Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

11. Fado y el sol

Todas las tardes a las ocho en punto, cuando el sol adivina próximo su declive, el impaciente portugués sale al balcón y comienza a tocar un fado. Entonces, y también como cada tarde, la hermosa mujer de gallardo taconeo pasa por delante del lusitano, que en la oscuridad de su ceguera hace enmudecer el desgarro del instrumento. Solo en ese preciso instante, y si acaso tributamos la atención requerida, podremos escuchar lo que el astro rey tiene a bien decirle a su vespertino camarada:

-¡FaDo!

-¿Sí, Sol?

-¡MíReLa!

Son pocas las palabras y siempre las mismas; siete sílabas, siete notas indivisibles. Suficientes para conseguir que durante el levitar de un suspiro la plaza al completo cese en sus quehaceres.

Se preguntarán que cómo puedo saberlo. Lo sé, sencillamente, porque yo también me detengo a mirarla.

10. Delirium (Susana Revuelta)

No necesitó alejarse unos pasos de la pared para darse cuenta de que algo le faltaba al cuadro. Del entusiasmo que había sentido al encrespar el océano y llenar de espuma su superficie, pasó a la decepción al comprobar que no quedaba pintura negra y gris para oscurecer, cual galerna repentina, el cielo azul. Y ahora, ¿con qué nubes provocaría un vendaval que desplazase al velero sobre las olas?

Tomando aire se acercó, sopló el lienzo y observó con agrado cómo el mástil se combaba entre sus telas inflamadas y el barco iniciaba su periplo, surcando un mar embravecido. Avanzaba dejando atrás el temporal cuando divisó unos cocoteros en un islote de arenas blancas.

«Esto —pensó— no me lo esperaba. Voy a dibujar un náufrago barbudo; no, mejor sin greñas —se animó— como si acabase de llegar, ¡que se busque la vida!». Entonces sonó el ding-dong de la entrada.

Contrariado, escondió los pinceles en un cajón y empujó con un pie los tarros de témpera detrás de las cortinas. Pulverizó con ambientador para mitigar el olor a tinte, restregó unas gotitas de espuma que habían salpicado sus gafas y, circunspecto, abrió la puerta, señalando al nuevo paciente el diván.

9. Salvador

Todo comenzó casi por azar después de una comida. Su talento para apreciar formas y colores desde una perspectiva única le permitió atisbar algo en el caos de manchas que habían quedado en el mantel. Tras girarlo varias veces para explorar distintos ángulos, encontró finalmente uno que le resultó satisfactorio, recortó un pedazo rectangular e hizo un cuadro. Ese instante de epifanía le motivó para experimentar con distintas recetas. Las engullía en un vaivén caótico de platos, copas y cubiertos que resultaba en un continuo de salpicaduras y embadurnamientos, siempre sobre un mantel nuevo e inmaculado. La primera exposición la organizó en su propio taller, fue un éxito comercial. Los críticos comenzaron a destacar su independencia creadora y su arte de vanguardia, lo que resultó un incentivo para explorar nuevos horizontes. Y así fue que concibió una interpretación revolucionaria de la pintura donde transformaba los sueños en realidades palpables y al mismo tiempo delirantes, pero que nadie pudo entender. El público comenzó a ignorarle y perdió el favor de la crítica. Encerrado en sí mismo, murió prácticamente solo, obstinado en representar la persistencia del tiempo con unos extravagantes relojes blandos.

8. EDUARDO MARTÍN ZURITA (ARTISTA DEL ANDAMIO)

«No os pesará, arriba, la digestión de las judías pintas», repitió, mientras les ofrecía el helado a los debutantes. Y se fue al servicio a lavarse las manos, y los dientes con un cepillo de cerda semidura que guardaba en el mono, limpio como una superficie donde hubiese nevado hace poco. Nunca se pondría a robarle acordes a la guitarra sin una sonrisa como de circonita y las manos color piel, poderosas, increíblemente alegres y sentimentales. A medida que surgía la melodía, aplaudían todos, y exultantes cuando «el artista» se atrevió a poner letra y garganta a unos compases tan inspirados. «Es la Tarra», aseguraba. «A su cordaje se lo debéis. Y a sus formas de «starlette»». Y pagó la comida de los noveles. Para los peones, verle trabajar era fascinador y también muy instructivo. La manera de fabricar la morterada. «¿A que parece turrón?». La agilidad para encaramarse, paleta en mano, al punto casi inaccesible, que no dejaba para los otros albañiles esta réplica del Hércules de Farnesio.
Al día siguiente no hubo helado (de vainilla, el salvavidas) porque no se lo habían servido al restaurante de menú… Arriba ahora, altísimo, «el artista» da de llana un agujero blanco.

7. SECRETOS Y TRAMPANTOJOS

–Os he mandado llamar –dijo el duque– para haceros un encargo: deseo que pintéis un desnudo de mi esposa con el que recrearme en mis estancias privadas. Debo confesaros que nunca me ha permitido contemplarla así debido a su pudorosa juventud y que en nuestros encuentros maritales utiliza un camisón largo con vergonzante orificio. Entiendo sin embargo la dificultad que entraña pintar algo escondido utilizando solo la imaginación.

–Creo tener la solución  –respondió el pintor– la duquesa podría posar ante mi hija, ocultas las dos de mi vista. Ella me describiría las formas y matices de su cuerpo puesto que me ayuda en el taller y conoce la composición de volúmenes y colores.

 

Así fue y no le resultó difícil trasladar al lienzo las vívidas impresiones que escuchaba entre cuchicheos, risas y exclamaciones jocosas.

Lo que no sabía era el secreto que le ocultaba su propia esposa. En su último parto había decidido no ofrecer más hijos a la guerra y cambió para el pequeño sayas por calzas.

La mujer del duque, por su parte, deseaba que el cuadro fuera tan del gusto de su esposo, que lo convirtiera en el primero de una serie numerosa, muy numerosa.

5. Cómo me la maravillaría yo (Jesús Garabato)

Cómo aplaudían. Ante el espejo del camerino, aún saboreo sus vítores entusiastas. Definitivamente, he alcanzado mi meta. Atrás quedan mil sacrificios y, también, infinitos desprecios. Aunque desearía borrarlos de mi mente, me fortalece recordarlos. Mi padre y su frustrante incomprensión. Las recurrentes burlas en el pueblo. La decisión de marcharme y la vergüenza que por mi causa sufrió mi madre. Y tantos representantes a los que supliqué y que, luego, decían no entender mi arte. Solo mostraban interés por la belleza de mi cuerpo esbelto y joven ¿Y el duende que emana de mi cante? ¿Y mi maestría a la hora de bailar? Pero, hoy, tras toda una vida de trabajo y sinsabores, recibo mi recompensa. El respeto. Los aplausos. No cesan de aclamarme. Ansían volver a gozar de mi presencia. Saldré, pues me debo a mi público. Gracias, Dios. Al fin, soy una estrella.
─A ver, hostia, ¿a qué coño esperas? ¿O es que no oyes como esos degenerados mierdosos te reclaman? ¿Quieres salir de una puta vez? Y ponte bien esa andrajosa peluca, joder, que das asco. Sal ya, cojones. Y sonríe, jodido marica.

4. VISTA DE PARÍS DESDE LA HABITACIÓN DE VINCENT (Mariángeles Abelli Bonardi)

Los tejados. El banco del Sena. El canal con lavanderas. El cartero Joseph Roulin, que termina su jornada. Un niño con una naranja. El doctor Paul Gachet, que se hace lustrar un par de zapatos. Vagones de ferrocarril. La colina de Montmartre. El viñedo rojo. Los campos verdes de trigo. El que siembra mira a las mujeres que cruzan los campos. Otro campo de trigo con cuervos. Un cobertizo con girasoles. El paisaje, bajo un cielo tormentoso. Lirios. Un almendro en flor; sus raíces de árbol esperan la lluvia. Llega la noche estrellada: ilumina el paisaje con dunas que tiene en la mente. Prepara los pinceles, busca un espejo y, ahora sí, empieza a pintar su autorretrato con oreja vendada.

3. Renacimiento

(Relato fuera de concurso)

Cuando desperté, muchas cosas ya no estaban donde habían estado siempre. En la tiniebla aturdida de vapores dulces que me atenazaba sólo hallé consuelo a aquel crujido de mi horóscopo imaginando un cuadro luminoso en mi mente. Cobalto entre dunas siena, nubes escarlata, gotas doradas y reflejos de azabache sobre un desierto de gemas ígneas me ayudaron a huir del frío blanco de aquella catedral de dolor.

La realidad me requería, sin embargo, así que moví la cabeza como respuesta a las voces que trataban de arrancarme del delirio de colores. Entonces vi los cables y los tubos y percibí que una música diferente había invadido el mundo mientras dormía. Recordé por qué estaba allí, en manos de otros artistas que, con aguja, hilo y bisturí, cercenaban lo terrible rescatando lo sano para esculpir vida.

Supe que alguno de ellos había tatuado una enorme cicatriz en mi vientre y otras tantas en mis entrañas: sobreviviría sin que muchos órganos resonaran más dentro de mí. Respiré, aliviada, el oxígeno a raudales que me ofrecían.

Y cerré los ojos.  Y volví a empuñar mis pinceles invisibles en su honor: brotes traslúcidos, un disparo cobrizo, plata lunar y zumo verde de lágrimas esperanzadas.

2. Naturaleza de una artista (María José Viz)

Decían de ella que era el arte personificado. Sabía cómo caminar con elegancia (siempre erguida y contoneando levemente las caderas), sonreía sin enseñar completamente su dentadura, con una contención muy estudiada. De su madre heredó el arte de la costura y llegó a superar a su maestra con creces, puesto que no solo cosía como ella, sino que, incluso, diseñaba modelos con originalidad y destreza. Por si fuera poco, tenía interiorizadas combinaciones de colores y formas que aplicaba en la elaboración de conjuntos florales vistosos. Sabemos que, últimamente, escribía poemas de bella factura.

Perfecta era una artista en todo, hasta en calcular fríamente la colocación de las puñaladas que se vio obligada a asestar en la espalda de Eugenio, su última víctima. Un zigzag ejecutado con maestría, que asombra al forense.

1 . UN CUENTO AMARILLO (JAMS)

El color me posee … el color y yo somos una sola cosa. Paul Klee

He oído contar que Paul Klee, tras su viaje por Túnez, Egipto e Italia, regresó a Munich con la necesidad de encerrarse en el taller y experimentar con la luminosidad de sus recuerdos. Pintó, en principio, un pequeño círculo amarillo en medio del lienzo para luego combinar otras formas y tonos, en busca de manchas figurativas escondidas en el azar. Pero solo encontró dudas. Probó a acrecentar el diametro con la esperanza de que su luz le comunicara una solución, pero también fue inutil. Prefirió acrecentar más su magnitud hasta sobrepasar la superficie del lienzo, expandiendose por la pared del estudio, respondiendo a un chillido interior, un impulso que le empujó a romper las dimensiones planas, alcanzando el suelo, atravesando las ventanas y puertas hacia el exterior, los edificios colindantes, las aceras, los automoviles aparcados…

Una denuncia le detuvo en comisaría unas horas. Y mientras su abogado negociaba una “liberación inmediata para un artista tan célebre”, él calculaba los pinceles y pigmento necesarios para ampliar aquel circulo hasta incluir los bordes del parque, la estación de autobuses y el estadio olímpico, hasta construir un enorme punto amarillo, vivo y palpitante, que le sirviera como inicio para un proyecto mayor.

131 . DE VIAJES

El viajante de calzados se sienta en la terraza frente al mar a esperar el momento de su siguiente visita. A su lado su vieja maleta con las muestras que enseñar.
Contempla relajado  como se acerca una mancha oscura que al poco se convierte en un bote del que saltan   un montón de personas.
Chapotean, nadan, y al llegar a la arena huyen  sin rumbo , como una estampida.
Le  sobrecoge su aspecto demacrado , temeroso.
Entonces, el viajante comprende que los verdaderos viajeros  marchan con el corazón y los pies desnudos

130 . El falso gurú (Juana Mª Igarreta)

Abandonó su maleta cargada de sueños no cumplidos en el andén de los desengaños, y con su dolido corazón envuelto en una coraza de resentimiento salió a vengarse del mundo. Aprendió impasible a adentrarse en la oscuridad de las miradas más tristes. Disfrazado de sabio y maquillado de comprensión, se sorprendió a sí mismo erigiéndose en un falso gurú. Con palabras balsámicas pronunciadas en seductor bisbiseo, “querer es poder, todo es cuestión de control mental…”, exploraba sin vértigo insondables abismos emocionales, iluminando momentáneamente a los huérfanos de confianza y parcheando penas a aquellos que lo escuchaban. Imperturbable, hizo una rentable profesión de sus habilidades. El mercado a conquistar era amplio, pues muchos eran los sufridores; muchos los que ansiaban ver ensanchado su horizonte de esperanza.
Un día, saturado de éxito y de dinero, pero no de felicidad, se cansó de viajar y quiso recuperar su maltrecho corazón de la consigna del olvido. Se deshizo del pesado envoltorio y lloró por todo lo que había hecho, visto y vivido. Su corazón derramó el último latido, al mismo tiempo que en sus ojos latían las últimas lágrimas.

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