Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

112. Juegos olímpicos (Luisa R. Novelúa)

Muy sonriente y con los ojos chispeantes muerde la galleta María mientras saluda con la mano frente al espejo. Con solo cinco años tiene muy claro lo que quiere ser de mayor, y lo ha anunciado con determinación en una de las comidas familiares en casa de los abuelos.

Nadie parece tomarla en serio. Incluso hay quien se atreve a recordarle que sale corriendo en busca de unos brazos salvadores cada vez que las olas se acercan para atraparle los pies. Pero después de insistir hasta el berrinche, su madre ha acabado por transigir y le ha comprado el gorro, los manguitos y el churro de flotación que la esperan almacenados en el armario de los juguetes.

Hoy está muy contenta. Es el primer día de colegio tras las vacaciones estivales. Cuando ve a Lucía, las dos niñas se lanzan a un reencuentro lleno de risas. Sabe que puede contar con ella. De hecho, su amiga acepta su decisión sin cuestionarla, y a partir de ese momento la llama Mireia.

111. Ctrl+Alt+Supr

Nadar es lo que me ha mantenido vivo hasta ahora, seguir nadando sin parar, a pesar de las olas, las corrientes, las mareas, he continuado braceando hasta que he conseguido llegar a la línea del horizonte. Aquí me espera mi destino. Justo donde el mar se transforma en cielo existe una puerta virtual. Al intentar traspasarla aparece una ventana blanca por arte de Google y dos recuadros grises que solicitan con insistente parpadeo usuario y contraseña. Tecleo el usuario errando la contraseña. Recuerdo con certeza haberla anotado en el registro de últimas voluntades anticipadas. El pánico se apodera de mí. ¿Cómo acceder al paraíso sin la palabra clave? Busco un enlace que me ayude a recordar pero sólo me ofrecen la posibilidad de pulsar el botón inicio. Esa opción no me interesa, me obliga a volver al principio de todo, al líquido amniótico donde comencé mi acuática vida. Y no me apetece, quiero descansar, hastiado de vivir no me siento con fuerzas para enfrentarme de nuevo a lo que sé que me espera. Me niego a volver a nacer, prefiero quedarme aquí bloqueado en el limbo hasta recuperar la memoria.

110. Récord

5,65 segundos en los 100 metros lisos.

Fantástico. Inverosímil. Estratosférico. Aunque el cronómetro no mentía. Ahí lo detuvo el corredor. En la línea de meta. Desafiaba a la lógica. Al sentido común. Dejó mudo y aturdido al estadio. Y al mundo entero.

Solo durante un instante.

Con esa muestra de regocijo y secreta satisfacción personal que se siente al contemplar los grandes logros o las hazañas inconcebibles, el público lo recibió enseguida con una ovación atronadora, y la prensa mundial acabó saludando el nuevo récord como un triunfo más del hombre sobre su destino.

Además, el registro pudo ser rápidamente homologado.

Las autoridades deportivas no descubrieron nada anómalo en la velocidad del viento ni en la aerodinámica del pantalón, la camiseta o las zapatillas utilizadas durante la prueba, ni en el análisis exhaustivo que se hizo del cuerpo del atleta.

En poco tiempo había nacido un mito.

Y quiso demostrar que podía conseguirlo otra vez. En cada entrenamiento. En cada carrera. En cada competición a la que se presentaba. Pero sintió la presión de verse observado. De ser el centro de interés para millones de ojos. Quizá por eso fue incapaz de volver a encontrar el atajo.

 

109. Medalla de bronce

El saltador de trampolín se lanzó resuelto. Hizo un clavado inverso, que le salió casi perfecto. En el mismo momento en que se estrellaba contra las rocas del acantilado pensó que, si aquel salto le hubiera salido el día de la competición, habría conseguido al menos la medalla de bronce.

108. Volver la vista atrás

La saltadora de pértiga Olga Ninkonovskeva (hija y nieta de saltadores de pértiga, bisnieta de un arribador de puerto aficionado al salto de pértiga en sus horas libres) se prepara en la posición inicial para su tercer y último intento sobre 6,7 metros. Si salva el listón, conseguirá la medalla de oro. Si lo derriba, deberá conformarse con la plata, algo inaudito en la familia Nikonovskeva, acostumbrados a llevar siempre para sus vitrinas el dorado metal. “No vuelvas a casa con otra cosa que no sea el oro”, le ha susurrado esta mañana su abuelo Vladimir con gesto grave mientras se balanceaba en la mecedora. Olga inicia la carrera, coloca la pértiga en perpendicular al suelo, acelera el paso, clava la pértiga en la caja, toma impulso, se flexiona mientras comienza a elevarse, alcanza la altura del listón, prosigue su ascenso, desaparece por la cúpula del estadio olímpico, se pierde entre las nubes, asoma de nuevo, como un puntito a lo lejos, atraviesa la troposfera, la estratosfera, la mesosfera, la termosfera, la exosfera y llega a ese punto en el que mediado ya el camino, resulta tan difícil volver la vista atrás.

107. EL CORREDOR

Siempre te gustó correr. Casi no sabías hablar y ya te recuerdo correteando, detrás de algún gorrión o una pelota, por el patio de casa. Destacaste pronto en Educación Física. Y con el club de atletismo, siempre de los primeros: el campeonato regional cadete, la preselección para los 10000 m nacionales. Corrías, y sobre todo perseverabas. La lesión de rodilla no te paró: seguiste avanzando, madurando, seguiste corriendo. A pesar de que los mejores tiempos ya hubieran quedado atrás. Igual que me quedé yo tras la puerta, después de la discusión desde la que me retiraste la palabra: siempre te gustó correr, realmente eras libre de hacer tu vida, de buscar otros horizontes. Así que hasta tu silencio podía perdonártelo. Pero esto no, hijo, esto sí que no puedo. Que no hayas llegado a la meta de un maldito paso de cebra. Que ese camión haya dejado tu zancada incompleta ya para siempre, en medio del asfalto.

106. Lanzamiento de Jabalina

Lo que más le costó fue introducir la jabalina calibrada entre el resto. Unos pocos dólares, una sonrisa y una promesa la noche anterior fueron suficientes para la voluntaria. Cuando sopesó su centro de gravedad, pensó que no podía fallar. No se trataba de enviarla lo más lejos posible, sino de acertar. El lanzamiento apenas duraría un par de segundos. Para cuando quisiera darse cuenta, sería tarde.

Uno. Inició la carrera. Concentrado en el objetivo. El ruido de los golpes tras la puerta. Dos. Estiró la zancada para acelerar la carrera. Sus gritos insultándola. Tres. El pie sobre la línea de lanzamiento. Ella tirada en el suelo, sangrando en un sordo llanto. Cuatro. Lanzamiento. El golpeándola en el suelo. Blanco.

El lanzamiento fue perfecto. Todo el mundo lo vio. Las lágrimas mojaban sus manos que ocultaban su cara a las cámaras, como lo hacían las de su madre, en una habitación al otro lado del mundo. Dulce néctar de libertad.

Al instante los titulares de prensa inundaron la red: ”Desgracia en la familia olímpica. En un error de lanzamiento de jabalina, atraviesa a su padre, juez de pista, ante la mirada horrorizada de millones de telespectadores”.

 

105. ¿Una pista? ¿de atletismo? Humm, pueees…: empieza por A y es un deporte

Me había clasificado para una prueba atlética, pero… ¿para cuál?

Colocándome para los 100 metros, sólo se me ocurría decir “gilipollas”, “coño”, o “puta madre”, y el corredor de al lado se burló. ¡Qué tacos de salida tan poco originales!, me dijo, el muy… Y cuando el juez, al fin, disparó al aire, vi al saltador de pértiga caer malherido sobre la colchoneta mientras, algo más allá, una hembra de jabalí surcaba grácilmente los aires hasta clavarse en la hierba. Así que desistí. Demasiadas brusquedades.

Pero entonces… ¿cuál era mi disciplina?

Lo cierto es que en algunos rincones de la pista había gente agradable. Por ejemplo: un saltador ataviado con un mandil me enseñó a batir récords hasta dejarlos a punto de nieve, un fortachón giratorio se desvivió por mostrarme cómo clavar clavos con una bola de acero atada a una cuerda… ¡ah!, y Alejandro Sanz que, muy amable él, me explicó la mejor técnica para lanzar discos.

Pero yo, mareado de tanto movimiento, decidí ir a lo seguro: el Decathlon. Así, si probaba algo y no me convencía, pues me quedaría la opción de descambiarlo por un pack de calcetines. Que siempre vienen bien.

104. Fe, esperaza y calidad (por B. Mrando)

Las tres patas de la mesa de los grandes logros. Grandes como una iglesia pequeña o una catedral de pueblo a medio hacer. Parte fundamental de las virtudes de todos los participantes de tan reñidísima competición como es esta.

Lentamente el ambiente se carga de maratonianos sermoneadores, los exorcistas más rápidos, los maldecidores más dañinos, estigmatizados de gran belleza, resucitados, mártires y reliquias de todos los niveles. Con toda la parafernalia que acompaña a un evento de este calibre: bulas al alcance de todos los bolsillos, merchandising celestial y demoníaco, compraventa de almas kilómetro cero, propuestas de nuevos pecados y penitencias, etc…

Tras la ceremonia de inauguración de esa mañana de diciembre, caracterizada por los cantos gregorianos, música de órgano de buen tamaño, incienso y los padrenuestros bisbiseados, se declaran abiertos los Juegos Milagrosos de verano. Esa misma tarde, la categoría de conversión de agua en vino de mejor paladar ya tiene vencedores, que esperan en el podio la entrega de medallas: La de oro de la Virgen Erosa a tiempo parcial, para el segundo clasificado la del Cristo Dopoderoso y molón y realizada en bronce la del Santo Matito ecológico.

Así es el deporte de élite.

103. Equipo de uno (Patricia Mejías)

Cada curva de sus brazos es un torque de músculos que potencia la fuerza del remo contra la corriente marina. Trae a sus espaldas el peso de una docena de inmigrantes. Seis mujeres, dos bebés moribundos y cuatro hombres hambrientos. Golpea con fuerza las crestas enharinadas de las olas como si fueran cabezas que sobresalieran del mar. Con las salpicaduras de agua salada, el maquillaje se le destiñe. Hace mucho que no usa kohl. Desde los bombardeos en Homs. Cuando posó, sin burka y con una sonrisa, para un fotógrafo extranjero. Mientras el fuego, con sus dedos crocantes, rebuscaba entre los escombros a los sobrevivientes del bombardeo. Mientras decidía que era hora de marchar hacia Occidente con aquel grupo de refugiados.

Le pesa en la conciencia el azul marino teñido con sangre. Al fin divisa la playa. Y el relumbrar de las cámaras. Solo cien metros más. Pero aquella carga extra de remordimientos se lo impide. Con una rápida maniobra mental, se desprende de una estela de rostros suplicantes que se hunden en sus recuerdos. Rauda la embarcación embiste la meta. Medalla de plata. Y el ofrecimiento de un contrato de modelaje que compensa ese segundo lugar en las Olimpiadas.

102. Maldita la duda.

Te acuestas cansado; exhausto por el entrenamiento, cada vez más intenso, cada vez más duro. Enseguida concilias el sueño y te ves en la última curva, ante el último esfuerzo. El estadio está lleno, notas su rugido, percibes su aliento, y aprietas los dientes, dándolo todo  hasta el final,  y conteniendo la respiración con el miedo a que el más mínimo suspiro sea la décima de segundo que necesitas para ganar.

Cruzas primero, cae el record del mundo, que queda a tus pies, asombrado por tu hazaña. En ese momento te dejas llevar. Vuelta de honor, fotos, abrazos; todo reconocimiento es poco.

En el podio, con el himno de fondo, la emoción te embriaga, y apenas reparas en sus caras.

Vuelves a la tierra y te fijas en ellos, que siguen mirándote; y entonces te das cuenta. Te señalan. Vuelves la vista y la ves, clavada en tu brazo, delatándote.

Te despiertas sobresaltado, enciendes la luz y te tocas los brazos. Nada. Suspiras aliviado; pero maldices en voz baja y saltas de la cama. En la cocina abres la nevera; coges esa caja del fondo y la abres.  Sigue ahí. Y tú sigues maldiciendo. Maldita la hora. Maldita la duda.

101. GRACIAS, PETER

Han sido muchos años de preparación, de entrenamientos en verano en pistas de atletismo y en campos de fútbol en invierno para no perder el tono físico. Los nervios te abruman instantes antes de que el pistoletazo de salida marque los veinte segundos más importantes de tu vida.

Corres con cada fibra de tu cuerpo, corres con cada hálito de tus pulmones, corres con cada bombeo de tu corazón.

Cruzas la línea después de doscientos metros. Segundo. Record de tiempo en tu país, Australia. Medalla de plata aquí, en los Juegos.

Es tu momento más álgido y todo el mundo entendería que pensaras solamente en tu gloria, en la recompensa de tu esfuerzo, en tu meta culminada tras tantos años de tesón. Tal vez, el inicio fulgurante de una carrera olímpica que pueda llevarte, en el futuro, a colgarte la medalla definitiva: el oro. Pero no lo haces. Tu gloria no ofusca la realidad de una desigualdad presente y decides sumarte, en tu momento, a otro momento cuya significación consideras por encima de honores y personalismos.

Pides la insignia. La colocas sobre el escudo de tu país. Subes al podio.

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