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Antes de abrir la carta intuye que algo cambiará. Que el destino la avisa de un nuevo camino, de una nueva forma de entender todo aquello que la rodea.
La abre con el temblor del miedo y la transpiración de lo inesperado, con el sudor frío que recorre sus dedos.
¿Qué pone, Mamá?
Las lágrimas brotan de sus ojos y descienden por el barranco de su rostro en caída libre.
¿Qué te pasa, Mamá?
Su marido se comportó como un héroe. Salvó a muchos inocentes con su valentía. Ha sido un honor combatir a su lado todo este tiempo.
El hijo observa a los adultos desde el suelo. No entiende sus rostros tristes y serios. No comprende las lágrimas de mamá. Sólo ha reconocido alguna de las palabras que el señor que, ahora lo mira, ha dicho a su madre.
¡Papá es un héroe! ¡Papá es como Superman, Spiderman o el Capitán América! ¡Qué guay!
Una tímida sonrisa sale del desconocido que roza con sus manos los hombros de mamá.
¡Mamá no lo veremos tanto pero seguro que nunca nos pasará nada! ¡Él nos protegerá como hacen todos los superhéroes! ¡Ya verás cuando lo diga en clase mañana!
Ella sabe cómo desnudarme sin ponerme la mano encima. Sonríe y me guiña un ojo: “¿Lo hacemos después de cenar?”. Cansado, agacho la cabeza. Como si me hubiera pillado masturbándome, extiendo la servilleta sobre mis piernas. Con Bea nunca me aburro. “¿No te apetece?”, insiste. ¡Seguro que está leyendo mi mente! Me concentro en la cena. Coloco las patatas fritas alrededor del huevo. Imagino que son indios atacando el fuerte vaquero. Pincho cuatro indios y ahogo en ketchup al Séptimo de Caballería. “¡Claro que me apetece!”, miento. La yema-fogata ilumina la masacre, como la melena de Bea ilumina nuestros juegos. Bea es rubia y huele a verano. Aflojo mi mente. Sonrío. “Si tanto te apetece, nos saltamos el postre”, me reta… ¡Indios, patatas, vaqueros, indios, patatas, vaqueros…! Que su visión de rayos X no descubra a Bea. “Mejor lo dejamos para el fin de semana”, tartamudeo con la boca llena de vaqueros sanguinolentos. Ella, insaciable, atraviesa el cuchillo panero sobre el cuenco de la fruta (formando un enorme prohibido). Ya me he quedado sin postre… “¡No soy un niño pequeño!”, protesto mientras relamo el Ketchup que chorrea hacia mi barbilla. “No me apetece jugar al Ahorcado, mamá! Además, ¡siempre ganas!”
Mi héroe fue un hombre en contra de todas las leyes de la vida. Mi héroe vivió en la pobreza y creció en el anonimato. Mi héroe no poseía ni riqueza, ni influencias. Su familia era humilde. Mi héroe atemorizó a un rey y asombró a doctores. Como hombre dominó la naturaleza. Mi héroe sanó a multitudes sin medicina y no cobró por sus servicios. Mi héroe nunca escribió un libro y sin embargo todas las bibliotecas de un país no alcanzarían para contener los libros que han sido escritos sobre él. Mi héroe nunca escribió una canción, pero ha sido el tema de miles de canciones. Mi héroe nunca formó un ejército, ni usó un arma, pero ningún proceder tuvo más servidores voluntarios. Mi héroe nunca practicó la medicina, pero ha curado más corazones heridos que ningún cirujano. Una vez a la semana las puertas de los comercios dejan de girar y multitudes se dirigen a lugares de culto para rendirle adoración y respeto. A mi héroe el hombre no lo pudo matar, ni la tumba retener. Mi héroe se destaca encumbrado a la gloria, reconocido por los ángeles, adorado por los santos y temido por los diablos. Mi héroe sigue vivo, el nombre de mi héroe es sobre todo…NOMBRE.
Te quiero por hacerme soñar, sueños que creí que no existían.
Por jurar que nuestras vidas jamás se separarían.
Te quiero por estar siempre ahí, cuando más lo necesitaba.
Te quiero por ofrecerme tu sonrisa cuando mis ojos se llenan de lágrimas, por hacerme feliz sin necesidad de palabras.
Te quiero por perderte en mí, cuando yo ya estaba perdido.
Por confiar en mí, cuando yo ya estaba rendido.
Te quiero por las cosas que olvidaste en el embarcadero, esperando que mis labios amarrasen primero.
Te quiero por hacerme gritar palabras de amor al viento. Si algún día te sientes sola, no olvides lo que por ti siento.
Te quiero por hacerme olvidar que significa la palabra tristeza, porque tus caricias las penas las vuelve belleza.
Te quiero por lo que fuiste, por lo que eres y por lo que serás.
Porque a tu lado lo mejor está por llegar.
Fruto de la relación de Clark con Lois nació Johnny. Viva imagen de su padre, solo necesitó unos meses para levantar la cuna con una mano, saltar desde la terraza a la piscina o ayudar a su madre haciendo las faenas de la casa en pocos segundos.
Se había roto el secreto de la identidad real de Superman, y la familia Kent gozaba de una gran consideración entre sus vecinos, que comenzaron a llamar al retoño Supernene. Fuera por culpa de las malas compañías o por su carácter irreflexivo, con cinco años ya era conocido en los peores ambientes del barrio, con diez era el cabecilla de una banda de atracadores y con quince fue contratado como sicario por los principales capos mafiosos. Encarcelado en repetidas ocasiones, siempre lograba escapar, hasta que lo encerraron en una celda recubierta de kryptopnita, lo juzgaron y lo condenaron a pena de muerte.
Clark pidió clemencia, prometió que lo reeducarían y que cambiaría, incluso amenazó a jueces y gobernantes, pero todo fue inútil, y una inyección con un líquido verde fluorescente acabó con su vida.
Pocos días después Superman, volaba hacia Metrópolis con una bomba de neutrones sobre sus espaldas.
Dos meteoritos, una decena de villanos y una treintena de gatos, subidos en árboles, que no querían volver con sus protectores dueños. Héroe le llamaban algunos, otros «metomentodo», los menos «supergalactic»; en dichosa hora me puse ridículo nombre pero me sonaba bien qué le íbamos hacer, locuras de novato.
Era un héroe, ese era mi sino; salvar a la humanidad. Pero, ¿quién ayuda a un héroe cuando se pilla la mano con la dichosa puerta?.
Sus curvas dinamitaron las páginas del cómic. Llegó hasta mí con un catsuit de cuero tan ajustado y sensual, que mi libertad saltó por los aires. Los labios se me quedaron entreabiertos y ya no pude pensar ni articular palabra. Me miró desde lejos, avanzó lentamente contoneando sus hombros, levantando exageradamente las rodillas y apuntándome con el ariete de sus pechos. Alguna parte íntima de mi cuerpo quiso imitar el ritmo sinfónico que marcaba la batuta de su cola insinuante. Se detuvo. Ella se detuvo. Puso una mano sobre mi hombro y, sin dejar de mirarme, me preguntó por mi batmóvil. Apenas pude señalar el viejo Simca 1000 que estaba a mi espalda. Sus labios de carmín me ofrecieron una sonrisa felina y caímos sobre el asiento trasero. Se quitó el antifaz, el gorro de látex y agitó de un lado a otro su cabeza, pero no encontré la melena salvaje y negra que yo esperaba, sino una reluciente, cegadora y decepcionante calva. Antes de que pudiera poner cualquier objeción, cayeron sobre mí sus cincuenta y ocho kilos de escayola.
Resultó una experiencia agridulce en un escenario ciertamente complicado, pero no hay hazaña imposible para un superhéroe de mi talla.
A ella(s)
Minutos antes de que vengan a por mí, pienso en ti. Corres por la orilla de una playa imaginaria. Sujetas los hilos de una cometa confeccionada con infinitos pañuelos de supervivientes del gran naufragio. Tu corazón late con fuerza muy cerca del seno ausente. Tu incipiente cabello desafía al viento. Ya es la hora. Te detienes. Observas cómo olas de batas blancas me conducen mar adentro. En silencio, escucho tu callada voz. Mi temor se desvanece. 100, 99, 98, 97, 96, 95… Respiro hondo. La brisa marina invade la atmósfera del quirófano. La boca me sabe a sal. Con pulso firme, practico una precisa incisión en la marcada zona de tu torso descubierto. Mi antigua cicatriz vibra. Un par de horas después, arribamos a tierra, victoriosas tras la primera batalla librada en aguas turbulentas. Me desprendo de la vestimenta quirúrgica. Restos de salitre brillan en mi escote, olvidado ya de pasadas ausencias. Frente al espejo, contemplo la melena que acaricia mis hombros y esbozo la sonrisa que un día dibujarán tus labios. Aún duermes sobre la cálida arena. Antes de que despiertes, te sueño reanudando la carrera con nuestro futuro prendido a la cometa.
Sudo con la cabeza metida debajo del nórdico (quiero decir, del edredón). Fuera está el peligro. Los primeros mosquitos atacan y son de una generación de inmunes a los vapores de mi Súper Bloom Eléctrico. Saco la cabeza de la trinchera. Zumbido cero. Mando a paseo al nórdico cuando, de no se sabe dónde, vuelve el enemigo directo hacia mí. Por la intensidad del ruido de sus motores, deduzco que se está acercando a la parte esa tierna de debajo de mi oreja derecha. Luego, lo imagino aterrizando y sacando su artillería afilada para clavármela y chupar. Entonces… ¡plaf! Del tortazo que me doy me quedo unos segundos atontada, luego enciendo la luz y… ¡sí, le he dado!
Desvelada, aprovecho para ir al baño, y al volver me encuentro a un Superman desaliñado y mareado sentado en la cama, mientras que otro mosquito da pasadas de reconocimiento por la habitación. Me cabreo más que me sorprendo.
—Superwoman y yo mismo estábamos probando nuestros nuevos disfraces de mosquitos y… —farfulla el hombre.
—Lo siento, haber avisado —le digo—. Y mirando hacia su compañera añado—: ahora iré a por ella, ten cuidado, tío, no hay nada más peligroso que una mosquita muerta.
Nunca me han gustado las historias de súper-héroes, no creo en ellos. Pero no me importaría tener cerca a esos súper hombres o mujeres que deshacen entuertos.
Necesito conseguir sus cualidades para estar entre los elegidos.
No me vendrían mal los rayos x o la visión remota para comprobar los atributos que exigen los jurados al determinar que texto es digno de pasar a la final.
O una súper-fuerza que doblegara los ánimos de algunos locos de las palabras.
También me convendría dominar la luz para crear textos tan luminosos y resplandecientes que, por primera vez desde 2012, dejarán sin palabras a esos jueces tan implacables.
Asimismo me sentaría de maravilla poseer sus dones para salvarme del fracaso reiterado, que indefectiblemente, me espera cada temporada.
Pero no me siento sola en ese empeño ingrato. Sé que los premiados son contados, y que me acompañan infinidad de junta-palabras esforzados que jamás desisten y se empeñan, sin suerte pero con tesón, por estar entre los grandes y en dar con la clave secreta del éxito.
Tal vez debería crear un nuevo súper-poder para reencarnarme en algún súper-héroe de las letras, al que admiro, y que siempre se llevaba el gato al agua.
8:45. Tras varios días fuera de órbita, condenado al silencio y a una oscuridad glacial, percibió Emilio una luz, deliciosa y pálida, que comenzaba a entibiarle el alma. Por fin se encendía el horizonte. Aquella calidez fue acariciándole, confortándole y haciéndole flotar, y antes de abandonarse al dulce sopor, olió la fragancia de las rosas que regaba Marga, su mujer, el domingo que salió a montar en bici. Sintió que sus ojos se humedecían, notó un último latido en su pecho y se dejó llevar, plácidamente, por aquella luz blanca.
16:12. Un sanitario desenchufa la máquina, le saca de la boca el tubo que le conecta al respirador y le tapa cuidadosamente la cabeza con la sábana. No lo dice, pero le sigue intimidando mirar a la muerte a la cara.
16:37. A pie de pista, un equipo monitorizado aguarda impaciente en una ambulancia. El helicóptero toma tierra y un hombre desciende apresurado sujetando una nevera portátil. El operativo se pone en marcha. Pese al tráfico y la lluvia, en pocos minutos el corazón de Emilio cambiará de cuerpo y volverá a latir de nuevo.
Y una chispa de luz diminuta parpadeará por vez primera en el firmamento.
Salgo de la oficina tarde, como siempre. El pesado de Ibáñez ha expuesto su mierda de plan de seguridad y la reunión se ha alargado haciendo que otro día más me salte el gimnasio. Atravieso la plaza con prisa hacia la entrada del metro. Está abarrotada. Es el primer día de rebajas y no he podido comprar nada. Es difícil avanzar entre tanta gente, a este paso me cerrarán hasta la frutería del paki (y algún día de estos debería cenar sano).
Trato de correr más pero el tacón se me atasca en una alcantarilla. Tiro un poco para sacarlo pero no hay manera. ¡Maldito ayuntamiento! ¡Maldito zapato! Claro que con lo que me costaron o sale entero o aquí me quedo.
Me agacho disimuladamente para intentarlo con la mano. Nadie acude a salvarme, en esta ciudad no hay superhéroes. A mi alrededor todos pasan con prisa hacia las rebajas, hacia el gimnasio, hacia la entrada del metro, hacia el comercio de algún paki a por algo para cenar. Nadie repara en mí. Pienso en esos animales atrapados en un cepo en la soledad del bosque y rompo a llorar. Envidio los límites concretos de sus trampas.
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