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Salió del pequeño valle dejándolo todo a su espalda, sin mirar hacia atrás, y comenzó una nueva vida al otro lado de la frontera, lejos del peso asfixiante de sus apellidos. Se alistó persuadido de que hacía lo correcto, e ingresó en filas como tantos otros, sin conocer el alcance de sus actos, ni las consecuencias que estos tendrían en su vida. Todos hablaban de la guerra que había comenzado como si fuera algo breve y lúdico, casi cercano a una partida de ajedrez y por ello, nunca imaginó que casi cuatro años después, su vuelta a casa estaría diezmada en fortuna, vida e ilusiones.
El frente le había provisto de disciplina, orden y cierta frialdad necesaria para la supervivencia que le había sido útil hasta la última mañana del mes de mayo cuando, tras el visor, reconoció un ademán familiar en las filas enemigas. Parpadeó sorprendido por lo que había contemplado mientras una sensación amarga sacudía su estómago y dudó un segundo antes de disparar; el instante preciso en que una bala certera recorrió la breve distancia que le separaba de los ojos grises de su hermano menor. Fue su última fotografía de la batalla.
…me vais a permitir el placer de cerrar este tema bélico con esta delicia de un buen amigo de esta casa…
Día catorce. Empezamos a disparar, más que nada por distraernos.
(Este relato de DAVID VIVANCOS ganó la edición de 2013, categoría castellano, de la Microbiblioteca, concurso organizado por la Biblioteca Esteve Paluzie de Barberà del Vallès. Podéis leer los textos premiados en el siguiente enlace)
La pequeña entra dando un portazo.
—Papá, papá ¿Lo has oído? Enciende la radio. Dicen que se acabó, que todo va a cambiar. Las calles hierven. Dicen que habrá trabajo, que abrirán de nuevo las escuelas, que se arreglaran las carreteras, que todo va a ir mejor…
El abuelo esboza una media sonrisa comprensiva, arranca su cuerpo de la mecedora y, renqueando, se acerca hasta la mesa donde mamá pela las últimas patatas. Suavemente recoge las mondas, las envuelve en papel de periódico y las introduce en la nevera. Mamá asiente con tristeza.
Tras la batalla llega la calma. cargada de tristeza y de una desolación pegajosa que se adhiere al alma de todo y de todos. Los pocos supervivientes se arrastran sin esperanza sobre las ruinas. Intentan sin éxito alcanzar las torres que todavía perduran. Son los únicos lugares donde encontrar refugio y reponerse para seguir batallando. Al inicio del combate había centenares de atalayas que relumbraban desafiantes, apenas cuatro se conservan ahora en pie y todas acatan a ligas enemigas. Algunos jinetes que aún se mantienen sobre sus caballos los espolean con los restos de las pocas energías que les quedan, pero los animales están agotados y avanzan desorientados entre los escombros, ajenos a los fogonazos que surgen dispersos y sin objetivo desde las altas almenas.
En el centro del caótico escenario un guerrero y su montura fluctúan en espera, sus ojos vacuos miran al vacío.
—¡Carlos, a cenar, se enfría!
—¡Ya voy! ¡Espera un minuto que acabo esta batalla!, ¡soy el único superviviente de la liga, en nada me matan!
—¡Tú mismo, no la vuelvo a calentar! ¡Y baja el volumen del ordenador, me duele la cabeza de oír tantos “rayos mortíferos”!
Ahora que tu recuerdo va perdiendo incandescencia es cuando puedo escribir sobre ti.
Al enterarnos aquel aciago día primaveral de la batalla a la que te enfrentabas se nos fundió el sol. Grandes copos de tristeza cayeron sobre nosotros empapándonos las horas y los días. Después hicimos una piña en torno a ti y formamos un pequeño ejército que tenía en tu casa el cuartel general. Para acompañarte en la lucha tú misma tejiste nuestros uniformes con sólidas hebras de esperanza.
Pasaban los meses y, en medio del dolor que intentabas mitigar a base de sonrisas y gratitud, te sorprendías de nuestra entrega, cuando únicamente te devolvíamos un ápice de lo que nos habías regalado.
Durante un tiempo pensamos, ilusos, que tu fortaleza y nuestro apoyo hacían una armada invencible; que nuestro cariño era más fuerte que la munición del enemigo.
Te fuiste en unos meses, convirtiendo cada día en un abrazo. Buscando siempre un espacio donde ver trazos de vida entre el sabor de lo amargo. Hasta quedarte dormida.
En tu recuerdo cobran nuevo significado las palabras madre, abuela, hermana… Tu ausencia es una herida que nos duele cada día.
Un viento espeso y cortante se arremolina sobre el campo de batalla. Tras unas horas todavía huele a reproches quemados. Primero fueron balas de fogueo, tímidas, sin malicia; luego se convirtieron en proyectiles lanzados sin piedad al blanco del adversario. La escena resulta caótica: sillas mal colocadas, restos de comida fría esparcida por el suelo, una lágrima perdida sobre la mesa que se abre paso entre los platos, el eco de algún insulto que rebota de pared a pared resistiéndose a desaparecer. De nada sirvieron los intentos desesperados de la abuela de enarbolar una servilleta a modo de bandera blanca. Siempre una chispa enciende la mecha. Ora la apatía y pasotismo de Mario, el joven que ni estudia ni trabaja. Ora los malos modos de tía Merche que por no romperse una uña no mueve un dedo. Ora el abuelo que con unos chatos de más, descarga su mal humor a diestro y siniestro.
El saldo de bajas vuelve a ser elevado en la familia Ramírez. Será cuestión de tiempo curar las heridas. Hasta la próxima reunión, en la que se volverá a librar un nuevo capítulo.
Casi había anochecido cuando a los reclutas seleccionados nos mandaron subir al camión que los soldados no utilizaban mientras permanecían en el frente. Nos alejamos del cuartel intranquilos, porque ninguno sabía lo que se esperaba de nosotros. Durante el trayecto nadie habló, hasta que se detuvo y nos ordenaron bajar en medio de un descampado.
El sargento ofreció cigarrillos de su propio paquete, y cuando terminamos de fumar señaló los picos y palas amontonados en el remolque. Cavamos en silencio una trinchera, a la luz de los faros, hasta que amaneció y oímos cómo se acercaba otro camión. Alguien comentó que se trataba de los detenidos. El frío y la mañana habían conseguido aturdirnos, pero enseguida empezaron a sucederse órdenes autoritarias y secas que nos despejaron de golpe. Tuvimos que arrastrar a los prisioneros al borde de la zanja, sin hacer caso a sus súplicas, sin que nos dejasen pensar en lo que hacíamos, y dispararles con nuestras armas reglamentarias.
«Traidores a la patria», informó el sargento poco después, cuando los estábamos enterrando. Y dio por finalizado nuestro periodo de instrucción, mientras seguía atento por si alguno se mostraba reacio a convertirse en el soldado que esperaba de nosotros.
Habían transcurrido años de paz, de bienestar, de madurez. A pesar de su plena juventud, todo se desmoronó en un fatídico diagnóstico. Le previnieron describiendo a un enemigo tenaz, poderoso, invasor y aniquilador. En un principio fueron ciertas escaramuzas, pronto se convirtieron en feroces ataques, de frente, por retaguardia, por los flancos. Él, sus hombres y mujeres de confianza, sus huestes, se convirtieron en uno. Como el legendario Fénix, resurgió y se engrandeció para la lucha. Su torso fue cubierto con armadura, espada en el cinto y yelmo sobre su cabellera recogida en una coleta. Desde ese día, se prometió presentar batalla constante, sin desmayo ante aquel perverso contrincante. Los mejores estrategas bélicos, diseñan las ofensivas en masa y con la mayor precisión. Hay veces que incluso los combates, tienen apariencia suicida por su crudeza. Tras las reiteradas batallas, del cuerpo a cuerpo, sus consecuencias se hacen sentir. Sin resuello, sin armadura, sin casco, se entrevé su osamenta, sin su coleta, sin su poblada barba, ni pestañas, ni cejas… Pero la lucha es por la vida y seguirá guerreando. Un día podrá, seguro, recoger su cabello en una coleta, como le gusta. Un día podrá llegar la victoria.
Jeremy había dejado de llorar. No eran lágrimas ya. Sólo unos brotes de humedad en las mejillas. Llorar a los 45 es un gesto noble, pensó. Los ojos quedan regados, el agua nos pertenece. La escopeta aún le transmitía calor, pegada a su regazo como un animal desvalido. Volvió a disparar y en un toque de buena puntería el coronel Ford cayó al suelo. Sus huesos macizos, cartílagos y vísceras, colgaban ahora en péndulo sobre el hombro de Jeremy.
El camino se le hizo largo. Barro y soldados muertos. Lombrices de tierra y babosas manchadas de sangre en los labios morados del coronel Ford. La boca entreabierta. Silencio y ausencia de latidos.
Unas horas a paso constante y Jeremy avistó su casa y las zancadas de los niños a su encuentro. Pequeños, despeinados, con mocos y manchas de resina, pies ennegrecidos por la falta de zapatos. Tardaron un instante en preparar la lumbre. Sonreían, aliviados.
Los primeros bocados resultaron insípidos y demasiado duros. Jeremy hurgó entonces entre las costillas del coronel y doró la carne a la lumbre por ambos lados. Los niños masticaron el filete con desconsuelo. Mucho mejor, pensaron, el estómago queda saciado, el pan nos pertenece.
Àngels García
Cada vez que se acerca alguien entorno los ojos cómo si lo observase a través de la mira telescópica del fusil; al menor ruido me llevo la mano al bolsillo y acaricio la navaja, dispuesto para el cuerpo a cuerpo; y por la noche, monto guardia en el comedor y, cada dos horas, hago la ronda y aseguro el perímetro.
Mi mujer hace dos meses que me abandonó. Decía que no soportaba vivir en estado de alerta. Pero yo no pienso rendirme sin lucha, estoy preparado para defenderme. ¡Que vengan! ¡Que traigan la orden de desahucio! ¡De esta casa no me saca ni Dios!
Morir en combate era realmente divertido. Y no había nadie en el barrio que lo hiciera mejor que Matías y yo. A tal punto que muchos de nuestros camaradas nos pedían consejo, y empezamos, por así decirlo, a tener discípulos. La frivolidad del éxito no vaciló en abrir entre nosotros una competencia feroz e inesperada. Ganamos en teatralidad, en agonía, en meditados discursos antes del aliento final. Pero perdimos, casi sin darnos cuenta, nuestra preciada amistad. De un día para el otro dejamos de compartir pupitre. Y de saludarnos ―sólo lo hacíamos, y con una cortesía desbordada de odio, en el campo de batalla―. Durante meses vivimos esclavizados a esos meros instantes de gloria que nos proporcionaba la ficción de la muerte. Hasta aquella remota tarde en que Matías arrancó un cerrado aplauso de todos y cada uno de los combatientes, y ya no se levantó más. Aquella tarde también fue mi última batalla; quizás porque disparé la bala que detuvo su corazón… o quizás porque supe que jamás podría reunir su coraje.
-¡Cooorten! ¡Vale, es buena!
-Quince minutos para desayunar y volvemos.
Esto del doblaje ya no es lo que era, aunque a veces pienso si realmente algo fue. Desde la incursión de la informática en la academia que ni sangre ni fuego ni balas de fogueo. Nunca antes había actuado tanto como ahora. Es complicado hacerse uno a la idea de la escena que estamos rodando. Y eso que no llego ni a secundario. Te lanzas al vacío, saltas desde un tren en marcha, recibes todo el impacto de la metralla, todo a sólo un palmo del suelo. Ni arnés ni cuerdas ni nada, todo delante de una pared verde o azul según el croma de esa mañana. Y pienso, ¿para qué me necesitan?
En cambio, esta película me agrada, a la antigua, con pocos recursos dicen. Terminada la batalla y ya ves, lleno de sangre que no mancha, arañazos que me pinta Ana, sucio y embarrado como si hubiera estallado cerca una granada. Esta vez he disfrutado, quince minutos de rodaje ininterrumpido con una sola cámara, de autor creo que lo llaman. Quedará bonita esta película, ¿el título dices? Primer lunes de rebajas.
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