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—¡Qué deliciosa era la vida antes de que las campanadas de media noche convirtieran los cuatro corceles blancos en ratas, el carruaje de nácar en una enorme calabaza y mi vestido de fiesta en harapos! —suspiraba la muchacha mientras limpiaba con desgana las ventanas del balcón—. ¡Qué maravilla bailar con mis zapatitos de cristal en aquellos suelos de mármol! —se mortificaba, dejando vagar su mirada más allá de las últimas cumbres que rayaban el horizonte—. ¡Cuánta belleza por descubrir fuera de estas cuatro paredes! —cavilaba, soñadora. Tanto le aburría hacer de sirvienta para su madrastra y sus dos hijas, tan feas y estiradas, que aprovechó un momento en que no había nadie cerca para escapar de su página y asomarse al siguiente cuento. Allí vio a una princesa agonizando en la soledad de su alcoba tras pincharse con el huso de una rueca. Mareada al ver tanta sangre, se dio la vuelta y regresó meditabunda a sus quehaceres.
—Mejor me quedo aquí con estas —pensó mientras se reponía en la cocina con un trozo de tarta—, que tampoco se vive tan mal.
La tostada que amenaza con caerse del lado de la mermelada de arándanos y que, en el último segundo, con vuelta de campana se gira para reposar en seco. La puerta de la calle a punto de cerrarse (ella sin llave) frenada por una pantufla oportuna; el coche desbocado que casi la atropella, pero que milagrosamente se desvía a la derecha; su hijo que escapa a la redada y decide dejar de hacer el camello; el desahucio que al final no tendrá lugar porque los vecinos lo impedirán. Esas plumas que le delatan, en el alféizar.
La luz de la tarde cae, dorando las torres de la ciudad. Es Ella: su Espíritu pasea de nuevo por su querida ciudad.
Dicen que el olor del azahar en primavera es el perfume que Ella solía usar cuando esperaba a su enamorado en el salón principal: dejaba las ventanas abiertas y él se guiaba por su fragancia escaleras arriba. Y que el delicado jazmín brota en recuerdo de las finas labores que Ella tejía para embeber su tiempo. También cuentan que dejó su Alma en las raíces de los árboles de la ciudad. Y que si los abrazas Ella te reconforta.
Cuentan las murmuraciones, que corren por las esquinas de las calles más sinuosas, que Ella era una cortesana venida de otro reino. Y que con sus malas artes hechizó al rey, haciéndole olvidar su misión, que era gobernar con justicia.
Pero la verdad se ha ido olvidando en el recorrido del río, bajo los ojos de sus puentes, en cúpulas y retablos, impregnados con un fuerte olor a incienso.
Cada atardecer una luz especial ilumina dos torrecillas gemelas, bicolores y redondeadas. Es Ella, que siempre formará parte de la leyenda que hace mágico al que fue su hogar.
Cuando naciste, oí cómo papá cuchicheaba que mamá había parido un ser mágico. El disgusto del abuelo fue mayúsculo, quien enseguida insinuó la vergüenza que habría de soportar nuestra estirpe.
Una noche de San Juan te esfumaste durante los nueve saltos, desvanecido tras las lapas de una luminaria, y no volvimos a saber de ti.
Hasta esta mañana, cuando el timbre reveló de nuevo tu identidad y acudimos en tropel, dispuestos a recibirte con los brazos abiertos para que nos obsequiases con el crujido del hielo tallado sobre tus pupilas de esperma.
Nos sorprendió que no tengas pelo, que sobre tu cabeza brote la selva poblada del Mato Grosso, y que todo en ti huela diferente: tus besos a turrón de Soconusco, tu tacto a pipa de hebra, y los zapatos que calzas a pis de gato.
Mientras una tribu de hormigas te retrepa el cuello, reclamando refugio tras la gruta velluda de tu oreja, y desde tus hombros se precipitan bancos de arena procedentes de dunas gubiadas por el Simún, mamá, papá, y yo, nos miramos, sin presagiar los unos en los otros cómo te envidiamos. Nosotros, que somos altos, rubios, y con los ojos tan azules.
En mi casa, por un tiempo, hubo un fantasma. Era una sombra gris que se paseaba ociosa de la cocina a la sala y que ocupó, sin ningún reparo, la estancia más espaciosa y más soleada. A mi hermano y a mí nunca nos decía nada que no fuera:»¡Niño, para!, ¡niña, calla!», y cada vez que se aparecía, por no enfrentar sus ojos de espectro contrariado, corríamos a escondernos detrás de las cortinas o debajo de la cama.
Una mañana de julio, sin que nadie la invocara, se personó en el rellano un hada rubia de mirada clara para anunciar, con una sonrisa, que se llevaba al fantasma. Mis padres, sabedores de que no se puede contradecir a las hadas, se marcaron un foxtrot del pasillo al comedor y, sin disimular la alegría, dieron su aprobación.
Cuando el fantasma salió por la puerta con sus babuchas de piel y su toquilla de lana, el verano rezagado entró, al fin, por las ventanas.
A mi querida y mágica tía Rosita
Para invocar a las hadas y después retratarlas, procede de la siguiente manera:
Firmado,
Elsie Wright y Frances Griffiths,
en Cottingley, Inglaterra, 1917
En la Atlántida, sede central de la OSMU, se habían reunido los 193 representantes del mundo mágico para votar una moción interpuesta por las Ninfas, declarar su independencia.
La votación había sido muy ajustada, 98 votos a favor, 95 en contra, entre ellos, el de las hadas, ya que con la independencia de las ninfas veían peligrar su poder obtenido durante siglos en los bosques del mundo.
A su vez las sirenas apoyaron la iniciativa, ya que las veían como grandes aliadas para embaucar a los marineros que surcan los océanos y apoderarse de sus mercancías.
Los dragones también votaron a favor de las Ninfas, ya que creían que habían permanecido mucho tiempo bajo el yugo de los elfos. Ellos, evidentemente votaron en contra, sin ellas su mundo se vendría abajo.
Los enanos también se aliaron con elfos y hadas, ya que dejarían de ser el reino más bajo.
Los unicornios que sabían que su extinción estaba cerca, apoyaron a las ninfas para así dejarles todo su legado.
Ogros y gigantes, al dividir sus votos hicieron que la propuesta de las Ninfas saliera adelante; ganar la libertad de esos seres que la habían dominado durante milenios, los Elfos.
Todos esperaban que durmiera feliz, sin embargo, no podía, sus ojos expectantes, escudriñaban la oscuridad. Sus hermanos intentaban conciliar el sueño pero él se movía demasiado y la litera con él.
—¡Mamá, mamá!
La madre, solícita, recorrió el pasillo en silencio.
—Mamá ¿y si el ratón se equivoca y se sube encima de mí y me despierta?
— Pero hijo, el ratón Pérez es un pequeño mago que sabe moverse en la oscuridad. Anda, duerme tranquilo.
No había llegado aún a la cocina cuando escuchó de nuevo el grito angustiado de su hijo.
— ¿Y si el ratón tropieza con mis pies y me asusto?
—No tengas miedo hijo, el Ratón Pérez tiene muchísimos poderes, por eso puede dejar regalos cada noche a cientos de niños. ¡Es magia hijo, magia! Duérmete.
Cuando por quinta vez oyó aquel “mamá” desesperado, se acercó mucho a su hijo y mirándolo con ternura le confesó.
—Escucha bien hijo, no hay ratón Pérez, el ratón soy yo y en cuanto te duermas cambiaré tu diente por un regalo.
El niño respiró tranquilo y a los pocos minutos, el silencio anunció a gritos la llegada de Morfeo.
Tú sí que eres mágico, susurró la mujer aliviada ¡Bendito Morfeo!
Cuando llegó a la aldea todos sus habitantes estaban muertos. El lugar se reducía a media docena de chozas situadas junto a un arroyo de aguas tan frías como cristalinas. El silencio sepulcral junto con el hedor a putrefacción lo invadía todo. Entró en una cabaña y una turba de insectos, gusanos y larvas evidenciaban el avanzado estado de descomposición de un cadáver. Del anciano curandero solo quedaban huesos sanguinolentos, jirones de carne y piel. La punta oscura del único dedo que quedaba evidenciaba que la muerte negra había sido la culpable.
De pronto vió como el castaño centenario se iluminaba, miles de chispas de fuego, como pequeñas luciérnagas, le daban un extraño resplandor .Al acercarse una niña cadáverica , subida a una rama empezó a hablar:
«Antes de que nadie enfermara yo ya había muerto, pero perduré junto a los espíritus de los niños sacrificados por los antiguos druidas . Aqui fue donde creamos el germen que extendió la plaga. Ellos destruían nuestro bosque,teníamos que exterminarlos. Al principio se enterraban a los muertos, hasta que ya no hubo nadie que pudiera hacerlo. Usted morirá pronto y entoces estaremos solos…….»
Y mientras un sudor frio le invadía la sien , la niña desapareció.
El minotauro apenas se defiende, únicamente trata de distraer a Teseo mientras los jóvenes recogen el hilo buscando el camino de salida. El ateniense le hunde hasta diez veces la espada en el corazón, consumido por una rabia fruto de la conjura de aquellos que le debían obediencia. Desconoce que tras volver a arrojar a los muchachos al interior del laberinto, Ariadna ha marchado abandonándole a su suerte. Con el paso de los días, el cuerpo de Teseo se asemeja cada vez más al de un toro, aunque todavía es posible vislumbrar un vestigio de humanidad. Se ensañará sin motivo alguno cuando encuentre la carne fresca que vaga perdida por pasadizos que no llevan a ninguna parte.
Consigue que todas sean sus mamuchis, y cualquiera papá adoptivo, en cuanto se den cuenta de que la silla de ruedas es una nave espacial que abandona para acariciar a la luna, insinuándosele por la ventana. En cuanto vean que la tiene hipnotizada, arrodillada a sus pies, que ella le sonríe y escuchen besos lunáticos. O cuando, hop, se convierta en tiranosaurio, aterrorizando a la concurrencia, muerto de risa.
Se levanta cuando quiere y pliega velas cuando le apetece. Multiplica lágrimas, como especie de fuente de fantasía, cuando asegura tener, cosido entre las manos, al mismísimo sol. Su roma nariz mía la arruga, hasta hacerla desaparecer por completo, no vaya a colarse en su fantástica y amorecida «Eduardópolis» la pestilencia de la injusticia, que intuye y deplora vuelto un coloso ceñudo.
Hubo un tiempo en que no cabía su magia dentro de mi cabeza. Cambié de idea en cuanto contemplé el gesto que compuso, entre suspicaz y divertido, verdaderamente mágico, cuando aterrizó una mosca en uno de sus pezoncillos. Me hechizó para que me tiñera el pelo: así nunca le parecería viejo. Si os llama papás, no le contrariéis. No vais a arrepentiros de ser sus lunas y sus soles.
No creo en hadas, elfos ni unicornios, los dejé de la mano de la niñez y me adentré por los senderos de la vida. Pero los vientos del camino me han empujado a este lugar expulsado de la memoria, inhóspito, yermo de fe. Alejado de mi hogar, los acontecimientos me han obligado a replantearme mi percepción de la realidad. ¡Lo he visto! Diabólico, fantástico, aterrador.
Solo yo puedo matarlo, solo yo tengo ese poder.
Me pertrecho de armas divinas y voy en busca del no nacido. Frente al monstruo, su visión sobrecoge; cierro los ojos e inhalo valor. Sus colmillos ennegrecidos sobresalen de su nauseabunda boca. Se acerca con el rictus en el rostro del que nada teme, un ser superior sediento de vida que se dispone a saciar.
El agua bendita quema mínimamente su piel, su huesuda mano lanza lejos el crucifijo; no puedo moverme. Su fétido olor anega mi mente y sus colmillos se clavan en mi cuello absorbiéndome la sangre. ¡Gracias, Señor!
Generaciones tras generaciones, y el tiempo, han impregnado mi sangre de una savia especial. El engendro se marchita, se difumina en la nada.
Voy a morir, pero antes bendigo a mi tierra, Las Pedroñeras.
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