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Se puso las mayas negras ajustadas, la camiseta de cuello alto y comenzó a pegar cada una de las piezas de plástico blanco a las tiras de velcro que le había cosido Ana con tanto amor. Lo bueno de tener un personaje como este era que no tenía que pasar horas en el set de maquillaje, lo malo que nadie le reconocía con aquella máscara por lo que nunca le habían pedido ningún autógrafo. Una de las tiras de velcro del brazo izquierdo se estaba despegando qué pena no tener a Ana con su amor. Cuando colocó las placas del abdomen pensó que no conseguían tapar la barriga pero descarto ese pensamiento negativo y se colgó del hombro el rifle láser DLT-20A. Era la pieza por la que más había pagado en la subasta y también la que hizo que Ana se decidiese a dejar a su soldado de las galaxias.
Salió a la calle con paso lento y firme. Poco a poco llegó a su puesto. Posición de ataque y rostro desafiante aunque con la máscara no se pudiese apreciar. Decidió que hoy el movimiento tras la moneda sería una ráfaga de disparos.
Como Travis deambulo cada noche paseando mi insomnio por las calles. Imagino una vida mejor, pero el momento del cambio no sube a mi taxi. Sueño con ser una heroína, salvar de las garras de un animal a una niña indefensa. Sueño con ser popular, salir en los canales de noticias y que mi rostro sea conocido cuando pasee por la ciudad. Pero como todo sueño se desvanece con las luces del día al aparcar mi trabajo en el garaje. En la soledad que me rodea busco sombras donde cobijarme sin más compañía que el aire que respiro.
Sus ojos se cruzan con los míos, mas ignora que por dentro ardo en deseos de conquistar su corazón. Soy un solitario justiciero que cada noche sale en busca de la fama. Quizás así, me gane su confianza y cariño.
Deprimido intuyo pueda hacer una locura y asustado busco consejo. Las noches se suceden monótonas hasta que se abre la puerta trasera y una voz infantil me dice que arranque. Sin tiempo para reaccionar se lanza sobre el parabrisas un loco gritando. Acelero y el delincuente queda tirado en la acera.
La policía llega. Soy un héroe, he salvado a la niña.
A Charo le duelen los pies. Ya lleva tres pases sobre los tacones del uniforme de acomodadora. En la penumbra entre la puerta y las cortinas de terciopelo hace calor, así que las entreabre. En la pantalla, el joven desnudo pasa a la cama desde su silla de ruedas mientras la chica lo mira. A Charo no le gustan las bélicas, pero en esta película las batallas se libran entre costurones del corazón y cuerpos hechos trizas.
―”¿Puedes sentirlo?”- la chica acaricia la piel rubia.
―¿Puedes sentirlo?
El olor a tabaco rancio agrede la nariz de Charo justo antes de que el gerente le estruje los pechos. “¡No, otra vez no!”, ruega mientras intenta zafarse.
―”¿Puedes sentirme?”- susurra la chica.
―¿Puedes sentirme?
El gerente acorrala a Charo. Su aliento fétido embiste contra sus labios, la cornea con la lengua mientras se abre paso bajo su falda.
En la pantalla, el rostro de la chica revela lo que la cámara apenas muestra. Los espectadores laten al ritmo de la escena. Un gemido atruena la sala. Amor y placer, asco y humillación se acoplan en los oídos del público.
La película sigue. Y seguirá. Tres sesiones diarias.
(Relato fuera de concurso)
Apoyados en un banco de la plaza, lo esperan impacientes.
– ¡Date prisa, Juan!- gritan.
La brisa de la noche mediterránea envuelve sus ilusiones y alborota sus cabellos.
Conocen el lugar en el que sentirse espectadores de primera fila y quieren llegar cuanto antes. Cuchichean repasando sus planes.
En el cine de verano bulle la vida y huele a calamares fritos y aunque ellos ya han cenado, se relamen. Cuando se tienen diez años, la sensación de saciedad es una desconocida.
Palpan fugazmente sus bolsillos para cerciorarse de que llevan provisiones. Ríen felices, la noche es suya y es mágica.¡DE CINE!
Trepan sin orden y se encaraman al árbol más frondoso, para ver sin ser vistos. Se remueven buscando la postura más cómoda pero al sucederse los fotogramas su expresión se hace de pronto adulta, contienen la respiración y hasta dejan de mascar. Sus ojos brillan, sus pupilas se dilatan.
Mientras sacude sus pantalones para que su madre no ande haciendo averiguaciones, Juan, que siempre ha tenido buen oído musical, tararea “Istambul blues” y piensa que mañana, en la hora de Gimnasia, también correrá en sentido contrario al de sus compañeros. Aunque pequeño aún, sabe muy bien lo que quiere.
Forcejeo un poco más y al fin se abre la verja oxidada. Las malas hierbas han crecido a sus anchas, salvajes. Justo allí lo enterramos, metido en una caja de zapatos. Murió demasiado pronto, igual que mamá.
En el interior del caserío quedan algunos muebles. Mi sillón favorito sigue aquí, cubierto por una sábana. También está el tocadiscos lleno de polvo. Busco entre los discos apilados que nadie quiso llevarse. Lo encuentro. Ha merecido la pena volver sólo por escucharlo.
Mientras la aguja pincha el vinilo la voz de Jeanette hace eco en las paredes grises. No te has ido, estás conmigo. Sonriendo saco el bote de bicarbonato, nunca viajo sin él. Aunque no es mágico, le sienta muy bien a mi maltrecho estómago.
Son las tres. Comienza otra tarde adolescente en un piso ruidoso de una ciudad inmensa. Hoy se estrena en sesión de tarde la guerra de las galaxias. La había visto en el cine, por eso con aún más ganas esperaba el momento. Devoro cada instante: lunas montañosas, energía metafísica que impregna el universo, República galáctica, la lucha por el bien y los ojos de Luke, azules e insondables. Se deslizan las imágenes en la tarde otoñal, fundiéndose con mis propias batallas no estelares… ¿veré el lunes a Luis?…¿me dejarán ir de acampada?… ¿aprobaré las mates?…
Son las tres otra vez, otro cielo, otro otoño….ahhhh…ñiiicc…rac rac…los ruidos cotidianos han arrastrado el tiempo y han pasado los años. Y esta tarde tranquila no me preocupa la nota del examen, la acampada o Luis…hay afanes dormidos, decisiones tan grandes, hay gente que no está, hay hijos y hay mayores…Pero la tarde es mía y busco en mi portátil la guerra de las galaxias. Se ve todo anticuado, las modas, los efectos…pero vuelve esa esencia que desplegó caminos a los planetas acuáticos, de selvas o desiertos, en que nos convertimos.
Esta noche te cuento, que era ver una peli en los setenta.
Como nos mirábamos la cartelera de los cines, para ver los estrenos más significados, nos gustaba estar al día, viendo películas recién estrenadas.
Como disfrutábamos del pase de la película sin oír, masticar palomitas ni sorber refrescos con pajita.
Estábamos todos pendientes de la acción desarrollada en la pantalla, escuchando atentamente los diálogos, para no perdernos detalle.
Pertenecemos a la generación que distinguía los largometrajes por sus directores, las anteriores primaban a la estrella protagonista.
Fue así como nos tragamos los padrinos mirando de reojo como se acercaba un tiburón inmenso, que creaba un apocalipsis entre la población playera, asustada por una banda de sátiros adoradores de una naranja, refugiados en un taxi conducido por un maníaco justiciero, leyendo la primera plana de un diario, para intentar encontrar noticias sobre un extraño 8ª pasajero en una nave espacial, intentando redimirnos ante un Gólgota al que ascendíamos silbando una tonadilla, esperando nuestra propia crucifixión.
Un día más, y ya va una semana, los tenía en la puerta a las cinco en punto. Los dos con sus educadas maneras, sus gestos pausados y sus miradas penetrantes. «Tomaremos un té», me ha dicho el mayor, trazando ante mí esos gestos incomprensibles. Pese a mi soledad desde que los obreros concluyeron la demolición, hoy no les he franqueado el paso. Estoy enfadada, lo reconozco: ayer se demoraron más de lo prudente y, tras echarme la puerta abajo, las tropas imperiales irrumpieron en el interior. Cierto que mis invitados rechazaron el ataque empuñando sus espadas láser, pero esta mañana me he topado en el baño con un ewok usando mi bidé. Y hasta ahí podíamos llegar.
Confinada en el reducto de esta amplia caseta a la que aún tengo derecho por contrato, ahora comprendo que no debería haber curado mis ataques de melancolía proyectando esas películas de juventud sobre los escombros de la sala contigua. No porque me vea obligada a atender a invitados como los de esta semana, ojalá todo fuera eso. Es que no soporto la incertidumbre de no saber cuándo, cómo ni dónde le dará por aparecer a la niña de El exorcista.
La estrategia no tenía fisuras: nos acercábamos a la solitaria chica del banco, comenzábamos a desplegar nuestro estudiado conocimiento sobre el cine de los 70 y, al desmigajar La muerte en Venecia, mi colega fingía un desmayo. Yo, al principio, simulaba desconcierto, para luego, segundos después, proceder a reanimarle con un delicado masaje cardiaco. Mi amigo debía toser y respirar con dificultad; la preciosa chica asegurar que jamás había visto un tipo tan valiente y cultivado. Todo parecía tan lógico que era estúpido no ejecutar el plan. De hecho, salió perfecto a excepción de un detalle desconcertante. La delicada chica morena, de ojos claros y labios finísimos, aprovechó la confusión del momento para coger mi bolso de mano y perderse con mis pertenencias en el parque.
Daniel permanecía en bambalinas proyectando películas de cine de barrio. Soportaba el calor sofocante que desprendían las máquinas. Empalmaba rollos de celuloide. Colocaba bobinas en placas de aluminio y obligaba a los fotogramas a deslizarse entre rodillos. Acoplaba el rostro al ventanuco para ver espectadores hipnotizados por la pantalla atravesando sus ojos una fina niebla de nicotina que pululaba en el ambiente. Soñaba con ver su rostro en el toldo blanco. Algunas escenas podía doblarlas de tantas veces que las había visto.
Un viernes de estreno llegó a sus manos una nueva película: “Alien, el octavo pasajero”. El trailer prometía sobresaltos varios. Se dispuso a verla antes de mostrarla al público vespertino.
Durante los primeros quince minutos la trama ya le tenía atrapado. A medida que los protagonistas de la nave espacial iban siendo aniquilados, el miedo invadía sus entrañas. Cuando ya sólo quedaba Sigourney Weaver en la pantalla, de repente la proyección se atascó, sintió un aliento nauseabundo en la nuca, una garra le arrancó de la silla y la luz del proyector le quemó en la retina cuando fue subyugado por la lente.
Desde entonces vive su sueño atrapado en el reflector haciendo labores de actor de reparto.
Pilar me había dicho que estaría de tiendas. Para evitar aquella tortura, comencé a callejear. Caminé sin rumbo. Llegué a una calle por la que nunca había pasado. Viejas casas. Coches desvencijados. Suciedad. Grafitis.
La puerta de un viejo cine. Curioseé la cartelera. Para el fin de semana anunciaban el estreno de El expreso de medianoche. Ese día estaba programada una película española de la que no había oído hablar. Se titulaba, sencillamente, 2014. La primera sesión estaba a punto de comenzar.
El precio estaba marcado en pesetas: 75. ¿Cuánto era eso? Supuse que habían olvidado colocar un cero. Me acerque a la taquilla y arrojé un billete de cinco a la bandeja. Una mano huesuda lo agarró. Después de una eternidad apareció la entrada.
El interior del cine olía a rancio. No había puesto de palomitas. Ni refrescos. Saqué el móvil para enviarle un WhatsApp a Pilar. “Me he encontrado con Ernesto. Me retrasaré un poco.” Advertí que allí no había cobertura.
Entré en la sala, que estaba completamente vacía. Toda mía. Me senté en el centro, cerca de la pantalla. La película empezó puntual. Desde la primera escena adiviné que se trataba de distopía bastante retorcida.
Me levanto y tropiezo con la mesita de noche. Otra vez han cortado la luz. Hace un frío que pela y mi calentador eléctrico me mira mal. Desde que he vuelto del psiquiátrico lo llevo regular. El tipo al que golpeé se lo merecía, se tiraba a mi mujer. Trabajo como un cabrón. Cuando llego a casa huelo a gas. Llaman a la puerta para preguntarme si soy donante de hígado. Me quedo pensando que el hígado solo se dona cuando estás muerto.
– ¡Vale! -Dicen ellos, y se disponen a matarme.
– No se preocupe -comentan amables- somos estrictos con el protocolo. Al fin y al cabo el orden de los factores no altera el producto. Ya hace tiempo que la propiedad conmutativa está admitida como prueba.
Entonces me acuerdo de esa peli de los Monty Python: “Algunas cosas en la vida pueden hacer que te vuelvas loco, cuando muerdas en hueso en la vida, no te quejes, sólo silba y siempre mira el lado positivo de la vida”
Y canto: “always look on the bright side of life” mientras me cortan el esternón con la cizalla.
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