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Había sido una mujer alegre e incluso guapa hasta que los duros trabajos del campo habían conseguido mermar la lozanía de su espíritu y la esbeltez de su cuerpo.
Pero el destino quiso que un día cayera en sus manos el libro “Balzac y la joven costurera china”. Se pasó la noche leyéndolo de un tirón.
Y cuando un día, porque las lentejas sabían un poco a resquemadas, él empezó a gritar: ¡Inútil! ¡No vales ni……….! Ella, levantándose tranquilamente, dijo:
– Me voy.
– Mujer, ¿A dónde vas a ir con casi 50 años?
Todavía resonando los gritos en sus oídos, emprendió el camino hacia la libertad.
Con una media sonrisa, él la vio marchar.Pensaba que como en ocasiones anteriores, al cabo de poco tiempo, iba a regresar..
Se equivocaba.
En media hora recibiré el premio Nobel ante un público convencido de que todo ha sido fácil, un sendero de éxitos y gloria, pero no, no ha sido siempre así, y por eso estoy aquí dándole vueltas…
Al acabar mi primera novela, en casa valoraron el esfuerzo, pero como si hubiera terminado un puzle de quinientas piezas, y no tardaron en recordarme que estaba en deuda con los quehaceres pospuestos:
—A ver quién recoge el garaje —escuché decir.
Luego vinieron los primeros reconocimientos visibles cuando mis nuevos libros se exponían en los escaparates, pero la respuesta fue tibia también:
—Ah, muy bien. Pues ya que estás ahí, sube naranjas.
Cuando ya era incuestionable el éxito, aún hubo tiempo de percibir que dejar mi trabajo anterior para dedicarme a escribir suponía un riesgo doméstico:
—Bueno, con lo que gana tu mujercita hay para los dos—me dijeron.
Hoy me he vestido de gala, mi familia me acompaña —orgullosa—, pero he vuelto a sentir esa desconfianza antes de entrar al salón:
—¿Has ido al baño?
Y aquí estoy ahora, cuestionándolo todo y dándole vueltas al rollo de hojas en blanco.
De la mano de tu recuerdo, Juan Ramón Jiménez Mantecón, sí, de los pasiegos Mantecón, he paseado por tu pueblo. Ha sido a finales de este invierno, en un día de golondrinas nuevas en el que la luz de Moguer reflejaba el cielo limpio en las aldabas de latón pulido de los viejos caserones. Por todas las plazas estabais, erectos en bronce o en láminas de hierro, tú, Platero y tus coetáneos de las páginas del Nobel andaluz. En el museo, pasó revista Pepi, la de los Gallinato, a los barcos de papel de tus escritos; aquellos folios de letra difícil, en clave, que solo Zenobia, su Gala amada, sabía descifrar.
Hasta que nació aquel burro de algodón, conocíamos tu puerto como el de las tres carabelas; hoy parece tener más renombre la armada de veleros de poesía y galeones de prosa que tu mente hipocondríaca lanzó a la mar. Se diría que aquel pueblo, que no te comprendía y que te repudiaba, hoy es solo tuyo.
Ayer arranqué una hoja de aquellas adelfas que Juan Ramón plantó en la Residencia de Estudiantes madrileña. Como marcapáginas ha quedado junto a la golondrina: “Ahí la tienes ya, Platero, negrita y vivaracha…”
Sentado en un duro banco de madera, una sombra de melancolía cruza la frente de Liev. Recuerda el día en que, en otra estación, vio recibir el cadáver de Antón Chéjov y cómo lo sacaron del vagón en una caja de madera con el rótulo: «Ostras». Una banda de música había acometido el inicio de unos acordes patrios, que cesaron en cuanto el director comprendió que no era ése el tren en que el cónsul regresaba de Alemania.
Ahora, en la estación de Astápovo, Liev quiere partir. A sus ochenta y dos años, desea seguir marchando. «No importa dónde, mientras sea fuera de este mundo», ha escrito un joven poeta francés del que se siente más cerca que de su familia. Ni su esposa ni sus hijos conciben que un conde cree escuelas para sus siervos, que escoja como propio el atuendo tradicional de los campesinos, que reniegue de la Iglesia y arremeta contra el absolutismo de sus zares. No entienden su amor por Anna Karenina ni su devoción por Iván Ilich. Nunca le han perdonado que sea escritor.
Nos citamos en el pasillo de los Clásicos. Como entonces. Aquel sitio poco transitado, ha sido siempre nuestro rincón preferido de la biblioteca. El escenario de tantos tórridos encuentros.
Me excita que ella no haya olvidado los buenos ratos compartidos. Y que se las haya ingeniado para hacérmelo saber con la complicidad del bibliotecario nuevo de las gafas de pasta.
La espero acodado entre la Ilíada y la Odisea, donde tantas veces. Deseando que se aparezca vistiendo, como en los viejos tiempos, solo su collar de perlas.
Ella ha sido mi primera novela de intriga, y yo he tenido el privilegio de ser su primer cuento largo. Después, nuestras vidas de viajes constantes terminaron separándonos. A ella se la llevó un irresponsable que la devolvió con un año de retraso. Mientras tanto, yo había hallado consuelo en aquella antología poética, cautivado por la variedad. A su regreso, no lo entendió y rompimos.
Tenemos ahora una segunda oportunidad. O no.
Mis páginas tiemblan al verla aparecer luciendo sensual su escueto atuendo: un afilado estilete. Los años la han convertido en una guapísima novela negra.
No había planeado enamorarme de ella. Sucedió sin más. De la misma manera que uno no planea que llueva en los funerales o que amanezca después de anochecer.
Solía llegar al alba. Se colocaba detrás de mí y me susurraba al oído mil historias. Esas que hicieron de mí un escritor de éxito. Debí conformarme con su voz de plastilina acariciando mi cuello. Pero rompí las normas y me giré. ¡Dios, qué hermosa era! Tenía el cabello azul y los ojos amarillo limón. Besarla fue como beber una primavera. Olía a madre, a puchero de domingo y a hierbabuena. Me volví loco. Dejé de escribir bajo sus dictados, para amarla según los míos. Y cuando me di cuenta de que llevaba meses sin escribir, le mentí. Le dije que no la amaba. Pensé que así recuperaría a mi musa. Menudo gilipollas.
No he vuelto a verla. Desde que se fue, la busco sin éxito en libros ajenos. Solo sé que no puedo olvidar su mirada ácida y dorada. De la misma manera que nadie puede hacer que salga el sol en este funeral que es mi vida ahora.
O que después de esta noche, llegue el alba una vez más.
Una fina lluvia cayó sobre la página diez. Mónica retozaba en el cobertizo con un muchacho de pómulos marcados y mentón recio que tres antes entró a trabajar como aprendiz en la granja de su padre, un hombre estricto y rudo que la sobreprotegía sin demasiado éxito. El rumor del agua amortiguaba sus jadeos incesantes, prolongados tal vez en exceso: doce, trece… su padre no la echaría en falta hasta la veinte, y ella parecía saberlo. Pero no pretendo escribir una novela erótica. Decido jugar con el factor sorpresa. El señor Jones se presentó en la diecisiete para asegurar los ventanales ante la ventisca creciente que anunciaba un tornado de proporciones bíblicas. Al abrir la puerta, sin embargo, no encontró más que a una yegua asustada. Los jóvenes ya cerraban el capítulo en la choza del mancebo.
Urge descubrir al traidor que se empecina en echar a perder mis intentos de acabar con este fornicio desmedido. Inicio, pues, un nuevo revolcón en la veintiuno esperando desenmascarar al personaje turbado que observará la escena escondido detrás de los arbustos o en la copa del álamo que proyecta su sombra sobre los cuerpos desnudos.
Treinta. Aún no ha aparecido nadie.
Un joven de ojos saltones se ha querellado contra una catedrática de biología que lo besó dulcemente en los labios. En su comparecencia ha manifestado que, érase una vez, estaba él descansando sobre una piedra al borde de un estanque, y en eso llegó una princesa molona, le dio un beso y le hizo la cusqui convirtiéndolo en príncipe.
Que, tiempo después, la más fea de las hermanas ninfómanas de la princesa, aprovechando una ausencia de ésta, se lo llevó a su aposento, se desnudó, lo desnudó, le dijo bendito cetro regio tienes, lo cogió de ahí y tiró hacia ella, le dio un beso con lengua, él recuperó entonces su estado natural, escapó de palacio por una gatera y, saltando-saltando, atravesó fronteras hasta cruzar los Pirineos.
Pero que, hace pocos meses, un día, con el alba, junto al lago al que había llegado surgió de un iglú de nailon la señora bióloga desperezándose, y al verlo se le cortó el bostezo, fue despacito hacia él, lo acunó entre sus manos, le susurró ejemplar único de batracio, lo besó en los labios con dulzura, y ahora es un ser transgénico que no consigue encontrar trabajo ni como hombre rana.
Con miedo, me preparo para sobrevivir a una noche más. Desde que comencé mi novela, en cuanto me siento frente al papel y escribo las primeras líneas, es como si me poseyera el protagonista de mi libro, de repente, yo, soy él. Su trabajo de superhéroe va a terminar conmigo. Siempre acabo inmerso en persecuciones a toda velocidad, sobrevolando la ciudad y luchando a muerte contra malvados enemigos. Todo es tan real que amanezco machacado, lleno de magulladuras, la ropa destrozada y sin dormir.
Al alba, completamente agotado, regreso a la realidad arrastrando los pies. Allí me esperan mi mujer y mis hijos, para comenzar una larga jornada, con unos horarios de locura y atacado por el estrés.
Y luego dicen que me dedico a la vida contemplativa…
Papá decía que la tata era una santa, siempre con el misal entre las manos. Un día, la tata guardó su tesoro en el baúl de mi ajuar: “Belén, para cuando cumplas la mayoría de edad”, me exhortó misteriosa.
La mañana de mi dieciocho cumpleaños desempolvé el misal; acaricié el nácar de su cubierta, como hacía la tata; inspiré el aroma a lavanda de sus hojas y lo abrí… ¿¡Era un libro de trabalenguas!?
Encontré dos dedicatorias manuscritas: “Dormir, tal vez soñar. ¡Ser o no ser! ¡El éxtasis! Y, extasiada (cual Teresa de Cepeda y Ahumada), invocar al más bello de los ángeles o al mismísimo Don Juan Tenorio. Sé feliz, Adela”… (¡Se lo regaló a mamá antes que a mí!)… Debajo, con letra temblona: “Belén, mi querida niña, ahora te toca a ti elegir personaje”.
¡Conjuré! Pero el donjuán que apareció resultó un amante de pacotilla (nada que ver con el de Zorrilla). No porque yo esperase verso alguno (me hubiera conformado con la prosa de Unamuno), sino porque algo falló en mi recitación y fue Narciso quien se manifestó. Como el sapo de Esopo, escondí mis ganas bajo la almohada… Esta noche probaré con ¡Cincuenta sombras de Grey!
-¿Qué hora viene siendo, amigo Sancho?
-Va para las doce, mi señor.
-¿Y qué astro ilumina a Dulcinea, sol o luna?
-¡La luna, vive Dios!
-Traedme pues el candil que debo proseguir con mis quehaceres.
-¿Qué dice vuestra merced? Hora es de dormir y descansar.
-No repliques y trae la vela que ya he desperdiciado largo tiempo, solo los simples podéis dormir a pierna suelta, yo debo seguir desviviendo ¡tengo tantas aventuras que deshacer! Debe encontrarme el día despierto, desnudo y libre.
Saltó el hidalgo del camastro y desempolvando libros de caballerías, desleyó largas horas. Desenmascaró rufianes, desencantó ventas, deshizo entuertos y descabezó gigantes que resultaron ser molinos. Destronó reyes, se deshizo de coraza, yelmo y lanza. Finalmente se desnombró caballero y agotado se desplomó en el jergón. Acabó su desventura.
-Despierte, vuestra merced, van a dar las doce y el sol ilumina a Dulcinea.
-¿Qué decís amigo Sancho? Soy Alonso Quijano y vos mi leal vecino. Te ruego me acompañes a visitar al bachiller Miguel de Cervantes. Un maravilloso sueño ha ocupado mi noche y deseo que su pluma lo dibuje antes de que se desvanezca en mi cabeza. Todo acaeció en un lugar de La Mancha de cuyo…
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