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Venid conmigo.
En los confines de la creación hay una dimensión en la que todo acontece, bueno, o tiene la posibilidad de acontecer. Yo lo llamo El Jardín de Juegos.
Es un lugar privilegiado ya que tiene infinitas ventanas con la cualidad de ser observadas y atravesadas.
Mirando pierdo la noción de eternidad.
Sin embargo, ocurre algo contradictorio que me saca de mi abstracción, hay una ventana cerrada que representa una incertidumbre en el sistema.
Viajo a través de la entropía y mi ser sufre, se transforma hasta que consigue adaptarse. Vivir la pureza y el orden es muy sencillo, una felicidad amable se instala en la conciencia mientras sincronizo las mismas experiencias una y otra vez, como en un bucle.
Hasta aquí, hasta ahora.
Soy una parte de la perturbación y mi comprensión es mayor.
Vuelvo al Edén a experimentar y todas las ventanas están abiertas.
Mi movimiento está iluminado cuando atravieso ese vacío que me conduce a un espacio donde el caos es permanente, ya conocido.
Elijo ser bruma.
Venid conmigo…
Cuando era un niño se pasaba horas mirando las estrellas, siempre que podía se escapaba al prado que había detrás de su casa y tumbado sobre la hierba soñaba con viajar en naves espaciales tan veloces como el pensamiento. Explorar otros mundos, asomarse a un agujero de gusano o asistir a la muerte de una gigante roja eran los sueños que lo mantenían cuerdo. Fue la certeza de que algún día surcaría el espacio lo que salvaguardó su esperanza, esa que lo blindaba cuando todos se reían del él. Nada ni nadie consiguió nunca que dejara de soñar con navegar entre las estrellas. La realidad, con su lógica aplastante, fue la única capaz de intentar devolverlo a La Tierra, resultó un esfuerzo inútil.
Ahora viaja entre nebulosas sin fin, persiguiendo la hipnótica estela de su desbordante imaginación. Mientras intenta sin éxito escapar de la camisa de fuerza.
Desde la cápsula espacial contempló el universo acunándolo, y casi a su alcance ella.
La reconoció. Brillaba solo para él. Como entonces.
Avanzaba paso a paso hacia ella. Unas manos fuertes lo extrajeron con cuidado del artefacto con el que se movía y lo elevaron al vacío. De la emoción cayó de su boca el chupete y su mano acarició la estrella plateada que coronaba el árbol de Navidad.
Yo querría haber sido futbolista. O bombero, que también me gustaba. Pero en la escuela ya nos elegían a los mejores, a los más dotados, desde muy pequeños. Estar un punto por encima de ciento ochenta en cuanto a coeficiente intelectual, te llevaba repentinamente a la élite de los alumnos. Resolvíamos ecuaciones nucleares y prefigurábamos los capullos para poder viajar entre los atajos de gusanos. Pero todo eso no me dará tiempo a explicarlo aquí.
De nuestra clase solo quedamos tres compañeros. Carlota, Raúl y yo. Ella organizó la infraestructura de redes interestelares. Él prefiguró las conexiones y nodos alternativos para ahorrar tiempo en los transportes. Los dos se quedaron ciegos y sordos por el sobreesfuerzo intelectual que supusieron sus descubrimientos. Y yo fui el piloto en esos saltos temporales. Mi primer viaje en años luz lo hice a los quince, aunque con tanto lanzamiento temporal, adelante y atrás, ahora tengo doce otra vez. A ver si llego con tiempo de avisarlos para que cuiden su salud.
Total, ahí fuera en el espacio todo está muy oscuro.
Muchas noches salíamos a ver las estrellas y me señalaba una, pequeña y oscura, de la que decía que provenía. Me contaba cosas de allí: que el agua era de colores; que había aires de diferentes sabores, pero que él prefería el de sabor a regaliz porque era dulce e intenso, como el beso de una hembra enamorada. Entonces se enredaban nuestras lenguas de aquella manera tan especial, que hasta entonces yo nunca había conocido, paladeaba con los ojos cerrados y decía:
—¡Uhm! Justo así.
Pronunciaba su nombre impronunciable con dulzura. Se le llenaba la boca de aquellas sílabas imposibles cargadas de añoranza.
—¡Xhzk7akw66ox!
Yo también intentaba pronunciarlas sin conseguir darles el tono majestuoso de su dicción.
—¡Satxous!
Y él se reía de mí con la complacencia del triunfador.
—En Xhzk7akw66ox no existe la traición ni la mentira —seguía contándome— ni las guerras ni el hambre. Solo el amor se levanta poderoso por encima de todos los valores.
Y en amor, no podía negarse, era un experto.
Por eso me lo contaba todo y, cuando partía a otras ciudades a seguir difundiendo su embajada, yo fingía la alegría de quien se sabe parte de una gran cruzada.
Su lado no tan oculto pasó gran parte de aquella vida en una noche sin luna adormilándose entre trago y trago. Volviendo al mundo real veía que sus ecuaciones – ex mujer, denuncias por malos tratos, hijos que no conocía – no daban como resultado el rumbo de vuelta a casa, sino veinte años vagando por la soledad letal de un universo oscuro y asfixiante. Un inmenso vacío que impedía escuchar los gritos desesperados de auxilio. Especialmente los propios.
Dos vueltas más a la misma manzana. Con trastabillada precesión se había vuelto a parar ante el bar, sintiendo la fuerza inconmensurable que le atraía hacia el interior de aquel agujero negro. Un tiempo y un espacio paralelos en los que huir con aquella nave irreparable donde era imposible atender todas las alarmas.
Sobresaltándole la tiritona se caló el sucio anorak de mala manera, aislándose de las miradas radiactivas de gente que no reparaba en él. Dispuesto a no querer asomarse a más abismos, lento, renqueando, venciendo las leyes de su propia física se fue de allí usando la vergüenza propia como único combustible, mascullando que aquello no significaría una mierda para la humanidad pero era un paso de gigante para él.
—… perdido contacto con el satélite… —anuncia la voz anodina del televisor.
—En tus tiempos ¿había satélites, abuelo? —pregunta el pequeño.
—¡Claro! El Sputnik, el primer satélite ruso. ¿Sabes? —el abuelo le susurra: —yo… vi el cohete que lo puso en órbita.
—¿Sí? —exclama el niño.
El abuelo silencia su entusiasmo colocándole un dedo sobre la boca y con un guiño le indica que le siga.
—Mira, aquí tengo los recortes de los periódicos de 1957. La gente que vio un objeto luminoso en el cielo…
—Sería alguna estrella fugaz —menosprecia el niño.
—No, jovencito… Eran trabajadores del campo, conocían bien las estrellas… No mentían… se organizó una batida de búsqueda, y allí fui…
—¡Es verdad! —afirma el nieto al reconocer en la noticia a su abuelo, entonces un joven moreno y delgado. —Pero, aquí pone: “El cohete del Sputnik pasó de largo por Guipúzcoa”.
—¿Seguro? Entonces, ¿cómo explicas esto? —matiza el abuelo mientras extrae un sobre.
—¡Hala! —exclama el niño ante la imagen en blanco y negro. —¡Un cohete! Y ¡éste eres tú!
–«Si hubieran publicado mis fotos… La del cohete está bien, pero el satélite me quedó casi mejor… ay… mis primeros retoques fotográficos… ¡y sin Photoshop!», musita melancólico.
Las pisadas atruenan el corredor. Las balizas de emergencia consiguen ponerlos a todos aún más nerviosos. Un haz de protones brilla y derriba al contramaestre. «Por Ben y el nieto que nos va a dar». Un giro a la derecha, una puerta. No abre. No abre. ¡¡Al fin!! Giro a la izquierda. «Por James que está a punto de licenciarse». El suboficial Hotchinss resbala y causa baja. Solo. Al fondo el ascensor, la única oportunidad de tomar la lanzadera. Se gira de golpe y realiza tres disparos. Sigue corriendo. Un golpe sónico lo derriba contra un mamparo. Las costillas arden. Se levanta trastabillando. «Tengo que conseguirlo por Helen. Prometí volver». No oye nada. Intenta huir pero siete hombres lo rodean con rapidez.
Desde la bodega de carga el universo parece un gran lodazal sobre el que cayese una enorme granizada. Se ve más silencioso que nunca. Lo suben y arrojan a una barcaza sin propulsor con raciones para dos días. Lo abandonan a la deriva.
37 horas después los restos del Capitán Carter se desintegran formando una aurora boreal en un planeta cualquiera del sistema Galeón.
Un cuaderno de bitácora deambula por el cosmos. Su última entrada: Te quiero, Helen.
Es su primer viaje espacial y apenas puede contener la emoción. Tras un preciso adiestramiento, por fin ha logrado estar donde ahora está, dentro de la nave, esperando a que se ponga en funcionamiento. Su familia está allí fuera, cerca, sin perder detalle, y ese pensamiento le aporta la seguridad necesaria para emprender el viaje. Sabe bien lo que debe hacer. Comprueba los mandos y se concentra para que todo salga tal y como ha imaginado. Conteniendo la respiración comienza la cuenta atrás mientras prepara su corazón para la emoción que, poco a poco, se va haciendo más intensa. Suena la señal prevista y el carrusel de la feria, con un decidido movimiento, la eleva girando hacia el cielo infinito.
He comprado una parcela en la cara oculta de la luna, en un acantilado junto al mar de la tranquilidad. He plantado productos de la tierra: pepinos, tomates y algún que otro producto local; un par de caracolas de cuerpos celestes que se parecen a nosotros. Una tan creciente y yo, tan menguante…
No sabía el tiempo que llevaba viajando por el espacio. Le parecía que toda una eternidad. De hecho, el tiempo ya no significaba nada para él. Estaba fatigado, exhausto. Necesitaba un sitio donde reposar. También donde distraerse, ¿por qué no? Se detuvo y miró alrededor; no había nada. Estaba claro que ningún otro vagabundo había pasado por allí. Quizá hubiera cerca algún área de descanso, un albergue para peregrinos espaciales. Sin embargo, prefería estar solo. La mayoría de los viajeros eran unos fanfarrones; no los soportaba. Descansaría allí mismo.
Durante un largo rato miró la negrura que le rodeaba. De repente exclamó:
–¡Hágase la luz!
Y la luz se hizo.
Desde mucho antes de la existencia del principio. Antes de que la nada fuera informe, vacío y tinieblas. Eternamente he sido viajero del vacío y del espacio, aún sin haber sido creados. Ahora disfruto de las galaxias, de planetas, estrellas, cometas, asteroides, nebulosas, del universo. Modifico el eje de rotación de ese o aquel planeta. Separo galaxias. Coloco nuevas estrellas o elimino algún agujero negro. Y cualquier día de estos, me dedicaré a la tierra de nuevo. Esta vez se ha convertido en un punto grisáceo de la Vía Láctea. Y eso que sus moradores, recibieron el planeta más azul del sistema. Solo queda de él un polvo negro y humeante. Probablemente, no fuera buena idea dejar aquel manzano en el Edén al alcance del hombre. ¿ O fue demasiado básico crearle desde un modelado de arcilla ? Tal vez tras este último fracaso de especie, deba crear una vez más, otro ser humano nuevo. Lo haré de materia más noble y consistente. Pudiera ser de polvo cósmico. ¡Eso es! Regeneraré el planeta. Que sea un completo Edén. Sin que haya un árbol prohibido. De azules y verdes intensos. Espero que sea la definitiva. Si no, pues habrá que cambiar de creador.
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