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El mar que lamía su aldea se había convertido en un vaivén en su barriguita. Sobre su cabeza, en lugar de cielo, sólo había un pequeño cuadrado. Azul significaba día. Negro, la noche oscura.
La vieja Mangá había soñado que un monstruo de madera, lleno de hombres pálidos, arribaría un día a la playa y les arrebataría la libertad. Nadie la creyó y ahora todo su pueblo yacía en la panza del monstruo.
El cuadradito se abrió repentinamente y un jirón de aire limpio le acarició los pulmones. Hubiera gritado de alegría si no fuera porque el hombre pálido de la cruz bajó por la escalera. Cerró los ojos e imploró al Padre Océano que la librara de él. Todavía recordaba el fuego que le metió entre las piernas. Y la sangre. Y al pensar en ello, el vaivén de su barriga creció como una montaña.
El hombre fue hacia ella, pero esta vez sólo le mojó la cabeza con agua y trazó una cruz sobre su frente. Entonces, el mar se agitó y el hombre cayó al suelo. Mangá se abalanzó sobre él y le golpeó la cabeza con sus propias cadenas. Sangre por sangre.
Padre Océano había escuchado.
Lo vimos a través de las pantallas que habían sido instaladas en uno de aquellos recintos a modo de inmensas plazas preparadas, ex profeso, al objeto de cubrir las necesidades de reuniones decisivas o informativas. Podríamos ser en aquel momento unas cien mil personas de los casi medio millón de habitantes-viajeros que compartíamos, esperanzados y tristes, aquel vehículo espacial, uno de los muchos que habían construido para poner a salvo al uno por ciento de la humanidad en una Tierra a punto de ser calentada hasta su evaporación por su estrella madre, convertida en odiosa y asesina madrastra, que había acelerado su proceso estándar de conversión a gigante roja dejando sin argumentos a los científicos.
Ya estábamos libres de la gravedad terrestre y viajábamos rápido alejándonos del agradable refugio azul. Con los ojos fijos en aquella pantalla vimos, primeramente, cómo todos los océanos se convertían instantáneamente en vapor ocultando al planeta tras una gran nube blanca. Cuando esta se disipó pudimos ver, con los ojos hechos llanto, cómo todo lo que la Tierra contenía se incendiaba hasta desaparecer dentro de una llamarada mayor llamada Sol en la versión más cruel y roja que jamás dicha estrella había tenido.
Perder el conocimiento es un regalo.
Quiero regresar a la escuela, abrir el mapa de Europa y tapar el Mediterráneo con el dedo, o dibujar con el lápiz un puente, o vaciarlo en un vaso…
Cientos de ensoñaciones pueblan mi vigilia.
El sol…
No tenía ni idea que existieran lanchas neumáticas tan grandes. Cabe en ellas tanto refugiado. Estamos tan apretados…
Mecido como en un sueño, no sentir.
¿Cuántos días llevamos a la deriva?
La sed…
Abro los ojos a la noche.
En lo alto las esferas mantienen en orden el universo. La luna ilumina las nubes que se me antojan espuma en un océano de estrellas.
Hace frío.
De repente la embarcación está casi vacía. ¿Y la gente? ¿Dónde están los niños? ¿Se han ahogado? No quiero pensar. ¿De dónde ha salido este viejo? No entiendo lo que me dice.
-Amigo, te está pidiendo un óbolo. –Me traduce una sombra.
-No tengo nada. ¡Déjame!
El anciano se muestra impaciente. Yo le ignoro. Enfurecido comienza a golpearme con su bastón. Duele. Intento defenderme y forcejeamos. Tropieza. Quiere incorporarse y con el vaivén del mar cae por babor.
Y se hunde como una piedra.
Creo que ya nunca escribiré este reportaje.
Arquimio el Sordo, era un tirano cruel de ojos colorados y saltones. Su lacayo, un tal Mormesino, era quien se encargaba de llevarle y traerle los chismes que andaban por el reino y más allá de los mares.
Un día, el tirano se llenó de ira y dio la orden de matar a cinco de sus mejores navegantes por controvertir sus órdenes en cuanto al rumbo de navegación. Los hombres de mar, en esos momentos, ajenos a su suerte, buscaban con afán en los profundos y encrespados océanos, la Isla de la Especiería. Al cabo de dos meses regresaron los expedicionarios marinos, alegres, por haber conseguido el difícil propósito.
Arquimio el Sordo, de inmediato, los mandó llamar; quería, antes de asesinarlos, conocer la ruta a seguir para hallar tan codiciada Isla. Cargados con sacos repletos de especias se presentaron ante el tirano, y le contaron, que habían conocido a una seductora y sabia reina, que tomaba chocolate perfumado con vainilla y coloreado con achiote y ajíes, especias que le concebían saber y sensualidad. No acabando de decir esto, Arquimio el Sordo pidió que le prepararan tan exótica bebida. Cayó fulminado, sin decir ni mu… los navegantes también tenían su Mormesino.
Ella quería llegar lejos, y tenía prisa. Yo sólo deseaba abandonar nuestro bosque de árboles derribados y ver el mar. Pero, un atardecer de junio, mientras esparcíamos el amor por el aire, descubrimos el Océano: imposible olvidar aquel instante.
Ella, que era alegre y audaz, se despojó de la ropa y, como si quisiera dejar un recuerdo ordenado de sí misma, la dobló con esmero sobre la duna. Yo, que nunca fui valiente, elegí guardar la vida y, cuando se sumergió en el abismo azul y nuestras manos se soltaron, supe que vivir ya sería para mí una costumbre involuntaria.
Antes de que su cuerpo se fundiera con restos de barcazas sin bandera y otros esqueletos de sueños destruidos, me invitó a unirme a su aventura. Sin embargo, incapaz de arriesgarme, permanecí en silencio viendo caer el sol sobre el horizonte. Esperé; desesperé. Y luego me arrepentí. Por eso Mariana es un dolor tenazmente alimentado y yo, una sombra varada en esta orilla. Ella no sabía nadar, doctor. Yo, sí.
Se empeñó en pasarlo de los libros de leyendas a los de ciencia. Algo le decía al comandante Cousteau que aquellas antiguas historias de calamares gigantes no eran meras invenciones de viejos lobos de mar. Así que recopiló cuantas pudo encontrar y separó la paja -exageraciones, fabulaciones, patrañas…- del grano -localizaciones, estaciones, circunstancias…-. Sus análisis le condujeron a ubicar su hábitat en las áreas abisales de los océanos más profundos, y hacia la fosa de las Marianas puso rumbo su embarcación con casi nombre de helado.
Después de más de sesenta días de infructuosa búsqueda, con los víveres escaseando y a dieta de peces insípidos de aquellos mares, en el nonagésimo descenso del batiscafo monoplaza, Jacques Cousteau se lo topó ante sus ojos. Se encontraba a más de 23.000 pies de profundidad y su longitud sobrepasaba los siete metros. Cuando fue a filmarlo intervino Murphy. La cámara se obturó y no pudo grabar un solo fotograma. Sin imágenes, su descubrimiento sería el hazmerreir de la comunidad científica. Comunicada la situación al Calypso, alguien sugirió cazarlo, subirlo, fotografiarlo y darse un festín. El comandante pidió hablar con el cocinero. La falta de harina suficiente mantiene al Gran Calamar en la leyenda.
Cuando era niño disfrutaba dibujando y anotando en una hoja en blanco, todas las cosas que me gustaban o ilusionaban. Después cuando tenía esa hoja rellena, fabricaba con ella un barco y lo dejaba navegar río abajo, para que directo llegara al mar donde imaginaba que mis sueños se convertirían en realidades. Al hacerme mayor seguía rellenando hojas pero tras ver que las situaciones eran muy distintas a las deseadas, guardaba todo. Hoy cumplo 85 años y he decidido que debo hacer un nuevo barco antes de que sea tarde, donde debo meter todas las hojas acumuladas e incluso ir personalmente a acompañarlas rio abajo y llegar al océano, donde al menos veré descansar el sol en la suavidad de los mares y acunar la luna en las noches limpias, dejándose y a la vez dejándome mecer en los océanos serenos y llenos de sueños como los míos. Después, volveré sabiendo que la puesta de sol definitiva será majestuosa, serena y plácida como el vaivén de las aguas del océano.
Navegaremos por mares tranquilos. A ti que tanto te gusta hacer barcos de papel soplarás el velero hacia la brisa. Miraremos la estrella de los vientos para saber cual viento rola. Veremos crecer a quienes nos siguen, dejándolos cuando toque, ellos seguirán pisando la tierra aún. Haciendo castillos en la arena o jugando al corro de la patata. Seré feliz viéndote, viéndolos. Desde esta orilla. Caminaremos tocando los tonos azules del mar de tus cabellos que se van tornando como los días y los años en distintos colores. Porque ya hemos llegado al otoño. Seguiremos viendo la vida pasar. La ilusión deberá y será continua, no nos pararemos por el momento en cualquier estación no deseada. El camino andado ya es más qué el que nos queda por recorrer. No importa. Disfrutaremos del baile de los días. Bailaremos con los sabores de la calma, paladeando los olores que están por venir. Reuniremos los sonidos de las caracolas recogidas en la arena. Siempre en nuestros mares, quizás océanos para otros. Navegaremos. Ahora, ya no hay prisa.
Van cada uno por su lado. Sus miradas se cruzan en una fiesta. Entre risas contarán, tiempo después, que fue un flechazo, una atracción como la de la luna que mueve las mareas.
Vienen al pueblo los fines de semana. Salen a navegar y no se pierden un botellón con hoguera en la playa, ni una fiesta en cualquiera de los chiringuitos de moda.
Van dejando caer que son más que amigos. Una vecina me cuenta, escudriñando mi reacción, que los ha visto de la mano por el paseo.
Vienen juntos los domingos a comer. No me queda otra que aprender nuevos menús. ¡A quién se le ocurre ser vegetariano en un pueblo pesquero!
Van a casarse la próxima primavera y, a pesar de las reticencias de su padre, tiramos la casa por la ventana.
Vienen las vecinas cotillas. Van los chiquillos con el cuento. Vienen los amigos con aires de libertad. Van al viento los prejuicios de otros tiempos. Vienen buenas noticias. Van, llevándole en brazos, nieto y abuelo a conocer el mar.
Cuando el ahogado surgió de las profundidades, todos estábamos esperándolo en la playa. Días antes el mar había empujado hasta nosotros su maletín –en el interior, un móvil inservible, una estilográfica que alguien dijo guardarse para su colección, el amasijo de celulosa en que devinieron sus papeles–. Después fueron un par de zapatos color avellana, uno detrás del otro, como si hubieran estado ocupados por un hombre invisible que alcanzase nuestra playa en dos zancadas. Y ayer mismo, una camisa con sus iniciales, desabotonada y primorosamente hurtada al cuerpo amado.
Ahora que las olas por fin nos lo han confiado, lo hemos dispuesto sobre la arena, le hemos puesto la camisa y los zapatos y le hemos colocado el maletín en la mano yerta e hinchada. Nuestro ahogado tiene la piel cerúlea de un pez luna y los ojos inexpresivos de un marrajo. Al mirarnos en ellos, por un momento hemos creído ver nuestro propio reflejo en la playa; pero luego hemos comprendido que su retina acuosa guarda ya impresa para siempre la evidencia de nuestro crimen. Y lo hemos devuelto al mar, con un peso de cemento deslustrándole los zapatos.
Tío Antón cruzaba el charco cada año para hacernos una visita. Era entonces cuando mamá rescataba del desván interminables madejas para ovillar y a papá se le multiplicaban los peces que capturar. Tío Antón (guapo a rabiar, ojos verdes como el musgo, piel tostada) me regalaba libros policíacos y de misterio. En nuestros paseos por la senda de los lirios, me sorprendía con su locuacidad. ¿Sabes una cosa, pequeña?. Los cristales de sal no pueden permanecer mucho tiempo bajo la lengua de un pez de ciudad como yo, sin escupir mentiras. Eso sí, con mucho salero. Un guiño hacía las veces de punto final a sus oraciones. Simplemente, me fascinaba.
Murió por una sobredosis de heroína, devorado por el código de honor del hampa y los rascacielos. Un pez desalado boqueando a contracorriente en el océano de asfalto, ese era mi tío. Aunque debería decir, mi padre. En su funeral mamá me confesó entre lágrimas, el auténtico origen de mis ojos clorofila. Y lloramos juntas. Y comprobé en mis propias carnes, cuánto escuece la sal en las heridas. También las cicatriza más rápido, opinaba Antón. Pero esa teoría, como tantas otras, se la llevó consigo a las profundidades del océano.
Furiosa y vencida, regresa a casa a bordo de aquella microbús. Por todo equipaje lleva la culpa disimulada por un apretado fajín alrededor del vientre. Sus padres le han ordenado llevar consigo aquel bulto que se remueve inquieto en su seno por culpa del calor y el violento traqueteo del automotor.
A través del puente se acercan a la costa a gran velocidad. Al abrir la ventanilla, las moscas se extienden como musgo en su cuerpo sudado. Desea la frescura de la brisa del mar y que pare aquella dolorosa contracción. El chofer se distrae del camino al verle la cara descompuesta. En un pestañeo, el azul del mar se hace más profundo al presionar contra las escotillas del bus. El océano sumerge todo bajo el espeso pubis de algas. La corriente marina intenta disolver abrazos y besos, y a ella la deja emerger, aliviada y ligera, hacia la superficie. Mientras, abajo quedan el chofer asido al volante en un intento por esquivar el arrecife, los novios sumergidos en sus caricias, la nieta que espanta la sal de la pierna llagada de su abuela, y un recién nacido con el cordón umbilical enredado entre los rojos brotes del coral.
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