Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

43. EL CAMINO HACIA LA HUMILDAD

Virtudes Olea, morena y bigotuda y Oswaldo Tuquerrés, bajito y rechoncho se conocieron un cuatro de febrero. Al verse él iluminado por las estrellas de los ojos de ella, le propuso matrimonio.
Oswaldo, inventaba relatos, personajes extraordinarios en escenarios fascinantes convivieron armónicamente durante años, con el deseo y la pasión bajo las sábanas de hilo egipcio.
La felicidad se hizo añicos el día que la mujer descubrió una caja oculta. Como una gata en celo se abalanzó sobre ella y de un zarpazo la abrió haciendo volar cientos de recortes amarillentos, delatores de la falta de imaginación de Oswaldo.
Loca de rabia, confusa y decepcionada los quemó sin vacilar.
Cuando Oswaldo llegó, percibió el aire viciado de humo y rencor. Buscó a Virtudes para saber y aunque estaba allí, nunca más la encontró.
Sumido en una depresión, se convirtió en una sombra grisácea y macilenta que no entendía lo desmedido del castigo.
Un cuatro de febrero, Virtudes lo encontró muerto, enterrado entre folios escritos por él. De sus ojos cayeron las dos últimas estrellas cuando se vio protagonista de aquel legado tan extenso, que nunca pudo terminar de leer porque sus noches, cargadas de desamor y de culpa, expiraron antes.

42. La escritora

«Sentimos comunicarle que su obra no encaja…». Clara no necesitó leer más. Arrugó la carta y la lanzó a la papelera. Luego ocurrió lo de siempre: llegaron sus personajes de antes de que le diera por escribir historias diferentes, «de las de pensar» —así las definía Matilde, la asistenta— y se metieron con Berta, su álter ego, su nueva heroína que no encajaba, hasta conseguir que cediese.

—Está bien, en el segundo capítulo entraré en el ascensor a la vez que mi vecino… ¿y?…

—¡Joder, tía!… le dices que te pone, y lo hacéis a lo bestia allí mismo —le contestó Angélica, la protagonista de la primera exitosa novela de Clara.

—Entonces tendré que cambiarme de piso, que desde un segundo no creo que nos dé…

—Sí, tía, de piso, de ropa, de todo —espetó la experta.

Como todas las mañanas, Matilde se encontró a la escritora dormida delante del ordenador. Leyó lo último escrito y se sorprendió de que Berta viviese ahora en un décimo piso, llevase tacones de aguja y falda de tubo, y hiciera aquello con el vecino. Tal vez así se escriben ahora las historias de las de pensar, se dijo.

 

41. El manuscrito voynich

El monasterio benedictino del pico de las Águilas estaba formada exclusivamente por hijos segundones de nobles, que eran los dueños de todas las casas y tierras del valle. Aquel año las heladas había acabado con casi todas las cosechas, lo que no les impidió cobrar el diezmo a los campesinos a sabiendas de que esto provocaría hambrunas que matarían a familias enteras.
Parte de este, estaba infectado con el cornezuelo del centeno que acabo con toda la congregaciòn. Clérigos monjes y seglares morían entre espasmos y delirios, como si una especie de justicia divina castigara su avaricia.
Solo se salvó uno, moribundo, y medio loco, que calmaba su demencia encerrado en el scriptorium. Allí plasmaba sin parar sobre hojas de pergamino, laboriosos dibujos fantasticos de plantas, astros, lugares y mujeres que habían aparecido en sus sueños febriles, describiéndolas con una secuencia de símbolos inventados por él, sin sentido alguno. Las alucinaciones transformaron el latín clásico en un idioma incomprensible de alfabeto desconocido.

39. La mamushka literaria (Jean Durand)

Antonio amaba a su esposa más que nada en este mundo, salvo quizás, escribir. Lamentablemente había sido afortunado solo con uno de sus amores. Ahora tocaba sacrificar su matrimonio para lograr ser escritor.
Vaciló ante el notebook, aun resonaba la voz de ella en su cabeza: “Si envías esa novela, ¡nos divorciamos!”.
Con el dedo tembloroso ante el teclado, sintió la mano invisible de su Musa guiándolo, sin miedo ni temor, para mandar el futuro best-seller.

FIN

Antonio: ¿La musa guiando mi mano? ¡Qué cursi!
Novelista: Pero es un buen final.
Antonio: Mejor un final abierto, algo para la imaginación.
Novelista: Mmmm.

…Antonio permaneció con el dedo inmóvil ante la tecla del notebook, hasta que la oscuridad, seguida de su esposa, ingresaron a la habitación.

FIN

Novelista: ¿Ahí?
Antonio: ¡Estupendo!

Y entonces, el novelista satisfecho, comenzó a escuchar más a sus personajes.

FIN

Novelista: Predicando lo que no practicas.
Jean: No trates de manipularme, a la única que atiendo es a mi musa.
Novelista: Claaaaro, como si tu “musa” fuera más “real” que nosotros.

Sin escuchar más argumentos, Jean, envió sin modificar el relato a ENTC.

FIN

…Al terminar el extraño relato, el desconcertado lector decidió releerlo por tercera vez.

38. REUNIÓN CLANDESTINA

Milady de Winter los había citado en su palacio.

Lady Macbeth llegó acompañada por Yago después de varios días de viaje. Medea, tuvo que sortear todo tipo de obstáculos para poder estar esa noche en palacio.

Grenouille al vivir más cerca, decidió ir andando y llevar a la anfitriona su mejor perfume en forma de presente.

Heathcliff fue a regañadientes a la cita, ya que desde que se enteró del encuentro, había intentado por todos los medios que se celebrase en “Cumbres Borrascosas”.

Y como siempre él último en llegar por cuestiones de horario, fue Drácula.

Una vez recibidos, la anfitriona tomo la palabra:

Bienvenidos queridos amigos, os he hecho salir de vuestras historias para informaros de la decisión que he tomado.

¿ De qué hablas, Milady ? – Preguntó Grenouille mientras olía disimuladamente el cuello de Lady Macbeth.

De rebelarnos, querido amigo. Rebelarnos contra aquellos que decidieron que teníamos que ser malvados sin contar con nuestra opinión.

Heathcliff,  zanjó de golpe cualquier tipo de apoyo a las palabras de Milady:

Querida, somos malvados porqué así nos crearon, no podemos hacer otra cosa que la de seguir cometiendo las mismas atrocidades, lector tras lector. ¿No pensáis igual?

37. Y llegó un ángel…

Y llegó un ángel. Menudo, de grandes ojos y sin alas; porteando una bolsa y un cepillo raído. Le abrieron mi puerta y su mirada oscura de hollín me condujo a un mundo desconocido.

‘¿Quién eres, pequeño?’ pregunté desde la mullida comodidad de mi despacho. ‘¿No tienes familia?’

Pero no pudo responderme, pues su trabajo era urgente. Como urgente era ganar algún chelín con el que procurarse algo de porridge. Para seguir gateando por otras oscuras chimeneas, cuyos humos ocultaban el sol de la capital del Imperio.

Y yo seguí escribiendo, raptado por mis Musas, olvidándome de sus sufrimientos.

A mi puerta, y a otras tantas, continuaron llegando más ángeles, de cuerpos esqueléticos y mirada oscura y vacía. Y algunos se fueron demasiado pronto, enfermos e intoxicados por los restos ennegrecidos de nuestra victoriana comodidad.

Y volaron entre fuegos artificiales, subidos en sus cepillos, a un mundo lejano, lleno de color, calor y felicidad. En el que una enigmática y sonriente niñera, a bordo de un paraguas negro, arrullaba sus sueños. Con pegadizas canciones y un poco de azúcar, que dulcificaba la oscuridad de sus vidas.

Y yo seguí escribiendo y pintando ángeles, absorto en mi mundo irreal.

36. UNA HOJA MÁS (PURIFICACIÓN RODRÍGUEZ)

Querido y odiado Mark:

Me atrevo a perturbar tu plácido sueño porque quiero que sepas que, al final, me perdí para siempre. Tú me hiciste desaparecer en esta casa maldita.

¿Por qué la hiciste más grande por dentro que por fuera? De todas tus criaturas, yo tuve el peor final. ¿Fue porque me atreví a adentrarme en tu extraño invento? ¿En tu Casa de hojas?

Sí. Yo fui el inconsciente hijo que osó desafiar al padre. Y perdí. Pero creo que tu venganza fue excesiva y que no se le debe hacer algo así a un hijo.

Por último, quiero que sepas también que aún sigo aquí, en las profundas entrañas de tu engendro. Y que te espero.

W. Navidson.

35. AS TIME GOES BY

Es la primavera de 1962. En la pista del aeródromo de Casablanca hay un Lockheed L-12 Electra. Sólo es un cascajo casi inservible. Vibra, tose y se comporta como un anciano decrépito. En el avión viaja Michael Curtiz y le acompaña Humphrey Bogart que fuma y mueve con elegancia el hielo en un vaso de whisky.

-Has tardado viejo amigo –Comenta el actor impostando la voz.

En la terminal una hermosísima Ingrid Bergman con los ojos húmedos, alzándose de puntillas, dice adiós con su fina mano enguantada.

Dos rostros asoman por las ventanillas y se despiden.

-¿Te acuerdas cómo acabó aquella película? -Pregunta el director con voz cansada.

– Pero lo que pasó en realidad sólo lo sabemos nosotros.

-¿Qué Paul Henreid despidió al pianista? –Juntos rien la ocurrencia.

Durante el despegue reina un silencio nervioso. Uno y otro evocan su secreto, el momento en que Victor Lazlo compró el bar a Rick ¡Qué contenta estaba Ilsa Lund! ¡Qué felices fueron lejos de la guerra y la memoria! ¡Qué mal se lo tomó aquel joven guionista de nombre Julius!

-Michael, siempre nos quedará Sunset Boulevard…

Y el aeroplano se aleja hacia poniente en un mar inmenso de luz en tecnicolor.

33. CONFERENCIA SOBRE EL EMPLEO

 

Me pidió que le acompañase esa tarde,  tenía que dar una charla a las 7 sobre búsqueda de empleo y después me invitaría a cenar. Era un buen plan, acepte.

El salón de la casa de la cultura estaba casi lleno, muchos jóvenes interesados en esa odisea de encontrar un buen trabajo, él haciendo su exposición sobre esa búsqueda, los cambios vertiginosos de las nuevas tecnologías,  como afrontarlos, etc…

Hasta que llegó el momento sobre la desigualdad entre hombres y mujeres, tanto en sueldos como en puesto, y  ahí él dijo:

  • Permítanme leerles un breve relato que se llama “La entrevista de trabajo”, escrito por una amiga que esta noche nos acompaña.

Saco los folios y procedió a leer. Al término de la misma, todos se levantaron y aplaudieron. Yo estaba desconcertada, no me lo espera, esos aplausos que sonaban para mí. Era mi recompensa por haber reflejado esa desigualdad que yo sufrí en una entrevista y que quise dejar reflejada.

Gracias, Gracias, Gracias, no podía decir nada más mientras todos de pie seguían aplaudiendo.

32. El ensayo

Una noche más enroscan con sumo cuidado la bombilla en el flexo. La conservan celosamente, rescatada de un antiguo camerino, y su resplandor ilumina el pasado de éxitos de la pareja y la colcha, escenario cotidiano de sus ensayos.

En turnos nada rigurosos, con chillidos quedos para no despertar a los demás inquilinos de la pensión, convocan a los protagonistas de los próximos estrenos de su espectáculo callejero itinerante. Se presenta primero un príncipe shakesperiano, atormentado por la caída del cabello, a continuación, una diva patética acosada por galanes imaginarios y, de improviso, aparece una pareja de ancianos sordos que se saludan al grito de “¡Valar morghulis!”*.

Terminan sin resuello, jadeantes por tantas carcajadas y se queman como siempre al guardar la bombilla entre las ropas de su baúl. Luego esperarán abrazados la llegada del día. Son actores de primera y cada uno fingirá un sueño profundo y reparador con la intención de sosegar a su partenaire, exhibiendo una tranquilidad que no les acompaña desde hace muchas temporadas.

 

* Expresión que aparece en las novelas de la saga “Juego de tronos” de George R.R. Martin.


31. Episodio I (Susana Revuelta)

Parecía tan hambriento, tan desplumado el pollo aquel, que Calimero enseguida se sintió conmovido.

—Toma esta lombriz —le ofreció, gustoso— que yo acabo de nacer y aún no tengo apetito. —Y con las tripas rutándole, vio cómo el cuco engullía su desayuno sin decir gracias ni nada.

A continuación, este abrió el pico hacia el cielo, piando como un energúmeno, exigiendo más. La mamá iba y venía, agotada, trayendo más insectos para aquel grandullón que abultaba el triple que ella. No aprobaba Calimero los modales del primogénito, pero siguió compartiendo con él sus miguitas, por ganarse su cariño y sentirse menos solo. Era extraño que no hubiera más huevos allí.

Cuando se notó saciado, el cuco se repantigó todo lo largo que era. A punto estuvo de tirarle fuera del nido.

—Eh, no empujes —protestó Calimero.

Pero el cuco ni se inmutó.

—Mira, canijo —eructó, señalando con un ala el suelo—. ¿Ves esos huesos y plumas de ahí abajo? Pues como me cabrees mucho te mando a reunirte con tus hermanitos, ¿estamos?

Lloroso, Calimero se acurrucó en una esquinita y antes de cerrar los ojos se ajustó el cascarón a la cabeza, por si acaso.

Y menos mal.

 

 

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