elfos ni unicornios, los dejé de la mano de la niñez y me adentré por los senderos de la vida. Pero los vientos del camino me han empujado a este lugar expulsado de la memoria, inhóspito, yermo de fe. Alejado de mi hogar, los acontecimientos me han obligado a replantearme mi percepción de la realidad. ¡Lo he visto! Diabólico, fantástico, aterrador.
Solo yo puedo matarlo, solo yo tengo ese poder.
Me pertrecho de armas divinas y voy en busca del no nacido. Frente al monstruo, su visión sobrecoge; cierro los ojos e inhalo valor. Sus colmillos ennegrecidos sobresalen de su nauseabunda boca. Se acerca con el rictus en el rostro del que nada teme, un ser superior sediento de vida que se dispone a saciar.
El agua bendita quema mínimamente su piel, su huesuda mano lanza lejos el crucifijo; no puedo moverme. Su fétido olor anega mi mente y sus colmillos se clavan en mi cuello absorbiéndome la sangre. ¡Gracias, Señor!
Generaciones tras generaciones, y el tiempo, han impregnado mi sangre de una savia especial. El engendro se marchita, se difumina en la nada.
Voy a morir, pero antes bendigo a mi tierra, Las Pedroñeras.
Te tumbas sobre la fresca hierba de un campo remoto y fijas tu mirada en el horizonte más cercano. Descubres, entre la minúscula maleza del barbecho, a miles de seres increíbles que buscan alimento, que husmean rastros de congéneres, que vigilan a su prole en la distancia y que adivinan los peligros mucho antes que tú.
Son diminutos pero casi con tus mismos genes, y saber que te pareces tanto a la mosca del vinagre no te resulta precisamente alentador. Decides pensarlo un rato y, entonces, toda tu vanidad y tu soberbia se vienen abajo de repente.
Un microcosmos de prehistóricos insectos te rodea, pero tú, indiferente a su belleza y aburrido de tus negras reflexiones, te levantas y caminas irritado pisando la blanda tierra con saña.
Y vuelves a ser el gran depredador que alza la mirada al infinito mientras va destruyendo toda esa magia con sus pies.
Desvelado, se levanta y va al salón. Allí, contempla una vez más el árbol iluminado. En uno de esos recipientes redondos rodeados de espumillón ve a una anciana, parecida a su abuela, sentada en una silla; en otro, dos niños cogidos de la mano, idénticos a Pablito y Pedro; más allá, una chica rubia como la Barbie de Julia, su hermana… Ha contado hasta doce bolas llenas de personas que cree conocer. Seguramente todo les parecerá una locura a sus padres y a Julia, cuando se lo cuente por la mañana. Pero fue justo en el momento en que todos esos pequeños seres comenzaron a hablar cuando ya no albergó ninguna duda. Le tomarían por un chiflado y, lo peor, se quedaría sin regalos. Y sin roscón.
Los ánimos se habían tensado hasta el límite. Las posturas estaban cada vez más enconadas. Con el país dividido en dos grupos, el resentimiento crecía por instantes. Todo apuntaba a un choque de consecuencias imprevisibles.
En medio de aquel clima prebélico, un grupo de personas sensatas de uno y otro bando, reunidas en secreto, idearon un plan tan ambicioso como disparatado.
Convocar a los dos dirigentes en un mismo cuarto fue lo más sencillo. Solo tuvieron que hacerles creer, con engaños, que el otro iba a renunciar a su postura.
Contratar al profesional más cualificado, el único capaz de ejecutar un trabajo de tal precisión resultó, sin embargo, una tarea ardua. Fue muy complicado localizarle.
Desde una posición lejana, oculto para no ser visto, el tirador apuntó a un corazón, luego a otro. Era difícil saber si los disparos habían sido certeros.
Poco después alguien anunció una rueda de prensa conjunta. Los líderes irreconciliables, sin pudor ni mediar palabras, se besaron en la boca. La escena de ardor inesperado recorrió el planeta. Le siguió la firma de un acuerdo.
En medio de la sorpresa nadie vio marcharse a un niño desnudo con alas, un arco y flechas.
Gracias a Dios, no le sirvieron de nada sus gritos y forcejeos. Salí al relente, pues mi sagrada misión debía continuar. Bajo el cobertizo, sonsaqué al moinante que aguardaba en su penumbra la razón de mi siguiente destino. Señaló, con un gesto huidizo, el sendero que asomaba a su izquierda. Amparado por mi navaja y su filo todavía chorreante, me adentré decidido. Al rato, lo inmisericorde de mi suerte y un rosario de bastonazos traicioneros me arrojaron sobre la escabrosa y húmeda corredoira por la que avanzaba con dificultad. Entre la niebla que súbitamente me rodeó, pude entrever, animadas por un punzante tintineo de esquilas y el rumor entrecortado de un coro de jaculatorias, algunas luces temblorosas acercándose.
Tras despojarme de mi maltrecha loba ensangrentada, varias almas caritativas procedieron a incorporarme con delicadeza. Luego, el encapuchado que parecía comandarlas me ofreció, solemne, su cruz.
Ahora, encabezando la hueste, sigo recorriendo los caminos y, a la par, suplico que mi encomienda pueda, al fin, reanudarse. De este modo, hendiría de nuevo mi faca en la tersura del vientre pecaminoso de otra puta. Aunque sea en el de La Muerte, donde quiera que se oculte esa malnacida.
Aquel jueves los gatos no maullaron pidiendo leche: así supo que algo sucedía. No se oía el trajín de Carmen ordeñando, la cántara estaba derramada y un bulto inmóvil obstaculizaba la entrada al establo.
José sobrevivió a la distorsión de esa y las siguientes jornadas, a todas las diligencias, ritos, deberes y emociones en silencio. Cuando por fin todos marcharon, rastreó el último aliento de Carmen y maldijo su capricho de haberle dejado tirado, solo, en medio de la vida.
Desde entonces, tras el canto del gallo, un tazón de leche con sopas le esperaba en la cocina, los huevos del corral amanecían en la cesta y, mientras él trabajaba en la cuadra, el caldo hervía lentamente, la ropa se lavaba, el suelo se barría y el agua ascendía sola hasta el brocal del pozo.
José, acostumbrado a no ocuparse jamás de esas cosas, apenas se percataba de tales prodigios, como tampoco le parecía extraño vislumbrar retazos de tela blanca desapareciendo por los rincones.
Lo que sí le maravillaba era que ni el veterinario ni el maestro supieran darle razón de por qué las andoriñas volaban en círculos sobre su cabeza, vigilándole, cuando abandonaba la casa o salía al prado.
(RELATO FUERA DE CONCURSO)
*Dama do castro: personaje de la mitología gallega que habita en los castros o torres derrumbadas de los castillos. También llamada Doncela encantada, viste una túnica blanca de larga cola, puede aparecer en forma de algún animal y gusta de ayudar a la gente que la busca o que se encuentra en apuros o afligida por alguna desgracia.
*Andoriña: anduriña, golondrina.
A grandes zancadas sobre las olas avanza sin apenas sumergirse. Presume de vigor y destreza cuando se desliza contra la corriente, ascendiendo y descendiendo por el oleaje, creando ribetes de espuma con las aletas de sus pies. Toma impulso de nuevo, se eleva por un instante sobre la superficie rizada y, con un escorzo digno de acróbata, se zambulle dibujando un perfecto remolino.
Las sirenas, desde las rocas, sonríen indiferentes a la exhibición, con la mirada atenta al horizonte. Es la tercera visita de la tarde. El entusiasmo pubescente de los jóvenes atlantes anuncia que, como cada septiembre, comienzan a florecer las posidonias.
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