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El rumor se movió por el salón como cualquier otro invitado y fue de corrillo en corrillo haciéndose más grande hasta posarse en sus oídos. Entonces, fijándose en cómo bailaban, entendió su empeño por el camarote 115 y abandonó la fiesta. Llegó a él perturbada y compungida. Abrió su baúl para vaciarlo y, así, quedaron esparcidos por toda la habitación los atardeceres en el Támesis, los sueños campestres o la felicidad prometida. Luego se desprendió del vestido, de sus joyas y, dado que le quemaba, se liberó de su alianza recién estrenada para arrojarla al olvido.
Desnuda, se tendió en la cama y se topó con el poemario que él utilizaba para encandilarla; pero en vez de hacerlo añicos, quiso fustigarse. Inició su lectura por unos versos al azar, que ya no le parecieron románticos. De inmediato, escuchó su voz, recitándole y sus ojos se humedecieron. Una lágrima roció la página, emborronándola y ya no se pudo contener. Empezó a llorar con amargura, a derramarse, a rebosar la estancia con sus lamentos hasta que su cuerpo se licuó por completo e, igual que un río tras un gran aluvión, se desbordó.
Horas después, se hundía el Titanic.
Cien años después de la catástrofe del Titanic, el sónar de un submarino captó un mayday, mayday cansino y angustioso desde la habitación 115 del maltrecho buque.
Nadie advirtió la presencia de unas burbujas junto a una botella de champán, sólo la existencia de una inusual colonia de peces payaso por la primera cubierta.
¿Cómo sigues, viejo? Me propuse no decírtelo, pero ya da igual. Supongo que tú ya lo sabes, que lo has adivinado. Mañana te van a llevar a Rosyth. Te remolcarán hasta allí para… ¡Cabrones! Toma, viejo, toma un trago de whisky. Nadie se preocupa de nosotros. Cuando nos salen arrugas o nos cubrimos de herrumbre, nos mandan al desguace. ¡Maldita sea, viejo! Ya nadie recuerda que ganaste la banda azul. Hace años que no se habla de eso. Y esos yanquis que transportaste durante la guerra… Tampoco ellos quieren saber nada de ti. El periódico decía que iban a llevarte a América. Pero era mentira. Sólo te despojaron de todos los muebles, viejo, de las escaleras, de los paneles de madera… Se me saltaron las lágrimas cuando vi lo que te hacían. Ojalá te hubiera torpedeado un submarino alemán. Entonces no te habrían olvidado. ¿A que estás de acuerdo conmigo, viejo? O, mejor, deberías haberte hundido en tu primer viaje… Decían que eras insumergible, viejo, insumergible. Tenías que haber chocado con otro barco… O con un iceberg.
Aferrada al travesaño de la cama, espera que la sirvienta termine de ajustar el corsé.
—Señorita, afuera hay un día espléndido — comenta la mujer, tirando de los lazos.
Afuera hay un día espléndido, ¿por qué no?… Salir a cubierta… Disfrutar del viaje de Southampton a New York… Si, por toda libertad, le queda este tiempo entre muelles, debería aprovecharlo.
La sirvienta le asegura el sombrero y remata su cintura con un moño. Cuando empieza a preparar al perro, ella se saca el anillo y lo guarda en un cajón.
Su pequeño Yorkshire la espera quietito, los ojos brillantes. Correa en mano, abandona el camarote: una mantarraya le tapa el sol.
Se juraron amor eterno, e iniciaron una vida conjunta, empezando por un viaje hacia el nuevo mundo, donde esperaban prosperar y tener un futuro familiar pleno.
No dejaba de ser un viaje de novios, donde la luna de miel, empezaron a comerla justo al encerrarse en su fabuloso camarote.
La travesía era fría, pero abrigándose con sus cuerpos, no notaban lo que las heladas aguas desprendían.
A pesar del bullicio, los gritos, correrías y avisos, siguieron en su camarote, ajenos a todo ello, concentrándose en su mutuo conocimiento.
Cuando años más tarde, los exploradores marinos, consiguieron adentrarse en el pecio marino más deseado, contemplaron admirados toda la belleza que aquel navío atesoraba.
Lo que más les sorprendió, fue encontrar aquella pareja totalmente entrelazada, en el camarote 115 del Titanic, el único habitado.
El Titanic II esperaba en el puerto, indiferente a los malos augurios. Quien decidió ponerle nombre a aquel mastodonte marino sabía que solo los menos supersticiosos osarían emprender aquel viaje. Tendrían que alcanzar un destino que había quedado varado en el tiempo. Algunos, como Miguel, pretendían demostrarse a sí mismos que existían las segundas oportunidades con final feliz. Su matrimonio, esa frágil nave que había zarpado diez años atrás, hacía agua, y estaba a punto de irse a pique. Con la esperanza de poder reflotar la pasión perdida, decidió ofrecerle a su desencantada esposa una metáfora de su propia vida en forma de pasajes de embarque. Eligió un camarote con el día de su aniversario, un once de mayo grabado en su memoria como el más feliz de su existencia, y, como un adolescente enamorado, esperó en la habitación a que ella llegara. Nunca lo hizo.
Nadie la vio descender por la pasarela y abandonar el barco; pero es imposible ignorar que los acontecimientos siempre van encadenados, y, mientras una profunda grieta rasgaba el corazón de uno de los pasajeros, un fallo de soldadura abría una descomunal vía de agua en la bodega del trasatlántico.
La puerta estaba entreabierta. Por la estrecha rendija se observaba un espejo donde un cuerpo glorioso se deshacía en ardientes contoneos exhibiendo una pálida desnudez propia de las ninfas más bellas que cualquier ojo humano haya tenido el privilegio de ver. Advirtió mi presencia porque, rápidamente, intentó cubrirse presa del rubor. Me aparté discretamente de la entrada con la agradable sensación de que el camarote 115 de aquel lujoso transatlántico me acababa de abrir las puertas del mismísimo cielo. Tal era mi grado de turbación que apenas reparé en el reguero de agua que discurría por los pasillos de acceso a las suites hasta que comencé a advertir la humedad en mis pies. Desconcertado por el descenso precipitado que experimente en mi regreso a la tierra, solo pude constatar como un infierno helado se abría paso hacia mí.
Mi mujer siempre dijo de mí que era un hombre frío, como me lo comentó de ella cuando nos la cruzamos en cubierta. Sin embargo, en cuanto nos miramos, nuestros ojos se encendieron.
Hoy, haciendo caso omiso de las carreras y de los gritos, nos zambullimos el uno en el otro; y mientras el barco se mueve y hace que nuestros cuerpos bailen sobre la cama, peleamos el frío del agua con el calor de nuestros besos.
Ya queda poco. No tenemos mucho tiempo.
Nos ahogamos el uno en el otro, nos fundimos en un abrazo, buscamos oxígeno en la boca del otro persiguiendo ser uno, siéndolo.
Vestido con su mejor smoking, cruzó la entrada del suntuoso salón del barco temeroso de lo que iba a encontrar. Todos estaban allí sentados, esperándole, disfrutando de la cena de gala, y entre todos ellos, mirándole con reproche resplandecía Sofía.
El corazón le dio un vuelco.
— ¿Dónde te habías metido Charles? —le preguntó el señor Smith. —Sofía estaba a punto de salir en tu búsqueda.
Él no respondió, fue directamente hacia su mujer besándola con pasión en los labios, hasta que ambos sintieron que les faltaba la respiración.
Durante la velada, algunos invitados mencionaron que no se escuchaban los motores, también que el barco parecía no moverse.
Más tarde, bajo las lámparas de cristal, bailaron al son de la música muy pegados, para terminar en la puerta del camarote 115.
Tras la batalla de caricias, Sofía apoyó la cabeza sobre su pecho y susurró que estaba embarazada. Charles lloró lágrimas amargas.
Miles de metros por encima del Titanic, en pie sobre una lancha que permanecía estática sobre las olas, un empleado contratado para tal fin, sostenían entre sus manos una Urna vacía.
No había familiares, Charles, incapaz de superar la muerte de Sofía en el hundimiento, nunca volvió a casarse.
Cada madrugada contempla fascinado cómo el trasatlántico vuelve a estrellarse contra el iceberg en el fondo del vaso de bourbon. Y ni siquiera los gritos desgarrados de la muchacha del camarote 115, la que tiene los mismos ojos dolientes de Lucía, consiguen hacerle abandonar el deseo de hundirse para siempre con él.
—Su nombre, por favor —el primer oficial del Carpathia posa la mirada en la gargantilla de diamantes —lady…
Ella se envuelve en el abrigo y tiembla al recordar al monstruo hundiéndose. Siente en sus huesos los codazos y empujones que le han arrastrado por cubierta hasta el bote salvavidas. Regresa la angustia de correr a trompicones por el laberinto de pasillos y cubiertas. Recuerda haber cerrado la puerta del camarote, cogido los diamantes y los ojos incrédulos de Maurice. El calor del odio y la fuerza del desprecio. El coraje de ser madre y la humillación a los bastardos. Descubrir que el deseo no es amor y que frac y cofia viven en cajones separados. Maurice aferrándola por el brazo, «Deja eso, saca de aquí a mi esposa, salva a mi heredero». Su señora llamándola «Melany, muchacha, reacciona, el barco se hunde, ayúdame con las joyas». El sobresalto del impacto, dicen que contra un iceberg, la devuelve a la realidad del día después.
—Madame Chevalier —balbucea palpándose el vientre —y el futuro Señor de Lautrevié —de un bolsillo extrae la llave 115 prueba de su futura identidad. En el otro aprieta las tijeras de su pasado.
— Extra! Extra! Sepa todo sobre el hundimiento. El Titanic. Extra! Extra!
Un escuálido muchacho de cara sucia voceaba ofreciendo ejemplares del Daily Herald a todo aquel que quisiera comprarlos.
El pequeño Adrien se paró en seco, ¿Titanic? Echó a correr hacia el vendedor de periódicos y al chocar con él simulando un accidente fortuito le arrebató el ejemplar que blandía en alto.
Siguió corriendo hasta su apartamento, casi al otro lado de la ciudad y entrando como una tromba lo dejó sobre la mesa. Su madre empezó a regañarle, al tiempo que intentaba impedir que varios carretes de hilo de su costura salieran rodando y cayeran al suelo.
Pero se detuvo al leer las palabras que sobresalían en el titular, hundimiento, Titanic.
Pálida se abalanzó sobre el papel, y leyó impacientemente sin dejar de murmurar: August, mi August. Maldito y orgulloso cabezota.
Buscó su chal, cogió de la mano al niño, sin ver que aún no había recobrado el aliento y corrió escaleras abajo en dirección al puerto.
Todas sus esperanzas, todo su dinero, viajaban en el camarote 115 del barco.
Rezaba para que al menos las heladas aguas no se hubieran tragado también a su marido.
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