¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Llevaba varias semanas con la piel del cuello erizada y un molesto hormigueo en el hombro derecho. Era una sensación rara, como de frío y ligero peso. Incómoda pero no dolorosa. Consultó al médico, pero el doctor no le dio importancia y le recetó unas píldoras para dormir. Cuando la vieja enfermera de la consulta lo acompañó hasta la puerta, le dijo con naturalidad:
—No se preocupe, lo que le ocurre a usted es que lleva un muerto encima, lo más seguro, un niño.
Él, incrédulo, le agradeció por cortesía el diagnóstico pero se fue a casa inmerso en una inquietud desagradable. Las molestias siguieron durante meses hasta que, de repente, una mañana se levantó sin ellas. Apenas le quedaron secuelas, sólo un engañoso alivio, un hondo vacío, un inexplicable echar de menos y la costumbre de ver películas infantiles. Aunque tardó mucho tiempo en poner a la venta la pequeña bicicleta.
Bajo el haz de luz de una farola que se enciende y apaga constantemente, un anciano de frente despejada de tanto recordar, se afana en su trabajo con el canto de los grillos como única compañía.
Tratando de dominar el temblor de sus manos, intenta pintar de blanco cada pieza de la bicicleta amarrada con una cadena al mástil de la luminaria.
Los vecinos del barrio están acostumbrados a ver a Don Andrés. De tanto encontrarlo arrodillado en aquel lugar, les parece que lleva allí desde siempre.
Cuando se da por vencido, saca brillo con un paño a la placa del suelo y deposita un ramo de flores a su lado.
De pronto, una punzada en el pecho le deja postrado contra una de las ruedas. Todo sonido desaparece, y se entrega a los brazos del sueño.
Otra vez la misma pesadilla: Verónica y él, de nuevo jóvenes paseando su amor en bicicleta por la ciudad. Pero todo termina siempre igual, Ella regando con su vida el asfalto bajo las ruedas de aquel maldito coche.
Al amanecer, junto al cadáver encadenado, encuentran un rastro blanco que se pierde en la nada.
Alguien escuchó un timbre de bicicleta alejándose de madrugada.
“Para siempre” nos dijimos sellando el beso a navaja. Clavándole nuestras iniciales al manzano que sujetaba las bicis.
Aprendí a volar en su GAC, como ET con Elliot, sin necesidad de alas, sin preocuparnos de si había red bajo nuestros pies. Emprendimos el más arriesgado de los viajes, a ciegas, como sólo puede hacerse la primera vez, sin valorar el impacto de la caída. La bici sin frenos nos llevó hasta la luna, le acariciamos el corazón a Plutón.
“Para siempre” nos dijimos, y volví cada verano a los pies del árbol para comprobar que los calendarios, así como las promesas, también son de hoja caduca.
La primera vez que subí a unos buenos pedales me persiguieron. Aparentaba ser mayor que yo, tenía pelillos en las piernas y era el dueño de la bicicleta. Mira que me esforcé por correr, más que en ninguna cosa, parecía que lo estaba haciendo bien, pero la pendiente se me hizo grande y el ruido de las chicharras me retumbaba en los oídos.
Caí. Los vecinos se acercaron a preguntarme por la salud. Yo, con los pantalones nuevos manchados de barro, lloraba descompuesto. Entonces noté unos golpecitos en la espalda, di la vuelta y me encontré con dos bofetadas en la cara. El José me sacudió con fuerza, y mi madre con insistencia en el culo por toda la acera hasta llegar a casa. -Otros padres compran a sus hijos pequeños bicicletas- le dije en medio de tanta pena. Parecía que todo el mundo me odiaba.
No fue esa la única vez que me enseñaron los puños por coger una prestada. Recuerdo otra ocasión en la que suspiré mucho, algunos se reían, porque me defendió Rosita como si yo fuera el chico más interesante del mundo.
Al fin dijeron en casa: -La que tú digas- y estrené mi bici azul.
Está científicamente demostrado o, al menos, mayoritariamente aceptado por la sabiduría popular, que la combinación entre una retransmisión de ciclismo y la sobremesa mesetaria da como resultado irremediable una fantástica siesta.
Lo comprobaba Federico, un niño de once años, quedándose dormido en cada etapa a treinta kilómetros de la llegada hasta un instante después de que el ganador cruzara la meta y el énfasis del comentarista alterara el volumen del televisor. Entonces despertaba. Pero no le importaba habérselo perdido, ya que en sus sueños formaba parte del pelotón, aprovechaba el rebufo de las estrellas y, en ocasiones, hasta ganaba la etapa.
Años después, siendo Federico ya un joven ciclista, en la etapa reina de una gran vuelta, se encontró coronando el último puerto en el grupo perseguidor a sólo un minuto del líder escapado. Aunque nadie hubiera apostado por él, demarró en el descenso y, con actitud temeraria, empezó a recortar diferencias, haciendo de curvas rectas, volando sobre la bicicleta, asombrando al mundo. Alcanzó al fugado, y siguió dando pedaladas, dejándolo atrás, hasta cruzar la meta sin levantar los brazos.
No publicaron su foto en el diario porque, curiosamente, en todas las que le hicieron, salía con los ojos cerrados.
No sé por qué, pero aquella noche soñé con Juana de Arco, que descendía embalada el Tourmalet. Al día siguiente se repitió el mismo sueño, pero esta vez se subía por la cara más dura y era don Quijote quien había saltado del pelotón. El tercer día no fui a andar en bici, como acostumbro, y me puse una vieja peli, Ladrón de bicicletas. Ya saben, la primera bici es como el primer amor, nunca se olvida. Subí al desván mientras pensaba en el sueño que me esperaba. Tal vez vengas tú y hagamos juntos esa contrarreloj por equipos me dije, pensando en Laurita, una niña odiosa de primaria. Pero esa noche soñé que estaba frente a un pelotón de fusilamiento y que la vieja bicicleta del desván yacía a mi lado, como un animal muerto. Tal vez monte en bici porque me gusta soñar casi tanto como leer. Ya ven, hoy el deseo se ha cumplido: después de un sueño de escapada, me he encontrado en mi cama convertido en una máquina último módelo con el mejor simano que puedan imaginar.
Ella ya no es la misma, y piensa que lo mejor está por venir. Los sueños sin cumplir no ocupan su tiempo. ¿Podría importar eso ahora? Después de esta lucha la victoria es otra.
Entre sus manos, excesivamente pálidas, sostiene un papel doblado que acerca a su pecho mientras cierra los ojos. Viéndola así, sentada sobre la hierba, apoyada su frágil espalda sobre un grueso tronco, parece dormida. Pero su mente está viajando lejos, recordando a sus dos hijos en ese mismo lugar, con sus pequeñas bicicletas blancas. Incluso puede oír sus carcajadas infantiles y oler su aroma a fresca inocencia.
Una bici de mayor tamaño irrumpe en el jardín y en sus pensamientos. Sus ojos se abren al presente, a la sonrisa de su marido…, su pelo ha encanecido en los últimos meses.
Aquellos niños, ahora adultos, recorren el césped con platos de comida en sus manos. Hoy es un día de fiesta. Y aunque en los ojos de la familia se aprecia una alegría contagiosa, nada es comparable a la luz que ella desprende.
Se levanta para unirse a las risas dejando caer el papel sobre la hierba. Todos brindan por su recuperación. Ella brinda por su mañana.
La primera fue Anjana, que olía a Chispas. Nos tumbábamos junto a la ermita, entre dientes de león, o la acompañaba al río a cazar zapateros.
Maribí la siguió. Sus muslos olían a crema hidratante por la mañana y a sudor por la tarde. Adoraba su tacto blando, su piel morena, el atisbo de vello púbico sobre mi sillín. Me cabalgaba durante horas. Yo no quería frenar nunca.
Julio me apartó de ella por treinta euros. Acabé en una barbería de baldosas blancas y negras, en el Gótico. Algunos se reían al verme pasar. Bicicleta de niña, decían. Cuando me arrancaron la cesta, mis articulaciones chirriaron como las tijeras de Julio.
Me robó un yonki de extrarradio que se picaba las venas bajo un puente. Con la primeras bufandas de otoño, me pinché. Acabé abandonado como un perro en una playa, o un anciano en una gasolinera.
Mi piel rosa está desportillada. Agonizo entre ortigas y recuerdos, junto a la vía del tren. El traqueteo del Cercanías marca el ritmo de mi muerte, como un marcapasos de hierro. Como un corazón que se aleja.
Desciende la niebla al imaginario. Pantalla sin texto y memoria caliente.
Los ojos vidriosos almacenan humor salado, hoy gris ceniza, color de la desolacion y la nada.
Resbala los lentes por la pista de una nariz apinochada. Se abraza a si mismo. Surge la imagen de un joven ceniciento.
Así se lo hicieron saber los compañeros de aquel centro de élite, donde le había colocado su sangre noble.
No consiguió deslizar una montaña ni encajar una bola en el hoyo. Entonces sus lágrimas fueron granates, como el fracaso de la sangre espesa.
Fantaseaba con Germana, una muñeca de dulce que todos pretendían lamer.
Formó bloque con el descapotable rojo, resonando motores a modo de enjambre de moscardones. Ella parecía ciega y sorda, hasta que el timbre de una bicileta la invitó a forman tándem. Lágrimas amarillentas de bilis y calabaza regaron su tez recien afeitada.
El gato ronronea su pienso y él piensa y piensa… Una primera linea evocadora sobre el folio blanco, abre el grifo de gotas cenicientas que emborronan la página convirtiéndola en una pelota para el felino.
Año tras año la bicicleta encabezaba mi lista de peticiones a los Reyes Magos, al igual que la de mis cuatro hermanos.
Pero no sé si era porque mi caligrafía no era lo suficiente clara, si sería porque las existencias del ansiado vehículo de dos ruedas se habrían agotado o es que sus Majestades no lo veían como un regalo adecuado, pero el caso es es que jamás aparecía al lado del árbol.
Su lugar lo solían ocupar cuadernos, lápices de colores, los libros exigidos por la escuela e incluso una vez, unos hermosos patines de cuatro ruedas.
Los cinco hermanos tuvimos que esperar 18 años para observar como como una preciosa bicicleta roja, ocupaba el lugar privilegiado al lado del Belen para alegrar la mañana de Reyes a la benjamina de la casa.
Cuando, a los veintiséis, después de toda una vida de pedir, suplicar, exigir y finalmente dar por imposible que me regalaran una, conseguí mi propia y ansiada bicicleta, mi mountain bike llegó envuelta en un gigantesco lazo rosa que destacaba sobre su color rojo pasión de velocípedo amante de la montaña, de la libertad, de los espacios abiertos y de los descensos a velocidad vertiginosa.
Habría sido el mejor regalo de mi vida sin aquel “es que estás echando culo” con el que, con una sonrisa de oreja a oreja, más feliz que una perdiz, la acompañó mi ex-novio para celebrar nuestro primer aniversario que, por esas cosas de la vida, coincidía con el Día de la Mujer Trabajadora.
Era la primera vez que me desnudaba delante de un público.
Sólo escuchaba mis latidos entre tanto griterío. Me ardían los músculos y apenas tenía fuerzas para sujetar mi bici y la de Clara.
Nunca entendí el origen de tanto pudor. Nadie en mi familia tenía reparos en pasearse desnudo por la casa. Sin embargo yo siempre echaba el pestillo y si estaba en un vestuario público, ponía en marcha mis habilidades circenses para cambiarme de ropa como si de un truco de magia se tratara.
Pero estaba decidida. Las cosas tenían que cambiar. Así que le di las bicis a Clara, respiré profundo y me enfrenté, con éxito, a mi personal etapa reina.
Sin más ropa ya que el protector solar, la vuelta continuó con una etapa llana, en la que cientos de ciclistas defendiendo nuestros ideales coreábamos “¡en bici y en bolas, Madrid sí que mola!” La gente miraba pero, gracias al movimiento, no veía. Íbamos todos perfectamente vestidos con traje de emperador.
Al terminar la marcha, una niña clavó sus ojos en mí. Estaba a punto de cubrirme con las manos cuando se acercó y me dijo “me encanta tu bicicleta, ¿la puedo tocar?”
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









