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PREMIO SENDERO EL AGUA 2025
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—¡¡Veo, veo!!… Guillermo, pregúntanos: ¿Qué veis?
—…¿Qué coño veissss? —vocea áspero, hueco, agrio, mientras acelera el coche.
“¡Miserable! Cómo puedes ser tan cabrón… ¡Te odio!… Tantos estudios y reconocimientos a tu espalda, ¿para qué?… Para maltratarnos sin dejar marcas”. Anabel contiene las lágrimas, gira la cabeza hacia los asientos traseros y sonríe a sus hijos:
—Ahora veremos una peli de dibujos. ¿Vale?… Sin hacer ruido. Papá tiene que concentrarse en la carretera. Cuando lleguemos, María nos enseñará los nuevos cachorros.
María nunca ha viajado en un todoterreno climatizado, con pantallas de vídeo y asientos ergonómicos. ¡Mejor que un spa! (tampoco ha estado nunca en un spa). Cada mañana se levanta de madrugada, se echa el tabardo a la espalda y sale a aviar a los animales. De regreso, prepara el almuerzo de los señores. Es el mejor momento del día. En la cocina, canturrea canciones de su niñez: “Al pasar la barca, me dijo el barquero, las niñas bonitas…”. Así se sentía ella cuando todo era futuro: ¡como pez en el agua!, ilusionada, bonita. Pero, la vida devora a las mujeres de espaldas anchas, mientras se rinde ante las sirenas de tobillos finos. “Mujeres suertudas como mi señora”, murmura María.
Cuando se enamoró de ella, de esto hace ya tres mil años, Draco tuvo muy claro que su vida cambiaba.
El dragón nunca imaginó ese eterno amor por la inmortal elfa, y viceversa.
Ella lo tuvo claro desde el principio: nos amamos, sí, pero la vida es larga. Tù sigue con tus aventuras de valor, lealtad, poder, con las interminables batallas y guerras en los legendarios territorios de hielo y fuego. Yo me quedo con los infantiles humanos que, a veces, resultan divertidos.
Para comunicarse entre ellos él lanzaba enormes llamaradas que encendían el horizonte en rojos atardeceres que ella sabía interpretar.
Por su parte, ella dirigía a las estrellas deliciosos cantos que las hacían vibrar. Él las miraba embelesado deletreando sus poemas de amor.
Cuando ella quería verlo, algo que sucedía cada 100 años, colgaba en el balcón el maravilloso tapiz tejido por ella misma con hilos de plata y oro.
Desde sus ignotos territorios, Draco observaba su propia imagen bordada en el lienzo ondeando al viento.
Acudía raudo a la llamada.
En esos mágicos momentos la pasión los consumía entre cegadores resplandores, sudores y miradas ancestrales.
Ella, que surcaba los mares.
Ella, bellísima Sirena.
La mejor nadadora de su generación, ganadora de todos los premios, en un tiempo y lugar en el que las mujeres no ganaban nada, no valían nada.
Ella, admirada, amada y finalmente olvidada por todos.
Asomada a su balcón, miró al amplio y sereno mar,
y decidió en ese mismo instante, que nunca más regresaría a tierra firme.
El encanto funcionó, me convertiste a tu antojo en pez, atrapada en un lienzo que se agitaba en tu ventana.
Quedé presa a la vista de todos, que no imaginaban que tu magia fuera tan poderosa. Pero el deseo de libertad fue más grande que tu poder y a fuerza de constancia me rebelé al hechizo escapando de a poco hacia tu ventana.
Solo quedó una imagen sin cabeza suspendida mientras volvía a ser yo.
Desde la ventana te grité que jamás sería tuya.
La señorita Nerea desprendía un intenso olor a mar mezclado con melancolía y, cuando se asomaba al balcón para sacudir las alfombras, una lluvia de sueños humedecía el patio del orfanato. Cautivados, mirábamos hacia arriba y alzábamos las manos para atraparlos, igual que atrapábamos monedas y peladillas en los bautizos de aquellos niños tan raros que, envueltos en algas y caracolas, solíamos rescatar cerca del acantilado.
La señorita Nerea, con su voz melodiosa, anulaba nuestra adiestrada voluntad de hijos abandonados. Incluso Marta y Jimena, esas dos almas rebeldes que parió la guerra, se habrían dejado peinar de nuevo las trenzas, si ella hubiese accedido a ser su madre sólo por unas horas. Pero la señorita Nerea iba y venía como las olas, perseguida por la brisa de una incurable tristeza.
Desde hace días, no sale a regar las flores, ni a vigilarnos con su distante dulzura. Tampoco agita el pañuelo en el aire para pedir ayuda. Por eso y, aunque el sol se oculte para siempre tras las peñas, hemos resuelto liberarla de la bruma y escoltarla hasta la costa. Porque este asilo de huérfanos y penumbra no es lugar para una sirena.
Laila era una sirena atípica: aparte de no saber cantar, cabía en la palma de una mano. No obstante, era fanática de Boca Juniors, como yo. Tanta era la pasión de Laila por el fútbol que, ante mis reiteradas negativas, una tarde se plantó: “¡O me llevás a la cancha, o no te hablo más!”. Dos domingos sin que insultáramos al referí al unísono le bastaron para doblegarme. Así que envolví un frasco de mermelada con cinta, exceptuando una porción de unos treinta grados, por donde Laila pudiera ver…
Aquel domingo todo pintaba a pedir de “boca”: ganábamos dos a cero y mi amiga no dejaba de darme las gracias. Pero nada termina hasta que termina. Faltando un minuto para que el árbitro pitara, un mocoso, al que no debía gustarle el fútbol, comenzó a gritar: “¡Una sirena, tiene una sirena dentro del frasco!”. En resumidas cuentas, la fiscalía acabó acusándome tanto por tráfico de personas como de animales. Me condenaron a dos años en suspenso y me prohibieron volver a la cancha. Pero lo que realmente me duele es que, desde que le instalaron una pecera en el palco oficial, Laila ya no me devuelve las llamadas.
Te amo.
Te amo con todos los átomos de mi ser.
Y sé que, aunque no me conoces, tú también me amas a mí.
Y soy tan tuyo que hasta los dioses del tiempo sangran de envidia.
Y eres tan mía que hasta los huesos del tigre agonizan de celos.
Por eso esta mañana, cuando te has despedido de tu marido, he entrado en tu casa.
Y te he abierto mi corazón, te he confesado mis sentimientos y después te he abrazado, te he besado, te he devorado…
Es curioso, tu carne sabía a pescado.
El presidente de Cofradías hablaba al nutrido grupo del colectivo pesquero. Una tragedia había acabado con siete pescadores que faenaban en alta mar.
El orador aludía retóricamente a esos trabajadores y a su dura profesión. Enardecido por el mar, su mitología, la crueldad y peligros marinos, se refirió a los curtidos marineros como hechizados por sublimes cantos de sirenas y, en su delirio con el mar, a veces traspasaban unas peligrosas fronteras sin retorno.
Apareció en el escenario, sobre silla de ruedas, una señora de larga y pelirroja melena, entrada en años y arropada por una manta.
Pidió permiso y, tomando el micrófono, arengó con alabanzas a los sufridos pescadores pero, a continuación, elevó volumen y tensión en defensa de las ancestrales sirenas, siempre culpadas de las desgracias y desapariciones de pescadores, a pesar de ser harto conocidos los frecuentes hábitos de estos marineros cuando, bajo oscuros sentimientos, la bebida o amores desairados…, acaban cometiendo errores de trágicas consecuencias.
En aquel momento, se despojó de su manta, exhibiendo bajo la cintura, una larga y brillante cola de pez; mientras, entre el público, unas voces femeninas entonaban una hipnotizante melodía coral que sumió en sublime y placentero éxtasis a los congregados.
IsidroMoreno
Para salir de la crisis, inventamos lo del ‘B&W Fish Monster Day’, que se celebra hoy. En este día, solo vendemos nostalgia escamada de blanco y negro, mosntruos decolorados y criaturas raras. No hay pescado azul, ni atún rojo de la almadraba, ni salmonetes anaranjados de pupilas verdes. Sin color. Solo ofertamos el sepia, que es muy vintage.
Nuestra tinta de calamar gigante ya fue top ventas el año pasado, y hoy, la fila humana esperando, hace presagiar que en breve, nos quedaremos sin ella. Dicen que la utilizan como tinta para impresoras, que es muy fluida y que da mucho de sí. Cualquiera sabe.
Ayer nos llegó una partida de navajas grises melladas, que dispusimos ordenadamente, cubiertas con hielo picado, junto a los erizos sin púas. En la edición anterior, se vendieron como churros los pulpos de doce patas y los peces con sierra de calar; pero hoy tiene toda la pinta que vamos a dar el sartenazo con las colas de dragón de cuento. Por eso, acabo de mandar a Rosita al balcón a poner un telar bien grande anunciando la cola del dragón de San Jorge, que además de grisácea, es con mucho, la más apreciada.
En los barrios altos, con la misma elegancia que preside sus calles y balcones, las criadas, imitando el ostentoso donaire de sus señoras, sacuden los manteles por la ventana y los agitan al viento con una inusual quietud, y las migas caen plácidamente sobre las aceras como copos de nieve, y los pajaritos picotean esos esponjosos restos con los que alimentan a sus polluelos, que crecerán fuertes y sanos, dejarán el nido y formarán sus propias familias en las ramas más altas de los árboles más resistentes. Los barrios altos tienen esa sutil delicadeza para con el orden natural de las cosas.
A ver si sacudiendo el trapo del polvo él se fija en este balcón y después en mí.
Llevo días colgando este pez de seda, lo más exótico que encontré en la tienda china, pero no hay manera. Fracaso total.
A mí no me gusta esta enorme cola llena de escamas, pero seguro que a un marinero le llamará la atención, tarde o temprano. Y él se tira muchos meses en el mar, allá por Terranova, que a saber por dónde andará eso.
Volvió la semana pasada, desmejorado y enfermo, según me dijeron los de la lonja, pero yo lo encontraré igual que siempre porque lo amo más que nunca.
Mediodía. No tardará en pasar para la taberna, con su andar desgarbado, su cara de rape y sus rizos negros volando al viento. Distraído, como de costumbre..
Pero seguro que hoy, por fin, me verá agitando este dichoso trapo y me dedicará una sonrisa.
A mí o al pez. No sé, pero algo es algo.
Vivir en un quinto sin ascensor tiene sus encantos y no son precisamente las vistas, que el piso da a un patio cerrado. Ver, ver, solo veo tendales y geranios. Pero cuando se acaba el gas, suelen subir la bombona unos maromos de pelo en pecho que cortan la respiración. A veces viene un gordinflas que enseña la raja del culo y llega arriba resoplando, pero esta mañana la trajo uno nuevo.
En cuanto abrí la puerta me enamoré y, sin darme cuenta, comencé a desnudarle con la mirada. Me pasa a veces. Primero le desabroché del todo la camisa; fue fácil, con esos corchetes que ponen ahora. Después le solté el botón del vaquero y le bajé la cremallera. No llevaba calzoncillos y me puse muy nerviosa. Me quedé embobada mirándole el sexo henchido, palpitante: un cosquilleo me recorrió los muslos y noté cómo se me endurecían los pezones. Todo mi cuerpo temblaba.
Entonces oí la voz censora, quisquillosa; la voz interior que decía: «Paquita, te estás congestionando. Relájate, que solo es un chaval… y tu Antonio está al caer». Así que le despedí con unas monedas y salí con el batín abierto al balcón a quitarme el sofoco.
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