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En el interior del quirófano, un hombre nacido insignificante, venido al mundo desnudo como cualquier otro, se desprende de sus guantes de látex y exhala un suspiro de profundo alivio a través de su mascarilla.
Él nunca se detiene a pensarlo, sólo hace su trabajo, aquello para lo que estaba predestinado.
Sus hábiles manos arrebatan presas de las garras de la muerte cuando ésta ya las creía ganadas, aferrándolas de nuevo a la vida con una fuerza inusitada.
De aquellos a los que salva, nacerán hijos quienes a su vez engendraran otros. Personas que de otra forma nunca llegarían a existir y que se enamorarán, lucharan por sus sueños y cambiarán en mayor o menor medida el mundo por generaciones, conformando un nuevo futuro.
¿Quién sabe cuántos disfrutarán de la luz del sol en sus rostros gracias a un niño que después de curarse, soñó con ser médico y no cesó en su empeño hasta conseguirlo?
En la sala de espera de Oncología infantil, unos angustiados padres están a punto de elevar a la categoría de superhéroe al destinatario de todas sus esperanzas, venerándolo por el resto de sus vidas.
Hoy ha logrado serlo, pero desgraciadamente, otros días no.
Contemplando la ciudad desde la azotea del rascacielos, debo reconocer que, en principio, me pareció una idea extraordinaria. Así que no lo pensé dos veces, cogí impulso y salté.
Surcaba el cielo próximo al piso 40, el viento peinaba mi flequillo indomable mientras yo me deleitaba del vuelo libre con el aplomo que te confiere saber que eres un superhéroe. Por eso cuando a la velocidad del rayo planeaba sobre el piso 33 y mi capa aún no se había desplegado no me inquieté en absoluto
Al rebasar la planta 21 saludé a los residentes de la cocina con una gran sonrisa que me devolvieron entusiastas. Contemplé prendado, unos escasos segundos, a la guapa vecina del apartamento 19.
A la altura del decimoquinto piso me surgió, vagamente, la idea inverosímil de que quizás mi capa no tenía batería suficiente.
Fue a escasos 12 metros del suelo cuando constaté el mensaje parpadeante que, en color rojo apareció en el dobladillo de aquella y entonces recordé que la noche anterior olvidé conectar el enchufe de ésta al interruptor.
A tan solo 3 metros del empedrado, ahora sí, estoy convencido de que tengo un serio e irremediable problema.
Que su padre tenía superpoderes lo supo desde aquella vez que se subió a aquel árbol tan alto del jardín y bajo a Michi, su gatito, sano y salvo; o cuando le quitó las ruedas a su bici y le dijo que si confiaba en él no se caería… así, que no entendía por qué ahora todos aquellos señores de uniforme se empeñaban en decir que había sido un héroe, por qué su madre lloraba mirando esa caja de madera tan fea con una bandera por encima y, sobre todo, no entendía por qué su padre no volvía para decirles a todos de una vez, que sus superpoderes eran un secreto sólo entre ellos dos.
Lucas espera a que los niños estén dormidos para estallar. Últimamente los vestidos de Julia se le antojan demasiado cortos y las cenas que comparte con sus compañeros de trabajo excesivamente largas. Los gritos se clavan en los oídos de ella como alfileres en un acerico.
Julia le reprocha falta de confianza, pero piensa que sus celos, en el fondo, son una prueba de amor. Por eso perdona las palabras ofensivas que Lucas le dirige cuando pierde el control.
Al día siguiente, en la oficina, ella trata de dilucidar porqué su relación con Lucas, modélica a los ojos ajenos, se ha tornado quebradiza como una hoja en otoño. Por un momento clava los ojos en el rojo rubí que luce en su dedo corazón, y juraría que ha perdido repentinamente su fulgor primigenio.
“¿Qué harías tú sola con los niños? ¿Qué pensarían ellos de su padre?”, se pregunta una y otra vez.
Es viernes y un ramo de fragantes rosas rojas le espera en la mesita del vestíbulo. Y decide darle una nueva oportunidad.
No pasa mucho tiempo hasta que Julia recibe un último obsequio de Lucas: una gran caja de bombones. Es roja, a juego con su mejilla.
El doctor Walter Blum, eminente entomólogo, estaba a punto de resolver el problema de la súbita muerte de las abejas. Después de años de solitario trabajo, había desarrollado una fórmula que las hacía resistentes a los peligros que las amenazaban. Cuando una de las abejas sometidas a tratamiento le picó, Walter no le dio mayor importancia: era un accidente al que estaba habituado. Sin embargo, al cabo de un par de días, descubrió que había adquirido asombrosas capacidades: un olfato increíble, visión infrarroja, la capacidad de desplegar alas membranosas y translúcidas. Decidió poner esas habilidades al servicio de la humanidad, por supuesto. Realizó el diseño de un hermoso traje negro y amarillo y se lo entregó a la señora Zhang, la vecina que le solía hacer arreglos en la ropa, para que se lo cosiera. Cuando tuvo el traje listo, se lo puso: le sentaba como un guante. Walter estaba impaciente por iniciar su carrera de superhéroe. Voló zumbando a resolver su primer caso, un robo a mano armada. También fue el último: cometió el error de clavarle su aguijón al ladrón.
Coge aire, piensa un deseo y sopla las velas. 7, 8, 9, 10… cada año una más. Como tiene que ser. Sus amigos aplauden, su madre le besa cariñosa y su abuela se seca una lagrimita del ojo. Del derecho. El izquierdo lo perdió durante la guerra y por ese no llora, lo que a Santi le hace muchísima gracia.
Don Santiago recuerda con orgullo y nostalgia esos cumpleaños y su infancia feliz. Tardó años en darse cuenta de que, una vez sopladas las velas y hecha la foto, lo que su madre ponía para merendar eran galletas maría y leche aguada. ¡Qué bien imitaba la nata y las guindas! ¡Como presumía él de sus tartas de chocolate (barro, ahora lo sabe) y sus San Marcos de barniz!
Uno de sus deseos recurrentes en esos años era conocer a Superman o Spiderman. Ahora, mientras contempla a su nieto tomar un trozo de Selva Negra de la pastelería más prestigiosa de la ciudad, se congratula a si mismo por haber sido el hijo de una Super Woman
“Si toma esto, perderá todos sus poderes”. Al leer aquella frase pensó: “Ojalá me hubieran puesto algo así en la primera botella que me bebí”. Cerró el tebeo y lo metió en la caja en la que ponía “Raúl”. Como siempre, había bajado al sótano a por la última y acabó allí apurándola. Permaneció sollozando entre los restos del naufragio que están apilados con sus nombres. No se atreve a echarlos fuera de su vida de nuevo. Ya que desde el día que dijo por última vez: “Estoy bien. Yo sé cómo voy, soy Superman” y los lanzó en aquella curva al abismo, sabe que los superhéroes tan solo existen en los cómics.
«Un accidente» eso es lo que todos dirán, estoy seguro. Pero no. No lo ha sido en absoluto. Y tal vez sea esa incomprensión lo que en el fondo más me duela. Una eternidad sobrevolando bajo esta mágica capa de súper héroe los abismos del mal, del dolor, de la miseria; contemplando a vista de pájaro la fragilidad de la vida, tanto desconsuelo… Imposible era salir indemne, deberían saberlo. El desengaño y la frustración, también la soledad, hace ya mucho tiempo que devoraron mi alma. Nadie se dio cuenta, sin embargo. Soy bueno disimulando. Pero hay días, muy de vez en cuando, en que la desesperación y este cansancio infinito que de un tiempo a esta parte siempre me acompañan al fin me vencen y, sí, ya sé que soy inmortal -eterno hombre de acero- pero esos días, días como hoy, encaramado unas veces a la más alta azotea de la ciudad, al campanario de cualquier iglesia olvidada y ya sin nombre otras, cruzo los dedos, retengo con esfuerzo las lágrimas que arrasan mis ojos, contemplo retador el vacío, a él me lanzo y con conmovedora ingenuidad murmuro: tal vez hoy…
Las casas ya desaparecían bajo el agua, y cuando la tempestad pasara, los habitantes nunca volverían a darle problemas.
Ignorantes y supersticiosos como eran que él controlaba el clima, y él les temía por eso.
No había podido acercarse para darles el mal consejo de encerrarse en casa durante la tormenta, así que mando al hijo que lo avergonzaba por su falta de superpoderes. Al menos tenía talento para engañar a la gente.
Creyó que había ganado. Pero esa noche el muchacho sin poderes lo despertó para explicarle que algo había salido mal. Su primogénito lo había traicionado y en el último instante había advertido a sus enemigos, que seguían con vida y venían a eliminarlo.
—Huye, padre. Yo los mandaré en la dirección equivocada.
Así se despedían siempre. El hijo aparecía cada vez que sus planes maestros se acercaban al punto culminante, para advertirle sobre traidores y venganzas.
Si se hubiera mantenido al tanto de los listados de superheroes en su patria, quizá habría adivinado que su hijo era el hombre tras el mito de Falasia, cuyo único superpoder era convencer a cualquiera, especialmente cuando mentía. Por eso en su país todos creen que Falasia se escribe con S.
Desde muy jovencita, Manuela había soñado con un matrimonio perfecto y el 99% lo había conseguido. Se había casado con Manuel, el hombre perfecto – buen piso, buen coche, buen trabajo. En su casa cantaba la gallina, mientras el gallo callaba, probando las palabras de su mamá ”Marido rico y necio, no tiene precio.” Manuel era hombre de la casa: preparaba la comida, planchaba camisas y usaba la aspiradora mejor que ella. Así pasaron diez años felices.
Pero el 99% no es el 100%… Una noche, Manuela despertó y encontró la cama vacía. Manuel volvió, a hurtadillas, de madrugada. Eso se repitió cada miércoles. Los jueves Manuel se mostraba agotado, pero de buen humor. Manuela lo confesó a sus amigas. ¡La misma situación! Los celos las mataban.
Cierto jueves, Manuel no volvió a casa. En el sofá, Manuela borraba sus lágrimas junto a sus amigas, cuando presentaron la siguiente noticia en la tele: la policía había detenido un grupo de borrachos disfrazados de superhéroes, que desfilaban vestidos de trajes de lycra, gritando canciones de películas de animación. Entre Batman y Hellboy, Manuela reconoció a Manuel. Lo que no pudo entender era por qué su marido llevaba precisamente el traje de La Mujer Maravilla.
Desde que Lois Lane se marchó con su profesor de yoga, Superman se pasa las tardes tumbado en el sofá, con una lata de cerveza en una mano y el mando del televisor en la otra, mientras los malos campan a sus anchas por la ciudad de Metrópolis. Lleva semanas sin cambiarse de ropa y el traje apesta. Cuando termina una lata, la estruja con las yemas de los dedos, como si fuese una bola de papel, y la lanza contra la pared. El piso se ha convertido en un vertedero y la basura se acumula en un rincón, formando una gran montaña. Debería levantarse y hacer una superlimpieza, apenas le llevaría un minuto, pero se siente sin fuerzas. Hay días en que se tiraría por la ventana, si eso sirviese para olvidarla. Por la noche, llevado por sus instintos más bajos, utiliza su visión de rayos X y se masturba viendo follar a sus vecinos. Antes de correrse, siempre acaba pensando en Lois. Todavía confía en que vuelva. Después, va a buscar otra cerveza a la cocina, abre el frigorífico y se queda mirando ese trozo de kriptonita que, por si acaso no lo hace, un día decidió guardar.
—Que sí, que sí, te aseguro que es auténtico —repite ante las dudas del hombre que lo examina bajo la luz exangüe de la única farola que queda en aquel callejón apartado de miradas indiscretas.
Si le pregunta, que seguro que lo hará, como hacen todos, contará lo de siempre: que lo encontró cuando los técnicos del ayuntamiento desmantelaban la última cabina del barrio. Necesita el dinero para comprar las medicinas y algo de comida así que aceptará lo que le ofrezca. Cada vez es más difícil venderlos. La gente ya no cree en superhéroes, pero eso no se lo dirá nunca a su abuelo. Tampoco que este es el último traje que queda en el armario.
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