Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

108 . Demasiado detallista

Piero, un joven artista, llega a Florencia cargado de sueños. Sus padres sirven en una finca desde donde se provee la despensa de un acaudalado comerciante que quiere hacerse un nombre con el mecenazgo. El patrón le preparó el camino. El muchacho, ebrio de ganas de comerse el mundo, lleva consigo sus toscos pinceles y un pequeño lienzo como carta de presentación. La fuerza que transmite el mar enardecido en su pintura convence al mecenas que le brinda una oportunidad. Deberá recrear una escena con algún personaje mitológico y, si le agrada, conseguirá su favor. Instalado en la residencia del señor, en el ala del servicio, se entrega a la labor con ansias. Cuando la termina, le muestra el resultado: un paisaje bucólico donde se halla recostada Venus casi desnuda. El opulento florentino se acerca a la obra con expresión complaciente, que muda en sorpresa al reconocer en el rostro de la diosa a la sirvienta más bella de su palacio y alcanza el color grana al recorrer su cuerpo con la mirada. Finalmente echa a Piero a la calle al reparar en el detalle del lunar en la cadera.

107. El pianista

Directora de la orquesta de mi cuerpo, mordisqueas tu pulgar con mirada traviesa para dar inicio a nuestra sinfonía. Sobre el piano de tus costillas danza la música de la pasión, y el sonido ahogado de tu garganta en el silencio que da pie a las notas más intensas.

Las noches de concierto te colocas frente a mí y, de vez en cuando, muerdes tu dedo mientras sonríes. Solo los más expertos notan el imperceptible cambio en el ritmo.

106. El éxito

Ella estuvo en el origen de su mundo, inspirando cada pincelada de luz. Minúsculos instantes de naranja al amanecer, que se transformaban en rojo al calor de las confidencias. Él se desposeía de cada partícula de sí mismo, y le entregaba fantasía en sus cuadros. Aquellos sueños, proyectados en sus obras, eran el vínculo indeleble de su amor. Podía leerle en los trazos de su fragilidad y en los tonos difuminados de sus miedos.
Pero los brillantes colores de su talento rompieron los vidrios de las ventanas, y volaron más allá de su pequeño universo. Otros ojos se prendaron de sus creaciones y quisieron devorar las emociones dormidas en su paleta. La fortuna fue una tentación para su ego, y cada halago robó una caricia. La multitud lo elevó tan alto que apenas podía escuchar su voz.
Cuando el peso de la soledad despertó la nostalgia, fue a buscarla para enseñarle su última pintura: la tristeza gris de su alma en un autorretrato. Demasiado tarde. Donde todos contemplaban la intimidad del autor, ella solo veía la imagen de la vanidad. Él se había vuelto invisible.

105. Reencuentros en la galería (Juana Mª Igarreta)

Hoy, Elisa cumple ochenta años. Como cada día, sus nudosos dedos abren la cajita nacarada. En ella guarda con celo unas desvaídas fotografías en blanco y negro. Observándolas, se pregunta una vez más cómo pudo perder su instantánea preferida. En ella, Elisa de niña, todavía conservaba su espléndida melena. Luego, en el gueto, era un lujo tener el pelo largo, pues escaseaba el jabón y el agua caliente. Los recuerdos de su Budapest natal pueblan su mente y convulsionan su corazón. Nunca ha vuelto a la ciudad del Danubio, que abandonó bajo las alas del “Ángel de Budapest”.
Jacob estudia Bellas Artes. Ha heredado el espíritu creativo de su abuela Elisa. Hoy, junto a su primera acuarela enmarcada, entregará a su abuela un sobre conteniendo dos billetes de avión. Volarán juntos a la tierra de los magiares. Elisa intentará azulear los días grises de su infancia.

En una antigua galería de arte del Barrio Judío, Elisa se reconoce en un sombrío óleo. Se emociona al encontrarse con aquella niña de largos cabellos cobrizos y mirada despierta.
Un anciano, tocado con la kipá, avanza hacia ellos al tiempo que sus trémulos dedos hurgan en su cartera.

104. La canción más hermosa del mundo

Quiso ser Quijote, descendiente de los Buendía o jugar a la rayuela. Desde que era pequeña soñaba con inspirar a grandes escritores, apoyarse suavemente en la pluma que se desliza sobre el papel o saltar jugetona sobre las teclas de sólidas olivettis. Pero el destino puede ser cruel, incluso con las musas. No consiguió atención ninguna. Los ancianos consagrados ya tenían compañía. Los más jóvenes buscaban inspiración en otros cuerpos y lares.

Salió a la calle. Los enamorados ya no escribían cartas así que intentó, sin éxito, colarse entre los emoticonos del whatsapp. Guiñó el ojo a un camarero que escribía con tiza el menú del día. Dicen que causó revuelo en el mercado y que huyó de la clase de literatura del colegio del barrio.

Llegó la noche y se dejó cautivar por las luces de neón, la música estridente y, especialmente, por el tintineo de los hielos de un whisky on the rocks. Ahogó sus penas y, con su aliento, inspiró la canción más hermosa del mundo. Ella se fue sin saberlo. Él, siguió buscándola por las esquinas.

103. FUNDIDOS (Yolanda Nava)

Coloca con delicadeza una lágrima de cristal debajo del ojo derecho y se aleja para apreciar el resultado. Siente una sensación de vacío, de irreparable pérdida, casi de orfandad, que le invade cuando finaliza una obra y  ha de separarse de ella.

El resultado nunca es perfecto. Aunque esta vez ha estado cerca. La imagen parece tan viva…, las lágrimas que resbalan por el marmóreo rostro tienen un aspecto tan real, que al rozar la más cristalina con sus dedos esta se vuelve líquida entre ellos.

Se apoya sobre la escultura de la hermosa dama y siente como la carne de ella, contundente y cálida, late bajo sus manos. Se abraza a ella hasta olvidarse de su cuerpo que es ya, una rígida mole de piedra.

 

102. Mal de ojo. (montesinadas)

Yo no estoy loco, solo tengo mala suerte, y aunque así fuera, ¿quién no lleva alguna locura dentro? También puedo definirme como osado, aventurero y valiente, rasgos que, por otro lado, son totalmente deseables en un artista porque, aquel que no rompe en el arte, muere esperando su oportunidad.

A mí se me presentó aquella noche en que acepté el encargo de Mr. Robson. Tenía hasta la salida del sol para hacerle un retrato a su mujer. Pagaba una buena cantidad de dinero que gastaría en materiales, en mujeres y en brandi.

Me instaló en la habitación, la iluminó con velas y comencé a pintar aquel rostro ya afilado, macilento y con un ojo cerrado, según el marido desde que nació. Decidí darle al retrato un toque personal y la pinté con los dos ojos abiertos para que pudieran imaginar, cómo hubiera podido ser todo, con otra mirada. Entré con ella en el ataúd y lo cerré, quería conocer la verdadera intensidad del negro. Parece que la bebida se tornó en fatiga. Cuando el asistente de la funeraria echó la llave, desperté. La mujer abrió un ojo reseco y oscuro, quizás por primera vez. Desde entonces no levanto cabeza.

101. El hombre gris y el difícil arte de la vida

Las personas que no pintan nada también tienen que enfrentarse al difícil arte de la vida. Es el caso del hombre gris, cuya presencia se difumina entre la multitud como la de un figurante cualquiera. El hombre gris nunca ve la vida de color rosa, sino en blanco y negro, como en esos televisores cuadrados que, no hace tanto, ocupaban los salones de las casas. Respeta la cola del supermercado, paga sus impuestos y nunca cruza una mirada con la mujer del vecino. Sin embargo, sabe moverse entre bambalinas y, cuando está solo, consume porno en internet y es capaz de insultar al árbitro en voz alta mientras contempla en la tele cómo pierde su equipo. Por la noche, después de cenar, baja la basura y saca a pasear al perro. Antes de volver, comprueba que nadie aparezca en la escena y enciende un cigarrillo. Tras fumárselo tira la colilla al suelo y la pisa con la punta del zapato. Una sonrisa ilumina su rostro y sus dientes blancos resplandecen en la oscuridad. Por un instante, se siente protagonista. Luego sube a casa, se mete en la cama, apaga la luz y deja que todo funda a negro.

100. Fuera de plano

Quizá lo que más me impresionó de la película fue la excelente calidad de la imagen, que incluso podía llegar a aturdir; alcanzaba una perfección como nunca antes había visto en ninguna sala de cine equipada con los mejores sistemas digitales. El sonido, además, parecía emplear un método en grabación de audio tan real que logró envolverme con su nitidez durante toda la proyección. En cuanto al montaje tengo que destacar sus aciertos, no solo para resolver la dificultad técnica que supone condensar este tipo de guiones sin perder detalle, sino también por no haber recurrido a una de esas rarezas artísticas con diferentes acciones temporales o flashbacks creativos. Las escenas estaban expuestas con la sencillez de un clásico. Planteamiento. Nudo. Desenlace. Sin necesidad de más explicaciones.

Lástima que ese virtuosismo técnico quedase malogrado por la narración. Contaba una historia vacía, insulsa, sin alicientes, en la que lo verdaderamente interesante quedaba siempre fuera de plano. Por eso agradecí que no durase mucho. Apenas tres segundos. Lo que tardé en precipitarme desde el quinto piso.

99. Retoques ( Patricia Mejías)

Aunque le iba a pertenecer a otro, la siguió en su viaje hasta el reino vecino con la excusa de la última corrección en la luz de rostro. En la presentación en la corte, la alabaron por sus ojos de mirada caleidoscópica, la frente infinita que denotaba una gran inteligencia y el porte capaz de someter a aquel impasible rey al que ninguna doncella, noble o plebeya, había logrado conquistar. Enamorado, el monarca mandó por la princesa. Cuando llegó, el rey no notó la diferencia entre la retratada y la imagen del cuadro. Con la aquiescencia del soberano, se celebraron los esponsales para felicidad de ambos pueblos. Como recompensa por el feliz desenlace, el pintor recibió la tan venerada pintura en donde supo retratar la belleza de la reina fea.

98. En clave de sol (María Elejoste – Mel)

Nuestra partitura tiene veinticinco páginas, cada una es de un tipo de papel y melodía diferente y aún así conseguimos seguir el compás. Las primeras son adagios de baladas a dúo, después las líneas y barras se entremezclan y crean tonalidades en un allegro vibrante. Le siguen en moderato unas hojas de cuadritos escolares, con pentagramas emborronados de tanto tachar y recolocar esas dos pequeñas corcheas por las que solemos discutir.  A veces nos ha pasado que un aire frío se ha colado en el salón y nos ha desparramado notas por el suelo e inflado las pausas. Y nos miramos piano a ver quién de los dos es el primero en restaurar la armonía desenredando las plicas de esas esferas blancas y negras que lo son todo. Una vez di una patada al atril. Aprendí que el silencio es el sonido más estridente, y que los intermedios sirven para respirar, para reescribir las cadencias graves en pizzicatos de violines a la luz de las velas. Hemos añadido folios vacíos con  la ilusión de estrenar nuevos acordes, repetir los mejores estribillos y vibrar el tempo que nos quede. No podría vivir sin la música. Siete notas bastan.

97. Mi artista favorita

A mi madre siempre la consideré una gran artista. Hacía juegos malabares para que el sueldo que mi padre ganaba en el astillero, diera para comer, ropa, y libros. Era cantante mientras preparaba la comida haciendo música de cucharas y pucheros. Se echaba algún baile entre colada y colada. Escalaba a la buhardilla cada vez que tenía que buscar ropa antigua para hacernos disfraces. Una gran actriz cada vez que reía las estupideces de la tía Enriqueta que nos visitaba todos los viernes con puntualidad británica. Incluso era un gran payaso, cuando se inventaba historias para hacernos reír y así olvidáramos el frío invierno.

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