Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

05. VERSIÓN ORIGINAL (EDUARDO MARTÍN ZURITA)

Pudieron titular el cuento Blancanitos y los siete enanieves porque, al principio, los ocho estábamos superunidos. Pero cuando a uno de mis compañeros le dio por crecer tanto como un pino y consiguió que la jovencita le preparase la comida en exclusiva, empezaron las tiranteces. Hablaban a solas y dormían juntos. Luego pusieron un circo y vivieron como príncipes a nuestra costa, el número con más gancho. A la madrastra, prendada hasta el talón de Aquiles del exenano, la colocaron de vendedora de entradas, teniéndose que conformar con ver el contorno de su rostro en el cristal de la taquilla. Bueno, en realidad contemplaba la cara de pollino del larguirucho, a quien tenía por Adonis. La bella terminó dejando al que fuera compañero nuestro, que se largó con los watusi. La muy… Se arruinó y acabó con su cuerpo en un puticlub de medio pelo, y se lio con un rufián con patillas de hacha. Retorcido como un callejero les tuvo que salir el hijito, seguro. ¿Blancanieves…? ¿Refiriéndose a una con un alma tiznada? Ese par de impostores lo falsearon todo. Y ni siquiera se acordaron de nosotros en los créditos de esta película. Tuvo que hacerlo Walt Disney.

04. EL PROTAGONISTA (M.Carme Marí)

Juan se levanta con desgana cuando suena el despertador para ir al instituto, aunque la mayoría de días no pisa las aulas.
Se hace llamar Jonny en su pandilla, donde tiene fama de duro.
El protagonista de nuestra historia es un inadaptado social. La verdad es que a él no le ha gustado nunca que le consideren dentro de este grupo de sujetos.
¡Eh, fíjense! Ahora nos mira con muy mala cara. Sí, a nosotros, a mí que estoy narrando y a ustedes los lectores…
Que no le insultemos, dice… a gritos, por supuesto. Vaya educación. Claro, como en su casa no lo aguantan y además no va a clase…
Ya se está poniendo gallito, parece que no se conforma con gritarnos. Dice que viene a por nosotros. Ay Dios, que de esta gente me fío más bien poco. Yo de ustedes me iría alejando, por si acaso.
Ha cogido su navaja. Esto ya no me gusta nada.
Miren, mejor cierren la página del libro o la ventana del navegador, no vaya a ser que la punta del cuchillo les dé en la nariz.
Yo me marcho. Ya si eso, se lo acabo de contar otro día. ¡Adiós!

03. MI BIBLIOTECA (Mariángeles Abelli Bonardi)

Lágrimas en la lluvia: el bloqueo de escritor es La historia interminable de mi vida. Salgo a despejarme: Los autonautas de la cosmopista me invitan a ir con ellos. Cultiva tu talento literario, me dicen, sin Orgullo y Prejuicio, con mucha Sensatez y Sentimientos. Sigo el consejo: Papeles inesperados me llevan, Más allá de las ilusiones, a dar La vuelta al día en ochenta mundos.

Ni puedo ni quiero prescindir de mi Casa de palabras; Grandes esperanzas alivianan El peso del corazón, un Corazón del Tártaro que hace de mí La loca de la casa; esa misma que, apenas puede, se va a su Jardín secreto a jugar a la Rayuela.

02. Hiperrealismo trágico

Las olas rompen plácidamente contra el faro solitario en el que trato de terminar mi novela. Como en las películas. Quizá  abusara anoche del bourbon, esa bebida de escritores, porque estoy perplejo.

Dejé ayer a Claudia, mi heroína, en una cita con el canalla de Alessandro, por el que tanto suspiraba. Sin embargo esta mañana se ha fugado en un yate con Francesco,  el rico heredero, renunciando al amor.

Pero lo más desconcertante es que ha dejado una nota en la que me advierte que no siga imaginando finales románticos y poco prácticos para mis personajes o  pagaré por ello.

Una nota. De Claudia. Escrita con mi Olivetti.

De repente comprendo que no era yo  el que, en algún frenesí  perfeccionista, atiborraba la papelera de hojas arrugadas. Releo el manuscrito cada vez más asombrado. Marcelo, el mafioso padre de Claudia, ya no está  entre rejas, ni  hay rastro de sus gorilas en el depósito de cadáveres, ni  Bianca, su madre, vive feliz con Giorgio el jardinero (que ahora reposa  en el fondo del  Adriático), sino que ha vuelto con su marido.

Grito al escuchar el motor de una avioneta. En la página 439 han planeado asaltar mi refugio literario.

01. SECRETOS (JAMS)

La periodista que lo entrevista resalta la despreciable humanidad del personaje que protagoniza su novela, y lo incluye en un probable catálogo de otros “sublimes monstruos de la literatura”. Lo define como inmoral, perverso y narcisista en lo privado, pero persuasivo, inteligente y seductor en su conducta pública. El autor recién premiado responde que ha intentado desvestirlo de ficción, de ese dramatismo que persigue el espectáculo, y reflejar una tortura que llegue a ser cotidiana, del tipo que podría esconderse tras el muro de silencio de cualquier hogar aparentemente dichoso.

La periodista reconoce también el interesante proceso de superación del personaje del hijo, su resignación, su serenidad y la escapatoria de usar la lectura como escape a una realidad hostil: “los libros como liberación”, dice para cerrar su discurso. Entonces aprovecha para recordar que el autor premiado es hijo de uno de los más famosos autores de literatura infantil nacional, cuya obra será inolvidable para todos nosotros. Lamenta su reciente defunción y conjetura que habría disfrutado mucho con esta novela de su hijo y con los éxitos que está alcanzando.

El autor premiado asiente y sonríe. Y calla.

153. SIMBIOSIS

Bony era cojo Un accidente cuando cachorro le anuló sus patas.
Botines, dulce mastín lo llevó sobre su lomo desde entonces.

Un triste día Bony se durmió para siempre.
Botines no llegó a sufrir su ausencia. El peluche de mi hija cabalgó sobre él hasta que otro día triste Botines cerró sus ojos.

Reposan bajo el cerezo del jardín: El gato cojo, el peluche viejo y el perro ciego.

152. ET DIABOLUS DIXIT

Juan, recién llegado a casa, desbordó el sofá. Un legajo a medio plegar jugaba al trapecio entre sus dedos. «¿Delito contable yo? ¡Por Dios, si sólo fue un error!» Dijo en voz alta.

Su mente languidecía y su mirada se perdió en la librería. Viajó en el recuerdo y se encontró otra vez en el día que halló el enorme gato negro de su exmujer  atemorizado y escondido bajo una manta.

Con un profundo suspiró rememoró el miedo cuando descubrió en la librería un vacío. En el suelo el legado del abuelo: cristales rotos y restos de un soporte hecho en madera tallada con sus arbotantes adornados con gárgolas y sus pináculos ahora quebrados.

Y entonces aquella voz desagradable: -¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque recorréis el mar y la tierra para hacer un prosélito…

Mirándole a los ojos, sentado con los pies colgado sobre una copia del Tractatus de Penientia estaba el pequeño diablo que por doscientos años fue recluido en una esfera de cristal. Ese quien es principal en las hordas de Belgefor y responsable de las faltas de los escribas y copistas en los escriptoria, Titivillus, que concluyó su prédica con una sonrisa socarrona: –Mateo 23:15.

151. Maite y su Sultán (Juana Mª Igarreta)

Sultán era el perro de Maite. Compañero de juegos y risas, y también paño de lágrimas. En verano, cuando las tardes rezuman horas luminosas, eran dos en uno. Sincronizaban silencios en las furtivas incursiones que, con el fin de trepar a los cerezos, hacían al huerto de los vecinos. Maite, con aquellas carnosas y sonrosadas bolitas rabudas, improvisaba pendientes que decoraban sus orejas y las de su amigo, así como largos collares cuyas cuentas acababan siendo objeto de una apetitosa merienda.
Al oscurecer, la niña contemplaba cómo los últimos rayos de luz reverberaban sobre el suave pelaje rojizo del can, adelgazando su silueta hasta hacerla a los ojos casi desaparecer. Ella se acercaba para acariciar al animal y confirmar que seguía estando allí.
Antes de que la familia se mudara a un piso de la ciudad, el perro enfermó. Un día, al atardecer, su padre se lo llevó al campo y regresó sin él. Maite, refugiada en su dolor, escuchó hablar a sus padres en sollozante susurro: “Ha tenido una buena muerte”. Ella tardó mucho tiempo en comprender esas palabras. Sí entendió que esta vez el sol se lo había llevado para siempre.

150. Somos como somos (María Elejoste – Mel)

—¿En blanco y negro? Nooo, ¡es mentira!

—Que sí, pequeñajo, los perros no ven los colores, lo dimos en clase de Ciencias.

—Pero Toby ve perfecto, coge las pelotas en el aire y todo.

—A ver, so bobo, que ve bien, pero no distingue los colores: los perros son daltónicos.

—¿Quueeé?  ¿Qué es eso? ¿Quieres decir que es medio cegato?

—Sí, algo así. No ven los colores como nosotros, son bichos defectuosos… como tú, que eres tonto.

—¡Toby no es defectuoso, mamá dijo que era perfecto para mí!

—Claroooo, tu perrito también está enfermo, él no ve los colores y tú no sientes dolor. ¿Ves, a que no te duele?

—No me pellizques, bruto, que me sale moratón.

—Oh, sí, y se pondrá rojo, y morado, y verde, pero Toby no lo verá y a ti no te dolerá.

—Deja a mi perrito en paz, él no tiene la culpa de ser dalto… dalto lo que sea, ni yo tampoco. Los médicos dicen que soy como somos todos.

—Dicen «Cro mo so mas» y por eso te quieren más a ti.

 

149. Apariencias

Aunque él era negro, había oído muchas veces eso de que de noche todos los gatos son pardos. Eso sí, estaba seguro de que quienes lo decían, no la conocían a ella: deslumbrante, distinta, quizá extranjera; inalcanzable, al otro lado del cristal. Por ella cada noche se aventuraba en aquel barrio extraño; únicamente para verla y observar hipnotizado sus movimientos armónicos, su brillo, su collar rojo y esos exóticos caracteres tatuados en su piel. Además, intuía que ella cambiaría su suerte, mientras se acercaba y observaba sus ojos ausentes y el rítmico balanceo de su brazo izquierdo bajo el rojo neón del restaurante chino.

148. Inseparables

El viejo coronel recorre las calles cuando la luna alumbra, los cierres de las tiendas están echados, los cubos de basura rebosan, los bares escupen a los últimos borrachos y entre las sombras de algún portal entreabierto espera una mujer desesperada. Su fiel Relámpago no le pierde el paso desde hace un año, desde que lo recogió con los ojos apenas abiertos y aún sin dientes. Desde que le amamantó con un guante de goma y leche caducada. Cada atardecer, como un prodigio de seis patas, abandonan su esquina, cerca de la iglesia, inseparables. No es la mejor, esas se las quedan los fuertes, los que tienen perros más grandes, los violentos; pero da para unos tetrabrik de vino peleón y algo de comer que compran en el chino; sobre todo para el chucho que sigue creciendo. Mientras su dueño avanza arrastrando los pies, el perro va y viene, escudriña las aceras, con instinto cazador señala la pieza si olisquea comida entre las basuras, marca territorio sobre las puertas de los garajes, espera, si al viejo le despachan en alguna tasca inmunda o si las monedas que quedan, y el vigor, le alcanzan para una mamada en aquel portal perdido.

147. Noches de perros

El perro no me deja dormir. Todas las noches me despierta. En cuanto me duermo comienza a ladrar. Lo hace sin parar, como se ladra a los desconocidos que merodean las casas ajenas, como se ladra a los miedosos y a los desconfiados. Nos fuimos a vivir al campo para estar tranquilos, para que nadie nos molestase, pero el maldito perro no me deja dormir, y los ladridos no cesan, se repiten una y otra vez, en medio de la noche, superponiéndose unos a otros, clavándose en mi cabeza como colmillos afilados, hasta que me despierto. Justo entonces se calla. Yo sé que solo espera a que me vuelva a dormir, porque cuando lo consigo se pone a ladrar de nuevo. A mi mujer y a mi hijo los ladridos no les molestan. Ellos están encantados con el perro, pero yo necesito dormir. Por eso, me he deshecho de él. Sin decirles nada, lo he metido en el coche y me lo he llevado lejos. Tan lejos que no podrán encontrarlo, tan lejos que nunca conseguirá volver. La tranquilidad apenas ha durado unas horas. Esta noche ha sido el llanto de mi hijo el que me ha despertado.

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