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Soy mujer.
Cierro los ojos e imagino un mundo donde la guerra no existe. Nuestros amamantados hijos no tienen que perder la vida en nombre de ninguna bandera, ningún país, ninguna religión.
Los alimentos son repartidos con justicia e igualdad. Nadie muere de hambre y nosotras no derramamos lágrimas de impotencia.
La violación, la prostitución, la ablación, la trata de blancas han sido erradicadas. Estas barbaries pertenecían a la oscuridad de otros tiempos.
El sol calienta por igual el corazón de hombres y mujeres, nada les perturba.
En la isla, dos lunas iluminan la oscuridad de la noche para que todas y cada una de nosotras podamos caminar sin miedo.
Abro los ojos y veo el mar …
Habían cenado temprano, contagiadas de una complicidad que iba más allá de la mera relación madre e hija. Después de recoger marcharon juntas al refugio, no sin antes dejar un plato dispuesto, además de la nevera bien provista de cervezas, con el deseo de que la carnaza fuese suficiente para aplacar a la bestia.
Escucharon su llegada con el cerrojo echado en la habitación de la pequeña. Hoy parecía de buen humor, aunque fue inevitable que les sobresaltasen sus cánticos etílicos, el roce metálico de los cubiertos, las latas al abrirse. Después vinieron los golpes en la pared, las amenazas por no poder acceder a ese espacio vedado para él, la carcajada infame, pasos tambaleantes y un portazo.
Respiraron aliviadas, se les había concedido otro margen. La escena, no por repetida, dejaba de ser desasosegante. En lugar de llorar de miedo e incomprensión, esa noche la niña optó por suplicar en un rezo mudo que su madre volviese a sonreír. Se acostaron abrazadas sin importarles la estrechez, aferradas la una a la otra como a un clavo candente al borde de un abismo.
En la calle, tras cruzar sin mirar, un vehículo arrolló a un borracho violento.
Cuando, en el año de gracia de 1542, Hernán Pérez de Oviedo embarcó en Sevilla para las tierras de más allá del mar, lo hizo lleno por igual de esperanza y temor. Corrían leyendas sobre grandes tesoros, pero también sobre seres horrendos: gigantes de un solo ojo y brazos de simio, despiadados comedores de hombres, sirenas subyugantes. Sin embargo lo que a Hernán verdaderamente fascinaba era la leyenda de las amazonas, mujeres belicosas que mataban a los varones una vez cumplida su función genésica. Decían los bulos que su misma madre les quemaba un pecho para facilitarles en la adultez el manejo del arco, arma en el que eran expertas consumadas. En eso pensaba Hernán cuando el vigía grito “tierra a la vista”, y casi sin darse cuenta se encontró entre árboles tan descomunales y bestias tan extrañas que todo le parecería ya posible, fueran monstruos de tres metros o mujeres guerreras. Las de aquella isla tenían los dos pechos en su sitio, de eso sí pudieron dar fe. Empezaron a maliciar algo al tercer día de desenfreno. Dijo el capitán “¿y los hombres?”, y les cayeron encima cien saetas, y no eran las de Eros.
El día que traspasó aquellos muros supo que se quedaría para siempre. Agradecida, se sumó a las mujeres en las tareas diarias. Lo mismo le daba el huerto, los cerdos que las cocinas. Aprendió a leer, a cantar y a dejarlo todo para Laudes, Ángelus, Nonas, Vísperas y Completas. Si se cansaba o desfallecía, recordaba los ojos vidriosos de su padre antes de deslomar a su madre, y las manos largas que se acercaban a ella justo antes de escapar.
Cuando la abadesa murió, ella tomó el mando, colocó un letrero donde se leía “CLAUSURA” y selló las puertas.
In memoriam JOG
Hay un hecho que, para mal, es el más importante de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las mujeres al pleno poderío. Como las mujeres, por definición, no pueden (ni deben) dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, Estados, naciones, cabe padecer. Una crisis así jamás había sobrevenido en la historia. Su fisonomía y sus consecuencias son desconocidas. Sólo se conoce su nombre. Se llama la rebelión de las mujeres.
Te quiero Te quiero
… …
Necesito besarte Y yo a ti
Acércate Sí
Un poco más Sí
Un poco Sí
Casi… No puedo. Duele
… …
Lo siento …
… Voy a intentarlo otra vez
Loca mía Sí
Te quiero Sí
Te quiero Bésame
Te quiero Bésame
Bésame Bésame
Y NO DEJEMOS DE BESARNOS
Somos una isla, un refugio, un espejo.
Y quizá, algún día, el viento susurrará nuestra historia.
Y hasta el rincón más recóndito de esta tierra, yerma y enferma, sabrá lo sincero, puro e inmenso que fue nuestro amor.
Segundos después, alguien arroja la primera piedra contra los cuerpos semienterrados de las dos adúlteras.
Jamás dudó de sus palabras. Le prometieron una isla con cien mujeres, y allí estaban: todas para él.
Al poner pie en la arena, miró al cielo y abrió los brazos como muestra de agradecimiento. A continuación, comenzó a correr al encuentro de aquellas diosas desnudas que, con una sonrisa complaciente, lo esperaban en la playa.
Enloqueció de lujuria al verse rodeado de tanta belleza, joven y virginal. ¿Con cuál pasaría la noche? ¿Tal vez con una de cabellos de oro? ¿O, tal vez, con la de piel de ébano? Finalmente, distinguió una hermosa morena, parecida a un antiguo amor que le abandonó. Sin duda, sería la primera.
Se abalanzó sobre ella con ansiedad, pero observó horrorizado como sus brazos la atravesaban, igual que a un pensamiento. Desconcertado, se volvió hacia las demás y, con un braceo nervioso, buscó el contacto de sus cuerpos, pero sus manos, etéreas, fueron incapaces de sentir la suavidad de su piel ni el calor de sus carnes.
Abatido, se arrodilló y, por primera vez, se cuestionó su sacrificio.
Y seguiría haciéndolo.
Eternamente.
Desde que murió el abuelo ya nadie sale a esperarla cuando vuelve cada tarde de la escuela. Lánguida y desganada, se acerca despacio por el sendero de piedras y abre con sigilo el portón de la vieja casona. Luego entra de puntillas en la isla de las mujeres solas, coge la merienda y se sienta en el banco de la impaciencia.
Las tres mujeres escuchan con ansiedad la novela y prosiguen, silenciosas, con su faena: la abuela enlutada amasa la harina, la madre abandonada teje con agujas de punto su pena, y la más joven, la soltera, hilvana pantalones para los hombres con los que sueña.
Pasa el tiempo y Violeta crece pero no vuela. Un día se escuchará un portazo -piensa. Y ese día llega.Un viento seco cierra la puerta y abre la cancela. Sale en busca del mar y toma el primer barco que la aleja.
Después de correr con las nubes, regresa con la marea. Trae un sueño engarzado en el vientre y un séquito de gaviotas reidoras.
La abuela le ofrece suspiros de mantequilla y miel, la madre, unos patucos de angora, y la que fue joven, la pantalonera, desea escapar de la escena.
Juan, poco pelo, todo para atrás; gomina: abundante; le vale cualquier traje mientras le haga parecer; reloj de oro en la muñeca, que se vea, que las impresione. Al pasar por el parque camino del burdel calcula cuánto se puede gastar y denosta de una ojeada a todas las madres: dejadas, ignorantes, chabacanas mal encaradas que han olvidado cómo vestirse para que un hombre las mire. Llega y en la entrada su imaginación vuela cuando contempla el cartel. Se siente pirata llegando a la isla del tesoro: solo mujeres, que le esperan, solo para él.
María, naricilla respingona, cuerpazo de escándalo. Desde el escenario tira de tablas y busca buen paño: un reloj caro lo tiene cualquiera. Seleccionaba a la presa. Entre semana cambiará tacones de aguja y purpurina por tejanos oscuros con los que camuflarse entre los anodinos grises de la ciudad. Se consagrará al pequeño de ojos verdes que le recuerda quién es el único amor de su vida, y entrada la noche retomará dedo a dedo la historia con la que sueña mudarse del cartelón de la entrada a una contraportada como la de los libros que suele devorar en el autobús camino del club donde trabaja.
Despierta la mañana y los primeros rayos de sol calientan la isla de Lupe. La mujer se mueve con soltura alrededor de ese espacio revestido de blanco y, antes que el amanecer se colara por las ventanas, ya había encendido el fuego y rezado a sus santos.
Ha enseñado a sus hijas que el pan cuece en su punto cuando Santa Isabel roza la masa; que la carne más sabrosa requiere una invocación a San Lorenzo y que a San Morand no deben faltarle las uvas.
Todas saben del fervor de su madre por las figuras que presiden los fogones. Tan solo Amalia, joven y alocada, le gasta alguna broma escondiendo a San Pascual entre las cazuelas; pero Lupe parece tener un don para encontrarlo: unas palabras murmuradas hacia dentro y el santo aparece.
El viejo reloj da las doce y las chicas cruzan el umbral de la cocina. Una a una se colocan en torno a esa isla blanca que preside la estancia. Junto a Lupe una silla vacía. Ella asegura que los susurros a los santos elevan el aroma de sus guisos hasta el mundo espiritual. Sus hijas no dudan que su difunto padre come junto a ellas.
El planeta Ida nació de una chispa en el Universo, una isla de amor en medio de un mar de estrellas.
Sus habitantes germinaron de múltiples semillas estelares que cayeron durante evos de tiempo.
La evolución quiso que rozasen la perfección y de ese impulso vital nació la necesidad de compleción.
«Necesitamos otro yo, un ser diferente pero que comparta nuestra misma esencia y posea, al mismo tiempo, la capacidad de fundirse en nosotras para generar un nuevo ser, un nuevo ciclo, como lo hace la naturaleza»
Nadie supo el momento exacto, pero el cambio de conciencia que permitió esa reflexión y petición provocó un pequeño temblor, un rumor de la tierra, una ligera fluctuación en la brisa tibia y una mezcla de tonos en el cielo que duró el tiempo suficiente para que sobre Ida empezará a llover de una manera diferente.
Después de nueve meses de espera, la isla entera se volcó en los nuevos seres que iban naciendo. Muchos eran como ellas y otros eran diferentes.
Sólo en parte diferentes…
Despierta de pronto en mitad de la oscuridad, notando sobre su pecho y su cara una presión que le resulta insoportable. Intenta moverse, pero no lo consigue, busca el aire que le falta para respirar y se le llena la boca de tierra.
<< El infeliz ni siquiera se ha molestado en utilizar un ataúd>> piensa, a punto de perder la conciencia otra vez.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, consigue mover un poco una de sus manos y, utilizándola a modo de pala, comienza a apartar la tierra que la separa de la vida.
Por fin, logra levantarse y tambaleándose, se aleja unos pasos de su improvisada tumba.
Es noche cerrada. Mientras una lluvia fina se cierne sobre ella limpiando los restos de sangre reseca de su cara, le asalta la terrible certeza de que bajo sus pies, hay más mujeres enterradas.
Con la clarividencia que otorga el haber estado tan cerca de la muerte, todo encaja en su mente:
La falsa apariencia de hombre perfecto, la proposición de matrimonio al poco tiempo de conocerse, y aquella obstinación por pasar la luna de miel en aquella isla paradisíaca sin habitantes, perdida en los confines del mundo.
¿Cómo escapar de allí?
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