Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

122. SOLIDARIOS

Fue en el amanecer cuando lo descubrieron:

El flautista luchando contra los molinos.

Alonso Quijano cuidando la frágil rosa del diminuto planeta.

Gepetto tallando el blanco lomo de Mobby Dick.

Y a los camellos que , ignorando la estrella cambiaron el rumbo para llevar a los magos hasta la larga fila de niños, que pisando barro y nieve, buscaban un refugio, siquiera humilde para guarecerse de la larga, eterna  noche.

121. La carta

 

La carta apenas ha tardado un par de días, en cambio a él le costó mucho más llegar hasta este país que le acogió con alguna reserva hace unos pocos años. En el fondo no le extraña. La carta es ligera, apenas un papel doblado en dos. Sin embargo, él traía consigo un peso infinitamente mayor: el de las imágenes de destrucción de todo lo que había formado parte de aquella existencia ya lejana, el peso de las vidas que quedaron allí quizá para siempre. Siente que, de nuevo, se hunde en el mar, le falta el aire… y, como entonces, sabe que sólo puede asirse a su propio corazón.

120. De ida y vuelta

La cubierta está dura y helada. La raída manta casi no les cubre. La humedad cala hasta los huesos. Qué mala suerte: toda la travesía lloviendo. No pueden pagar un camarote, pero no importa. Bienvenido sea el mes y pico de frío, lluvia, viento, hambre, mocos y tos con tal de dejar atrás la miseria de su Andalucía natal. Desde que cerraron la mina, el mísero jornal de recoger aceitunas no da para todo el año. No les queda otra que lanzarse a hacer las Américas.

 

Al bajar del avión María aspira hondo el aroma de azahar. Por fin regresan a casa. Han comprado el cortijo donde sus padres se deslomaban atendiendo al señorito. Está deseando sentarse frente a la chimenea del salón, esa que de niña solo podía fisgar a través de la ventana, ya que a los hijos de los jornaleros no se les permitía entrar en la casa.

 

A su lado, el pequeño Juan contempla emocionado a su padre, quien apenas puede contener las lágrimas, y agarra fuerte la mano de su madre. Allá en Argentina ha dejado muchos amigos, pero están cerquita, a ocho horas de vuelo. Parecen menos; es lo que tiene viajar en business.

119. N O S E ( de MEL)

Sus ciento cincuenta años nunca le habían pesado pero cuando la última mota de polvo toca el asfalto y el coche de la única familia que quedaba en el pueblo se pierde en el horizonte, en ese preciso instante, se sabe viejo y por primera vez en su vida  le duelen los rayos de sol sobre su piel. El viento le azota, como cada día,  y se estremece, y no es solo por la tramontana.  Algo se resquebraja dentro de sí, y ve la letra N rebotando por la tejas del cimborrio. Ha perdido el norte, en toda su extensión. Y comprende que a la mezcla de herrumbre y rocío que resbala por su cuerpo otros lo llamarían lágrimas.  Pierde el equilibrio y  todo él cae desde lo más alto de la iglesia, rompiéndose a cada golpe, para ir a clavarse de pie, con su única patita en el centro de la plaza, ahora y por siempre vacía, preguntándose a donde ha ido la gente, mientras las cuatro letras de los confines del mundo lo rodean en un círculo.

118. Graceland

Despedirse de los viejos fue duro. Obligados por las circunstancias a quedarse, sabíamos que aquel abrazo sería el último. Se movían inquietos entre nosotros sin saber qué hacer. Su mayor preocupación parecía haberse reducido a que pudiéramos olvidar algo, de manera que sus frases de recordatorio, repetidas nerviosamente hasta el absurdo, sustituían con frecuencia a las de la despedida.

Salimos al alba en silencio, cargando en brazos con los más pequeños, aún dormidos, y arrastrando únicamente los enseres necesarios. El barro helado del camino, marcado de huellas de carros, dificultaba nuestro avance, obligándonos a parar más de lo deseado en espera de los rezagados; nada que hiciera flaquear nuestra determinación de seguir, de alejarnos como fuera del hambre y la guerra, del frío extremo…

El grupo iba creciendo al paso por los pueblos. Los nuevos hablaban con entusiasmo del Continente Milagro, La Tierra de la Gracia, donde ahora la vida florecía por todas partes en una abundancia sin límites. Sabíamos que, tras llegar a la costa, cruzar el mar exigiría una interminable y tortuosa espera a la que muchos no sobrevivirían. Afortunadamente, al menos, ya no quedaba nada de aquella barrera hiriente que una vez nosotros mismos levantamos.

117. El recordatorio

Gracias a la picardía del conductor, con el largo desvío pudo ver las calles llenas de edificios nuevos, negocios en otros idiomas y aquella iglesia que se mantenía como un faro para reconocer el barrio. Caminaba por la acera, añorando el olor a serrín de las carpinterías, la grasa, el humo flotante de las gallinejas, zarajos y casquería, desterrados ahora por pizzas, kétchup, curry y otras especias que embriagaban las aceras entre una manzana y la siguiente.

Preguntó por Pedro, el dueño de la cafetería. La camarera indicó que se encontraba en el salón del fondo. El anciano se asomó por la cortina y lo vio, acompañado de su mujer, los hijos y algunos amigos. Después se acercó a la barra y encargó una botella del mejor champán para que se lo entregara con un sobre. La camarera descorchó el espumoso y se lo sirvió a los invitados al cumpleaños, mientras Pedro observó la tarjeta que contenía con la fecha de su nacimiento y esa nota con una escueta frase:

– ¡Felicidades, hijo!

La camarera le devolvió al viejo los papeles hechos pedazos. El hombre, resignado, consultó la hora, salió fuera y llamó  un taxi para regresar al aeropuerto.

116. Nosotros bien, a Dios gracias (Pablo Núñez) (Fuera de concurso)

Después de unos años, al fin nos hemos acomodado en este país. Desde que dejamos apartados los sentimientos, todo ha sido más fácil. A veces nos miran con recelo, pero ya estamos acostumbrados; lo mismo hacían en el pueblo cuando su hija Margarita se quedó preñada antes de la boda y poco nos importaba. Por cierto, que al niño lo verá pronto: no aguantó este clima y se lo hemos enviado.

Nos hemos enterado de que al final se perdió la guerra. Aquí llegaron noticias confusas, pero el Padre Genaro nos escribió y, además de contarnos lo suyo, nos lo confirmó. Lo que no nos ha quedado claro es quién la ganó; si es que alguna vez las gana alguien.

Paquito lleva en el bolsillo derecho del pantalón, junto a esta carta, el dinero que nos pide el cura para que no acabéis en la fosa común. Esperamos que sea suficiente y os metan en un nicho acogedor. Sentimos que no pueda ser la tumba que deseaba con su lápida de mármol, pero no contábamos con los gastos que nos iba a suponer el traslado de su nieto, aunque seguro que le compensa su compañía. Cuídese. Cuídelo.

115. El negro del AhorraMas (Juancho Plaza)

Su nombre es Mbaye. Cuando está solo deja que golpee las paredes de su cabeza: «Mbaye, Mbaye, Mbaye…».  Ya nadie le llama así, ni siquiera en la casa ocupada en la que vive con otros que, como él, tuvieron que abandonar su tierra. Se ha acostumbrado a mentir, a cambiar de nombre y de nacionalidad, a inventar parientes y profesiones, a decir que está bien mientras la pena avanza despacio y en silencio dentro de sus tripas. «Mbaye, Mbaye, Mbaye…», rebota de la sien a la nuca, de la frente a la coronilla, igual que aquel balón, repleto de cicatrices de bramante, que chutaba con sus amigos contra la cerca del protectorado. Después la guerra. Muchos cambiaron el balón por un machete, los juegos por pistolas. A los más grandes les armaron con fusiles y tacharon la palabra amigo de su vocabulario. No quedaron más salidas que el ultraje, el éxodo o la muerte.

Mbaye ofrece la palma de su mano y su sonrisa a quien se acerca al súper.  Contrasta su blancura con lo negro de su piel, con la sombría gravedad de su añoranza, con el incierto futuro que en forma de calderilla alcanza sus bolsillos.

114. Los últimos emigrantes.

En la más elevada montaña de la Tierra algunos hombres se afanan controlando los últimos detalles en la estructura de las arcas, asegurándose que no existe ninguna grieta. Las bodegas de los navíos acogen en orden a todos los animales, los congeladores están repletos de alimentos y en los fardos, asegurados con firmeza, viaja todo lo necesario para comenzar la andadura en la nueva morada.
Mientras tanto en las ciudades de todo el orbe sus habitantes viven, los más afortunados, a cubierto de la lluvia letal que no deja de caer; cada gota que toca la piel supone una ulcera lacerante difícil de curar. Los terremotos y tsunamis se suceden sin parar. La Tierra, agotada y enferma se rebela contra su virus.
Los ocupantes de las arcas imploran para hallar un claro entre las nubes y enfilar las proas con decisión hacia el espacio. Un halo de ilusión planea sobre todos, es tan potente como la pena que albergan sus corazones. Saben que son emigrantes sin retorno, que nunca dejaran de añorar su hogar. Evocaran durante generaciones el planeta azul desperdiciado y maldecirán eternamente la ceguera de los avariciosos.

113. Llueve (relato fuera de concurso) Anna Lopez Artiaga / Relatos de Arena

El cielo y el mar parecen querer unirse y devorarnos a todos. La mujer del fondo ha dejado de llorar. Sigue aferrada al cuerpecillo inerte y lo acuna, pero ya no llora. La primera claridad del alba nos muestra un horizonte nómada. Ni rastro del continente.

Llueve.

En la cocina, Juana remueve el guiso. Los choclos ya están asados. A la señora no le gusta que prepare comida guaraní, pero una cazuela de carne es una cazuela de carne en todas partes, ¿no? ¿Qué mal hay en acompañarla con unas deliciosas mazorcas?

Llueve.

No ha vendido  nada. En cuanto puso la manta en el suelo se derramó el cielo entero y tuvo que correr hasta la boca del metro. El vestíbulo bulle de gente apresurada que cruza entre los africanos, sin verlos. Parecen deportistas  esperando en el túnel de vestuarios para saltar al campo. Él sueña con ser jugador de fútbol. Ganar mucho dinero. Comprarle una casa a su madre.

Llueve.

Hoy no podrá salir a pasear con el viejo. Pobre hombre. Ya no reconoce a la hija, ni a nadie. Solo a ella le sonríe. Y, de cuando en cuando, se le empañan los ojos y llueve.

112. Aquí, allí

Aquí no le arrojan bombas, sino que le lanzan insultos. Aquí no pasa hambre, aunque debe rebuscar comida entre la basura. Aquí no existe el peligro de que la violen, de que la azoten, de que la lapiden, pero la tratan peor que a un animal. Aquí no tiene que dormir bajo las estrellas, aunque debe compartir habitación con otros dos mil refugiados que, como ella, quieren regresar allí.

111. Picaresca a la rumana, (Rosy Val)

Me lo encuentro cada mañana en el barrio donde vivo, con su balanceo, su gorra deslucida y esa mirada asilada en sus atribulados ojos. “El chico extranjero me entristece”, le comento a veces a mi marido. Pero él sabe que no escucharé sus cansinas reticencias ni el manido proverbio chino de la caña y el pescado; seguiré dándole diariamente su euro. Al menos que, los actuales gerifaltes decidan ocuparse de las cotidianas estampas que agarrotan mi ánimo. Y mientras sigo a la espera, descubro por una calle del centro —gracias a un semáforo encendido que detiene mi coche en el paso de cebra— a un joven malabarista que lanza y recoge clavas con pericia. Al término de su lucimiento se aproxima al coche que encabeza la fila. Tras neutralizar su cara de asombro con una sardónica risa compruebo que la tristeza ha migrado de sus ojos. También, que su gorra ha rejuvenecido varias puestas; me la presenta… Al momento, el semáforo se abre. Me alejo, despacio, mirándolo a través del retrovisor… ¡milagro!, le vuelve la cojera.

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