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Aquella cita prometía. Ella estaba allí, mayúscula, con evidentes signos de deseo mezclados con dudas e impaciencia.
El preámbulo fue un beso rojo que puso título al encuentro.
Tímidamente empezó a deslizarse sobre él, dejando suaves trazos que rompían la blancura de su cuerpo. “¿Me amas?”, preguntó. Su amante, notando el titubeo, desnudó en primer lugar sus dudas. “Con locura”, respondió, haciendo que los interrogantes se desvanecieran por la sabana de papel.
Ella, preñada de un poema que necesitaba ver nacer, soltó la cadena que rodeaba su pudor, desprendió comas, puntos, gritos de exclamación… mezclados con palabras que se iban tatuando sobre él. Ahora se retorcía convirtiendo los trazos en frenéticos garabatos que arañaban aquel cuerpo sin orden ni control. Se produjo una orgía de signos, besos, versos… imposible ya de controlar.
Él, más maduro y sereno, utilizó el paréntesis que recogía su melena para reponer fuerzas. Sonriendo, pidió calma y buena letra mientras ella estirando el brazo, recuperó energía en el tintero para escribir el párrafo final.
Por fin la pluma, exhausta, quedó tendida sobre el papel.
Acababa de nacer el más bello poema nunca escrito, beso a beso, verso a verso, beso a verso…
Fue mi primer personaje, se llamaba Damián y, error administrativo mediante, daba clases de literatura aunque él era matemático. Me pasé los últimos cursos del instituto cometiendo torpes relatos protagonizados por Damián en los que siempre, a raíz de una situación embarazosa provocada por su incompetencia, estallaba un motín y la cosa acababa en linchamiento.
Luego, en la Universidad, me olvidé de él y, para cuando empezó lo del teclado, ni siquiera recordaba la existencia ficcional del tal Damián, así que lo atribuía a errores de digitación: cada x letras, aparecía en la pantalla una que yo no había pulsado. Tiempo después vi que eran siempre las mismas: l-i-g-p-o-s-a, ordenadas por frecuencia de aparición. Un virus, diagnosticó el informático. Y no le dije que me pasaba en todos los ordenadores.
La cosa fue a más y llegó el día en que, teclease lo que teclease, aparecía una de aquellas letras. Apareció la g. La borré. Volví a pulsar. Apareció otra vez. Tardé en comprender. Lo intenté varias veces y, al final, seguí tecleando a ver qué pasaba:
Gilipollas
D…
Cuando apareció la D mayúscula, desconecté el ordenador y desde entonces escribo a mano, no estoy dispuesto a aguantar sus insultos.
Empecé a escribir hace cinco años sobre magia y amor. Un primer cuento lleno de seres fantásticos, yo misma era una Diosa con un fuerte animal de poder al lado y, a las puertas de mi estancia, un centauro lideraba muchos caballos dedicados a protegerme.
Hoy me considero una escritora, aunque hayan pasado pocos años y siga aprendiendo cada día. Todas las palabras que han salido de mis manos tenían su fuerza, su luz, mi esencia. Incluso han provocado risas, consuelo, lágrimas, placer…
Hoy, más que nunca, me siento orgullosa de mí misma y de mis letras. Por eso es de esta escritora renacida y feliz sobre la que os cuento, y también unas pinceladas sobre ese personaje maravilloso y fuerte que habita en mi interior. Algo que me mantiene firme y segura dentro de su magia.
¿Qué será lo próximo?
Tengo tanto por contar.
Maravillas sobre las que posar vuestra mirada inteligente y sensible, mientras recolocarse un mechón tras la oreja, darle un sorbo al café, esbozar una amplia sonrisa.
Chsss! Soñemos escritos sobre la piel…
Martilleaba con los dedos su vieja máquina de escribir como si cada una de sus palabras fuera la última, como si aquello que fuera a escribir fuera la novela que siempre había deseado escribir, la que le encumbraría al salón celestial como escritor; en definitiva a la eternidad.
Escribía sobre un escritor que había malgastado el tiempo escribiendo mediocridad, que tenía el sueño de vivir de ello pero que lo único que había conseguido era soledad y una cirrosis galopante. Sabía que jamás desistiría, al menos hasta que le quedara un vaso lleno de whisky y su querida máquina de escribir.
Cuando el escritor escribió su última página, reflexionó mientras miraba dubitativo al vaso de whisky y pensó si él era el personaje o era el escritor que escribía sobre el otro escritor; lo único que tenía claro es que cada trago que daba a ese vaso de whisky le esclarecía quien sería su asesino.
– Y, entonces, dígame, ¿gana algo con esto?
– Ni un céntimo, señor.
– En ese caso, lo siento, pero no puedo incluirle en este cuento. ¿No ha visto el título? Es sólo para profesionales.
– Ya, pero el caso es que yo escribo.
– ¿Y qué escribe?
– Microrrelatos.
– Pffff. Pues peor me lo pone todavía.
– Mire, lamento plantearle este conflicto, pero, compréndame… ¡Necesito expresarme!
– Claro, claro. ¿Ha terminado?
– Sí. No.
El hombre miraba el papel, tierra árida, y empezó a regar con tinta la historia de un anciano que apenas percibía sombras desde su ventana. Su vida, mil veces recordada, se diluía en el tiempo. La lejía abrasaría su condena, la muerte visitaría su soledad. Con manos temblorosas cogió el papel, piedra donde esculpir la historia de un joven que, con ojos hundidos, se contemplaba ante el espejo. La maldita enfermedad despedazaba su alma y devoraba su futuro. Esperanza y fe habían muerto. Observó el papel, helado cual glaciar, como el frío revolver que a su lado esperaba, y escribió sobre una niña con miedo. Miedo acosador. Vejaciones y golpes habían cumplido su objetivo, temía al mundo, odiaba la vida; su tristeza pronto saltaría del acantilado. Sobre la arena garabateó la historia de una mujer, antaño inteligente y valiente, que veía cómo sus recuerdos huían sin remedio. En la mesilla, un frasco vacío y un diario, fiel confidente de sus emociones. Abriéndolo, comenzó a narrar la historia de un hombre cuyo amor naufragó en aguas de la traición. Este, acercando la pluma a su muñeca, tintero de sangre, miraba el papel, una tierra árida que empezó a regar con tinta.
Estaba leyendo historia de O, desnuda en la cama, cuando un fuerte golpe en mi culo hizo que se me cayera el libro al suelo. Quise volverme pero me lo impedía con sus brazos y su cuerpo encima del mío.
Pugnaba con su pene hacerse un hueco, pero no le dejaba, contraje mis glúteos y en ese momento me noté húmeda. Se tumbó de espaldas y yo me subí a horcajadas, moviendo mi cadera para restregar nuestros fluidos, hasta que se introdujo de golpe, provocándome un grito ahogado de queja y placer.
Empezó a moverse y con el cinturón me dio un ligero golpe, pasando la hebilla fría por la nalga enrojecida y acabando en nuestros sexos, con el otro extremo me daba a mí y a sus testículos, arqueando su espalda y haciendo que la penetración fuera más profunda.
Contuve la respiración en un crescendo de velocidad, presintiendo mi orgasmo, cuando incorporándose sobre los codos me mordió en el pezón más cercano, me dolió, pero me abandoné en una serie de espasmos y cayendo de lado seguía dentro moviéndose y ahí perdí la noción del tiempo.
Me desperté, recordando, con la almohada entre los muslos y el libro abierto.
Nunca habría imaginado combinación tan exótica: ojos rasgados de color azul cielo, piel de leche y preciosa cabellera envuelta en un mar rizado de pelo negro; oriente, occidente, norte y sur representados en la misma persona. Me quedé mirándola hipnotizado y aprovechando el anonimato que me garantizaba la multitud de gente que deambulaba por el aeropuerto, saqué mi libreta y apunté cada detalle de su físico y de su lenguaje corporal: la forma de ahuecarse el pelo; el vaivén sensual de sus caderas al caminar; la manera de coquetear con el empleado de la aerolínea (sonrisa tímida mientras ladea la cabeza hacia la izquierda). No escatimé palabras para reflejar todas y cada una de las peculiaridades de aquella obra cumbre del mestizaje. Sin duda, algún día utilizaría ese perfil, pero, esta vez, necesitaba una chica mucho más común. Cerré la libreta y volví a concentrarme en examinar el catálogo internacional de modelos para tinta y papel recién descubierto gracias al retraso de mi vuelo. Al final, acabé llamando la atención.
El agente no cree que soy un escritor que busca inspiración. Cuando todo esto se aclare y me devuelvan la libreta, lo tendré en cuenta, es el poli duro perfecto.
Salud, trabajo, pareja y amigos, todo cuanto un hombre puede desear no garantiza la ausencia de un “pero”, siempre hay uno. El mío era una inquietud arrinconada en el interior. Hubiese dado cualquier cosa por dedicarme profesionalmente a la escritura, pero antes debía asegurar el sustento. La mayor parte de mis energías se las llevaron estudios y duras oposiciones. Era consciente de mi verdadera vocación, pero no me quedaba tiempo después de las agotadoras jornadas laborales, de las horas extras para pagar la hipoteca.
Personaje de una novela impuesta, traté de taponar frustración y ansiedad con comida insana y tabaco a todas horas, pero fue en vano. Irascible algunas veces, melancólico otras, mi carácter se deterioraba al mismo tiempo que la salud, sobre todo el corazón. Un día me sobrevino un dolor letal en el pecho.
En mi cama duerme ahora otro hombre. Él y mi mujer han logrado lo que yo no supe hacer, un hogar razonablemente feliz, que no por ello está libre de un “pero”.
Nunca suben al desván, donde se ha quedado a vivir un frío que no saben explicar; aunque lo inquietante, dicen, es cuando parece que alguien teclea la vieja máquina de escribir.
Juan era un escritor de éxito. En cuanto publicaba una nueva novela, la editorial y sus múltiples seguidores se encargaban de encumbrarla y, por ende, a su autor. Eran novelas de misterio y su personaje principal se llamaba Elías Buenaventura. Quiso ponerle ese apellido para demostrar, paradójicamente, que la vida, en ocasiones, no era fácil. Juan había tenido que bregar con muchos mares de incomprensión, antes de alcanzar la fama.
Esta mañana se ha levantado malhumorado. Se le agotaba el tiempo de entrega de la nueva novela de su personaje, amado y odiado a un tiempo. Tras horas frente al teclado, toma sus folios y los lleva a su editor. Se siente satisfecho, es más, está entusiasmado. “Mi mejor obra, sin duda”, piensa, mientras camina.
Pedro, su editor y amigo, hojea el borrador. No quiere romper el espejismo. Cuando se asegura de que Juan se ha ido, tira a la papelera todos aquellos folios en blanco.
La tenue luz de la candela ilumina a duras penas la negrura del desván. La niña de blanca cara y enormes ojos escribe sin cesar. Al igual que cada noche. Una raída sábana la cubre por completo dejando únicamente al aire su pequeña mano. El gélido viento se cuela por las rendijas del tragaluz haciendo peligrar la débil llama.
En las muchas páginas completas, cuarteadas, está todo. Estoy yo, aparecéis vosotros que ahora leéis esto, está el mundo entero con sus historias de guerras y amores, la tierra con sus glaciares, volcanes, bosques y mares, están la luna y el sol engendrados y descritos en una calurosa noche de verano, están el universo, las libélulas, los atardeceres y el café.
En el más absoluto silencio nocturno imagino oir el leve sonido de su pluma al rozar el papel. De ahí surgen las letras, palabras, frases, los puntos, espacios y comas.
Justo antes de que el sueño me venza, sonrío sabiendo que la niña de blanca cara y enormes ojos, en esa mágica conjunción de tinta y signos, está dejando escrito mi futuro.
Y el vuestro.
Galicia, una lejana tarde de primavera.
−Señora, ¿podría descansar unos instantes en la sombra de su huerto?
−Pase, por favor, y le traeré un poco de agua.
−Se agradece; con el paso de los años las fuerzas menguan, sin remedio.
−Aun así, yo la veo cada tarde, abstraída, vagando por la senda que pasa por mi puerta. Pero, cuénteme… hábleme de usted y de su suerte.
−¿Qué decirle? Enviudé joven, arrojándome la vida al desdén de la pobreza. Los rapaces y sus madres me injuriaron, mientras escupían en mi alma los que justos se decían. Malpocada, salté y corrí sobre las riberas del Sar, agrestes en su eterna primavera, y los pájaros, las plantas y las fuentes… conmigo dialogaron, ya contenta. Muchos se burlaban diciendo que las plantas, las fuentes, los pájaros…no hablaban; solo en mi cabeza. Sin embargo, redimida, clamé orgullosa: ¡eso no es cierto! Y ahora que, como ve, las canas tiñen mis cabellos prosigo mi camino buscando, quizá, el postrero de mis sueños. Pero, señora, ¿sabe lo que de mí, cuando paso, murmuran y exclaman?
−Sí, dicen que ahí va la loca soñando. Lo dicen, pero no es cierto.
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