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Tras un despiste del autor, uno de los personajes se escapa por el hueco que dejan unos puntos suspensivos. Una curiosidad sobrevenida le conduce hasta los anaqueles de la desvencijada biblioteca. Sin criterio, guiado por el instinto de libertad, se introduce en el Lazarillo de Tormes. Desde la solapa del libro observa las malicias. Contrariado por la tropelías del muchacho abandona la historia. Entra, después de vagar sin rumbo por las estanterías, en el cuento de Hansel y Gretel. La bruja huele la carne fresca, se le acerca. Él corre despavorido. Se da de bruces con un hidalgo larguirucho, que le confunde con un caballero enemigo. Retrocede. De golpe, tropieza con la nariz descomunal de un muñeco de madera que le persigue por el borde de la repisa hasta que, exhausto, resuelve volver a los renglones áridos, las palabras ásperas y sin pulir, del borrador en el que ha nacido. Decide permanecer, dejarse llevar, que un bolígrafo diseñe sus vivencias y que la imaginación del pobre escritor le confeccione un traje a medida, esperar que él modele su carácter, le asigne un papel digno, a la altura de las circunstancias.
Murió de madrugada en aquel cuarto que era una celda. Su madre, sentada al borde de la cama, sostenía fríamente la pistola con la que le había asestado cuatro disparos: dos en la frente sudorosa, uno en su vehemente corazón y, el último, sobre el rostro joven y aún desafiante. Después atrancó la puerta, arrancó con furia el teléfono, y esperó.
La mujer, perturbada y atroz, mantenía el pulso firme, la espalda, recta. Impávida y vestida de negro, vigilaba el sueño detenido de su hija como una carcelera, con el mismo delirante afán, con la misma cautela. Ningún gesto de dolor, ningún desasosiego. Igual que un dios ejecutor, así se sentía y así actuó.
La muchacha prodigiosa, concebida y adiestrada para la libertad, reposaba en la sábana sobresaltada con los ojos quietos y la boca blanca. Horas antes, entre cristales, había compartido amargos presagios con el cielo de Madrid. Luego, repasó sus notas, replegó sus alas y, desalentada, apagó la luz. Mientras, desde la penumbra opresora de la estancia, podía escucharse la silenciosa queja de su combativa máquina de escribir.
Casi era verano y hacía calor. Por las calles acechaba el viento enloquecido de la guerra, y todo se olvidó.
Te has dedicado a escribir lo que no has sido capaz de vivir. Golpeabas las teclas, mirabas la hoja y sobre tus palabras levantabas un muro entre mi mundo y el tuyo. Siempre contando la historia bonita, la que brilla, en la que la poesía es lo único que cala hasta los huesos. Nunca tus fracasos ni mis renuncias.
No te interesaba el paisaje ni sus descripciones. Las grandes ciudades están llenas de oportunidades, decías, pero esto que nos rodea, abre los ojos, no es el París en blanco y negro de Hemingway, querido, esto es gris, un gris plomizo y asfixiante que nos fagocita.
Anulaste tu olfato porque al alba no estaba impregnada del sudor y los olores de los inmigrantes del Londres de Conan Doyle, sino del pescado muerto de Mercamadrid -la hipoteca no se paga sola-.
Si levantases las narices del papel me verías abandonar este pequeño piso del extrarradio. No voy a volver sobre mis pasos.
Claro que si lo estuvieras contando tú, esto sería el San Petersburgo de Tolstoi, y mis huellas se clavarían en la nieve por el peso de la culpa. Porque la culpa siempre es mía.
Examinó su obra. En un principio, había creído que estaba bien. Sin embargo, algo no terminaba de convencerle. Analizó los personajes que había concebido. Advirtió que eran planos, les faltaba profundidad, no evolucionaban. Supo que, para desarrollar la historia y ganar interés, tendría que introducir algún conflicto. Comenzó a reflexionar. Quizá si salieran de allí, si se enfrentaran al mundo, serían menos aburridos. Pero, ¿cómo hacerlo? Encontró pronto la solución. Introduciría un nuevo personaje, un antagonista. Se acercaría a la mujer. La seduciría y convencería para que arrancara y comiera una fruta del árbol prohibido, para que engañara al hombre.
Agotado, descansa sobre las letras que se funden en un baile con sus sueños. Revolotean las frases dando vida a personajes que diseñan sus propias historias.
Los cantos de los pájaros al otro lado de la ventana anuncian que el nuevo día está llegando. El sol comienza a aclarar el cielo por occidente, tiñéndolo de naranja y rosáceo.
Esta vez el escritor no despierta, atrapado en su propio relato adormecido en letras. En su lugar, del manuscrito salen brujas, caballeros, hadas, huérfanos, nobles, mendigos y asesinos que dan sepultura literaria al escribano de fantasías ahogado en sus propias aguas.
Estimado señor:
En respuesta a su atenta misiva recibida en fechas pasadas, permítame felicitarle por su gran inventiva.
Le quedo muy agradecido por la admiración que dice profesarme y por sus diversas aportaciones de ideas para mis novelas, pero he de manifestarle que no soy un loco inventor imaginativo sino escritor de ciencia ficción.
Resulta divertida, pero no es creíble su idea de un teléfono sin cable, con pantalla para ver imágenes reales en color, poder establecer comunicaciones remotas con desconocidas fuentes, acceder a información de grandes bibliotecas, archivos y procesar datos en tan sólo unos segundos.
Lamento decirle que, de sus argumentos, lo único verosímil, es su propia historia como viajero en el tiempo.
Atentamente le saluda, Julio Verne.
Fdo.: Jules Verne
Narravox, de pórtico ínvitante e interior hermético, está situado entre dos ríos de tinta. El de las sombras de la noche, de aguas nebulosas, donde las letras se mojan y unen en cánticos lunares, alcanzando el Astro, y el río juglaresco de los cuentos de aguas rojas. Aquí, cada bardo se baña y emite su voz, ahogándose en su propia sangre.
Al llegar a este punto, la pluma se escurre de los dedos del autor, y su corazón anónimo puso la palabra fin.
El lector se había topado de repente con una novela hilarante, que le estaba haciendo disfrutar como pocas.
Su hijo, sentado frente al ordenador, le dirigía de cuando en cuando unas miradas preocupantes, pues no podía entender como su padre pasaba en un instante de estar completamente absorto en la lectura, a proferir grandes carcajadas.
El sorprendido leyente no esperaba encontrar tanta diversión en las páginas de la que había resultado ser, a su juicio, una gran novela, Wilt de Tom Sharpe.
Y aunque en la contraportada se avanzaba lo que leería en posteriores capítulos, se vio sumergido en unas situaciones atípicas y absurdas, acompañando en su alocada huida al infeliz profesor, Henry Wilt, acusado del asesinato de su esposa, una mujer a la que amaba y detestaba, después de que se marchara de viaje con un matrimonio amigo.
El leedor siguió hasta el final la desatinada trayectoria del atribulado Wilt, a la que le condujo la otra gran protagonista, una muñeca hinchable. Y aunque el profesor intentó deshacerse de todas las maneras posibles, de este personaje, vivió una serie de peripecias, cada cual más cómica y disparatada, que compartió con avidez el agradecido lector.
Tiene prisa por dormirse, mañana es domingo y el mercadillo abrirá sus puertas.
Llegará de las primeras, aunque tendrá que esperar a que sus compañeros le ayuden con la pesada tabla de madera que después cubrirá con un mantel de croché de lino, herencia de su abuela. Sobre ella las irá colocando mientras las nombra…
«Rosalía, Gertrudis, Concepción, Margarita…»
Un hombre le preguntará curioso:
«¿Cuánto cuesta ésta?».
La tomará en sus brazos. Le estirará el vestido. Acariciará su carita. Le atusará el cabello y entre los pliegues de su cara una mueca de desacuerdo…
«Lo siento, no puede llevarse a María… la necesitamos para denunciar las limitaciones que para nosotras representan la moral y los usos sociales. ¡Es nuestra mayor defensora en el Siglo de Oro!».
El hombre, perplejo, preguntará de nuevo, pero el vendedor vecino le susurrará que las observe cuanto quiera, mas no se interese por ellas.
Protestará cuando el mercadillo cierre sus tiendas —siempre le sabe a poco—.
Con mimo, las meterá otra vez en la vieja furgoneta y de una en una las irá nombrando…
«Rosario, Colombine, Emilia, Clara… tranquilas, que el próximo domingo volvemos, ¡es el 1 de octubre! y os pondré los vestidos nuevos»
Querida mía: Un día más, en la sala de lectura y en los bancos del bulevar, he visto cómo se deslizan, húmedas contra el paladar, las puntas de las lenguas cuando pronuncian sin voz las tres sílabas de tu nombre, que he sembrado en cada capítulo de la novela. Yo te he florecido en las bocas y te he desmoronado hasta las entrepiernas con el dolor de mi deseo. Habitas ya los delirios más exquisitos de la literatura universal. No me hagas pucheros, no me huyas. Reina blanca del tablero, ojos de avellana. La primera vez que te vi no eras sino una torre destinada a rendirse en los lavabos del patio del colegio, manoseada por torpes peones negros. Te rescaté, te coroné como mi nínfula idolatrada. También eras una oruga deliciosa y, recién cumplidos los doce, rasgué con mis dientes la crisálida para que pudieras desplegar tus alas de mujer hacia el verano. Siempre deprisa. Claro que hubo sangre, claro que tengo derecho a todas tus noches. Así es el alma del artista. Ahora y por siempre serás Personaje, más grande que tu pequeña vida. Pecado y tentación, cuerpo recién amasado. ¿Por qué lloras? ¿Qué esperabas?
TENGO HAMBRE
«Félix abandonó su antigua casa, gritando «tengo hambre» y cargando su maleta tras el funcionario. Respiró profundamente y se despidió sin volver la vista atrás. Mientras, algunos hermosos y desaliñados jóvenes gritaban e intentaban animarlo…».
Así comenzaba el cuento con el que gané el premio del concurso literario. Para participar tuve que suprimir los adjetivos, que vendí en un cercano rastrillo.
TENGO HAMBRE
«Félix abandonó su casa gritando «tengo hambre» y cargando su maleta tras el funcionario. Respiró profundamente y se despidió sin volver la vista atrás. Mientras, algunos jóvenes gritaban e intentaban animarlo…»
Para conseguir más dinero puse un anuncio en la prensa: «Vendo artículos, conjunciones y preposiciones, por la compra de tres, regalo un adverbio».
TENGO HAMBRE
«Félix abandonó su casa, gritando «tengo hambre» cargando maleta funcionario. Respiró, se despidió. Jóvenes intentaban animarlo…»
Vendí también el nombre para cubrir mis necesidades y mantener mi nivel de vida.
TENGO HAMBRE
«su casa «hambre» maleta funcionario. Jóvenes…»
Poco a poco vendí todas las palabras.
TENGO HAMBRE
«su casa. Jóvenes…»
» casa. Jóvenes…»
«Jóvenes…»
Cuando me expropiaron la casa solo me quedaba el título, que puse junto a una lata vacía en el suelo:
TENGO HAMBRE
He decidido no ser escritor, no plasmar en papel ninguna historia más ni dar mis novelas a la estampa. La culpa la tiene esa recomendación de la necesidad de leer mucho para escribir bien. He descubierto que iba a crear narraciones que ya están publicadas, por ello, es mejor dejarlo, pues, imagínate que después de estar unos años trabajando en una obra te presentas a una editorial y te dicen usted es un cachondo, ¿y eso?, esto que me trae es la novela Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós, ¡qué corte! Y es que ya me ha ocurrido varias veces, leer un libro y decir esto es lo que iba a escribir yo, por ejemplo, ese que empieza «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…», pues resulta que ya lo tiene publicado Gabriel García Márquez; o aquel que comencé con «En un lugar de los Montes de Toledo, de cuyo nombre no quiero acordarme…» y me dijo mi editor que le sonaba que eso ya existía. Luego, es mejor que me dedique a leer los buenos libros que ya he escrito y han firmado otros que creer que eres un autor que tiene mala memoria y se repite.
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