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No cuestionó el aroma a licor que impregnaba las ropas manchadas de pintura de su sobrino. Pagó los dos céntimos acordados por retocar la inscripción en el sepulcro de su esposo, y le preguntó:
─ ¿Esta vez se distingue bien el apellido Soto? El año pasado me confundí y le dejé las flores a Dulce Coto.
─Sí, tiita, bien grande y repintado. Desde largo, usted puede reconocer la tumba del tío Dulo.
La anciana tomó la canasta con flores y se marchó al camposanto. Cada cruz le dio la mano para ayudarla a atravesar aquella blancura indistinguible, de no ser por las letras en negro y recién pintadas: Hermenegilda López, Leónidas Peraza, Rudecindo…
Puso arruga contra arruga en el ceño fruncido. El Padre maldecía a gritos. Entre risillas, la gente comentaba: «¡Qué clase de epitafio! Seguro que murió de cólico miserere. ¡Qué va! Eso tiene traza de que le dieron un balazo por mala parte»
Apenas avistó a la anciana, el sacerdote la reconvino: ─Te burlaste del pobre viejito. ¡Borra esa infamia!
Temblorosa, tomó una piedra. Con los brazos extendidos, la cruz la urgía a desconchar los caracteres de una cuarta de largo: «Aquí dezcansa Tío Culo Roto»
Cuando nos cruzamos en el puente, sólo nos miramos, de arriba abajo, sin decir palabra como dos desconocidos. Hace unas semanas que partimos para navegar. Sin rumbo fijo al principio. Sólo por el placer de cabalgar las olas. Días de calma chicha descubriendo atardeceres sin horizonte o noches tempestuosas agarrados al timón como a un salvavidas. Hacíamos el amor sobre cubierta como en una playa de arena olvidada. Y no desesperamos cuando la radio se estropeo o escasearon los víveres. Supongo que éramos felices.
Tal vez fue el pescado raro que comimos, no sé, pero tuve tiempo de meter en una botella el epitafio que quiero que pongan en tierra firme: nada es lo que parece, el viaje es lo que importa.
A las puertas de la muerte Svetlana Vólkova solo se arrepintió de una cosa. A lo largo de sus 97 años de vida se había casado tres veces y ninguna por amor; había sido infiel a todos sus maridos con hombres o con mujeres —según el interés, la conveniencia o las apetencias del momento—; había engañado, mentido, robado y conspirado —contra su familia, la iglesia y el gobierno— en unas ocasiones para medrar socialmente y en otras por un simple plato de kasha o un trago de vodka.
Tan solo una sombra oscurecía su corazón el día en que este dejó de latir.
Encontraron su cadáver en un pequeño piso de la Avenida Nevski rodeado de 13.205 libros —según catalogó posteriormente el bibliotecario designado al efecto—. Todos robados.
Nadie enterró su cuerpo, que terminó en una fosa común, ni escribió un epitafio en su memoria. Tan solo unas estanterías de la Biblioteca pública Mayakovskaya recuerdan su obsesión. Y allí, ni siquiera una placa la menciona.
Diecinueve y treinta horas. La tarde se tejía con hilos de lluvia formando un manto de tristeza y angustia. «Vamos a llevar flores al cementerio para rememorar quien se fue, mi mitad”. Como todos los días de difuntos.» Esa frase era el único pensamiento que giraba en torno de Dulce Victoria. No cabía más pensamiento que ese. Se vistió con un vestuario acorde para tal evento. No cabía posibilidad alguna de ataviarse de colores llamativos ni vivos. Aunque ella seguía pensando, y seguiría por los siglos de los siglos, que el sobrio no era un tono que le hiciera ningún homenaje. Más bien su antónimo. Llegó a las ocho menos cuarto hasta casa de su madre, la morada en la que malvivió con su difunto padre.
-«Date prisa madre»- decía sentada en su pequeño utilitario, aún con restos de sangre que no hace mucho tiempo respiraban de vida pero que hoy eran restos que con el desgano se habían quedado impregnados formando parte de la tapicería.
Nunca llegó a salir. Ella siempre lo supo. Cada primero de noviembre, recordaba satisfecha cómo había asesinado a su padre en aquel coche por haber degollado a su madre. –“Son rosas, como tú mamá.”
Por azares del destino, un invierno hube de sustituir al médico de un pequeño pueblo. El frio era intenso, la luz escasa y había pocos bares donde ahogar el aburrimiento. Mi sorpresa fue mayúscula al encontrar un día, paseando por las afueras, un maravilloso lago helado, oculto por el boscaje. Me asustó entonces un letrero que avisaba “Prohibido el paso. Cementerio”. Nunca había visto algo así, un camposanto sin lápidas ni flores.
Regresé al pueblo resuelto a indagar el asunto, pero los jóvenes me hablaron de cuentos nocturnos, de fantasmas y apariciones, mientras los mayores miraban al cielo y se santiguaban. Pasadas unas semanas, atendí a una anciana moribunda, quien me narró lo sucedido. Fue en tiempos de guerra; se enteraron del pase de una columna del ejército enemigo, y cuando hombres y caballos estuvieron en el centro del lago, golpearon con fuerza en las cuatro esquinas a la vez y el hielo cedió. Me juró que los agudos relinchos y los gritos desesperados de los hombres aún resonaban en aquel paraje.
Pasados los años, tampoco yo he conseguido olvidar aquel pueblo de muertos, cuyos corazones únicamente seguían latiendo para expiar las vidas que yacen sin nombre bajo las aguas.
Cansado, tras su ficticia muerte, de haber vivido durante casi cuarenta años en una constante leyenda, y harto sobre todo de alimentarla con algunas apariciones por aquí y por allá, que la imaginación popular no dejó de ensanchar y difundir, el mítico cantante decidió confesar su fatiga y terminar para siempre con su quimérica existencia.
—Ha estado bien eso de variar las letras del epitafio, ¿verdad?
—Me sorprendes. Jamás habría pensado que un gitano supiera latín.
Apenas terminó la frase, un golpe seco en la nuca acabó con sus días de gloria y misterio. El resto fue una labor sencilla de avisos a los herederos y a la prensa, y todo el mundo se reunió en torno a un sepelio que ya se había producido casi cuatro décadas antes, pero esta vez sería de veras. Sobre la tumba del gran cantante se leía la habitual frase latina que cerraba para siempre el episodio de las apariciones.
Y del mismo modo, como una inscripción funeraria, la prensa recogió el evento con un titular que coronaba a otro artista como el relevo del difunto: “Camarón está vivo. Lo vieron en el entierro del rey del rock.”
Tu abuela te llevó a la colina del castillo para que jugaras con tu cometa, como tantas otras veces pero, esa tarde, el viento impulsó el bello pájaro de papel en la dirección equivocada y, al retroceder de espaldas para acompañar su vuelo, caíste por el precipicio.
Tu abuela ya sólo pudo ver tu pequeño cuerpo junto a la cometa, rotos y en silencio, cien metros más abajo.
Hoy, hay en ese lugar un niño menos y una valla de madera más.
(Currito está enterrado en el bello cementerio del pueblo segoviano de Pedraza. Descanse en paz).
Es el colmo, me he muerto y al entrar al cementerio me han dicho que si estoy dado de alta como finado que teclee el nombre y el RIP del nicho; si, por el contrario, era la primera vez debía registrarme, y que en el caso de haber perdido la contraseña respondiera al epitafio clave «¡Levántate, pájaro!» y me enviarían un recordatorio a mi correo póstumo. Me da rabia pues siempre he sido muy ordenado, aquí tengo la carpeta Windows con el certificado de defunción, acta de últimas voluntades, póliza del seguro de fallecimiento —por fin podré cobrarla— y los impresos para que mi mujer tramite la viudedad que tanto temía no llegar a disfrutar, pero la clave de acceso al camposanto no aparece. Soy miedoso en esto de darme de alta en las web de empresas desconocidas, temo que me entre un virus, también me amedrenta entrar en el cementerio y que me llene de troyanos y gusanos. En el servicio militar nos enseñaron aquello del «santo y seña» para las guardias, y que si no se respondía correctamente disparáramos a matar, pues eso deberían hacer aquí, si desconoces la contraseña: ¡que te disparen a resucitar!
Carmeliña llegó a la posguerra sin familia, ni techo, ni trabajo, pero con diecinueve años y un cuerpo en el que Doña Patro descubrió cualidades para ejercer en su casa -de «modistilla», para curiosos indiscretos-. A partir de entonces pasó a ser La Carmela.
Sabía complacer a los clientes y recordaba sus gustos para dispensarles, la siguiente vez, un trato personalizado que cautivara su fidelidad comercial.
Cuando la edad empezó a matizarle encantos y reducir ingresos, compró un caserón en el Barrio de Salamanca y se convirtió en Doña Carmen. Llegó a tener una veintena de pupilas y por sus alcobas pasó lo mejor de la época: autoridades, banqueros, aristócratas, militares, clérigos… Duro a duro, fue reuniendo un importante capital de incierto destino.
Se entristecía Doña Carmen pensando que, cuando falleciera, nadie visitara su tumba y dedicó su fortuna a la construcción de un atractivo mausoleo en el que reposaran sus restos.
En sus enormes muros de mármol negro, hizo grabar a cincel los nombres de todos los clientes que, bien La Carmela, bien Doña Carmen, atendieron en vida.
En la lápida, tras el nombre, destaca su lema de siempre: «Memoria y discreción hasta la muerte».
Y nunca faltan visitas.
Buscaba incansable una frase que hubiera servido de epitafio. Quizás una palabra o, al menos unas iniciales. Ni siquiera encontró la fecha de su nacimiento, ni la de su defunción. Aún así sabía que estaba muerto, que su hálito quedó suspendido en el tiempo, que se volvió etéreo, que se fundía con el aire, con la lluvia…
Dio de nuevo otra vuelta, se sentía atraído hacia ese cementerio. Pero no encontraba el lugar donde reposaba su maltrecho cuerpo.
En un rincón alejado de las elegantes tumbas, vio a unas mujeres enlutadas que lloraban y depositaban flores en el suelo. Como una ráfaga llegó hasta ellas. Las reconoció. Eran las madres y esposas de sus compañeros y entre ellas la suya.
Él estaba ahí, en esa cárcava, junto a docenas de cuerpos sin nombre y esto le enfureció. Recuperó su rebeldía y se convirtió en torbellino arrancando crucifijos, angelitos y centros de flores de las otras tumbas.
Ya desfogado, se acercó hasta su viuda e intentó rozar su cara. Ella sonrió llevándose la mano a la mejilla. Ese gesto le dio la paz deseada y deslizándose entre una madreselva se esfumó.
“TODO”
A pesar de la enfermedad sus manos agarraban firmemente el cincel y el martillo.
Había comenzado a escribirlo.
El epitafio.
Su epitafio.
“LO QUE ME”
Labraba la piedra.
Lo había hecho cientos de veces. Miles de veces.
Epitafios para otros seres que habían traspasado la línea del no retorno.
Epitafios tristes, alegres, enigmáticos; algunos llenos de esperanza.
Esta vez era el suyo.
“HA DADO”
Agotado, pero decidido, el martillo golpeaba suavemente el cincel.
Su larga enfermedad lo había consumido.
Una paz profunda lo inundaba.
“LA VIDA”
Ella, que lo había acompañado durante sus últimos años, lo observaba con infinito cariño.
Sentada, oía el rítmico sonido metálico, un adagio que le transportaba al camino recorrido junto a él.
“ES”
Le costó tallar estas dos letras.
Un cansancio astral le hizo dejar cincel y martillo sobre el blanco mármol.
Apoyó la cara en la palma de la mano.
Cerró los ojos.
Para siempre.
Ella se levantó despacio.
Dulcemente le bajó la cabeza hasta depositarla con dulzura en la piedra tallada.
Le cogió la mano. Se la besó.
El mármol decía: “TODO LO QUE ME HA DADO LA VIDA ES”
Ella susurró el final no escrito.
Con una sonrisa, mirándolo, pronunció:
“BELLO”
Esperaba ser el primero que un día inaugurase el Cementerio que años atrás, en su amada Fisterra, había inaugurado el insigne arquitecto, César Portela.
No entendía como sus paisanos se negaban a ser sepultados en tan hermoso lugar, a la vera del mar, rodeados de una frondosa vegetación.
Quizás su inusual forma, unos cubos desperdigados entre la vegetación de pinos y retamas, les hiciera descartar la idea.
O quién sabe, quizás el hecho de que estuviera más lejano y apartado de la Iglesia románica donde se situaba el cementerio habitual en el que reposaban sus antepasados. O tal vez el miedo a que sus allegados no acudieran con la suficiente frecuencia a depositar flores sobre sus tumbas.
Todo ello no me impedía desear, que alguno de mis hijos ordenara que sepultaran allí mi maltrecho cuerpo, cubierto por una lápida donde se leyera: «Quiso ser feliz e intentó ser siempre honesto».
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