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Grabado está entre acordes que lleva el viento, que Ulises fue advertido acerca de los peligros de oír el canto de las Sirenas. Ya fuera por orgullo, o por no contravenir el ritmo de sus andanzas, nuestro héroe ordenó tapar con cera los oídos de sus remeros, y luego se hizo atar a la aguja más alta del navío. Si por mor de aquel canto hechicero, imploraba su libertad, sus hombres sólo debían seguir a lo suyo; esto es: remar acompasados, en formación de tres por cuatro. Tal cual.
Gracias a esta estratagema, Ulises, ebrio de posteridad, pasó a la historia por ser el primer hombre que oyó aquel vociferar histérico; que aprendió el boom-boom de su estribillo; y que supo extender su épico legado, durante generaciones, entre chiringuitos playeros.
Desde entonces, cada vez que alguien pasea por la orilla del mar, los descendientes de los descendientes de aquellas hembras festivaleras, litigan por sus derechos de autor precipitando su arrullo marino.
Se aconseja no escuchar ese vaivén de olas durante mucho rato.
Nada es al azar. La vida te va arrastrando a donde tu subconsciente quiere. Uno no es dueño de su destino, sino al revés.
Esa era la reflexión que hacía Idoia cada noche antes de acostarse:»nada es al azar…»Intentaba buscarle un sentido a ese pensamiento que le aturdía cada anochecer,pero como si de un laberinto se tratara, se sentía atrapada.
Aquella noche, tras un largo y duro día, decidió adentrarse en sus sueños.Decidió dejarse llevar,decidió que atrás quedaba el miedo,decidió que ya era hora de enfrentarse a la verdad.
Tomó aire y cerró sus ojos,cerró su mente y cerro también su alma. Se sintió bien y llegó al sueño con una sonrisa en sus labios.Y perdió la conciencia…
Allí estaba ella, en su isla. Sentía como la brisa le acariciaba su frágil cuerpo,el olor a coco y mango la embriagó, le hizo volver a su infancia,a sus orígenes..y allí estaba ella, su abuela. Su rostro no había cambiado,desprendía la misma dulzura y la misma paz.De mirada profunda como las aguas de aquel mar.
Su corazón latía con fuerza, se agitó su respiración…sus lagrimas asomaron.
Lo había conseguido,había regresado,no había vuelta atrás…y se unieron en un cálido y eterno abrazo.
Al principio pensé que chateaba con una persona solitaria como yo. Tras unos meses, me envió un billete para visitarla. Ignoraba donde vivía: -lo importante es conocernos,averiguar que tenemos en común-decía.
Cuando ví que recorrería medio mundo, en avión y en barco, casi me echo atrás, pero mi espíritu aventurero me empujaba haca delante.
En el barco percibí que todos éramos hombres. En el bar, las conversaciones giraban en torno al mismo tema. Todos viajábamos por el mismo motivo.
Nadie del barco decía quien les pagaba, tampoco eran claros con el destino. Fuimos congregándonos en el salón. Compartíamos sobre las mujeres cuando alguien dijo: -parece el puto guión de una película de miedo-. Se hizo un silencio al qe siguieron ruidosas carcajadas. Reían, pero salvo los inconscientes, nadie las tenía consigo.
Por megafonía se anunció la próxima llegada y nos hicimos un sitio en cubierta. ¡Ni planeado!.La niebla engulló el barco durante diez interminables minutos. Afloraban los nervios cuando reapareció el cielo azul, pudiendo divisarse una colorida isla.
Todos sonreímos. El muelle estaba repleto de mujeres chillando, con collares de flores y un enorme cartel dándonos la bienvenida.
Pensé: «Somos una carabana de hombres!
Hoy por hoy tengo vagos recuerdos de aquel horizonte azulado.
Hoy por hoy, sin ni siquiera esperarlo, escucho atónito el chocar de aquellas olas, el resurgir de sus sonidos y el llorar de sus cantares.
Naúfrago, durante un par de horas que pasarían a ser días, y un par de días que pasarían a ser meses. Luchaba si cesar dando brazadas al azar en un intento por volver a ver a mis chiquillos, sonriendo en la proa de mi barco.
Prisionero de mi propio egocentrismo, queriendo descubrir lo que estaba descubierto, perdía a las dos únicas personas que realmente me faltaba por descubrir: mis hijos..
Sus voces me llamaban sin descanso desde aquella costa blanca, y a medida que me acercaba a aquella isla, llantos al vacío y cantares moribundos retumbaban en mis oídos, en un intento de que alguien les liberara de aquel infierno.
Hoy por hoy, no se si tuvieron la misma suerte que yo, pero algo de lo que estoy seguro es de que buscaré sus diminutos cuerpos ya sea en aquel horizonte azulado o en aquella isla desierta que parece haber sido conquistada por miles de mujeres naúfragas…Aunque hayan pasado más de veinte malditos años…
Nefertino navega en un barco destartalado en el que transporta madera.
Algunas veces se desvía de su ruta para adentrarse en la isla de las manjarinas. Es el único marinero que trata con esas peces, de colas tentadoras y voluptuosas.
Asegura Nefertino, un maestro en las ciencias amatorias, que en uno de sus viajes, haciendo gala de su don de encantador, se las echó al bolsillo. Cuando las visita les prepara una bebida de flores de quereme, y como las manjarinas son golosas, abren sus boquitas, y se lo beben todo. Después, dichosas, hablan en tropel, hasta que vencidas de amor se zambullen entre sus brazos.
Nefterino no se complica la vida. Las ama y se va.
Cuando la marea nocturna me dejó en la orilla de aquella playa desconocida, decidí arriesgarme y me adentré en tierra virgen para explorar la exótica naturaleza. Enredé en mis manos las suaves lianas, y me erigí firme sobre arenas movedizas. Descubrí parajes de vertiginosas pendientes, y encontré sabores dulces y prohibidos. De todos los puertos a los que había arribado anteriormente, ninguno se resistió tanto a mi salvaje conquista. El hallazgo de una sola amazona cambió el objeto de todas mis expediciones: una esclava en cada isla, que luego dejaba abandonada. No me importó caer en la tentación de recibir nuevas lecciones de monta, y me convertí en un discípulo obediente, hambriento de enseñanza. Pero, iluso de mí, cuando llegó el momento de regresar extenuado por tan deliciosa experiencia, ya no supe encontrar el camino de vuelta. Aún sigo prisionero.
–Fíjate en los pliegues de las mantas. ¿Los ves? Son nuestras olas. Están quietas porque están tranquilas; como nosotras. ¿Y las camisas colgadas? No es solo ropa, no. Es la espesura de nuestra selva. Es tan, tan densa, que nadie puede vernos. Estos cinturones que están a tu lado, son serpientes. No te espantes; son amigas, porque son hembras. Y es que, mi vida, esta es la Isla de las mujeres, y solo nosotras podemos entrar. Aquí los hombres tienen prohibido el acceso.
Mientras abrazaba a su hija y besaba los cardenales de su rostro entre lágrimas, María rezaba porque las puertas del armario fuesen montañas lo suficientemente altas como para que no las encontrara; y se alegraba de que, al menos, la naftalina sirviese para ocultar el fuerte olor a alcohol que infectaba el ambiente.
Era un pueblo pequeño, imperceptible en el mapa del condado de
Somerset, ahogado de cielos grises y días cortos. Por las calles los
chiquillos jugaban en cámara lenta gritándose unos a otros en
silencio. Sus madres se levantaban cada mañana de una cama enorme y
fría, vistiéndose de un luto desteñido e invisible. Reanudaban sus
tareas pensativamente: una sembrando con James, otra preparando el
desayuno con Bill. George se escondía entre las sábanas que Helen
aireaba con desgana y varias ordeñaban a sus animales con Irving y
Kevin, o bajaban a la fuente con Mike o Scott. Pero cada atardecer
todas se reunían en una misma casa, apiñándose en una sola habitación,
siempre preparadas para llorar. La voz sonaba armónica y animosa,
desentonando con la concurrencia casi fantasmal, y tras el parte de
guerra, divulgaba, de un modo más solemne, la lista de bajas.
Muy de vez en cuando el aparato le gemía a alguna el motivo para no volver.
Por muy temprano que me levantase, siempre, una de esas mujeres ya estaba despierta antes que yo, eso sí, nunca sabía uno a cuál iba a encontrarse. Podía ser la solícita que preparaba café y tostadas o la generala al mando gritando órdenes a su tropa.
Luego, por el rato que duraba la jornada laboral, todas ellas partían hacia un trabajo del que nada sabía. Andaban en cosas de ventas, en cifras, estadísticas y datos por los que nunca pregunté.
A veces, por la tarde, regresaban niñas. Las encontraba tiradas por el parqué moviendo cochecitos y dando biberones a bebés de plástico. Su risa rompía mi tristeza batiéndola en espuma, como las olas en la costa.
Por la noche, a última hora, podía aparecer en mi cama una mujer de hielo, que deducía seguía viva tan solo por su ruidosa respiración -nunca llamaría ronquido a ese molesto ruido- o una dulce prostituta que me anclaba el tallo a su cintura exprimiéndome el seso hasta volverme loco.
Nunca entendí, cómo siendo tantas, en sus ojos brillaba la soledad de saberse una isla a la que nunca nadie arribaría. Seguramente esa era otra mujer más a la que yo ni siquiera conozco.
[FUERA DE CONCURSO] [JURADO MES MAYO]
Tía Apolonia vivía con su madre, hermana de mi abuela, en una casa grande, de techos altos, artesonados y crujientes. Solíamos visitarlas una vez al mes. Nos recibía una criada de edad indefinida. Tía Apolonia, sentada en un silloncito de respaldo recto, me recordaba a un águila encaramada en su nido, hermética y observadora. A su lado, tía Herminia, enfundada en un traje negro, rancia, recogida sobre sí misma. Su rostro era como el reflejo de esas tierras reconcomidas por el sol y el viento del que sobresalían dos puntos oscuros, dos alfileres negros que se clavaban en tu cara. Me daban un par de besos resecos y ásperos. Yo me refugiaba en las faldas de mi madre hasta que nos marchábamos. En una mesita, junto a la tía Herminia, había dos fotos: La del difunto tío Apolonio y la del difunto tío Antonio. Sobre un aparador, junto al servicio del té, otras dos fotos: la del difunto tío Ramón y el difunto tío Martín. No me hizo falta preguntarle a mi madre por qué mi padre nunca quiso acompañarnos.
-Si se acabara el mundo y para salvarme tuviera que ir a una isla en la que él fuese el único habitante, elegiría morirme. Le odio.
Y siguió profiriendo insultos e improperios mientras por el rabillo del ojo lo veía junto a ella, mirándola de aquella manera, hablándole al oído y sonriendo.
-No, ni loca me iría con él, -insistía-.
Pero era la rabia la que hablaba, los pinchazos de los celos que, convertidos en despecho, decían lo contrario de lo que realmente deseaba que no era otra cosa, precisamente, que estar en la isla a solas con él. ¡Cuánto deseaba ser ella! Tener sus ojos posados en los suyos, ser la causante de esa risa alegre y contagiosa. Por suerte, el estridente y machacón sonido vino en su auxilio rescatándola de la tortura de verlos juntos. Se separaron, y “ella” se colocó dos puestos por delante del suyo; ambas ladearon la cabeza a la vez, en dirección a la fila de los de quinto que él encabezaba.
Tras un largo viaje, el bus de prisiones donde viaja Deva se detiene en medio de un paraje desértico. El conductor abre la puerta y, sin decir una palabra, la obliga a bajar.
Allí la deja, con su macuto, sin saber qué hacer. Delante de una verja ruinosa en la que se lee ‘ISLA MORRIGAN’.
Tras la verja aparece una mujerona enorme, vestida con uniforme caqui.
─¡Venga, Pelirroja, entra! ¡Que no tenemos todo el día! ─Le grita.
Deva traspasa la verja y la sigue por un camino pedregoso y reseco. Por fin llegan a lo que antes debió ser un pueblo, reconvertido en lo que se asemeja a un campo de trabajo.
─Bienvenida a Isla Morrigan, Pelirroja. Me llamo Agrona. Aquí mando yo. Estas son mis chicas.
Una cuadrilla de unas veinticinco mujeres, similares a Agrona, y un hombre gigantesco la reciben entre murmullos y risas mal disimuladas.
─Aquí tienes a la nueva, Beleno. Dale de comer, que está en los huesos. Así no nos va a durar nada.
─Andando, Pelirroja. Que hay mucho trabajo por hacer.
Deva calla y, cabizbaja, sigue al gigante a los barracones. Sabe que su condena en Isla Morrigan será eterna de no obedecer.
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