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Allí estaba otra maldita Nochevieja con su rica tía, dispuesto a dejarse ir otro año más. tras las campanadas de Año Nuevo no iba a ser mejor persona, no tenía un gran proyecto, no iba a apuntarse al gimnasio ni a hacerse voluntario o socio de ninguna ONG. Pero intuía que iba a ser un gran año.
A la tercera campanada tía se atraganta,
a la sexta tiene un tono azulado,
a la décima boquea
y con la última se ha desplomado inerte.
Sí, tiempo de sobra ha tenido para tratar de liberar su garganta, pero también memoria de sus doce años y la cama de la tía.
Y haciendo cuentas…
Hielo, hielo, gritó Tomás al camarero que atendía al servicio de camarotes necesitamos mas hielo en el Camarote 115, sería usted capaz de proporcionarnos mas hielo, este whisky necesita hielo. El camarero consulto al maitre y este se encogió de hombros, estamos en medio del Atlántico de donde vamos a sacar hielo ahora. Hielo, hielo grito Ana a su hermana cuando vió el bulto que le estaba saliendo en la cabeza despues del golpe que se había dado contra la mesa cuando el barco dió aquel bandazo, necesitamos hielo para ese bulto. Hielo, hielo grito el marinero John cuando divisó el iceberg que tenían enfrente, lo que todo el mundo estaba pidiendo, aunque quizá era demasiado hielo.
Todo estalló en la representación anual de Macbeth.
Mi compañero de habitación, que formaba parte del séquito en el acto II, cayó enfermo a última hora y me llamaron para sustituirlo. “¡Solo tienes que hacer bulto!”. Yo esperaba entre bambalinas, mientras transcurría la función con normalidad. Pero cuando pisé el escenario, una de las arañas del techo se desplomó tan certera como estrepitosamente sobre la lustrosa calva del viejo Jenkins, el director, que rompió a soltar jeremiadas. Ahí expiró Shakespeare.
En medio del tumulto, el listillo que hacía de Macduff ―“atando cabos”, gritaba señalándome― me inculpó en público e inauguró oficialmente mi fama de cenizo. El muy imbécil mencionó también la final de la School Football Cup, cuando, tras ir ganando 5-1, el entrenador me ordenó saltar al campo a falta de diez minutos y acabamos perdiendo 5-6. Y después alguien recordó el incendio del laboratorio. Y lo de la piragua. Y más cosas.
Desde entonces, me rehúyen hasta los gatos. Así que he decidido soltar amarras y cambiar de aires. Y heme aquí, en Southampton, a bordo del transatlántico más seguro del mundo, en busca de una mejor vida en Norteamérica. Eso sí, como siempre, hecho un titán.
El agente H21 viajaba incógnito en el camarote 115 del Titanic. Llevaba consigo documentos diplomáticos de máxima importancia, por los cuales la Triple Entente trataba extender sus relaciones hacia los poderosos círculos políticos norteamericanos. Margaretha Geertruida Zelle y su guardia bien armado se habían embarcado al bordo del Titanic, bajo la identidad de una pareja hebrea recién casada. A Margaretha, este papel le resultaba muy díficil, porque se diferenciaba de su estilo de vida que la había hecho famosa. Era dependiente de lujo, de joyas extravagantes, de los bailes orientales, de su imagen de reina de la Belle Epoque. Bien vestida, con el rostro velado, sin maquillaje, era imposible que alguien la reconociera. Rudy, el guardia, no le permitía salir del camarote más que media hora, por la noche. Cuando ocurrió el desastre, Margaretha tuvo la suerte de encontrarse en la cubierta. El pánico la invadió y echó a correr hacia los botes salvavida. Rudy y los documentos se perdieron para siempre en los abismos del océano. Misión fracasada. Dos años después, estalló la Guerra. Margaretha volvió, pero nunca fue perdonada. Acusada por espionaje, la hermosa agente doble H21 (Mata Hari), fue condenada a la muerte y fusilada en 1917.
Pedro salió a la calle con su traje azul marino, el mismo que usaba como portero. Lo único que lo direrenciaba de su uniforme de trabajo, era la pajarita de color azul celeste que lucía tan feliz. Esa forma rumbera de cerrar el chiscón y la llamativa corbata no hacían más que acrecentar el chismorreo de los vecinos. “Que si era un sarasa”. “Que si tan mayor y soltero”. “Que adónde iría a las ocho de la tarde”.
Milagros, de medio luto, llegó puntual a la cita con Pedro en el salón de baile. En el Titanic o camarote 115, tal como lo llamaban sus clientes por su tamaño y porque ocupaba ese número de la avenida Principal. El local estaba solo a medio aforo y con una orquesta mínima, aunque entregada.
Disfrutaron su reencuentro como dos torpes enamorados, al ritmo de cumbia, el vals, el chotis o cualquier otra danza que bailaran. Milagros y Pedro se abrazaban otra vez, despues de treinta años. Y seguirían bailando toda la tarde y después toda la noche, hasta que parasen los músicos. Hasta que apagaran las luces y tuvieran que marcharse. Hasta que se hundiera el mismísimo Titanic.
—“Esa mujer es de mal agüero” —. Y una vez más, el temor supersticioso de los marinos le impidió encontrar pasaje, para ambos, en un barco con destino a New York.
Varados quedaron, sir William y su princesa egipcia en una fonda del puerto de Southampton. Bien se lo advirtieron: “¡deshazte de ella!” La última de sus víctimas, un prominente ex-empresario, terminó vendiendo fósforos en las calles, y varios otros se suicidaron. Pero él haría un nuevo intento por llevársela consigo.
Vendió la joyería de la princesa a un museo. Con el dinero, sobornó a un contramaestre. Obtuvo pasaje en un barco con fama de insumergible. El 10 de abril abordaron el Titanic. Ella cubierta de seda y con un velillo echado sobre las vendas del rostro. Él, arrastrándola por accesos incognitos de la nave. Camarote 115. Justo bajo el puente de mando. Arriba, las órdenes de un errático capitán, y unas millas más adelante un iceberg. El Titanic, herido de muerte, se sacudía de los pasajeros en el agua.
«Un último esfuerzo». Sir William consiguió subirla a un bote salvavidas. Y mientras él se hundía en la profundidad, la momia maldita de Amen-Ra se alejaba junto a sus nuevos acompañantes.
Southampton era una fiesta. Varias bandas de música amenizaban la espera hasta la hora de zarpar. Sonaron las sirenas y una serie de tracas y juegos pirotécnicos, costeados por la Corona, llenaron de luz y sonido una mañana más despejada de lo habitual. Ya en su camarote, se despidió de los mozos que le llevaron el equipaje, dejando un par de chelines en la palma de la mano de cada uno de ellos. Desenfundó su flamante Blickensderfer 5, colocó un desnudo papel en el carro y, seducido por el entorno marino en el que se encontraba, tecleó: «En ningún lugar está escrito que no se puedan encontrar dos islas a la deriva». No era un mal comienzo para romper el hielo, así que salió a conocer el barco. Se fijó por primera vez en el número de su camarote, el 115, al guardar la llave. No le decía nada, tal vez sirviera como título de alguna de sus futuras novelas. Entre timbas clandestinas y escaramuzas amorosas, tardó tres días en regresar al nido, dispuesto a descansar y a dedicarse a escribir en serio. Colocó el cartel «do not disturb» en la puerta y pensó que podría ser un bonito epitafio.
Llevas un mes sin salir de aquí y, aunque la ventana es amplia y hace sol, tú sólo ves un agitar de algas. Te sientas ante el ordenador y pasas las horas muertas, pero no eres un hikikomori o no te sientes como tal. Tú no huyes de la vida, al contrario, eras un luchador, tenías trabajo, un hogar, un hijo. Pero la galerna del destino hizo que todo se estrellara contra el iceberg de la fatalidad. Primero fue aquel producto financiero que te negaste a vender, por fraudulento. La empresa te presionó y acabó por relevarte de tu puesto. Tu mujer tomó tu rectitud por dejadez y la convivencia se quebró. Ahora vives de la sopa boba de tu abuela; ni valor has tenido para hablar con tus padres. Miras por la ventana y ves peces pasar, en lugar de golondrinas o estorninos. No te extraña y regresas a la pantalla del portátil, a ese Titanic que últimamente te obsesiona, y del que lo sabes todo, hasta el número de piezas de vajilla, o el origen de cada alfombra, o —no sería malo— el número de días que tardarán los buzos en llegar y liberarte de esta hondura.
Dejáis de bailar cuando cesa la música. Héctor te toma del brazo para llevarte a la mesa. Mareada por el champán que has bebido, sientes que el suelo se tambalea como si estuvieses en la cubierta de un barco, y agradeces la silla que con tanta amabilidad te ofrece. Héctor se sienta frente a ti. Del bolsillo de su chaqueta extrae un pequeño estuche, y, a través de la superficie ligeramente ondulada del mantel, lo empuja hacia ti con el dedo corazón extendido.
Y tú, que te creías invulnerable, después de las decenas de rosas que te ha enviado, de las ciento quince llamadas hechas al móvil para pedirte perdón e invitarte a bailar, ese gesto que no esperas, sobre todo después de vuestra última pelea, te acaba por desarmar.
Y te dices que Héctor puede querer controlar todo lo que haces, pero que no dejará de ser un romántico. Sacas del estuche un anillo de compromiso con un brillante duro como el hielo. Héctor, al tratar de ponértelo, golpea con él tu copa, y el champán inunda la mesa.
Y piensas que eso es un buen augurio, un presagio de lo feliz que te va a hacer ese hombre.
Mientras el gran barco continuaba hundido en abismos insondables, la habitación 115 navegaba feliz en un espacio indefinido de la galaxia.
En su lujoso interior los invitados aplaudían el más brillante espectáculo de escapismo de Houdini.
Faltaban minutos para su cumpleaños y quiso recibirlo con el mejor vestido. Comprobó que no era fácil arreglarse sola cuando abrochas un camino de botones en tu espalda. Se perfumó, se recogió el pelo, se colocó unos pendientes de perlas descuidados sobre el tocador…
El espejo le devolvió una persona nueva, y por un momento soñó que la vida fuera así.
Un atropello de pasos y voces recorrió el pasillo; anunciaban la evacuación del barco. “Es un simulacro”, tranquilizaban después a los alarmados pasajeros.
El mayordomo abrió el camarote 115 para comprobar que no quedara nadie, y encontró una chiquilla de apenas quince años envuelta en ropa de gran dama. Su cabellera roja de irlandesa le descubrió a Alice, la camarera de piso. La agarró por el brazo. Ella encogió el gesto para amortiguar el bofetón.
– Ponte un abrigo y sal a cubierta -le ordenó inesperadamente.
Alice comprendió que ahí acababan los simulacros y empezaban las apariencias. Ocultó su fragilidad bajo visones grises y avanzó con paso firme entre la desesperación. Ya en un bote, vio a lo lejos algo en lo que nadie parecía reparar: en medio del mar, a la deriva, un colosal espejo de hielo.
Conocías mi desasosiego, mi rechazo al mar, pero también ese amor insano que me unía a ti. Por eso compraste los pasajes sabiendo que te seguiría.
Desde aquel día conté los segundos que faltaban para la partida.
La fecha prevista embarcamos. Camarote 115. En la velada del 14 de abril de 1912, tras la cena, recorrimos la cubierta principal disfrutando de una noche oscura y calma, al fondo la música alentaba nuestro, cada vez más intenso, deseo. Tras cerrar la puerta de nuestra camareta, comenzábamos a devorarnos cuando en tus ojos pícaros una chispa reveló caprichosas intenciones, querías una botella de champagne, no podía negarme y salí maldiciendo mi suerte; el pulso acelerado, el cuerpo sudoroso y mi intimidad palpitante que pugnaba por reencontrarte. Copas, botella, ilusiones, resbalaron por babor. A estribor un golpe seco, gritos y esos acordes que desdibujando mi futuro, dibujaron tu silueta inalcanzable e indeleble para siempre.
Y ahí permaneces, recordándome que lo sabes, que los años transcurridos no han borrado mi necesidad, que la debilidad me golpea a diario dejándome sin respiración, ahogándome contigo bajo esas frías aguas a las que no te pude acompañar.
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