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Nunca llegó a entrar el agua, nunca fue colonizado por corales o anémonas ni visitado por pez alguno. Permaneció intacto, ajeno al frío del hielo traidor, a los gritos, al pavor, a la muerte segura. Dentro, sonaba incesante un violín que espantaba la tragedia, manteniéndola al otro lado de esta realidad. Allí se gestó el amor más profundo; un amor azul y esculpido en sal que nunca atravesó las olas porque el mundo no estaba preparado para imitarlo.
Los largos tentáculos de las temidas medusas, las carabelas portuguesas, trasmitieron a las profundidades la alarma:
— ¡Navío flutuante parado no paralelo 35º meridiano 94º!
Raudo llegó el “sónar” al pulpo.
Años atrás, el pulpo, pasando por el arco cigomático de una calavera su brazo número tres, que es el que los cefalópodos utilizan para palpar los lugares ocultos a sus ojos, se topó con la gorra del capitán Edward. Tocado con esa prenda logró obtener el respeto y la obediencia del resto de los oceanícolas.
Usando de su autoridad pidió a las morenas, pastoras de lenguados, que le trajesen sus rebaños. En inglés, idioma que ellos “gorgoritan”, y sobre los lisos lomos de los “flatfishes”, utilizando a modo de pluma estilográfica su tentáculo octavo, que es el que usan para dibujar con su tinta, escribió:
— ¡SOS! ¡Men diving! ¡All inside 115 shelter!
En 15 minutos todos los peces se refugiaron en el camarote 115.
Nadie pudo abrir aquel cuarto herméticamente cerrando por dentro y fuera por los brazos de mil estrellas de mar enlazados cual intrincadas cremalleras.
Pasada una semana los apéndices de las carabelas portuguesas trasmitieron:
— ¡Zarpan! ¡Fora de perigo!
Y aquel pecio de hierro viejo recuperó la vida.
Dentro de esta botella que arrojo al mar, juro que he escrito la verdad.
Aquella mañana de abril, yo me disponía a embarcar en el camarote 115 del Titanic tratando de huir de una vida desperdiciada cuando, entre la multitud que abarrotaba el puerto, me fijé en un joven que, con su mochila de trabajo al hombro, parecía mirar con cierta envidia las enormes maromas que, en breve, liberarían el barco de los norays del muelle.
Entonces, en un irracional impulso, regalé mi pasaje a aquel hombre, deseándole que cumpliera su sueño. Él lo cogió y, entre incrédulo y agradecido, echó a correr hasta perderse por la pasarela de embarque.
Lloraba mi cobardía, mirando cómo el transatlántico desaparecía en la distancia, cuando alguien me susurró al oído una frase que me ha perseguido toda la vida:
—“Ha cometido Vd. un error fatal, madame. No son herramientas de trabajo lo que lleva mi amigo en su mochila”.
Cuando me volví para interrogarle, había desaparecido.
Ahora ya sabéis que el famoso iceberg sólo fue la explicación más coherente que la naviera encontró para ocultar, ante la prensa internacional, que, entre sus selectos pasajeros, había conseguido infiltrarse un vulgar terrorista.
Recuerdo que rodé por los escalones un par de veces antes de ser arrastrado por esta vikinga a su camarote. ¿Qué le habrían puesto al ponche aquel? ¡Si yo antes del tercer brindis no canto nunca! Dos sorbitos, un meneo en la pista de baile y hala, ya tenía su lengua metida hasta el paladar. ¿Cuánto tiempo llevaremos tumbados en esta cama? Qué mareo me está dando con la cabeza aprisionada entre sus muslos, casi no me llega el aire. Tengo la boca seca de tanto lamerle el caramelito, que a ratos parece a punto de descorcharse, pero nada, que no. Cómo tarda la tía, y eso que esta mañana no me afeité. ¿En qué idioma estará gimiendo… Astrid? ¿Ashley? ¿Cómo dijo que se llamaba? Ah, qué alivio, por fin ha terminado; vaya sacudida, del empellón me he caído al suelo. ¡Eh! ¿Qué hace la litera pegada a la pared y la ventana en el techo? Me da vueltas la habitación, menuda borrachera he pillado. Anda, esto que se me clava en la espalda, ¿qué es? ¿El pomo de la puerta? ¿Y por qué está entrando agua por debajo de… Glu glu glu.
-Ernesto, cariño ¿no te parece que nuestra luna de miel está durando una eternidad?
-Sí, mi amor.
-Querido, ¿no te parece extraño que desde que golpeamos aquel iceberg los demás los atravesemos?
-No, mi amor.
Leonor se acicala su peinado perfecto con movimientos coquetos, casi de niña, sentada frente al espejo del tocador.
Ernesto, desde el sillón, la admira con deleite mientras el aroma de las volutas de su pipa invaden la estancia.
Chevalier, en el salón Parisién con una absenta, el azucarillo en la cuchara con agujeros y echando el agua por encima, cuando escuchó ruido de ropa por la espalda, posiblemente un can-can demasiado almidonado.
Me permite, le susurraron al oído, al volverse, la mujer más encantadora, de blanco impoluto, con una sonrisa que hizo que se levantara, cogiendo de la silla de al lado, el bastón y el canotier.
Por favor, soy viuda, voy a estudiar a New York, quiero olvidar, soy muy joven, Ay, Huy, hoy?, aquí, ahí la 115, hey, oh la lá, oui oui.
Entra primero ella y al poco él. A la media hora el primíparo sigue con los cordones de la faja, el miriñaque en el suelo como un tacataca, las medias con la blonda y sus corchetes enganchados a una pantaletas de puntillas le tenían a punto de explotar.
Al separar la faja, la marca de las ballenas en la piel del tronco semejaba las grietas de un río seco.
Ya desnudos y temiendo él una eyaculatio ante la portem, la tumbó en la litera y sin muchos preámbulos la penetró, justo cuando el barco se puso vertical. Dijo ella, menuda clavada, ah ah.
Desde que murió su esposa, Eugene Warren solo supo resolver su condición de padre recurriendo a la autoridad del reformatorio y la doctrina de sacristía. El mayor de sus hijos, Adam, rompió el cerco y buscó su destino escapándose a Europa como representante de una firma de calzado americano.Tuvo suerte, y levantó su propia empresa hasta codearse con importantes fortunas británicas y holandesas. Su amigo, el empresario Benjamin Guggenheim, le convenció para acompañarle en la primera travesía del RMS Titanic, y Adam consideró que sería un buen momento para una visita sorpresa al hogar paterno. Adquirió un pasaje de 200 libras y ocupó el camarote 115 de primera clase, pero jamás llegó a Nueva York.
Un domingo de mayo de 1912, cuando salía de Santo Tomás en la Quinta Avenida, Eugene Warren distinguió una mesa de postulación que recogía fondos para ofrecer un funeral digno a los desaparecidos en el naufragio. El viejo notó un extraño presentimiento que no supo interpretar, y sin saber bien para qué, se acercó.
-¿Cómo te llamas, muchacho?
-Michael, señor. ¿Quiere usted colaborar?
-No, no. Sólo quiero darte un buen consejo, Michael. Deberías irte a casa a estudiar y no perder el tiempo con estúpidas colectas.
Sigismund Markus está en su juguetería. Consciente de la presencia inminente del “ogro dominador”, se va despidiendo del lugar y de todos los objetos a los que consigue dar alcance con sus afligidos ojos. Esta juguetería le ha permitido vivir modestamente en lo económico, pero plenamente en lo personal. Ver cómo prende la llama de la ilusión en los ojos de un niño, es un pequeño milagro al que un vendedor de juguetes tiene la oportunidad de asistir cada día.
Es jueves, pero hoy la bella y frágil Agnes no pasará por la tienda, como cada semana, a rogarle que cuide del pequeño Oskar. Ella hace días se entregó en los brazos Del de Arriba, harta de navegar de unos brazos seguros, pero no queridos, a otros brazos deseados, pero prohibidos. Incluso Markus tuvo siempre los brazos y el corazón abiertos para ella; para ella y para su pequeño Oskar; porque para alguien que decide a los tres años dejar de crecer, una juguetería es el lugar ideal para vivir.
Markus, bajo la mirada congelada de múltiples muñecas, siente cómo se desvanecen sus últimos minutos en profundo silencio, roto de pronto con el repique amigo de un tambor de hojalata.
El cine de la parroquia lo era todo para mí. Todos los domingos por las tardes, acompañada de mis hermanas y amigas, acudía invariablemente a su salón, a disfrutar del cine.
Eso sí, después de haber asistido por la mañana a misa y a la catequesis. Esa era la condición imprescindible para que nos sellaran el carnet, que nos permitía acudir luego al cine gratis.
Aunque lo habitual era ver la típica película de romanos, seguida de otra de vaqueros, de vez en cuando teníamos la oportunidad de visionar un buen filme.
Entre aquellas tardes dominicales de “sesión continúa” recuerdo todavía la fuerte impresión que me causó “El expreso de medianoche”.
Por su especial crudeza, al verla fue como si hubiéramos perdido la inocencia.
Y es que en ese momento fuimos conscientes de las terribles injusticias, el salvajismo y el terror que sufrían algunas personas muy cerca, a las puertas de Europa.
Y todo por haber cometido un error, un horrible error que algunos pagaron con lo más preciado, sus vidas.
En el año setenta y ocho, en mi casa nos zampábamos al temible Darth Vader, ese no lo quería ningún cliente.
Después del colegio los hermanos nos pasábamos toda la tarde en la carnicería del mercado, terminando los deberes y ayudando a mis padres en el puesto, envolviendo filetes o preparando las pesetas para dar el cambio.
Los reyes magos nos dejaron unas figuras de plástico para moldear los personajes de La guerra de las galaxias. Nuestro padre, buen negociante, miraba las colas de los cines que ponían la película y aprovechó el filón de nuestros juguetes. Así que en lugar de plastilina, amasábamos hamburguesas con la carne picada. Las que más se vendían eran las de R2D2, C3PO y el halcón milenario. Las primeras semanas fue divertido pero, varios meses después, no parábamos de hacerlas. Además que dejábamos las tareas de clase a medias y sacábamos malas notas.
Para alivio de los demás carniceros del mercado, un día los moldes desaparecieron. Nunca supimos cómo sucedió, pero mi madre parecía muy contenta mientras nosotros resolvíamos problemas de mates o escribíamos alguna redacción para lengua.
El año siguiente estrenaron Superman y nos olvidamos de los jedis que, por cierto, no volaban.
A veces la sorprendo con un hilo de llanto sobre la butaca y aguardo silencioso hasta que se serena.
Otras, parpadea con una luminosa carcajada intermitente y sonrío ante su felicidad.
En los dramas la noto apagada y su oscuridad me despista, hasta que mi mano la percibe sobre el ajado terciopelo rojo.
Hemos compartido músicas, palabras, imágenes y hemos sido cómplices de todas las emociones.
Son antiguas y constantes nuestras citas y sin embargo sigo necesitando de su presencia.
Mis dedos juguetean a ratos con su piel que aunque rígida y metálica es siempre cálida y tranquilizadora para mí.
Yo cuido de su existencia y a cambio ella responde a mis deseos.
Cuando nos separamos y la deposito en la taquilla sé que mi linterna espera, cómo yo, la próxima sesión para reencontrarnos en la suave penumbra del cine.
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