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Me desplazan sobre un suave fondo blanco que mancho con la tinta que guardo en mi interior. Creo palabras, frases, textos que, en ocasiones, tacho debido a su incomprensión, al no alcanzar la perfección deseada o, al no encontrar la palabra, la sensación o la musicalidad deseada.
Soy el verdugo de mi propia creatividad.
Me arrojan y desciendo sobre el fondo marcado con mis palabras. Se crea un extraño paréntesis que me permite pensar en la suerte que tengo de poder acariciar y rasgar la suavidad del papel blanco. De no ser una imagen de ese papel. De no ser un simple teclado y un corrector automático que te indica el error o un nuevo sinónimo a utilizar.
Soy un muerto que no escucha ni lee pero habla.
Me abandonan y me dejo acariciar por esa hoja que ya no es blanca. Por la musicalidad de las palabras que la impregnan y que me recuerdan el esfuerzo realizado y compartido. Descanso entre sus susurros que también son míos. Y me desprendo de mí mismo a la espera de un nuevo comienzo pero viejo tacto.
“No es tan fácil escribir sobre nada”
Padres furiosos y alumnos intolerantes protestaban delante del Ministerio de Educación:
«Los manuales contravienen los valores democráticos, son inaceptables, producen traumas psíquicas! ¡Menos novelas y relatos en el programa! ¡Son difíciles! ¡No tenemos tiempo! ¡Los niños son cansados! ¡Sacad la poesía y la dramaturgia! ¡Demasiados autores: la mayoría son muertos, no nos interesan! Tampoco sus personajes! ¡Sois unos dinosaurios! Depurad los programas o haremos nosotros una depuración en el ministerio!
Arrinconado, el ministro reunió a los más importantes actores educativos del momento.
Decidieron borrar todas las novelas y los relatos, porque hablaban de enfermedades y guerras (temas traumatizantes), de buenos y malos (discriminación), de mujeres y hombres (discriminación) etc. Borraron toda la poesía (la del amor no corresponde al manual de educación sexual) y la dramaturgia, incluso las comedias (¿por qué reírse de los otros? ¡aceptadlos tal como son!).
Después de una durísima selección, al final solo quedó un texto aceptable: La Bella durmiente.
Érase una vez la hija de un rey (no, no de un rey – discriminación); una niña… (¿por qué no un niño?) No…
Érase una vez… alguien… durmiente… Y durmió, duerme y dormirá feliz, sin comer alguna perdiz, para no destruir el equilibrio ecológico. ¡Perfecto!
Cuando se escribe, resulta difícil encontrar un personaje adecuado. Sin embargo, una vez que lo defines, toma forma y se apodera del papel. A medida que lo enriqueces coge fuerza, y de pronto la historia fluye sin cesar como si se narrara sola.
En mi última incursión por los laberintos de la imaginación, he creado uno que esta mañana se ha escapado en la página quince, y ahora está sentado en el chaise longue, viendo la televisión, en el lugar que suele ocupar mi esposa.
Llevo todo un programa pensando cómo se lo voy a explicar a mi mujer. Y a sabiendas de que no lo entenderá y que me pedirá el divorcio por enésima vez, estoy planteándome seriamente en escaparme con él, bueno exactamente con ella, porque no he aclarado que la protagonista es una mujer. Sólo tengo que asirla de la mano y ordenarle que regresemos juntos a este magnífico cuento que tenemos que seguir relatando para todos nuestros fieles lectores
Stephen se halla sentado ante su máquina de escribir, dando vida a un payaso malvado de enorme miembro viril para una de sus novelas, una con un título tan corto que parece que se haya quedado sin carrete en la máquina y lo haya dejado a medias. No sabe muy bien cómo llamar al payaso rabilargo: PeneGris, PeneGuay… al final piensa que lo llamará Pennywise y así camufla la palabra pene para que nadie se dé cuenta. Es un genio el tío. Y un cachondo.
De pronto aparece Carrie, toda cubierta de sangre y hecha un basilisco.
–¡Papá King, mira cómo me han puesto de sangre por tu culpa! ¿No puedes escribir cosas más normales?
Stephen la mira sin articular palabra, bebe un trago de la cerveza que tiene al lado y lanza un eructo de pesadilla, como no podía ser menos. Carrie se va dando un portazo, con la mente, claro, que para eso tiene telekinesis, y también algo de escoliosis, aunque eso no sirva para mover nada. Stephen acaba la lata de cerveza y la lanza con despreocupación al suelo. Cujo, su perro San Bernardo, lo mira enojado. Esas cosas le dan mucha rabia.
Voy a matar a mi creador. No, no hablo de Dios, ni pretendo cometer ningún deicidio. Me refiero al hombrecillo con ínfulas de escritor que me usa como marioneta.
Yo vine al mundo en un relato llamado “Un hombre honrado”. Recuerdo que en él echaba el polvo de mi vida y dos líneas más tarde le reventaba la cabeza a ella de un disparo. ¿Qué cerebro enfermizo puede imaginar algo así? Desde entonces he sido policía, detective o mafioso. Da igual, al final del relato o muero heroicamente o me cargo a la chica, no hay más variante. Puedo llamarme Frank o apellidarme Corleone, el caso es que no moje y si lo consigo acto seguido uno de los dos tenemos que morir, es nuestro castigo por gozar, ¡maldito mojigato!
Como vivo en su cerebro leo otras historias: amor, poesía, finales felices… para él todo esto no existe, mi mundo se reduce a un revolver, un hotel polvoriento y una botella de bourbon. Mi universo es tan gris como su imaginación y mi futuro más negro que sus relatos.
Está sentenciado. Soy muy bueno asesinando y eso es algo que debo a mi futura víctima: espero que aprecie la ironía.
El mejor día de mi vida quizá ya haya pasado.
Édouard Levé, Autorretrato
La tarde en la que busca inspiración para una nueva novela se encuentra en su despacho, oyendo cómo alborotan unos niños en la calle. Distraído por sus risas y juegos, que le recuerdan su propia infancia, ahora que podría ser abuelo, levanta la vista del escritorio. Y allí está, al otro lado, la sombra esperada hace tiempo, negra, silenciosa, implacable, y ya tan cercana que solo es capaz de oponer como defensa su última creación.
Esa misma tarde escribe Ocaso, el monólogo de un maduro escritor frente a la Muerte cuando esta viene a buscarlo, donde se lamenta de haber tenido que arrastrar la tristeza de las cosas que no fueron posibles y las cicatrices de tantas pérdidas. A cambio le pide poder llevarse el sentimiento de melancolía que le regalan sus recuerdos más hermosos, y no renunciar a la emoción sentida cada vez que lo ha sorprendido la belleza.
La Muerte lo escucha con su indiferencia acostumbrada, pero confundiendo realidad y ficción, enredándose entre las palabras escritas, acaba por firmar sobre el papel, con la tinta de la imaginación del escritor, el ruego que le hace.
De la jungla del mundanal ruido huyo y sigo una senda de orígenes primitivos, buscando una esencia ancestral que presiento. Escribo de los moranis, esos aprendices de guerreros masái que, para llegar a serlo permanecen sobreviviendo largo tiempo en lo salvaje. El que avanza por el norte, oculto entre la maleza, parece preparar un ataque felino, y se arrastra sigiloso por la orilla del río. El del sur, deja ver su cerbatana camuflada en el vaivén de los árboles.
Se preparan para un ataque épico, definitivo, ritual. Dos mundos encontrados. Mi pluma está expectante, absorta en la percusión y los gritos guturales lejanos, atrapada en mi pasión por los territorios tribales y vírgenes, fascinada por el silencio en los enredos de la ficción.
Pero la intriga, ahora, se convierte en horror: se ha clavado en mi hombro la humedad aguda de un dardo y huellas mojadas me persiguen por la casa.
Le despertó un ruido, en principio muy lejano, pero que fue ganando intensidad hasta hacerse ensordecedor. Al abrir los ojos, descubrió que el blanco inmaculado de las paredes del hospital, había transmutado en un naranja intenso, el de la lona de la tienda, que, al ser azotada por el viento incesante del exterior era la responsable del ruido.
Desbordado por la emoción de hallarse vivo en aquél preciso tiempo y lugar, descorrió la cremallera de la puerta y saltó hacia el exterior dándose de bruces contra la nieve.
A pesar de saber que en unos instantes una tremenda avalancha lo sepultaría todo, no pudo evitar romper en sonoras carcajadas llenándosele por ello la boca de nieve.
Se incorporó como pudo y dirigió sus ojos hacia la cumbre del Himalaya viendo como el cataclismo que el mismo había provocado con su risa descendía imparable la ladera.
Ningún miedo le acechaba, pues sabía que en breves momentos despertaría en mitad de la selva amazónica.
Siguiendo sus últimas voluntades, su albacea había mezclado las cenizas obtenidas de su incineración, para mezclarlas con la tinta usada para imprimir todas sus novelas de aventuras reunidas en un solo libro.
Abre los ojos. No reconoce las caras emocionadas que ve a su alrededor. La señora mayor que llora bajito le causa ternura. Le gustaría abrazarla, consolarla, pero no se atreve. No parece apropiado mimar a una desconocida. La chica joven está buenísima. Ya le echaría un polvo, ya… ¡otra que llora!. El chaval de la izquierda le acaba de dar un puñetazo en el hombro. –¡Ya era hora, tío!- dice -¡joder, menuda siesta!
No los recuerda, aunque se esfuerza. Su madre recibió ese abrazo que quedó pendiente en el hospital. Y muchos más. Su mujer… mira que está buena, pero no le gusta, tan pija. Su cuñado ¡ese si!, chavalote majo. Salen juntos de fiesta y se toman sus buenas birras. Según el médico, retomar algunos hábitos puede ser decisivo para que recupere la memoria.
Lo peor de la amnesia es no reconocer al protagonista del diario que, al parecer, él mismo escribió. Leerlo forma parte de la terapia para recordar, pero no consigue reconocer a ese tío. No puede creer que sea él mismo, ni siquiera le cae bien. Por eso se ha propuesto ser el autor de otra historia, otro personaje. Uno que no sea tan imbécil.
Antes de los 18 años, salía de casa, en Adrogué a las 6 y cuarto de la mañana, pero antes me fijaba si llevaba el libro La Impura.
Casi dos horas tardaba en llegar al Sanatorio Juan XXIII, en Once, donde trabajaba como administrativa de 8 a 16 hs.
Ese inhumano viaje, siempre a pié, se desvanecía por la lectura, que empezaba en los largos y benditos andenes de Constitución. Iba leyendo mientras caminaba, lo más lentamente posible, dado que me llevaba una masa de gente.
Por aquellos días leía La Impura de Guy Des Cars, y solo podía hacerlo en ese momento, porque después al volver, ya sentada, estudiaba hasta llegar a Remedios de Escalada. Como era mi último año de la Carrera de Técnico en Administración de Empresas, deseaba concluir mis estudios con un buen promedio.
Tenía pensado para el año siguiente comenzar Ciencias Económicas.
Una mañana, cuando más emocionante estaba la historia de Chantal, en la que el ciego quiere arrancarle la pashmina que lleva al cuello, para que no verla involucrada en un delito; de la masa surgió una voz indignada: Tarada, fijate por donde caminás, yo reaccioné pestañando varias veces, como si volviera de un sueño y dije- disculpe Señor, iba leyendo.
Desde hacía varias semanas libraba una ardua batalla con el papel en blanco, este a modo de fantasma le suministraba un vacío que era difícil de llenar, le dolían los ojos ante aquella blancura tan impoluta que ante él , se mostraba reacia a dejarse conquistar por unos personajes. Probó con piratas y princesas, hadas y duendes ,reyes y reinas, héroes y villanos,mujeres y hombres enamorados… y así un sifín de personajes pero siempre ante al incapacidad de contar cosas nunca antes contadas terminaba engullido por una montaña de papeles en blanco.
Transcurridos los días un olor putrefacto inundó la casa, los vecinos avisaron a la policía y cuando entraron el espectáculo que vieron cubrió las portadas de los periódicos.
«Aparece muerto un escritor rodeado de todos sus personajes «
Un valioso alijo de palabras ha sido incautado por la policía en los sótanos de una conocida biblioteca de la ciudad la pasada madrugada. El hallazgo se produjo gracias a una llamada anónima que alertó a las fuerzas del orden sobre movimientos extraños en el lugar a horas intempestivas. Personados los agentes en el punto denunciado, hallaron a un grupo de traficantes que comerciaban con inestimable material cultural. Prendieron a desconocidos raperos que pasaban sus versos a reputados poetas, aforistas que comerciaban con sus sentencias destinadas a políticos de renombre, jóvenes escritores que ofrecían, a cambio de pequeñas sumas, sus originales ideas a novelistas consagrados. El valor del material incautado aún no ha sido cifrado, pero se calcula que en manos de sus destinatarios, habría alcanzado varios millones de euros. Los detenidos reaccionaron de forma pacífica al ser sorprendidos, limitándose a alzar sus manos y callar, al quedarse, tal y cómo apuntó el cuerpo policial allí presente, sin palabras.
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