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Al ver la cara de Thomas, Alice se alarmó, intuyó que algo preocupante le ocurría. Todo estaba prácticamente ultimado. La boda, por fin, se celebraría el próximo 15 de Abril, en la catedral de San Paul. Coincidiendo con el 25 aniversario del fallecimiento de sus padres y su propia supervivencia, en el hundimiento del Titanic. Su padre, al parecer, quedó a la espera en cubierta. Madre e hija abordaron uno de los botes salvavidas. La madre pereció al caer de la embarcación, su hija permaneció en el interior. Así lo relataron las dos ancianas londinenses que la protegieron. Gracias a la etiqueta de su maletín: «Alice Bradley. RMS. Titanic. Camarote 115», con un año escaso, desde entonces se crió bajo la tutela de sus abuelos maternos.
Thomas la entregó el papel amarillento y tazado en sus dobleces que iba abriendo. Comenzó a leer: » RMS. TITANIC. TELEGRAFÍA. Me dirijo a Nueva York. Pasaré una larga temporada. Siento no estar en el nacimiento de nuestro hijo. Os cursaré una pensión vitalicia. Camarote 115 – 11 p.m. 14 de Abril de 1912. Enviado: Thomas Bradley.» Lo encontró por casualidad, entre unos libros de la biblioteca de su madre.
Con la policía pisándole los talones, logró colarse como polizón en el barco.
Con la maleta cargada de mentiras por contar y pastillas para dormir, buscó una presa fácil. Una piel poco tersa que se dejara embaucar por su sobrada juventud.
El fulgor de las joyas en su pecho fue el reclamo. Para ella fue suficiente un cruce de miradas, el tintineo de las perlas ya olvidado del pálpito agitado.
El camarote fue su refugio, para ella el edén.
Un par de copas para distender, besos clandestinos para conquistar, las suficientes confesiones como para saber que viaja sola y un disparo silenciado entre la almohada.
Ahora la arrojaría al mar, se acostaría en la cama deshecha, y trataría de vencer la batalla al maldito insomnio; ése que cada noche le acerca la brisa de su piel; ese que le hace tener alucinaciones, como la de esa montaña de hielo que parece acercarse cada vez más.
La travesía estaba resultando perfecta y el capitán estaba seguro de que el Titanic iba a hacer historia. Por unas horas iba a olvidarse de todo y descansar en su camarote.
Al cabo de un rato llegó el camarero con una bandeja, seguido de dos camareros más que le ayudaban a traer algo de cena y bebida que el capitán había encargado. En ese mismo momento, entró por la puerta su sobrina acompañada de su novio y un amigo de éste, para saludarle, pues no le había visto en todo el día. Dos de los oficiales también entraron para consultar algo referente al puente de mando. Los miembros de la orquesta, que se dirigían a cubierta, al ver la puerta entre abierta fueron pasando uno a uno para ultimar unos detalles sobre la música elegida para esa noche. El jefe de máquinas quería informarse sobre la ruta a seguir al día siguiente y también fue para allá. No cabía ya nadie más y alguien bromeó con que si entraba otra persona hundiría el barco.
Justo cuando llegó un camarero, con el hielo que faltaba, el barco comenzó a inclinarse hacia ese lado donde momentos antes nadie había avistado un iceberg.
Abrió los grifos al máximo y taponó los desagües; selló con silicona puertas y ventanas y, por si acaso, colocó toallas en la rendija de la puerta. Cuando el agua desbordó por las orillas de porcelana, se vistió con su mejor traje, se preparó un gintonic y se sentó a esperar.
Con un caudal aproximado de tres metros cúbicos a la hora, multiplicados por los cinco grifos que había en el piso y estimando nula la filtración… Sus cálculos no eran muy precisos, había demasiadas variables, pero sabía que necesitaría algo más que las tres horas que tardó en hundirse el Titanic. De todos modos el tiempo no le preocupaba; contaba con que el puente de la Purísima mantendría alejados a sus vecinos del segundo y del primero; y para cuando las goteras asomaran en los bajos —donde vivía el conserje —él ya habría hundido el barco.
Al atardecer, un iceberg escapado de la nevera atravesó el salón y fue a estrellarse contra el televisor. El capitán resistía en su puesto de mando.
Nunca se consideró digno de que alguien lo recordara, ni vivo, ni muerto. Se acostumbró desde niño a esconderse, a caminar pegado a las frías paredes de los orfanatos de su infancia para evitar humillaciones, a transformar su cuerpo en cobijo y retiro del mundo y de los que lo habitaban. Jamás se enfrentaba a nada y se convirtió en un experto de la huida que detectaba el peligro en la distancia del tiempo y del espacio.
Se esforzaba en pasar inadvertido, corría entre la niebla si escuchaba gritos de alguien que pudiera estar en peligro entre los callejones del astillero. Cuando llegó el tiempo de las huelgas salvajes se hacía el herido y se arrinconaba entre las sombras trasatlánticas.
También quiso escapar de su propia vida y consiguió subir al gran barco. La pericia de su cobardía le valió para anticiparse a todos. Entró en el camarote 115 se disfrazó y subió de los primeros a los botes salvavidas donde el marino gritaba “las mujeres y los niños primero”.
Cuando alejados del Titanic que se hundía por la popa, se quitó la peluca en un descuido, las demás mujeres, sin dudarlo, lo arrojaron a la oscuridad del mar.
El cielo estrellado se extiende sobre las aguas calmadas como un velo de plata y el horizonte se pierde en la inmensidad del océano. Una noche cualquiera!!!.
Retrocedo en el tiempo y me deslizo en el interior del Titanic, miro con ojos asombrados, la grandeza, el lujo, el glamour y el esplendor de todo lo que me rodea. Historias escritas sobre papel sepia, rostros que me contemplan a cientos de años de distancia, imágenes que titilan ante mí como si tuvieran vida propia, sueños envueltos en papel de celofán en busca de un lugar lejano y una vida mejor. Una especie de euforia se agita en el aire aposentándose en cada recoveco del barco.
Y en el camarote 115 de Titanic, se urde una historia, un sueño escondido debajo de la almohada que intenta hacerse realidad pese a las adversidades, una bella historia de amor condenada a naufragar bajo las aguas.
Cierro la puerta con fuerza y me alejo apresuradamente de allí, la noche del 14 de abril está cayendo del calendario, un impresionante iceberg avanza lentamente para arrastrar un pedazo de nuestra historia.
Un tiempo lejano y una noche cualquiera!!!!.
Entre el 113 y el 117 no hay nada. El camarote perdido se oculta en algún lugar del buque a donde nadie llega. Los planos disimulan cuando se les consulta sobre la anomalía. En el interior de esa estancia los murmullos aletean ante la comparecencia del libro de bitácora, llamado a testificar. Este, como un títere en una pesadilla, se sorprende contestando maquinalmente a todas las preguntas que se le formulan. Tras su última respuesta la sala se convierte en una jauría de voces. El mazo de la jueza repiquetea insistente hasta lograr detener el tsunami de palabras. Todos miran hacia la mesa ante la que se sienta una noche de mar, vestida con una toga de niebla.
La defensa corre a cargo de un faro irresoluto, mientras la fiscalía, un gran carámbano, se muestra conciso y frío. Tras los alegatos, el jurado se retira a deliberar. La estrella polar, la marea baja, la deriva, el coral y la isla desierta comparten la misma opinión, mientras que la cornamusa, la brújula y el ancla argumentan en contra. Finalmente hay unanimidad: el Titanic es culpable.
Se ejecuta la sentencia y un gran crujido estremece al mundo.
El Titanic, auténtica ciudad flotante, surca veloz las aguas del océano Atlántico. En el camarote 115, Elizabeth Dowdell contempla el dulce dormir de Virginia, la niña que tiene a su cargo y que deberá poner bajo la custodia de sus abuelos en Nueva York. Al tiempo que la arropa delicadamente, sonríe al ver los ojos también entornados de la muñeca que la chiquilla abraza junto a su pecho. Recuerda las palabras firmes de la niña a una compañera de juegos: “Siempre le pongo lo que ella me pide”, y observa que la muñeca viste bañador en lugar del camisoncito de noches anteriores, dejando al descubierto su pequeña figura moldeada en celuloide.
Elizabeth se dispone a meterse en la cama, cuando un golpe seco hace temblar el camarote durante unos segundos interminables. Desasosegada, piensa en salir al pasillo para ver qué ocurre, pero antes comprueba que Virginia sigue dormida. Olvida a la muñeca que, a pesar de mantener la posición horizontal, tiene completamente abiertos sus vidriosos ojos verdes.
Mientras, en el camarote de al lado, Milton Long observa sobresaltado su copa de whisky hecha añicos en el suelo, de la que tan sólo los cubitos de hielo han conseguido salir indemnes.
Hoy toca barrer el polvo de estrella de mar que se está acumulando en los rincones. Ya he recogido los pétalos marchitos de las anémonas que se posan sobre los veladores y también he devanado las algas para la labor. Me hubiera gustado abrir el ojo de buey para ventilar, además de para espantar a los enjambres de pececillos que no hacen más que estorbar, pero la señora siempre se queja de la humedad y me riñe con voz burbujeante. ¡Qué carácter tan insufrible! Cuando el viento sopla a favor me pide, zalamera, que le coloque conchas en el cabello y que le cosa corales en el vestido para la cena de gala, pero luego dice que hace demasiado frío y no se atreve a subir a cubierta. Las sobremesas se nos hacen eternas, así que dormitamos con el rítmico roce de los bloques de hielo contra el casco hasta la hora en que empiezan a sonar los acordes de los músicos, que son nuestra única distracción desde hace más de cien años.
Déjame ir, María. Sólo quiero mirar el mar y amanecer solo.
Que me despierte el alba y no tu ruido, que me sonría la luz sin oír tus gritos ni bien el sol asoma.
Quiero pensar, rescatar mi vida de tus duras garras.
Deshacerme de tu olor rancio y fatigado.
De tu risa sin sentido, de tu amargura profunda.
Déjame partir María.
No te vayas tú, me voy yo. Despacio, sin alborotos ni juramentos.
Quiero deslizarme entre las sombras sin ser descubierto.
Quiero oír mi propia voz y reencontrar mis pensamientos.
Necesito alejarme de tu impetuoso cuerpo. Quiero empezar de nuevo y ser yo otra vez.
No importa si me pierdo en el camino.
No importa si caigo en una zanja y me estoy allí un tiempo, encogido, recuperando mi propia fuerza.
Déjame ir María.
Déjame salir por esa puerta y perderme en el aire fresco de la mañana y que llegue la noche y me encuentre quieto, cavilando.
Rastrearé mis huellas del pasado, algún brillo propio habrá quedado de ellas y habrá hecho camino.
Por su ruta imprecisa llegaré a mi barco.
Encontraré mi cama y allí, junto a la ventana que mira el mar, quiero morir solo, feliz.
Solo.
En el puente de mando del Ttitanic el capitán seguía aferrado al timón mientras se volvía a colocar bien la gorra. En el bar un camarero sujetaba la copa del único borracho que quedaba sentado frente a la barra, dándole la misma inclinación que había tomado el barco. Aquellos dos castos jóvenes por fin estaban juntos en aquel largo banco aunque la chica interponía entre sus labios un abanico blanco de madera. La orquesta seguía tocando, amontonados, mirando con cierto respeto al piano que amenazaba con seguir su misma trayectoria. El chico de mantenimiento movía los cuadros hasta ponerlos rectos respecto al nuevo horizonte. Y todo esto pasaba mientras que en el camarote 115 un as de picas empezaba a emerger de la manga de mi chaqueta. Los molestos cigarrillos, a medio apagar, empezaban a flotar. Todos teníamos en los parpados pequeñas burbujitas de aire y mirábamos absortos al infinito. Nos esforzábamos, sin mucho existo, en aparentar que estábamos vivos.
A eso de las dos de la mañana, se hunde en el Ártico la criada de segunda Mary Stewart, que ha caído por la borda empujada por Lord Worcester en su afán por salvarse. Entonces, varias familias de atunes, nada pretenciosos parroquianos de las aguas superficiales, se arremolinan a su alrededor para dar cuenta del menú de tercera clase que se les obsequia cual catering en el estómago de la muchacha: pan sueco, patatas asadas, plumcake, pudding. Puede consumirse de todo con largueza, pues pronto cesan los gritos de auxilio y el molesto pataleo.
Media hora después, como corresponde a la alcurnia y la etiqueta, llega Lord Worcester, directo a las profundidades abisales. Veamos la carta: Hors d’oeuvre, filet Mignon, pathé, asparagus. Esto es otra cosa. Un selectísimo grupo de terribles criaturas, medio ciegas, transparentes, da buena cuenta del inesperado festín sin que les incomode en absoluto toda la farfolla de oro, organdí, y perfumes con que llega adornado tan aristócrata recipiente.
Saciados todos, nadie prestará atención a la legendaria orquesta, ni siquiera al prudente capitán Smith que, pese a sus años de carrera, llegará el último. Nada se perderán los peces porque el oficial, desganado, apenas había probado bocado.
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