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Pepe llega de viaje de negocios un día antes de lo previsto. No avisa a su mujer. Quiere darle una sorpresa. Entra en casa a media noche. La sorpresa se la lleva él. Su amigo Juan duerme, desnudo, junto a ella. Pepe intenta abordarlo para darle una paliza, pero Juan lo esquiva y huye corriendo. Pepe sale tras él con un bate de béisbol. Juan, tal cual vino al mundo, toma ventaja por las escaleras. El cornudo baja por el ascensor. Llega después pero le persigue esprintando sin perderlo de vista, por las calles, por las carreteras, por los campos de trigo… Así corren uno delante del otro, atraviesan los Pirineos, pasan Europa, se cuelan en Asia, escalan el Himalaya y toman rumbo al Estrecho de Bering. Allí Juan se detiene; Pepe, con cara de papilla y ya con la lengua fuera, intenta entonces pillarlo, pero Juan se lanza al agua y nada hasta Alaska, y, en tierra firme, sigue corriendo con destino a América del Sur; ahora en solitario, pues Pepe, que no sabe nadar y no lleva manguitos de serie, se hunde en las profundidades del océano.
La lectura de su wasap me dejó varado en la desazón junto a las escaleras de aquél crucero. Su escueto adiós me provocó un sinfín de preguntas sin respuesta y un océano de dudas. Ante la rabia, saqué mi mejor sonrisa y me hice un selfie con la chica que picó mi pasaje. Se lo devolví junto a un corazoncito partido y un lacónico ‘que te den’.
Aquella noche melancólica, mientras la luna acariciaba las olas, yo bailaba en la pista con una oficial de máquina. Apretada contra mi pecho, me susurraba al oído las mil y una formas de tejer un nudo marino en la cama, pero yo ya tenía bastante con deshacer mi nudo gordiano. Preferí la compañía de una loca pastillera. Compartimos en su camarote pastillas de colores y burbujas de champán. Subimos a la proa dando tumbos, y desde lo más alto me dijo aquello de Titanic: ‘Si tu saltas, yo salto’. Ella no saltó.
Hoy vivo feliz junto a una sirena, ella me comprende y me ama. Me ha propuesto un crucero surcando los océanos a lomos de una ballena. Se que no me fallará. Ella no tiene wasap y yo ya estoy escamado.
A bordo de la pequeña embarcación contempló la belleza de los abruptos acantilados que bajo la luz matutina presentaban brillantes tonalidades rojizas que contrastaban con el azul intenso con pinceladas escarlatas del calmado mar de ese hermoso día primaveral.
Su objetivo era llegar al pequeño islote de origen volcánico que se hallaba al Norte, en medio del océano y a treinta kilómetros de la costa, para cumplir el deseo de su esposo. Un trayecto que habían realizado en infinidad de ocasiones para disfrutar de la afición que compartían: el submarinismo. Se sentían fascinados por ese paisaje agreste de rocas de punzantes aristas surgidas del corazón de la tierra y que albergaban gran variedad de especies marinas.
Desde su ausencia, dos meses ya, ese día no sentía soledad. Notaba como su presencia la acompañaba durante todo el viaje. Incluso pareció verle sonreír con la gorra y gafas que ahora ella llevaba.Espejismo del agua cristalina, pensó.
Pero al llegar a destino, con el cofre de cenizas en mano, sintió como una fuerza irresistible la arrastraba hacia ese abismo que tanto habían amado. No opuso resistencia.
¿Mami, por qué soy negra? La niña era demasiado pequeña para preguntar eso, pero ella sintió que había llegado el momento de las explicaciones. Procuró calmarse, tomó su manita de dedos finos y perfectos y se acomodaron en el sillón de leer cuentos. Aunque las palabras se le ahogaban en la garganta, como tantos en aquellas aguas salvajes, comenzó el relato de una princesa, su valiente madre y su hada salvadora.
“Erase un lugar muy lejano al otro lado del mar, donde una dulce madre trajo al mundo a la más bonita de las niñas, de brillante piel caoba y preciosos ojos profundos. En su aldea una terrible sequía había caído como una maldición y sin agua todo carecía de vida. Muchos de sus habitantes embarcaban en busca de un futuro mejor en el país de los blancos. Desesperada la mamá envolvió a su hija en su única manta y subió a una barca demasiado frágil, en un mar demasiado bravo. Volcaron. Días después llegaron a una playa, la favorita de una joven, que las encontró.
La madre exhausta le entregó a su niña antes de cerrar los ojos para siempre diciéndole: Tú serás la mamá de Liberty. ¿Sí?»
— Si.
Fueron acusados de herejía y condenados. Al desembarcar de la nave que los traía de las nuevas tierras conquistadas, Fray Prudencio y el indio Anáhuac fueron presos por la Santa Inquisición.
Ya en la pira, en medio de la plaza, el fraile dio gracias al indio. “Ahora sé que un día el hombre navegará por debajo de las aguas del océano, bien en una nave sin velas, bien con un traje que le proteja y le ayude a respirar”. El indio le escuchó complacido y recordó aquella noche en que trabaron amistad y llevó al misionero hasta la orilla del mar. Allí Fray Prudencio conoció los efectos del hongo teonanacatl o comida de los dioses. Juntos – indio y misionero – navegaron por el interior de las aguas oceánicas, acariciaron peces, conversaron con los tiburones, sintieron el cuerpo acariciado por las algas y sus miembros arañados por los arrecifes de coral. Y el páter dio gracias a Dios por su creación.
“Arrepentíos” dijo una voz que atronaba por encima del crepitar de la pira. Fray Prudencio le ordenó que se callara para poder continuar con la visión que le había dado a conocer el futuro del hombre.
La recogieron de un océano seco, con la sed profunda del que ha sentido la falta de algo importante. Y se la llevaron a una casa donde reinaba el viento, pensando que podría ser la mascota de alguna sirena perdida en la tragedia.
Todos se maravillaron de un pelaje adornado con los vestigios del mar, felices al sentir su respiración tranquila; pero Flora no abría los ojos, tenía dudas: no sabía si enlazarse con ellos por miedo a que aquella ventisca se la llevara lejos. Así que decidió esperar mientras lamía la sal de sus patas.
Los días pasaron y el viento enredó su pelo, aunque aquellas personas parecían preferirla a ella, ya que deshicieron con mucho cuidado los nudos producidos por la corriente.
Con el tiempo y sus suaves movimientos Flora transmitió al céfiro su calma. La gata sabía frenar su furia y, con la quietud del que parece no hacer nada, puso orden en el caos.
Hasta que una mañana las ventanas se abrieron y el viento volvió a su origen, dejando que los rayos del sol bañaran a Flora. Fue entonces cuando ella les dejó ver el color de sus ojos, imprimiéndose en su nuevo hogar.
La tarde había resultado infructuosa. Con mi lanza terciada a la espalda braseé de la caleta hasta los bancos. Fue allí, a muy corta distancia de la playa, donde vi el cuerpo del cetáceo. Era majestuoso. Yacía inerme, acariciado por el va y ven de las olas, sobre la arena. Me acerqué con asombro y emoción que se tradujeron en tristeza y afrenta cuando noté el arpón que ofendía su costado. Con su ojo enorme me miraba como suplicante y perdonador, como confiador de algún secreto recuerdo rescatado de las simas. Levanté mi vista y oteé a lo lejos al ballenero responsable de tal crueldad. Quizá habiendo identificado a su presa liberaba una embarcación pequeña con no más de cuatro hombres. Aquella visión representaba mi salvación a la dieta de peces y moras a que me avine después del naufragio, pero en ese momento la desprecié. En el roquedal que estaba a mi derecha descubrí una oquedad que me proporcionaría el anonimato que buscaba. La noche cómplice, mi cuchillo y yo, nos encargaríamos del resto.
Caía la noche en densos copos cuando Ismael nació en aquel viejo pesquero a la deriva. El grito desgarrador de su madre al expulsarlo interrumpió el sueño del océano. Y cuando el primer llanto del infante rozó el aire, las aguas se alzaron curiosas, formando alrededor del buque una cortina de olas de erizadas crestas. El alboroto llegó hasta la misma luna que, retirando el velo tejido de nimbos de la esfera de su cara, iluminó la desoladora escena. Y la lástima la embargó haciendo estremecer hasta el último de sus cráteres. Desde su otero celeste gobernó como nunca las aguas, empleando a fondo sus dotes magnéticas. Y fueron las olas con sus brazos de agua las que empujaron la embarcación hasta la playa. Y fueron las olas con sus lenguas de espuma las que dieron la voz de alarma.
En el mar no existe el tiempo. Puedes ver al temido buque de Barbanegra en una regata con el USS Enterprise; o a una lancha de desembarco de la Segunda Guerra Mundial fondeada junto a una nave vikinga cerca del acantilado de acero vitrificado. En la mayoría de las ocasiones, esos mismos barcos libran entre sí duras contiendas sin que, curiosamente, muera nadie. Si algún pirata, marinero o soldado cae herido y toca fondo, hay delfines, sirenas e incluso tiburones que lo salvan del ahogamiento… A los navegantes anónimos, refugiados que, tal y como aparecen en las noticias, surcan las aguas hacia destinos quiméricos, los rescato yo personalmente. Y no es que sea Poseidón, aunque también ejerza cierto mando…
El mar me hechiza. Me apasiona. Me parece un lugar fastuoso, pero me confunde que aseguren que es azul: me dejo bañar por sus olas a diario y sé que es blanco, con la excepción de aquella tarde que me adentré en él vistiendo un pantalón añil que desteñía. En cuanto me vio mamá, me enganchó de las axilas y me sacó de la bañera.
Si el reloj se hubiese detenido, si hubiese dejado pasar el primer barco de la mañana, si no hubiese leído la página de aquel libro, si me hubiera escapado de los juegos de Apollinaire, si me hubiese olvidado de la mirada inexorable de aquel cuadro, si las campanas del amor no hubieran doblado, si no hubiera empezado a llover tras la lluvia, si hubiera retornado la oportunidad perdida, si hubiese sabido escoger la palabra exacta, si todas estas olas no se hubieran vuelto eslabones de espuma, si no me hubiese ahogado en un mar de condiciones…
No puedo evitar sentirme un punto, a veces luminoso, a veces opaco, en medio de toda esta inmensidad. Las estrellas girando, mudas y serenas, en espirales irrepetibles guían con su danza mi travesía en este inmenso océano. El oleaje celebra una orgía de frescor nocturno, siento su humedad en el ojo nervioso de la vigilia y en mi mano que, con pulso firme dirige el timón. Navego entre senderos temblorosos y curvos, construidos entre arrecifes habitados por seres mitológicos de fabulaciones marinas. Pero los buenos peces están mar adentro esperando con rostro impasible. Agrupados en medio de la espuma, dejándose llevar por las olas, quienes traicioneras los dirigen hacia la trampa. Los mares continúan siendo campos virginales bajo las estrellas, pues sus frutos aún pueden recogerse casi con la mano, esplendidos, invisibles en la superficie, pero esperando con ansiedad arcaica ser recolectados por mi red. El bote está lleno, justo al alba, es tiempo de regresar la transparencia al agua y que el océano recobre su sereno caos. Lo dejamos con sus voces habituales que se ahogaran en el largo rumor de las incansables olas. Me guiaré con el añoso faro que siempre espera mi regreso junto con una plegaria.
El coleccionista contempla, con cierta vanidad mal disimulada, la hoja que acaba de sacar del interior de la caja fuerte. Se pone los guantes y escoge las pinzas de punta curvada. Extrae con suma delicadeza, uno a uno, los únicos nueve sellos que se conservan de la primera serie postal sueca de 1855. Tras treinta años de investigación detectivesca que le ha llevado a dar hasta cuatro vueltas al globo terráqueo, el anciano filatélico está en condiciones de afirmar que no quedan más ejemplares en el mundo que los suyos. Se detiene, como tantas otras veces ha hecho a lo largo de las tres últimas décadas, en la admiración del motivo de tan raro sello: las olas del océano embravecido ensañándose en la legendaria fragata de la Marina Real, el singular mascarón y las dos mínimas sirenas encaradas, impresas en amarillo por un error de imprenta en esa primera serie. Suspira, deja las pinzas que sujetan el noveno sello a un lado y, todavía con los guantes puestos, enciende un fósforo que aplica a la bandejita donde ha ido depositando los demás. Su mirada se dirige, alternativamente, a las llamas, al ejemplar amnistiado, a la caja fuerte. Y sonríe.
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