¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Clavada en el blanco de la hoja, está mi lapicera. La empuño y me bato a duelo de esgrima verbal. Una palabra, dos; lucho con ellas en rítmica gimnasia. Gano velocidad y nado sincronizadamente con las ideas que van surgiendo. Del ciclismo de montaña paso al de pista, y luego de un boxeo inconducente, me arrojo a las aguas abiertas de la inventiva.
Suena el despertador, lo apago de un manotazo pero insiste a los pocos minutos, no sé por qué no lo tiro, me levanto y hago café, no soy persona hasta que no me tomo una taza y me fumo un cigarrillo, ¡mierda!, ayer no compré tabaco, cómo voy a comprar si no me queda un céntimo, tengo que ahorrar, no sé cómo, aunque debo estar agradecido por tener un trabajo, venga que llego tarde, el metro se pone imposible a estas horas, ayer le robaron a Juani, la pobre lloraba desconsolada, no por los sesenta euros, que también, sino por la foto de su madre, no tenía otra, yo la invité a comer pero ella no quiso, tal vez pensó que quería ligar, que también, pero lo hice para consolarla, yo tampoco veo a mi madre, la llamaré un día de estos, aunque no sabré qué decir, el jefe me citó para hoy en su despacho y me huele mal, si me despide lo mato, o me mato, no sé, lo primero que salga, voy a llegar tarde, mierda, así cómo no me va a despedir, y si me despide, qué le digo a mi madre, mejor no la llamo.
Sentada en aquella silla, contemplaba esa vitrina, toda acristalada, pero vacía de contenido. Solo ocupada por una medalla dorada, que al mirarla resplandecía. «Mi medalla de oro».
Desde muy joven practiqué natación, aquel año me preparaba para participar en los Juegos Olímpicos. Entrenando tuve la mala suerte que al lanzarme desde el trampolín, noté que algo se desprendía de mi espalda.
Durante dos años estuve encamada en aquel hospital, ese tiempo se me hizo infinito, quise morir, no tenía consuelo. Ni psicologos, ni las personas queridas me animaban.
Completamente deprimida, llegué a mi hogar, mis piernas eran una gran silla de ruedas. Tuvimos que cambiar el orden de todo el mobiliario e incluso adaptar las puertas.
¿Saben que existen también Juegos Olímpicos para minusválidos? (Paralímpicos). Allí conseguí mi medalla.
En estos de Rio 2016, vuelvo a competir y traeré otra medalla para mi vitrina. «Compito por la vida».
Se acerca la próxima estación y el tren no reduce lo más mínimo la velocidad. La gente comienza a inquietarse y manifiesta su descontento con un murmullo ensordecedor. Por el pasillo, con paso ágil, se ve al interventor sortear vagones para alcanzar el vagón principal. Algunos pasajeros, al notar que la velocidad va en aumento, intentan acercarse a él para pedir explicaciones, pero a la velocidad del convoy les es imposible mantener, a duras penas, el equilibrio. De la indignación se pasa al miedo y acto seguido al pánico. Las lágrimas y los abrazos entre perfectos desconocidos, el chirrido de las ruedas volando sobre los raíles y las chispas, que saltan de la catenaria, crean un escenario dantesco…
Mientras, en la cabina del maquinista, dos hombres celebran haber pulverizado todas las marcas y el tren comienza a perder velocidad. Saben, también, que no les darán ninguna medalla pero, con la carta de despido en el bolsillo por ese injusto recorte en la plantilla, pasan olímpicamente de las consecuencias.
Aquellas vacaciones estivales en el pueblo parecieron despertarnos a todos al unísono el deseo y la pasión amorosa.
Las chicas, mucho más maduras, se comportaban con bastante naturalidad, y seguramente lanzaban guiños a sus pretendidos sin que nosotros los pilláramos.
Los chicos intentábamos impresionarlas de la única manera que sabíamos, compitiendo continuamente como machitos para ver quien corría más rápido a pie o en bici, trepaba mejor a los arboles, lanzaba más lejos el pedrusco, ganaba los pulsos, etc. Pero por más que te gustara una chica, si tus cualidades no daban de sí, poco podías hacer excepto en la prueba de la alberca. Ahí sí que fue Juan el que demostró que estaba enamorado como ninguno y lo que era capaz de hacer para impresionar a Julia. Nos ganó a todos aguantando bajo el agua.
Me gusta pensar que de alguna manera él llegó a enterarse de que fue ella la que le hizo el boca a boca incansablemente y que tuvieron que despegársela de encima a la fuerza.
Cuando te despojan del título de la mejor del mundo supones que la rival será más joven, más guapa o más simpática. Pero no. Nadie te prepara para descubrir una maleta en el felpudo y preguntarte cómo es que nunca la viste fuera del armario. Como la diferencia entre oír y escuchar que tú ahora no comprendes. Solo sabes que estás tan repudiada como la alianza abandonada en su mesilla. Y se va, y te mueres. No hay mayor dolor que el silencioso. Quizás por eso pones la tele, para que entre el sonido y rellene los huecos. Al otro lado de la pantalla, y del mundo, sonríe Lidia Valentín con sus labios rosas mientras besa el bronce tras haber levantado 141 kilos, vosotros dos juntos, si es que estuvieseis juntos o si aún fueseis vosotros. Y entonces dejas de mirar y ves, y quieres ser como ella, más fuerte, con ese amargo bronce que sabes que un día llegará a ser de oro.
Corría. No para llegar primero. Ni siquiera para llegar. Huía. De una infancia infeliz. De un padre severo. De una educación de disciplina y sacrificio. Corriendo sobresalió en las pistas del colegio y más tarde, en los campeonatos universitarios. Y corriendo llegó a formar parte del equipo olímpico de su país, aspirante a una gloria que en realidad no deseaba. Hasta que algo ocurrió que le dio sentido a todo y por primera vez soñó una meta que tenía nombre de mujer. Que ella volviera a mirarlo, ya como a un triunfador, se convirtió en todo su anhelo, su verdadera medalla a conseguir, cien metros lisos más allá. Y dispuesto a vencer, colocado en su puesto de salida, sintió el disparo que, rompiendo el tenso silencio, pareció atravesarle el pecho en un destello luminoso y deslumbrante. Y cegado corrió. Corrió tanto, con tanto afán, con tal entrega, que no quiso percatarse de que su cuerpo quedaba atrás, ante el asombro de millones de miradas, desplomado e inerte sobre el azulado tartán del estadio olímpico.
En Mangueira, robar entre colegas se paga, le han repetido desde siempre.
A lo lejos, la silueta destellante del Maracaná se recorta entre las luces de la ciudad. El tejado puede ceder, por eso se mueven como en cámara lenta.
Joao ocupa el sitio privilegiado en la parte alta. El resto de la panda se disemina a sus pies. Para hacer tiempo bromean sobre cuál es la disciplina olímpica con más gays. Esos que dan volteretas en el aire, parecen chicas, opina el jefe. Peor los de las espadas… ¿los habéis visto?, pronuncia una voz en la oscuridad, pero la hacen acallar. La ceremonia inaugural está por terminar dando lugar a los esperados fuegos artificiales.
David se cuela tejado abajo y se hace con el pegamento. Cuando se den cuenta lo molerán a golpes. Aunque si entrega al Paulo, se repite, lo perdonarán. Paulo le saca dos cabezas. La única forma de llegarle es volar.
Se recuesta en el suelo de tierra de la chabola, aspira con fruición y se queda mirando el reflejo parpadeante de los fuegos que se cuela por un agujero del techo.
Vuela, por primera vez en sus diez años. Pero no sabe aterrizar.
En el museo de Olimpia se muestra una jabalina del siglo IV que se encontró clavada en la arena del Panatenaico horas antes de la inauguración de la I Olimpiada Moderna. Debajo, un friso romano representa a un atleta que lanza una jabalina, un templo ardiendo y la inscripción «Astylos de Heraclea». Cuenta el filósofo Plutarco de Atenas (†432) que se trata del último niño que subió al olivo sagrado y con el cuchillo de oro cortó las ramas con las que se glorificaba a los vencedores. Meses más tarde, Astylos entrenaba en el gimnasio decidido a ser el ganador del pentatlón. Con el cuerpo tenso, la jabalina en la mano y la mente concentrada en un lugar lejano, inició la carrera, tomó velocidad y la lanzó con una fuerza sobrehumana. No la vio caer, lo cegó el dolor que le produjo la espada del pretoriano del cristiano emperador. Recuperada la consciencia todo era destrucción y holocausto. Se arrastró hasta el altar y quiso ofrecer su muerte a Zeus que, conmovido, le concedió la inmortalidad por haber lanzado la vara de fresno más allá del falso nuevo dios. A la jabalina le ordenó errar por el firmamento como estrella fugaz.
El señor de espalda ancha suele caminar moviendo los brazos, pero no como imagináis; más bien como si estuviera nadando. Cada mañana, mientras se dirige al trabajo, practica algunos métodos natatorios, y lo hace en seco, en el aire. Su desarrollo favorito es el que inicia apuntando los brazos al frente, abriéndolos hacia atrás y quedando en línea con los hombros; al estilo braza. Se mueve ondulante y parece que flote; patalea violentamente contra el adoquinado de la acera y, a trote ligero, adelanta a la muchedumbre, cogiendo el aire por la boca y estirando el cuello en cada brazada.
Suena el disparo y me sitúo en los puestos de cabeza. Mantengo el ritmo. En cada zancada siento la textura del terreno, la dureza del asfalto. Una respiración cercana me persigue y detecto la pronación en su mirada.
Comienza a llover, un agua tibia, agradecida. El trazo de mi pisada queda grabado en la moldeable arcilla de la que surgen, burbujas de oxígeno de algún insecto, que intenta llamar la atención para no morir aplastado.
Comprimo el empeine y los músculos extensores hasta conseguir, de nuevo, una pisada regular que soporta bien las vibraciones que emiten las maderas del puente que cruzamos.
Evito algunos restos de dietas disociadas mal asimiladas, y rostros pálidos tendidos de cúbito supino con la mirada desgastada y el ritmo a la deriva.
En el barrio antiguo sorteo los cuerpos que resbalan y dejan codos y rodillas tatuadas o trozos de piel de atleta, hecha fósil, sobre los adoquines milenarios. En la última cuesta tenso con fuerza el pie y marco bien el talón para evitar la onda de choque.
Cuando rompo la cinta, lo primero que hago es mirarlas. Me gustan mis nuevas zapatillas.
Con los pies descalzos, Lucho cargaba en su hombro un largo bote de resina color azul, subía como tantas veces la vieja rampa de madera, chorreaba agua.
Sus ojos color musgo, su piel bronceada, delataban su naturaleza de hombre de río.
Mientras tanto en sus recuerdos alguien le enseñaba a mover sus brazos a ritmo y le proponía correr su primera competencia con solo 8 años.
La voz de Esteban lo detuvo.
-Profe, cuando bajamos? es la hora-
-Ya salimos- dijo
Dejó su bote en el galpón de colores y tomó las llaves de la lancha.
Junto bajaron al agua.
Los tiempos y los sueños se entremezclaron en las cabezas de ambos, tan unidos estaban que el cansado río se movía y removía acompasado.
Antes del ocaso, el kayak y la lancha viajaban de vuelta, otra vez las rugientes maderas serían el camino obligado hacia el fin de la jornada de entrenamiento.
Con pocas palabras y mucho sudor se miraron cómplices, amaban el río, la soledad del palista, las costas arboladas.
Con un brazo en el hombro del niño, el profe le dijo –Ya es tiempo, correrás tu primer competencia-.
Dos infinitos niños de río, con alma de kayak, sonreían.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









