Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

BLANCO Y NEGRO

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en BLANCO Y NEGRO

Bienvenid@s a ENTC 2025 ya estamos en nuestro 15º AÑO de concurso, y hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores. En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto BLANCO Y NEGRO. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE DICIEMBRE

Relatos

18. Buscando su camino (Ginette Gilart)

A menudo se emocionaba cuando veía a los grandes alces caminar por la nieve. Llevaba dos años fuera de su hogar en Atlanta: tras graduarse en la universidad rompió su documentación, sus tarjetas bancaria y universitaria; dejó su teléfono móvil y abandonó su viejo coche. En su mochila metió a Jack London, a Thoreau y una guía de plantas silvestres. Y tomó rumbo al norte, lejos de la civilización.
Lo que ignoraba era lo cruel y despiadada que podía llegar a ser la naturaleza. Cuando quiso regresar, la crecida del río se lo impidió y quedó aislado. Ni con su guía supo distinguir una planta de otra venenosa. Cuando lo encontraron, una leve sonrisa se dibujaba en su rostro y en su mirada el cielo azul y puro de Alaska.

17. UNA VIDA PLENA

Apenas quince minutos después de aquella llamada telefónica, las ruedas de dos sedanes negros chirriaron en la explanada del matadero municipal. Sus ocupantes bajaron apresurados y, en silencio, siguieron al nuevo capataz por el pasillo central de la nave vieja. Al llegar frente a una de las últimas cámaras frigoríficas, el empleado abrió el portón, una nube gélida escapó como despavorida, y luego, cuando entraron, otro helor más afilado les sobrecogió. De las paredes colgaban, meticulosamente ordenados: un niño vestido de primera comunión, quince alumnos con su maestro, una bicicleta, dos lebreles, Kubala, el valle del Jerte, un zagal entre ovejas, una muchacha de ojos claros, un San Pancracio, una jura de bandera, un beso en un andén, Frank Sinatra, una pareja de recién casados, un motocarro, un taller mecánico, una peluquera de ojos celestes, un bebé, un piso en la ciudad, un seiscientos, unas vacaciones en Benidorm, una graduación de abogados, la boda de un hijo…

«Dios, papá, tú y esa manía de coleccionar recuerdos a tu manera para congelar el tiempo», musitó el juez, arrodillado junto al hombre recién jubilado que yacía en el suelo sonriendo, la frente en alto, y abrazado al bautizo de su primer nieto.

16. Sin miedo escénico

Tres potentes cañones de luz rescataron de la penumbra el escenario. Yo ya estaba allí, en el centro, muy en mi papel, micrófono en mano, vistiendo un elegante traje gris marengo, una bien almidonada camisa blanca y una corbata a rayas, perfectamente anudada.
Comenzaron los primeros acordes… Simplemente me hubiera podido limitar a imitar sus elegantes y medidos movimientos, y hacer un perfecto playback, como solía en mis ensayos, en el salón de casa. Así lo bordé cuando me presenté al casting, donde ya hubo alguien que me dijo que era un magnífico imitador.
Aquella noche especial pretendía deslumbrarla, embelesarla, si bien no sabía explicarme por qué las primeras palabras de la canción, tantas veces repetidas, no terminaban de salir; no sabía explicarme por qué permanecía rígido, estático, como anclado al parqué, atenazado por un ignorado pánico.
Desde el fondo de la sala, en semioscuridad, una voz recia me gritó: «¡Ánimo! ¡Tú sabes hacerlo! ¿Cuántas veces lo has repetido? Si no, ¡hazlo a tu manera!». Conocía la silueta, conocía la voz… Era él, el inigualable, el inimitable, el imperecedero. ¿Pero cómo era posible?
Lo cierto y verdad fue que pedí que reiniciaran la música, me concentré y comencé a cantar…

15. Cántala otra vez, Frank.

Oiga, señor… Urgió la joven enfermera de guardia, es su mujer. Pregunta por Frank y pide que se la cante otra vez, ¿usted entiende? …Frank, me llamo Frank, como el cantante. Me acerqué a la cama y, con una sonrisa cómplice, le susurré We lived a life that´s full. ¡Qué bonito!, y en inglés, prosiguió la sanitaria, ¿usted también fue cantante, o algo? Negué con la cabeza y se agitaron mis pensamientos, las emociones inundaron la habitación y la memoria comprobó que nuestros recuerdos seguían allí, donde siempre habían estado. Miré de soslayo a la enfermera que observaba inmóvil desde la puerta y, cuando busqué de nuevo los ojos de mi mujer para intentar juntos el We did it our way, presente, pasado y futuro coincidieron en el tiempo. We’ve loved, we’ve laughed and cried murmuré mientras la besaba en la frente y la despedía hasta mañana… Ay, lo siento, señor Frank… Se ve que la quería usted mucho. Jopé, si mi novio me quisiera la mitad de lo que la quiere… la quiso usted, otro gallo me cantaba. Quizá, mi niña, quizá, insinué sin fuerzas… Y ni siquiera sabe tararear nada, continuó… Jopé, jopé, mañana lo dejo.

14. Mitomanía

Hubo una época en la que intenté imitar a Bogart. Poco a poco fui adoptando sus ademanes de tipo duro,  asimilé su seca masculinidad, e incluso traté de imbuirme del idealismo que, a pesar de su cínico comportamiento, se adivinaba en los personajes que solía interpretar en la pantalla. A la hora de buscar un empleo opté por el ramo de la investigación privada; y, al final, me metí tanto en el papel que comencé a fumar su marca de cigarrillos y a beber su mismo güisqui; de manera que la cosa se me fue de las manos y mis familiares acabaron por internarme en una casa de reposo.

Por fortuna he logrado curarme. Ahora trabajo de chupatintas en una oficina, pero no me quejo; supongo que busco mi propio camino y la forma de recorrerlo. Sin embargo, no siempre es fácil, ya que el destino parece empeñarse en ponernos a prueba. Desde hace dos días, tenemos una nueva becaría en la oficina que se parece endemoniadamente a “la Flaca”— incluso posee su magnetismo e inteligencia— y claro, entre eso y que llega la primavera, me estoy temiendo una seria recaída.

12. De los intentos de no crecer ( Paz Monserrat)

Cuando la reina Victoria, una acomodada familia londinense sufre una terrible tragedia: el hijo mayor fallece con trece años en un accidente. La madre se repliega en un duelo implacable y sin fecha de caducidad. Tan contundente es su decisión de penar sin consuelo que se olvida de que tiene otro hijo. El hermano menor, James Matthew, vive el peor de los abandonos posible: aquel en que los seres queridos están simultáneamente presentes y ausentes.

En uno de sus delirios, un día la madre ve recortada la figura del pequeño a través de la puerta y por un momento cree, eufórica, que ha regresado su hijo favorito. Al reconocerlo emite un demoledor: “Ah, eres tú”. El niño transita su infancia oyéndole decir que sólo le conforta pensar que David murió siendo perfecto, inocente, apegado a ella… y jamás se echaría a perder haciéndose mayor.

Su desesperada manera de complacerla es no crecer. Al final, irremediablemente, se hace adulto, un escritor famoso, pero nunca supera el metro y medio de estatura. J.M. Barrie triunfa con sus textos repletos de criaturas que se resisten a crecer, pequeñas hadas bulliciosas y adolescentes maternales que se preocupan de niños diminutos tan perdidos como él.

11. THAT’S LIFE

Cuando “My Way” agotó su último acorde, él orientó sus palmas hacia el público. En señal de despedida. Antes de volverles la espalda para siempre.

Entonces, los escasos tres mil aplaudieron rabiosos. Con la ovación indultaban cualquiera de los lapsus sufridos por su ídolo durante el concierto.

Cuando llegó hasta mí nos miramos. Yo le sonreí, pero él solo cabeceó, sobrepasándome, ajeno a la tanda de aplausos que rugía atronadora desde el foso.

A sus setenta y seis descendió, rumbo al camerino, con el swing de su cuerpo flotando sobre los fríos escalones de hormigón. Y me solicitó algo para beber.

-Whisky –dijo.

Ambos nos detuvimos mientras apuraba con ansia la botellita de Jack Daniels que había tenido la precaución de guardarme en un bolsillo.

-¡Es mentira! –exclamó tras el último sorbo.

-¿Perdón? –pregunté desconcertado.

-Lo de esa canción. Que todo es mentira, pero…

No acabó de apuntillar lo tarareado en castellano. Porque Sinatra hablaba cantando.

Tres fotógrafos y su representante le reclamaron, arrumbados ante la puerta del camerino.

Y “La Voz”, volviéndose hacia mí, les ofertó con la última sonrisa. Mientras yo advertía cómo vocalizaba: That’s life.

10. Sauce (El Moli)

Era golpeador cuando la conocí; fue en aquella playa nudista. Recuerdo que me miró embelesada; yo me exhibía sin pudores, me agradaba ver la expresión de asombro en sus rostros.
Desde entonces siempre me repite que soy el hombre de su vida. Que a mi lado siempre se sintió bien amada. Aunque no se que fue lo que me vio.
Esa tarde nos escabullimos en el bosque circundante; cuando la penetré, la tierra estaba húmeda y resultó fácil, la arranqué de su lugar y la llevé a casa, allí quedó para siempre.
Nunca imaginé que hoy pasado tantos años, estaría al cobijo de su sombra recordando aquella juventud loca y desprejuiciada. Que vivimos a nuestra manera sin arrepentirnos.
Cuando conseguí un buen trabajo dejé de golpear puertas para vender baratijas. Juntos construimos un futuro donde viven nuestros hijos.
Jamás regresamos a la playa donde nos conocimos, solo queda nuestro sauce en el patio como fiel testimonio de aquel ayer…

09. Enemistad (Susana Revuelta)

Si no fue por unos amigos fue por otros, eso ya da igual. El caso es que un día accedí a que entrasen en mi casa un guerrero ninja, una vedette y un gato persa. A la chica y al gato no los volví a ver, pero el tipo se quedó merodeando por allí, muy pendiente de todos mis movimientos.

Al principio me cayó bien: le gustaba mi arroz salvaje de los domingos y no olvidó mandarme un ramo de flores por mi cumpleaños. Se reía también mucho con mis chistes, se reía así, «jijijij».

Pero pronto empezó a tomarse demasiadas confianzas: criticaba los versos que componía, las canciones que escuchaba… Hasta la marca de pienso que compré para Rufus le pareció mal.

Así que sin más le borré de mi Facebook y ya no somos amigos.

08. EL PRECIO DE LA DIGNIDAD (Ángel Sáiz Mora)

Supe a lo que me exponía, aunque no creí que iban a llegar a tanto. Puede que sólo quieran asustarme, o quizá sea cierto que el final está próximo. Bromean y fuman durante todo el camino, ataviados con sus trajes a medida, que no puedo ver con la cabeza cubierta. El lugarteniente del capo vino a verme. El joven solista que querían obligarme a contratar, justamente apodado la Voz, tiene cualidades de sobra, un intérprete digno de mi prestigiosa sala de conciertos sin la presión de esta banda de facinerosos, pero nunca he aceptado mandatos. No me arrepiento, hice lo que debía hacer.

El coche se detiene. Sigo maniatado, aunque me despojan de la capucha. Un grupo de extraños en la noche avanza a través de un bosque solitario.

Repiten que podré vivir si pronuncio las palabras de alguien que se arrodilla, dicen que todos resultaríamos beneficiados, pero qué es un hombre si no se tiene a sí mismo. A estos individuos endurecidos les sorprende mi  negativa mientras mantengo la frente en alto, me he ganado su respeto. Cumplirán el trabajo, pero saben que no podrán destruir mi carácter digno, que irá conmigo de aquí a la eternidad.

07. ABAJO EL TELÓN

No sé cómo mis hijas han podido salirse con la suya, pero el caso es que junto a la cabecera de mi lecho de muerte hay un cura. Me dirige algunas palabras condescendientes y me anima a mirar en mi interior para encontrar la paz en este trance. “Qué sabrás tú”, pienso; pero me zambullo en una esclarecedora oscuridad, en un resonante silencio a los que tardo en acostumbrarme. Allí encuentro la ambulancia que me arrebató de mi casa; a Mariví y Piluca empeñadas en ordenar mi vida de anciano solo; a su madre, haciendo una maleta definitiva. Rebusco los papeles del divorcio y hallo un poema a mi primera novia, cuyo nombre no logro recordar. En un fondo olvidado descubro, regocijado, mi traje de comunión sobre una silla y, en el suelo, unos ‘kiowas’ blancos; mis primeros zapatos ‘Gorila’, mi gata Nora, las braguitas de mi vecina Carmen tendidas en el patio de vecinos. Todo es exiguo en este ámbito inabarcable, donde me acurruco sobre un bienestar embriagante al que decido, ahora sí, no renunciar.

06. «MÁI UÉI»

En la chabola atronaba la canción.
El zagal había encontrado el CD entre unas bolsas de basura.
El aparato de música era de procedencia indescifrable.
Era ésta la única canción audible. Las demás componían una amalgama de crujidos y siseos.
Sonaba por vigésimo segunda vez consecutiva
* MAAAMAAAA
* Dí, tezoro.
* ¿Tú zabe inglé?.
* Po claro, hiho.
* ¿Qué é “mái uéi”?.
* Qué va a zé, mi arma, “mi camino”.
* MAAAMAAAA.
* Díiii, ohitoh de tu madre.
* ¿Quién é Zinatra?.
* Po del poblado no é; zerá de fuera.
* MAAAMAAAA.
* Qué.
* ¿Qué é “di én iz niir”?.
* Ezo quíé desí que “er finá eztá serca”, pedasito de sielo.
* MAAAMAAAA.
* Habla ejperansa de tu madre.
* Quiero zé Zinatra. Y aprendé inglé.
* Habla con Abuelo. Él tenzeñará.
* BUELOOOOOO.
* ……
* ¿Menzeñará inglé?. ¿Y a zé Zinatra?.
* Te ví enzeñá tó. A zé un jombre hesho y deresho. Y noj vamo a í pa Niu Yor. Tú y shó.
* MAAAMAAAA.
* Ya he oído, corasón. Va a zé Zinatra…pero zobre tó, zé buena perzona.
* MAAAMAAAA, ejcusha como canto: “an dit it…MÁAAIII UÉEEEEEIII”.

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