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Aquel día puso mucho empeño. Rechazó cualquier ingesta y dijo a su mujer que no le molestasen bajo ningún pretexto. Los últimos meses lo había ido dejando pero se acercaba la fecha de entrega. Había aceptado el encargo anónimo porque el adelanto adjunto era sustancioso. El resto, sin determinar, le sería abonado al término de la obra. Rejuveneció, rescató su imaginación del desguace etílico. Las ideas procreaban en su cerebro. Renacido, se paseaba por el pueblo con el porte petulante de otrora, cuando le llovían los pedidos. Poco a poco arrinconó la efigie y se abandonaba desganado a la molicie del aguardiente. Un telegrama recordatorio hizo que se enzarzara de nuevo con la frialdad de la roca. En su taller, rodeado de espátulas y buriles retomó la tarea. El cincel mordía enérgico, rastreaba febril en las entrañas de la piedra, olisqueaba y apresaba los sentimientos agazapados. Con cada golpe de martillo la escultura se volvía más real. Trabajó sin pausa y, en la noche lo encontraron gélido, abrazado a la figura que, con aquellos rasgos tan humanos, y el gesto satisfecho por la labor terminada, presidiría más tarde la lápida de la tumba de su autor.
Los citaron la Noche de Difuntos junto al olmo del viejo cementerio; y aunque poco más se supo, en los corrillos se advertía: cualquiera podía haberlo hecho.
Las pesquisas del benemérito cuerpo no arrojaron luz al misterioso asesinato del grupo de soñadores que se reunían antaño para leer a voz en grito sus relatos; una blasfemia, según el párroco, que como casi todos estaba harto de que una tras otra detrás de cada punto final, aquella panda de majaderos rompiera en vítores y aplausos.
Restituido el orden, regocijado de que la única historia que se contara saliera de su boca los domingos en forma de salmo, el cura ordenó que se les diera sepultura en el más profundo de los agujeros del camposanto. Amontonó sus almas bajo una misma lápida en la que hizo escribir a modo de escarmiento: «Malditos escritores, nadie se acordará de vosotros una vez muertos».
Desde entonces, en la lápida y ante el estupor de todo aquel que visita el pueblo, para amargura del párroco, se puede leer en el fúnebre mármol en lugar del funesto epitafio la aserción: «Siempre estaremos»; y cada mañana de Todos los Santos cincelado a fuego, un nuevo cuento.
Cada día entran por la puerta las cosas más variopintas. Y, aunque en algunos momentos el tedio es adormecedor, me entretengo con los cachivaches que la gente olvida por la ciudad y que acaban muriendo aquí. Me encanta cotillear las fotos de los monederos y elegir el móvil sin batería que quiera para hablar con mi familia.
A veces, la gente deposita objetos insólitos, como aquel carricoche en el que encontré a un bebé durmiendo; sentí mucha felicidad arrullando a la niña, pero pronto apareció una mujer y se la llevó consigo. Eso sí, los peluches y las muñecas me consideran un padre excelente; los cuido como si fueran mis hijos y siempre que aparece algún bocadillo o refresco dentro de una mochila extraviada, lo comparto con ellos.
Cuando no me sale la vena paternal, me dedico a las manualidades. Desde que dejaron una piedra de granito, con un cincel y un martillo, mato las horas grabando en ella mi propio epitafio, pues, según el calendario donde tacho los días, en breve se cumplirán los dos años; el tiempo máximo para que alguien me reivindique como su legítimo abuelo o me destruyan, igual que al resto de las cosas.
Juana tenía setenta años cuándo interiorizó su soledad y se aisló en su mundo interior. No tenía familia ni amigos, ni interés en buscarlos, y su única satisfacción era dar largos paseos por el campo, quizás como una huida de sus vecinos o de ella misma.
Llegó el momento en que ya no se relacionaba con nadie, salvo para satisfacer sus escasa necesidades, entre las que estaba dejarlo todo preparado para cuando muriera, por lo que había comprado un nicho y contratado a su único amigo, para que lo cuidara “para cuando ella faltara”.
Un fatídico día, en una de sus solitarias escapadas, tropezó y cayó golpeándose en la cabeza y falleciendo en el acto. Cuando la encontraron, su estado de descomposición no permitió identificarla, y al no haber ningún aviso de desaparición ni nadie que la reclamara, la enterraron en una fosa común.
El nicho continuó vació, limpio y con flores, mientras Juana descansaba en compañía de otros muchos solitarios, identificada con una fecha, un número y el epígrafe “mujer desconocida”. La noticia de su desaparición y posible fallecimiento llegó a su amigo, que se fue, dejando escrito en la lápida del nicho vacío: «Aquí yace la soledad eterna».
Desde aquella noche, Guillermo se asegura de que todo sigue en orden entre los vivos y los muertos.
—Los muertos están muertos. ¿A que sí, mamá?
—Sí, Guille.
—Y los vivos no están muertos…
—No —su voz suena sumisa, pero triunfante—. Los vivos, ¡todavía estamos vivos!
—Mamá…
—Dime, Guille.
—¿A que un vivo puede pasar al bando de los muertos en una noche?
—Sí.
—¡Porque lo dice papá!
A veces, solo a veces, la madre levanta la vista de la labor y mira a su hijo.
—¡El epitafio! —recalca la madre, con voz de granito—. Lo dice el epitafio de tu padre.
—Pero, tú no estás muerta. ¿A que no mamá?
—No, hijo.
—Papá dijo que ibas a estar muerta esa noche…
—Guillermo. Mírame. ¡Estoy viva!
La mujer deja de tejer. Atraviesa, a conciencia, el corazón del ovillo y clava las agujas hacia el interior del cesto, como de costumbre. Se inclina sobre la cama de su hijo y, con sus dedos encallecidos, hace cosquillas al pequeño.
—Recuerda, Guille, papá está en el bando de los muertos porque se pinchó con el cesto de la labor… ¡Fue un accidente!
Por eso he pedido que me incineren: a mí no me pasará lo mismo.
Fdo.
Ricardo
P.D.: Mamá, tu epitafio me pesa más que la piedra con la que está hecho.
(Nota del autor: el epitafio que da título es real, se encuentra en el cementerio de La Almudena de Madrid)
Roque «El Tiznao» era el más testarudo del pueblo. Cuando murió dejó abiertas varias controversias sobre diferentes cuestiones; ya que, por más diáfanamente que los hechos le pusieran la verdad ante los ojos, jamás se desdijo de una opinión ni dio del todo su brazo a torcer.
En su lápida dejó escrito: “El tiempo me dará la razón”
En el parque examina la felicidad ajena, imaginando los dramas que enmascaran esa alegría aparente. Supone que detrás de la euforia del padre que columpia a su hijo hay una tristeza que se despliega al recordar la figura de la madre. Igualmente intuye que la pareja que se besa en el banco, acumula heridas no cicatrizadas. Porque ella sabe que detrás de cualquier normalidad impostada, subyace la amargura que cargan aquellos que se empeñan, después de una tragedia, en mirar hacia adelante.
Cuando llega a casa, le comenta a su marido que deberían pensar en un epitafio para la tumba de su padre. Él le recuerda que su padre sigue vivo, y le pregunta si ha ido por fin al cementerio. “Es el niño el que necesita un epitafio”-dice él-. Ignorando sus palabras, prepara la cena.
Ya acostados, ella le comenta que está ovulando y que deberían intentarlo. Hacen el amor. Él eyacula, ella cruza los dedos; después, se dan la espalda. Él hunde su cabeza en la almohada y llora al recordar a su hijo. Ella aprieta la mandíbula mientras piensa que es su suegro el que tendría que haber muerto.
Vivía y bebía su vida por la noche. Casi todos sus apasionados recuerdos habían transcurrido bajo la luz de la luna, las estrellas o artificiales neones. Dicen también que gustaba de la sangre fresca de jovencitas descarriadas.
Tras un desafortunado accidente, quedó ciego para siempre y ahora junto a su perro lazarillo, planea acabar con su eterna noche y, tumbado dentro de un ataúd de lujoso acolchado modelo ÚltimoGrito, sueña con lluvia de estacas.
Mientras tanto, una lápida de mohosa piedra, espera impaciente ser tatuada con un mordaz epitafio.
En la cara este de aquel cementerio lugareño se encontraba el pasillo del sol. Un corredor estratégicamente iluminado donde se congregaban los suspiros más recientes: jóvenes, viejos y niños, convertidos ya en piedra, hacían brillar sus esquelas recién grabadas.
Me dirigí hacia lo que buscaba, al tiempo que la luna inauguraba un cielo que me era ajeno.
Nadie es responsable – repetía agónica, mientras el convulso ritmo de mis zapatos iba apagando regueros de luz.
Aparecí pusilánime ante el epitafio, con el sol ya amedrentado. Mi corazón hacia bailar con despropósito el bolsillo camisero y una bandada de recuerdos se desplegó ante mis ojos, como cuervos buscando rastrojos. No pude contenerme, asida a la emoción caí desplomada y mis lagrimas hicieron crujir el silencio de la tarde.
Me levante deprisa, exudando culpa y estupor. La luna pareció esbozar una carcajada.
Huye- me dije, a sabiendas que yo misma era tierra baldía.
Al otro lado de la verja, en una berlina oscura me esperaba impertérrito, apático, tranquilo. El mismo con el que me había reído tanto. Justo en ese momento, empecé a entender lo que habíamos desencadenado, quien era él y en lo que me había convertido yo.
– Un simple general no puede aspirar a casarse con nuestra hija y formar parte de nuestra familia – Le dijo la duquesa.
– Lo siento General, pero mi hija será comprometida con un miembro de la familia real en breve – Le espetó el duque rompiendo todas las ilusiones del General.
Mientras la hija en su habitación era ajena a que sus padres le estaban decidiendo su propio futuro.
Desde aquel día el General lo había planeado todo con detalle pero sin imaginar que iba a ser traicionado por uno de los suyos.
Desde su cuartel general dio la orden de atacar el castillo de los duques mientras todos dormían, sin saber que estaba escribiendo su propio epitafio militar.
El ataque fue repelido por los guardias y el ejército del Rey.
Tras ser detenido y llevado a los calabozos del castillo real, la hija en venganza por lo que este le quiso hacer a su familia, se olvidó de él y como estaba acordado se casó con el Príncipe, el heredero a la corona, matando así en vida al General.
La lápida negra, labrada en caracteres blancos con los nombres del difunto y con los de quienes ya pudrieron sus restos en aquel mismo nicho, la colocarían más tarde. El marmolista la tendría dispuesta para Todos los Santos. Pero aquel día, y por orden de consanguinidad, asistimos en filas de media luna al entierro.
Un “groorgs-groorgs” rompía el silencio. Crisanto, el enterrador, volteaba con su paleta la mezcla de cemento sobre las paredes del capazo de goma negra. Luego, un denteroso “quirris-carras” hería los oídos del silente escenario al sellar con la llana las esquinas de la tapa del nicho hasta que se retiraba la pequeña cuña de madera que mantenía la verticalidad de aquel opérculo provisional.
Y de nuevo, luto en las mangas y solapas de ellos y riguroso en la vestimenta de ellas. Las jóvenes, una vez más, víctimas del sempiterno duelo. Otra vez, pobres, condenadas en negro a no bailar en las romerías de Santiago, de Santa Ana y de San Pantaleón.
Y la abuela Florentina, sabia, de esa sabiduría adquirida visitando como panadera rural, en su carro de toldilla, casas, casonas y cabañas, les decía:
— “Niñas, no abuséis del luto, que el luto llama al luto”.
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