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Noche fresca. Con luna llena.
De vacaciones en el pueblo, viajaba acostado en la parte trasera de un carro. Su cuerpo traqueteaba levemente hacia ambos lados provocando en su cabeza pequeños latigazos. Olía a hierba y flores. Imaginó el arroyo próximo. Rumor del agua, chapoteos del caballo.
¡Pero…!algo resultaba extraño.
Su cuerpo cesó un instante para seguir balanceándose segundos después.
Advirtió entonces que no escuchaba nada, no había insectos, ruedas, ni caballo ¡se dió cuenta de que soñaba!
Quiso abrir los ojos pero los párpados se negaron a separarse. Sus brazos tampoco obedecieron, sintió su cabeza embotada.
Nervioso, se esforzó por acallar su mente.
Se concentró..
Su cabeza dejó de moverse. Creyó oir algo…
Un mano en su rostro aceleró los latidos de su corazón y con la respiración al máximo sus ojos se abrieron sin opción.
Todo era borroso. Percibió movimiento y algo proyectó su sombra al pasar .De pronto, la luna descendió hasta quedar a pocos centímetros de su rostro haciéndolo girar por puro acto reflejo.
Un gruñido brotó desde desde su estómago cuando distinguió una figura con las manos dentro de su ensangrentado abdomen.
Al intentar incorporarse algo se posó en su rostro devolviéndolo a la oscuridad.
Sentado en la punta del acantilado, el chico calcula la dirección del salto para esquivar las aristas de las rocas. Sin obstáculos podrá entrar directo al fondo del mar, pies y silla por delante, arrastrado como un ancla de hierro. Abajo, en las llanuras marinas sin corrientes ni luz, esperará que la fuerza de las mareas, una noche de luna llena lo arranque de nuevo como lo hizo en mala hora del vientre de su madre. Pero sin llanto.
—¿Cómo dices que se llama la peli?
—Bajo la luna llena.
—¡Buah! ¡Vaya coñazo! —se cambia el móvil de mano— seguro que es de terror. ¡Odio el cine de terror!
—¿Y qué quieres? —replica ella sarcástica—. ¡En este pueblucho la cartelera no ofrece más en sesión nocturna! ¿Prefieres la matiné y que vean todos quién me hace estos chupetones? —grita palpándose el cuello.
—Porfa,… —vuelve a cambiarse el teléfono de lado, esbozando una sonrisita tímida y desentrenada como si no le cupieran bien los dientes en la boca—. No te mosquees…
Ella hace una pausa, vacía una mirada pasillo abajo por si aparecen sus padres y cambia de tema:
—¿Cómo llevas la conjuntivitis?
—Como siempre, chata.
—…
—¿Sigues ahí?
—Claro, amor.
—Bien, aquí la cobertura es fatal —él va a lo práctico—. Tú procura que no se enteren tus padres. Vigila.
—Entonces, ¿a las once?
—Vaaale, tú ganas… —concede él antes de colgar. Se pasa ansioso la lengua por los colmillos y cierra la tapa del ataúd, intentando descabezar un sueñecito.
Desde fuera se oye su queja:
—Pero, ¡cómo me jode el cine de terror!
Erizas mi alma al mostrarte plena, rotunda, reina del infinito y de mi voluntad. Juegas a nacarar la piel de su cuello tornándolo apetitoso y sospecho tu luz atrapada en sus pupilas inertes mientras me escucho susurrarle los versos que bullen en mi mente bajo tu influjo. Ahogo un aullido salvaje presintiendo su inocencia, pero cuando imagino mi mano sumergida en el lago, justo donde parece habitar tu reflejo, tratando de sobreponerse al escalofrío de borrar el rastro oscuro de su sangre, jadeo de amor y deseo.
De repente, una nube se enreda en tu halo y oculta tu brillo magnético. Las sombras se relajan y mis ojos se enfocan en el mundo real. Sonrío, aliviado, a la joven que caminaba junto a la orilla, ajena a nuestro lunático idilio. Aún perduran la respiración agitada, la crispación de mis manos y, afortunadamente, las preciosas palabras que me apresuro a plasmar en un cuaderno, antes de que el sol perturbe mi memoria.
Para mi esa verbena no era más que la posibilidad de bailar con ella sin que a nadie le pareciera extraño ni se percatara de lo nuestro.
Mientras disfrutaban de “La conga de Jalisco”, como si vivieran el gran momento de sus cotidianas vidas, nos escapamos a la era para tumbarnos bajo la atenta mirada de una luna disfrazada de enorme canica blanca.
Fue al paso de una estrella fugaz cuando Lucia propuso que pensáramos un deseo en silencio entrelazando nuestras manos, y según ella si coincidíamos se cumpliría al instante.
La verdad es que el instante duró cuatro verbenas, pero a los quince años, en la misma era, bajo el mismo cielo, pero con luna nueva, no hubiéramos visto pasar a un metro de nuestros descubiertos cuerpos al mismísimo diablo en un carro de fuego.
¿Os habéis fijado en que las sombras son menos oscuras durante las noches de luna llena?
La señorita Paula lo sabía y, en cuanto la luz lunar invadía su jardín, se ponía el delantal de hule, preparaba barreños y estropajos y esperaba. A las doce en punto abría la puerta que daba a la plaza y los vecinos que hacían fila pasaban en orden.
Con jabón de glicerina y unas gotas de lejía frotaba las manchas que la luna le permitía distinguir sobre las sombras recién aclaradas de sus paisanos. Todos se iban contentos, con la conciencia limpia y preparada para seguir cometiendo sus faltas durante otro mes.
Ella no pedía nada a cambio pero aceptaba la voluntad. Corrió el rumor de que había amasado una fortuna y que, de tanto en tanto, viajaba a la capital para repartir su riqueza entre los pobres y rezar en la catedral.
Era cierto que la señorita Paula, con sus ganancias en el bolso, tomaba el tren todos los primeros viernes de mes. Pero no acudía a la iglesia sino a la librería donde encargaba las novelas eróticas en braille que iluminaban sus sombríos ojos hasta la siguiente noche de luna llena.
Me prometió el cielo y la luna, mas yo insistía en pisar la tierra. Sus ojos, zarcos como el agua clara, penetraron en mí y desnudaron mi alma. Azorada, intenté cubrirme con ropajes de desprecio y perfumes de aires altivos. Mis cabellos le daban la espalda mecidos por vientos de timidez.
No se dio por vencido: rondó mi casa todas las mañanas; su mirada me seguía hasta la escuela. Por las tardes, me esperaba como centinela fiel del sauce llorón que presidía el jardín de mi morada.
Me juró amor eterno a la luz de una luna que, tras meses de acecho, embrujó mi inocencia. Aterida de frío y con necesidad de calor, le creí. Mientras Selene desaparecía entre las nubes del desconcierto, sus besos cubrieron mi cuerpo y mi mente soñó con alcanzar el cielo prometido.
Al día siguiente, desapareció para no volver jamás, como aquella noche plena que nunca volví a vivir.
Pero yo me quedé llena de luna.
Para siempre.
Y soy feliz.
La pequeña temblaba bajo el velo de una noche inusitadamente oscura. Incapaz de proferir queja alguna que acompañase al vaho de sus labios, intentaba descifrar las maniobras que su padre realizaba conforme iba despojándola de la ropa, cubierta de una escarcha grisácea y crepitante. Ni siquiera el halo de luz nacido a sus pies lograba reconfortarla del frío que le roía las entrañas. Y mientras ella se anegaba en la confusión, su padre seguía afanándose en desprender del vientre de su hija la esquirla de esa luna baja, redonda y grande que había prometido alcanzarle.
Estampidas de luz y humo inundan la noche ardiente, desgraciadamente, esto no es una fiesta.
Con los niños en brazos y lo imprescindible en una mochila, echamos a andar, “quizás buscando la vida o buscando la muerte, eso nunca se sabe”
Como la mujer de Lot no puedo evitar mirar atrás y veo alzarse columnas de humo en lo que hace un momento era nuestra casa.
La luna llena ilumina las hileras humanas al borde de la carretera y torna blanquecinos los aterrorizados rostros.
Tal vez tengamos suerte y podamos cobijarnos en algún lugar.
Tal vez podamos pasar allí una noche tranquilos, sin bombardeos, ni muertos.
Tal vez la buena fortuna permita que podamos llegar a un campo de refugiados donde nos espera el hacinamiento, el hambre y la inhumanidad absoluta, pero conservemos la vida.
Tal vez llegue un día en el que sobrevivir no sea el único objetivo.
No sabré si fue el Prozac o la luna llena. Y qué más da. Al menos recuerdo llevarle orquídeas, que siempre le gustaron, a la cima donde ocurrió.
Desperté temprano, hoy todo es distinto. Soy capaz de ver su ropa en el armario y aguantar el tipo. Me atrevo a salir a la calle sin arrastrar los pies al andar. Mis ojos no están enrojecidos ni tengo la mirada extraviada. Hasta devuelvo el saludo.
Es el secreto. Sé que esta madrugada, como todos los plenilunios, un aullido quebrado se colará furtivo por mi ventana y volveremos a ser dos.
Cuando Neil volvió a casa tras su viaje de negocios, su mujer le recibió como siempre con ojos de niña mimada:
– ¿Qué es, qué es? – preguntaba impaciente. Colocó sobre la mesa una pesada caja que ella abrió en segundos – ¡La luna! ¡Me la has traído!
Neil colgó el satélite del techo y bajó las persianas. El salón quedó invadido al instante por una tenue luz plateada y el desenfreno de los que reviven su luna de miel. Durante meses todo fluyó dulcemente en aquella estancia: cenaban a la luz de la luna, hacían el amor, escuchaban a Fiordaliso entre miradas cómplices…
Pero hace unas semanas, su mujer le ha dicho que quiere ser madre, y que sería ideal preparar antes un soleado cuarto de juegos para el bebé. Y Neil se ha visto debatiéndose entre el deseo de complacer a quien más ama y una incipiente conciencia social. Porque la humanidad podrá subsistir sin mareas ni lunas llenas, pero hacerlo sin puestas de sol…
Ahora Neil se asoma apesadumbrado al balcón buscando respuestas en las estrellas; sigue preguntándose si habrá tomado la decisión correcta, y solo tiene claro que, en caso de ser niño, se llamará Lorenzo.
Era verano, pleno mes de agosto, el día había sido demasiado largo y por eso… agotador. El calor se pegaba en sus brazos desnudos. En su mano derecha sujetaba una hoz, que movía diestramente a derecha, a izquierda y viceversa. La izquierda la enfundaba con una zoqueta que la protegía de los cortes perdidos y afilados que de vez en cuando la cortante herramienta volteaba al azar.
Estaba cansada. La siega ese año no acababa nunca y el campo se extendía amarillo e infinito a lo largo de lo que su vista alcanzaba. El sol brillaba con más fuerza que nunca, sus rayos dorados quemaban como fuego tostándole la piel y escociéndole los ojos.
Quería que la noche pintara de negro la bóveda celeste y así, sin luz para alumbrar el sembrado, poder descansar y recuperarse para la siguiente jornada. Pero el cielo, aquel día, no quería oscurecerse y cuando llegó la noche nuevos rayos volvieron a brillar en el firmamento estrellado, y aunque eran fríos y plateados también iluminaban la mieses que seguían desfilando cimbreándose ante ella.
Una vez más no habría descanso –pensó-
Bajo la luna llena, la siega continuaría…
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