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Por fin han comenzado los Juegos Olímpicos. Llegar hasta aquí ha sido desde un principio mi meta, la fecha prevista en que alcanzaría el crecimiento esperado tras superar las dificultades iniciales.
Puedo oir la voz de papá resonando en mi cabeza: «Atento chaval, el pistoletazo de salida será de un momento a otro». En el sofá de casa, con mamá, siempre me hablaba del «pistoletazo» y de los meses de preparación que llevábamos para que todo fuera bien. «Va a ser la carrera de nuestra vida», decía, «ya verás». Y es que habían invertido sus ahorros en mí.
Se acerca la hora de la verdad. En estos instantes, aunque no vea a mi familia, imagino su nerviosismo. A mi padre le habrá empezado a temblar el párpado izquierdo -según mi madre es su máxima expresión de estrés-. Yo intento calmarme.
Ahora voy a salir. Desde donde estoy se palpa la expectación de fuera, oigo los gritos. Ya veo unos focos de luz. Me recibe el médico del equipo, que me da una palmada en la espalda y, cogiendo aire por primera vez en mis pequeños pulmones, rompo a llorar mientras me colocan sobre mi madre que sonríe extenuada.
Madrid anochecía envuelta en un calor espeso. Isidro caminaba con paso ralentizado entre las ruinas de lo que un día fuera el proyecto de Villa Olímpica.
El muchacho conservaba algo de sentido, pues su cerebro no se había escurrido del todo por el orificio que perforaba su cráneo.
En su cuadrícula era el líder, los demás le seguían y llamaban por su nombre, con un gruñido parecido a una larga i. Conseguirlo le había costado largos años de empeño, pero el tiempo carecía de importancia pues su existencia ahora era eterna.
Isidro tenía en su vaga memoria un único recuerdo. Personas ágiles desfilando tras una tela ondeante. La sensación que invadía entonces su carne putrefacta era maravillosa.
Por ello se había entregado a una misión. Todas las noches agrupaba a sus compañeros y elegía a los mejor dotados, por decirlo de alguna manera. Era difícil porque de una noche para otra se perdían piernas, pies, brazos, manos e incluso cabezas y ya sin estas últimas era complicado entrenarles.
Aún así, la noche del 24 de agosto de 2040, Isidro cumplió para Madrid un antiguo sueño.
Inauguró de forma solemnemente babeante, los Primeros Juegos Olímpicos de la Nueva Era Zombi.
El azar quiso que se encontrara despierta frente al televisor cuando empezó la competición hípica. Los familiares se extrañaron al oírla balbucear, ya que hacía varios meses que no emitía sonido alguno. Luego llegaron los aspavientos impropios, y al poco tiempo pudieron escuchar con claridad la palabra papá. Nadie sospechó que aquellos jinetes olímpicos la habían transportado al rincón más antiguo de la memoria, donde permanecía indeleble la primera imagen de su padre cabalgando con ella a lomos de un percherón; ni que se tapaba los oídos para evitar los gritos de la madre que, por miedo, pretendía bajar a su pequeña de la cabalgadura. Cuando llegó la hora de acostarse, hubo que desconectar el aparato simulando avería. Resignada y triste, dejó que la llevaran a la cama. Pero a las pocas horas, tuvieron que colocarla otra vez delante de la pantalla, repitiéndose la escena anterior en cada retransmisión ecuestre. Después de papá, llegaron otros vocablos inteligibles como mamá, caballo, arre…
Ya se acabaron las olimpiadas y sigue pendiente de la televisión. Come mejor y dormita menos; incluso ha comenzado a sostenerse en pie de nuevo. El médico no tiene explicación para esta sorprendente mejoría de la abuela.
Tras lanzar el Juez la moneda al aire, ella decide iniciar el partido con su servicio. Antes de comenzar con su saque, me mira, me sonríe, me arrebata. Pienso en decirle algo, o hacerle un gesto cómplice, pero prefiero no desconcentrarla. Es su primera final olímpica.
Bota la pelota con mimo, despacito, como si en esas caricias pudiera seducir a la esfera para ese punto. Todo ese ritual me excita, pero es, en esa manía tan suya de mojarse los labios con la punta de su lengua, cuando mi corazón bulle. Mantiene las piernas flexionadas, una más adelantada, el tronco levemente inclinado hacia adelante, eleva los brazos, el izquierdo con la pelota y el derecho con la raqueta, en armonía hasta el impacto. Fuerte, certero, letal.
El silencio del encuentro se rompe con su sonoro gemido que me hace estremecer. Cierro los ojos y veo su sudor golpeando mi pecho.
Son los aplausos los que como un jarro de agua fría me devuelven a la pista. La veo acercarse, clavar sus ojos en mí, atisbo entonces que quizá quiera la toalla, o que le pase dos pelotas.
Cuando Alberto dijo en casa que quería practicar boxeo, se armó una tremolina con gritos, lloros y amenazas. “¿Cómo se te ocurre?”¬–decía el padre, que era ajedrecista y apasionado de la música barroca–. “¿Qué hemos hecho mal?” –sollozaba la madre, pacifista, animalista y votante de los Verdes–. Hasta su hermanita pequeña, Patricia, le tiraba de manga y le decía contrita: “Tato, ¿ya no nos quieres?” Pero, Alberto, estaba decidido a cultivar el pugilato, aunque tuviera que pagar el gimnasio trabajando los fines de semana descargando camiones en la plaza. Entrenó con ahínco y demostró valor y garra en los combates, ante el asombro de quienes conocían su carácter pacífico y casi melindroso. A los dos años ya ganaba combates de ámbito regional, pero sus padres no solo se negaban a asistir, sino que le tenían retirada prácticamente la palabra. Cuando llegó el triunfo y las apuestas millonarias, los padres se ablandaron y acabaron siendo sus mejores fans. Fue entonces cuando Alberto decidió de pronto donar todos sus bienes y hacerse monje tibetano.
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Hoy mientras engrasa las ruedas a su máquina, como él la llama, recuerda su olimpiada, cuando encima de su bicicleta entregó hasta su alma para cruzar en primera posición la línea de meta. Luego todo fue una nube, la medalla, el himno, las felicitaciones, los abrazos…
Pero la nube se esfumó, el tiempo pasó, volvieron los entrenamientos, el accidente y llegó el olvido.
Y ahí está de nuevo dispuesto a luchar y volver a dar hasta el último esfuerzo, pero ahora ya no le hace falta viajar a Pekín, Londres, Río o Tokio, él cada día vive su propia olimpiada en su ciudad subido a su silla de ruedas.
Había soñado con este momento desde pequeño, cuando escuchaba con su padre las retransmisiones deportivas. Durante los partidos, bajaban el volumen de la tele y subían la radio donde los goles hacían temblar las paredes y ponían la piel de gallina.
En el patio del colegio, sus compañeros se repartían por equipos mientras él se subía a aquel banco oxidado que había en un lateral y, desde allí, narraba a gritos el desarrollo del partido.
Ha pasado mucho tiempo. La universidad, las prácticas en aquella pequeña emisora donde se radiaban los partidos de pelota mano, la oportunidad de seguir al equipo local de fútbol, su ascenso… y ahora rumbo a las olimpiadas.
Una progresión perfecta, como diría para describir la evolución de algunos deportistas. Años de duro trabajo y un día para demostrar su valía y luchar por las medallas. La primera para España se juega hoy en la piscina. Y él está allí. Miles de oyentes al otro lado y, sin proponérselo, millones siguiéndole después en todas las redes sociales. Inexplicablemente, con la última brazada de Mireia Belmonte se le apagó la voz. Así quedará para la historia: «Periodista afónico en la final de natación».
En alto, entre sus dos manos, mantenía el sacerdote mi corazón aun latiendo. La sangre chorreaba por entre los dedos y su rostro se transfiguraba por el éxtasis al ofrecer a los dioses su alimento.
Es lo último que vi. Las formas se difuminaron rápidamente y viví orgulloso mis eternos instantes de muerte en una luz sin sombras y sin dolor.
Es costumbre en aquel gran altar de Tikal que el capitán del equipo que había demostrado su valía cortara la cabeza de los jugadores sacrificados en la ofrenda y las alineara en el campo de juego. Entonces el ardor del público se exacerba hasta lo increíble y los vasos de pulque viajan en un mar de manos.
Con suerte Tláloc, satisfecho, bendecirá la tierra con la lluvia.
Ahora mi conciencia es un gran espacio que se va quedando vacío. En el horizonte ideas cómo pequeñas llamas se consumen y apagan.
Vislumbro el engaño. Entiendo que la competición no es motor de nada, que en toda victoria hay siempre una derrota y mañana esa derrota será la tuya. El éxito y la vida son otra cosa.
Es tarde.
Entro en el submundo y los dioses…
¿Dónde están los dioses?
Desaparezco.
Correré. Correré como nadie. Como un guepardo hambriento. Cinco mil metros… lisos, ondulados, retorcidos, como me los presenten… Y llegaré. Me verás agarrar ese trozo de oro, y entenderás que sí que soy capaz. Dejarás de penar por mi piel pálida, mi cuerpecillo enclenque y mi mirada triste. Porque llega el momento en que la fiera que me habita se despierte a golpes de tus miradas de resignación. Joder, sí que podré. Podré como un día pude desanclarme de ti y atreverme a vivir. Y ¿sabes cuál será mi mayor recompensa? Pensarte oyendo el eco del redondel de oro cayendo pozo abajo en busca de la negrura de la paz.
—Vaya, vaya —dijo el reportero, apagando la grabadora tras la entrevista—; así que es usted increíble: oro en halterofilia, cien metros lisos, bádminton, pértiga, maratón, hípica y hasta siete disciplinas más, todas ellas notablemente dispares. No solo ha logrado algo sin precedentes, sino que tal vez nadie lo repita jamás. Como para perder la cabeza, vamos. Es por eso que me pregunto cómo va a encajar todo esto. Tan joven. Oiga, si no le importa quisiera aconsejarle algo. Se trata de que intente racionalizar su proeza, entendiendo sobre todo que nadie consigue nada para lo que no está capacitado. Piense que incluso ese potencial de sacrificio, con el que tanto provecho ha sacado a sus dotes innatas, también venía con usted. La vanagloria, por definición, nunca tiene sentido. ¿Tiene acaso algún mérito el que yo sea más alto que usted? Piense en ello cuando cesen los flases y las alabanzas, en la soledad de su habitación. Créame; será más feliz.
Para entonces la sala de prensa estaba casi vacía. El atleta se despidió del periodista estrechando su mano con gesto impasible. En efecto, este último parecía al menos un centímetro más alto, aunque llevaba unas más que ostensibles alzas.
Podía haber ganado el oro, pero no quiso ir a Berlín. Prefirió la dignidad a la gloria y, gracias a eso, nos conocimos. Martha era canadiense. Estaba hecha de aire, sus piernas la impulsaban con fuerza y volaba por encima de la barra como un pájaro. Yo, sin embargo, era agua y nadaba con la naturalidad de un “noi de la Barceloneta”. En el club confiaban en que podría conseguir alguna medalla.
La invité a pasear por la Rambla y la luz se encaprichó de sus ojos azules. La ciudad se exhibía ante nosotros, soleada y libre, ajena a la tormenta que se dibujaba en el horizonte. Por la tarde, mientras ensayábamos para el desfile inaugural, el viento y el mar se agitaron, y el mundo se estremeció con los primeros truenos. Las sirenas de las fábricas alertaron a la población y, tras la grada, nos fundimos hasta convertimos en tierra. No quiso marcharse, se unió a la lucha.
Sólo unos días después, una granada de mortero la proyectó por encima de la barricada y aterrizó desmadejada en la plaza. La vi volar por última vez y me sumergí en un mar de silencio. Martha era aire.
Andaba la madre cantado al padre la tonadilla de todas las tardes: “que si todo el trabajo para ella, que si no fuera por ella, el pequeño hostal que regentaban estaría muerto, que solo le había hecho hombres que únicamente daban trabajo”, cuando llegó el abuelo del bar, alborotado por la medalla de oro que nuestro compatriota había obtenido. «A celebrarlo», dijo padre y los hombres de la casa nos dirigimos a la plaza Mayor donde ya se congregaban muchos. Entre vivas y hurras pillamos cogorza tan monumental que no nos dimos cuenta de la desaparición de madre hasta bien entrado el mediodía.
«Marchó con el mozo alto y guapo que teníais hospedado», explicó la señora Felisa, de profesión vecina de enfrente. Padre se encerró en su habitación y durante días, uno de nosotros permaneció de guardia en su puerta; temíamos que se volviera loco, mientras el resto aprendíamos a cocinar por pura supervivencia. Cuando salió, estaba demacrado y aparentaba aún menos de lo que siempre fue. Sin pensarlo, lo abracé y grité para que me oyeran todos: «hicieron trampa, jugaron con ventaja». Y así, la competición de la vida pudo seguir su curso en nuestra casa.
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