Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

118. Guerra y pan

Jeremy había dejado de llorar. No eran lágrimas ya. Sólo unos  brotes de humedad en las mejillas. Llorar a los 45 es un gesto noble, pensó. Los ojos quedan regados, el agua nos pertenece. La escopeta aún le transmitía calor, pegada a su regazo como un animal desvalido. Volvió a disparar y en un toque de buena puntería el coronel Ford cayó al suelo. Sus huesos macizos, cartílagos y vísceras, colgaban ahora en péndulo sobre el hombro de Jeremy.

El camino se le hizo largo. Barro y soldados muertos. Lombrices de tierra y babosas manchadas de sangre en los labios morados del coronel Ford. La boca entreabierta. Silencio y ausencia de latidos.

Unas horas a paso constante y Jeremy avistó su casa y las zancadas de los niños a su encuentro. Pequeños, despeinados, con mocos y manchas de resina, pies ennegrecidos por la falta de zapatos. Tardaron un instante en preparar la lumbre. Sonreían, aliviados.

Los primeros bocados resultaron insípidos y demasiado duros. Jeremy hurgó entonces entre las costillas del coronel y doró la carne a la lumbre por ambos lados. Los niños masticaron el filete con desconsuelo. Mucho mejor, pensaron, el estómago queda saciado, el pan nos pertenece.

Àngels García

 

117. Alzamiento (Anna Lopez / Relatos de Arena)

Cada vez que se acerca alguien entorno los ojos cómo si lo observase a través de la mira telescópica del fusil; al menor ruido me llevo la mano al bolsillo y acaricio la navaja, dispuesto para el cuerpo a cuerpo; y por la noche, monto guardia en el comedor y, cada dos horas, hago la ronda y aseguro el perímetro.

Mi mujer hace dos meses que me abandonó. Decía que no soportaba vivir en estado de alerta. Pero yo no pienso rendirme sin lucha, estoy preparado para defenderme. ¡Que vengan! ¡Que traigan la orden de desahucio! ¡De esta casa no me saca ni Dios!

116. Quizás (Gabriel Bevilaqua)

Morir en combate era realmente divertido. Y no había nadie en el barrio que lo hiciera mejor que Matías y yo. A tal punto que muchos de nuestros camaradas nos pedían consejo, y empezamos, por así decirlo, a tener discípulos. La frivolidad del éxito no vaciló en abrir entre nosotros una competencia feroz e inesperada. Ganamos en teatralidad, en agonía, en meditados discursos antes del aliento final. Pero perdimos, casi sin darnos cuenta, nuestra preciada amistad. De un día para el otro dejamos de compartir pupitre. Y de saludarnos ―sólo lo hacíamos, y con una cortesía desbordada de odio, en el campo de batalla―. Durante meses vivimos esclavizados a esos meros instantes de gloria que nos proporcionaba la ficción de la muerte. Hasta aquella remota tarde en que Matías arrancó un cerrado aplauso de todos y cada uno de los combatientes, y ya no se levantó más. Aquella tarde también fue mi última batalla; quizás porque disparé la bala que detuvo su corazón… o quizás porque supe que jamás podría reunir su coraje.

115. DE CINE

-¡Cooorten! ¡Vale, es buena!
-Quince minutos para desayunar y volvemos.

Esto del doblaje ya no es lo que era, aunque a veces pienso si realmente algo fue. Desde la incursión de la informática en la academia que ni sangre ni fuego ni balas de fogueo. Nunca antes había actuado tanto como ahora. Es complicado hacerse uno a la idea de la escena que estamos rodando. Y eso que no llego ni a secundario. Te lanzas al vacío, saltas desde un tren en marcha, recibes todo el impacto de la metralla, todo a sólo un palmo del suelo. Ni arnés ni cuerdas ni nada, todo delante de una pared verde o azul según el croma de esa mañana. Y pienso, ¿para qué me necesitan?

En cambio, esta película me agrada, a la antigua, con pocos recursos dicen. Terminada la batalla y ya ves, lleno de sangre que no mancha, arañazos que me pinta Ana, sucio y embarrado como si hubiera estallado cerca una granada. Esta vez he disfrutado, quince minutos de rodaje ininterrumpido con una sola cámara, de autor creo que lo llaman. Quedará bonita esta película, ¿el título dices? Primer lunes de rebajas.

114. Penélope y las caracolas

PENELOPE Y LAS CARACOLAS

Teje despacio, en la orilla serena de la azotea del séptimo piso sin ascensor del arrabal más olvidado de  la ciudad, fuera de toda periferia.

Es la única ocasión que tiene de expresar la espera, allí, sin la  mirada de las vecinas que la ven como una mujer sola, abandonada por el único hombre que quiso, total por la fama. Ellos y la fama, siempre son compatibles.

Quiere tejer, quiere destejer, quiere esperar, lo quiere, lo quiere a voces desde la terraza, en la madrugada, para que nadie lo sepa, para que nadie la compadezca, lo quiere antes y después de sus batallas.

Se ha hecho amiga de todas las caracolas de aquella orilla, que se mantienen alerta por si lo escuchan regresar mientras ella sueña. Que no lo sepan las vecinas.

Y lo supieron en el duermevela de la asfixia de la tarde, al verlo llegar en un Cadillac americano, rodeado de sirenas caribeñas dispuestas a no esperar a nadie, a no tejer el tiempo,  a romper las caracolas.

Y se fueron, ellas y el afamado guerrero, por no detener el paso de los días de un arrabal sin pretensiones, sin espacio para el brillo de la fama.

113. RENDICIÓN (Antonia)

Las plumas ponían alas al aire en la luz rojiza de la habitación.

Empezaron, como siempre provocándose con golpes suaves, entre risas y caídas sobre el  suelo alfombrado y cálido, hasta que las almohadas se tornaron en instrumentos de  batalla.

Lucha sin tregua hasta que las armas se desmoronaran en frágiles proyectiles  albos.

Fue el roce de los dedos retirando una pluma del cabello, la caricia de unas yemas rescatando otra de los labios,  la tibieza de de los cuerpos, la cadencia de las respiraciones, el brillo de los ojos entelados ya por el deseo, y comenzó otra batalla.

Ni una sola brizna separando sus manos, sus senos.

Rendidas, desnudas bajo la lluvia blanca.

112.- La conquista de Iván

“Sole, mañana subiremos en mi Vespa a ver las rocas donde anidan las gaviotas en la playa de San Martín” le dijo Iván tímido y enamorado una tarde de primavera.

Bajo el impulso de la valentía, tenía el propósito de conquistar el cuerpo de su chica a la vez que descubriesen juntos los acantilados.

Llegaron a lo alto del risco por caminos estrechos y empedrados; era tan inmenso el silencio como salvaje el paisaje.

Al descender por los bancales, Sole le tendió la mano; fue su primera toma de  contacto. En el borde escarpado y rocoso, él se arrimó y ella se dejó abrazar al asomarse al abismo y escuchar los graznidos- himno para arengar el inicio de la batalla- descendieron por el barranco con las manos entrelazadas  y al llegar a la orilla de la cala, como quien cruza la línea divisoria, la besó en los labios y a ella le supo a gloria. El paseo por la playa encendió el deseo explorador y tumbados en una dunas a barlovento, una brisa los cubrió de arena y construyó un campamento fortificado para librar el combate cuerpo a cuerpo.

111. ALGO QUE SE ATRAGANTA

Te quedas unos segundos contemplando la cadavérica postura del recién ejecutado. Olvidas de golpe todos los poemas que conocías, los ríos y mares que te había enseñado y hasta la tabla de multiplicar. Sabes, además, de algunas palabras que jamás volverás a pronunciar, y regresas junto al resto del pelotón con esa mirada tartamuda que te va a acompañar ya para siempre. Te guardas una bala para cuando acabe esta guerra.

110. LA BATALLA PERDIDA

Don Nicomedes, a quien cuidé en sus últimos meses, pasaba los días sentado en una mecedora junto al balcón.
A su lado, sobre una mesita camilla había una caja de madera labrada. Cada tarde me pedía que se la entregara. La ponía sobre su regazo y la abría. Con la delectación que reflejaban sus lagrimales, acariciaba cada una de las condecoraciones que en ella guardaba y que hablaban de su valentía en el combate. Y me relataba una y otra vez aquella batalla, la más grande de todas y que habían ganado los suyos. Los buenos.

Don Nicomedes falleció hace un mes. En el reparto de su escueta herencia me correspondió la caja de su nostalgia. En su interior había cinco medallas. Las saqué y las dejé sobre la mesa camilla. Quizás podría sacar algo de dinero si las vendía. Antes de cerrarla observé un papel que amarilleaba de puro otoñal. No pude evitar la curiosidad. Era del Ministerio de la Guerra. La letra, desvaída en algunos tramos, se perdía en disquisiciones. Hasta llegar al final donde se podía leer con claridad la palabra cobardía.

109. En el nombre de Dios Nuestro Señor. (Montesinadas)

Caminé desde los infiernos sobre tus pisadas hasta llegar a tu lado. Sobre el campo de batalla, miles de  cadáveres, hombres ahorcados, lanzas tronchadas, puntas de flecha semienterradas y dedos cortados aún con movimiento. Las almas de los moribundos desguarnecidas, aleteando sin rumbo  preciso, cabezas cercenadas rodando por la ladera de la colina de hierba derrotada y el espíritu de la rendición oculto tras cada piedra.

No habrá piedad con los cautivos que serán obligados a desmembrar y comer a los muertos de su bando y luego, entre ellos mismos, para evitar la herejía de un entierro y su llegada al paraíso como mártires. Al atardecer, en tu nombre, se largarán a los perros bendecidos sobre los trozos de carne que aun floten en el fango.

En la próxima batalla, permitirás la violación de vírgenes sin importar su edad temprana, propagarás la doctrina escrita en los cascos de los caballos y por la fe verdadera, proclamada a sablazos, se levantarán más templos sobre los esqueletos de los infieles. Y si fuera necesario, se abrirán los cielos para sitiar, bajo la fuerza del sol o de las tinieblas, al nuevo enemigo, porque tú siempre estarás sediento de sangre.

 

108. MIMETISMO (Beto Monte Ros)

A Gregorio, en el barrio lo llamábamos el insecto y no supo que lo era hasta que salió a explorar el mundo más allá de sus antenas. A la primera chica que conoció le provocó miedo, o quizá fue repugnancia. Entonces descubrió que su aspecto y un ambiente apropiado eran armas que podría utilizar a su favor. Poco a poco se adaptó al medio y para sobrevivir utilizó todos los recursos que el instinto le proveyó. Podía ser venenoso para sus enemigos más pequeños pero para atrapar a presas mayores era un experto en camuflaje; no estaba consciente de que, para los de su especie, la vida es breve, especialmente cuando se mueven entre la inmundicia. Tras batallar con los avatares de su vida logró escalar a un rincón en las alturas; donde creyó haber encontrado un buen refugio, solo tenía que cuidarse de algunos pájaros que volaban más arriba. Viviendo allí se sintió solitario y un día miró hacia abajo, fue cuando se dio cuenta que tendría que bajar, aunque sabía que, irremediablemente, sería devorado en el hormiguero.

107. EL INGENUO OBSERVADOR

Aunque el verde sea el más pequeño no deja de ser enorme. Los tres dragones se afanan en la contienda con una rabia pretérita que en el presente se desborda y magnifica. Las garras, que no son de atrezzo, van provocando sangrías que tiñen de ocaso un amanecer que pudo ser el preámbulo de un día cuanto menos plácido.

El negro, tal vez por unos reflejos defensivos ya disminuidos por la avanzada edad,  ha sido alcanzado gravemente y cae hacia las rocas con parte intestinal al aire. Y es así como la pelea queda solo entre dos.

El dorado intenta hacer prevalecer su mayor tamaño, pero la velocidad del verde escorándose repetidas veces a los lados de su cabeza acaba por dejarlo ciego con acertadas llamaradas. Espera temeroso el golpe definitivo, pero antes de que eso ocurra, el supuesto vencedor ya esta viendo dos dragones más que se aproximan por el profundo valle para que la batalla comience de nuevo.

Juan está en su tiempo de descanso; un café en la mano; la mirada perdida, y el cuerpo inmóvil. Al acercarse un compañero, él le regala una sonrisa forzada antes de escuchar la consabida frase: ¿Que tal “Hombre tranquilo”?

 

 

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