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Cada día se desviaba del camino y nunca llegaba a la escuela, prefería sentarse a esperar bajo un árbol y extraer con su navaja, figuras de las ramas caídas.
El primer día que llegó a aquel río, no imaginaba ni por un momento la sorpresa que le esperaba. El sonido de unas risas cantarinas lo puso alerta, no sabía a qué venía tanta algarabía. Se tiró al suelo como un estratega, para ver sin ser visto.
Diez o doce mujeres jóvenes que portaban grandes cestos de mimbre se pararon a poca distancia de donde el chico permanecía inmóvil.
Las camisas de un blanco reluciente arremangadas hasta los codos, las faldas recogidas, dejando a la vista los muslos prietos, tostados.
Sus brazos en un vaivén rítmico provocando el cimbrear insinuante de sus pechos y las sábanas, arrastradas por la corriente fluvial, pugnando por escapar, sin conseguirlo, de sus manos recias.
De vez en cuando un descanso para anudar con pañuelos floreados sus melenas diversas.
Risas y palabras, a veces prohibidas, llegaban hasta el chico en un susurro pecaminoso llenando sus oídos de excitación y placer.
Ellas no podían imaginar que muy cerca, un naufrago vivía su sueño en aquella particular isla.
Róisín comenzó a caminar por la playa como le indicó su madre. Sin preguntas. Sin torcer el gesto. La luna estaba unida a su causa. Primero, cubriendo el cielo para silenciar su huída y, ahora, alumbrando su nueva senda.
La chalana zarpó muda al adentrarse en la mar.
Ennis el Joven remendaba su red, cuando observó la diminuta figura de largos cabellos dirigiéndose hacia la cabaña. Llamó a gritos al padre. El viejo Ennis apagó la vela con los dedos, siguiendo el ritual, y ambos salieron a su encuentro. El bello rostro y esa marca en forma de luna del cuello eran el sello de su estirpe…
En las aldeas de pescadores abundan leyendas sobre islas, habitadas por guerreras, que emergen sobre lomos de ballena. Hembras salvajes que yacen con hombres buscando perpetuar su especie. Relatos que reprueban cómo los hijos varones paridos por las bárbaras son sacrificados y ofrecidos al mar.
Pero lo que callan estas leyendas es que algunas mujeres infringen sus leyes sagradas y retienen con ellas a sus vástagos, haciéndolos pasar por hembras… Y solo, cuando el engaño comienza a ser evidencia, en un acto de amor, arriesgan sus vidas para devolvérselos a los padres.
Vi el anuncio en el periódico que dejaste en la mesa el domingo. Era un sorteo. ¿Quién iba a pensar que me podía tocar a mí?
Cuando me llamaron inventé la excusa para que te quedaras con los niños. Cien afortunados viajaríamos a la Isla de las Mujeres, a vivir toda clase de placeres. Eso es lo que decía el eslogan.
Llegamos esta mañana. Nos han recibido un millar de mujeres medio en pelotas, con bailecitos sensuales. Luego nos han atiborrado a comer y a beber. Después nos han desnudado y bañado y nos han traído aquí, a la playa. Nos han atado de pies y manos a estos troncos y nos han vendado los ojos. Lo cierto es que la cosa prometía…
Cuando nos han quitado la venda hemos visto al otro grupo de mujeres acercarse. Hasta que no se han ido separando una para cada uno no te he reconocido. ¿Qué es esto? ¿Sabes algo?
Y… ¿qué es eso que llevas a la espalda? ¿Qué pretendes hacer con esas tenazas?
Siempre te pegué porque te quiero…
Dime, puta, ¿no será que el anuncio era vuestro?
[FUERA DE CONCURSO] [JURADO MES MAYO]
Las nubes se derrumbaron en látigos de recuerdos y lluvia de llanto. La arena se hizo espesa y las olas fueron ganado la orilla de su isla. Cuando la noche invadió su estancia se estableció el silencio que ella tanto odiaba.
Su cabello se iba tornando azul a juego con el fondo de sus ojos, ávidos de esperanza y vida. Una fusión de deseo y lívido enmarcaba sus curvas, tantas veces deseada en los encantos de la bruma y ahora perdida en la tormenta de la nostalgia. Las pequeñas partículas que en su día fueron cuarzo, coral o roca, se sublevaban en una tramontana de desdichas, y ella, fuerte y guerrera, luchaba contra viento y marea por conservar la belleza que un día le fue regalada y hoy la abandonaba en la resaca del tiempo.
Cerró los ojos imaginando su locura y recorrió su cuerpo con la habilidad que los últimos años le había acompañado. Un suspiro le llevo al sueño y este al arrecife contra el que chocaba cada poro de su piel. Esa noche aprovecharon las ánimas de las amazonas para arrastrar su cuerpo hasta el último atolón, donde las almas sin dueño por fin descasan sin temor.
La he perdido y en mi interior nace el vacío más oscuro. Mis lágrimas se pierden, ahogando los recuerdos de un futuro que no fue.
E imagino:
Un lugar dónde las lágrimas vertidas se encuentran y enlazan ilusión y ahora. Un lugar de difícil acceso, rodeado de esas lágrimas saladas que dan vida a un espacio sin esquinas que no se halla en ningún mapa. Un lugar en el que se encuentran las causas de esas lágrimas correteando, recreando la vida como cuando el mar besa a la roca, o la luna intenta cazar a las estrellas.
Como si nada hubiera pasado y sólo hubiera sido el recuerdo de una pesadilla.
Un lugar sin rencor ni odio, un lugar repleto de magia, la magia de la que se nutren los sueños, las sonrisas y los abrazos. Una isla donde pasado y futuro jamás serán acogidos. Un lugar repleto de arenoso presente.
Abrazo lo que no existe e imagino su rostro, su sonrisa.
Y la veo,
en ese lugar, en esa isla repleta de cánticos, de risas, de abrazos y de amor. Esa isla repleta de lágrimas derramadas y que sólo existe en los sueños que provoca la esperanza.
Una salvaje tormenta obliga al camionero a pernoctar en la primera posada que encuentre. Vislumbra unas luces verdes, que permiten leer La Isla. Se dirige hacia allí. Le llama la atención la tétrica fachada, más propia de una mansión encantada que de una fonda. Recela, pero entra.
Lo recibe una señora inexpresiva. “Debe de estar enferma”, piensa a tenor del extraño pigmento de su piel. La casera le ofrece una habitación con compañía. Él asiente. “No me vendrá mal un relax”, dice. Ella le da la llave y suelta una carcajada histriónica, que lo desconcierta. Cuando abre su aposento, una bella y joven mujer, desnuda, aguarda en la cama.
Sin rodeos, el macho comienza el apareamiento. Absorto de placer, siente atrapado su miembro, mientras la hembra se deshace del camuflaje; muta su epidermis a un verde clorofila; sus brazos crecen y nacen de ellos afiladas espinas; su cabeza toma forma alienígena, provista de enormes ojos y un par de espigadas antenas; sus omóplatos son ahora dos imponentes alas. Sin dejarle escapatoria, devora la cabeza de su presa, que aún copula, plácida, con su segundo cerebro erecto.
Al alba, no queda rastro del macho y los montes camuflan La Isla.
Lo encontré olvidado en un cajón, donde sus páginas amarilleaban y trasminaban su perfume a polvo añejo. Con mis manecitas recorrí los trazos de conquistadores con armaduras rutilantes, nativos entre estatuas fabulosas y naves sobre la línea del horizonte. Y me vi, muchos siglos después, desempolvando en sus arenas secretas maravillas, entre la admiración de la comunidad científica.
Llegada la furiosa adolescencia, mis manos nervudas repasaron las litografías, dibujando morosamente los generosos cuerpos de las indígenas, sus pieles turgentes, sus actitudes procaces. Y mientras unas noches arrasaba poblados, sometía caciques y violaba mujeres, otras gobernaba con tal sabiduría e indulgencia, que las isleñas se me ofrecían para engendrar mestizos innúmeros.
Olvidado ya el libro y su tacto, en mi juventud me demoré en el mapa de otros valles, decidido a explorarlos hasta su conquista. Descendí a las simas y escalé los montes, recorrí amplios collados y descubrí lagunas saladas que anegaban los sentidos. Doblé tantas veces el mapa de tu piel, que la isla de tu cuerpo fue archipiélago, península y continente.
Y ahora que organizamos este viaje, tú también ríes cuando descubrimos que Isla Mujeres es solo un destino turístico más frente a las costas de la Riviera Maya.
La entrevista grupal se inició con las presentaciones, para continuar con una única pregunta: ¿Qué se llevarían a una isla habitada exclusivamente por mujeres?
Desconozco la respuesta del candidato, pero semanas más tarde Yael emprendía su viaje. Después aconteció el devenir.
Los que le conocían, jamás habrían imaginado que sus intenciones desembocarían en semejante desenlace.
Todo comenzó aquel amanecer, cuando decenas de mujeres, atónitas, vieron resurgir del mar a un náufrago que minutos más tarde cayó exhausto sobre la arena. Nunca habían contemplado semejante ejemplar. Se acercaron recelosamente, le quitaron la ropa para examinar minuciosamente su anatomía, preguntándose qué deriva le habría arrastrado hasta la Isla de las Mujeres. ¿A qué espécimen pertenecía aquel majestuoso animal, que entre sus piernas nacían exóticas prominencias.
Sin vacilar, las más osadas se prestaron a acariciarle, después a lamerle. Más tarde mordisquearon su cuello hasta encontrarse con el torso, para proseguir hasta perderse. El animal, estremeciéndose, empezó a sentirse a salvo. Parecía renacer, cuando el desuello acabó con el ritual, quedando el cuerpo inerte y cubierto con su propia piel.
Abandonado a la suerte de otras criaturas, las hojas de sus ya huérfanos manuales taxidérmicos encarroñaban al muerto.
Flotan a la deriva sin fuerzas para llegar a la orilla, saben que no pueden salir del círculo y que sus cuerpecillos redondos y aromáticos son presa fácil de los depredadores. Algunas se arremolinan en torno a la roca buscando protección…
-Vale mamá, me como las judías pero el chorizo no.
…donde el cielo se une con el mar,
lejos de aquí.
Nino Bravo
“Los paraísos existen, pero no permiten nunca estancias definitivas”, decía la nota de Giovanna. En la puerta del frigorífico, hábitat natural de todas las notas de despedida.
Mi matrimonio empezó a torcerse el mismo día de la boda. Versado en las artes del machismo, quiso enseñarme donde estaba mi sitio. Si hace falta, a hostias, decía. Por eso lo del vecino, las primeras veces con carga de culpabilidad, después con un “que se joda” que le dedicaba tras cada polvo. Luego, su compañero de trabajo, para que doliese, y al final su hermano, para que doliese más. Hasta que apareció Giovanna, como una isla imposible en mitad de aquel desierto que era mi vida: risas, curvas, besos… Me habló de un lugar que algunos marinos de su costa juran haber visto en atardeceres tardíos, una isla que no está en el mapa, donde no han llegado nunca los hombres y de la que jamás regresan las mujeres.
Tengo ya la isla incrustada en mi memoria y la cabeza llena de maletas, el viaje hace tiempo que empezó. Tal vez sea cierto eso de que los paraísos existen.
Ignoran que un dios las creó de su propia costilla. Que son consumadas seductoras. Que una sola mirada les basta para tentarlos. Por eso se rinden, confiados, a los labios, la voz y las caderas. No saben que el dios ya no existe. Y que buscando perpetuarse, les van a abrir el tórax.
Tumbado en una hamaca del garrafón, veía como tus manos dibujaban un boceto.
Cada día uno, uno diferente pero semejante. En ellos siempre bosquejabas el mismo rostro de mujer.
Con mi copa en la mano, oteaba nuestro satélite. Y sentía la necesidad de amarte.
Tú, tan femenina, tan fértil, tan siempre tú.
Y te soñaba, te soñaba nadando entre quelonios, en el caldo cristalino de aquella isla, con tu vello húmedo, fulgente y aceitunado.
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