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Coloca frente a él las cartas de su exnovia. Sentimientos desbocados y juramentos de amor eterno se desparraman frente a sus ojos. Comienza a trocear los folios mentirosos, a cachos pequeños y digeribles. Sin prisa, traga cada uno de los pedazos de celulosa. Acaba y eructa con fuerza. Durante unos segundos está genial: el exorcismo ha funcionado. Al minuto su dolor acecha de nuevo.
Terminé de leer el libro y suspiré profundamente. “Awakenings”, de Oliver Sacks. Lo cerré y reposó sobre la mesita, satisfecho de haber realizado un buen trabajo. Entre sus páginas se esconde algo más que buena literatura.
–Deberían existir cientos, miles de libros como este –pensé.
La ventana de la habitación, pequeña y triste, hermoseaba el paisaje de los valles cántabros con mayor intensidad. Podía oler los colores de la tierra mojada, sentir la alegría de contrastes entre la lluvia y el sol. Un arcoíris firmó el armisticio entre ambos, mientras los animalillos aplaudían el acontecimiento saliendo de sus madrigueras.
–La vida no es esperar a que pase la tormenta, sino aprender a bailar bajo la lluvia –dije en voz alta, como si él pudiera escucharme–. Qué frase más bonita, debo leer algo de Vivian Greene –concluí.
Desvié la mirada hacia la cama y me pareció advertir una leve sonrisa adornando el cansado rostro de mi padre. Sus labios mostraban un rubor inusual, ¿había sonreído de verdad? Tres años postrado en cama, olvidado por todos… Los médicos esperaban, desesperanzados, el punto después de la coma.
–Solo yo sé que lo tuyo son puntos suspensivos, papá. Algún día llegará el despertar…
No había dormido en toda la noche.La montaña de paquetes crecía,amontonados en pilas ordenadas al costado de la máquina.
Parecían multiplicarse mientras pasaban las horas .Lo invadían todo.
Aún le faltaban quinientas hojas por imprimir;el olor a tinta se le pegaba en la piel y le ardía en las narinas.
Necesitaba parar porque sentía cada vez más pesados los párpados,la visión se le estaba llenando de manchitas negras que bailoteaban en el aire.
Sabía qué era eso,el médico le había dicho hace mucho.Se fregó los ojos mirándose al espejo,se lavó la cara.
Tomó un mate y continuó.No dejaba de decirse que debía terminar antes de las seis de la tarde.Ella vendría a esa hora a buscar el trabajo y él era un hombre de palabra.
El vaivén del rodillo y el traqueteo de la Minerva lo nanaban peligrosamente.De pronto,todo quedó a oscuras.
No sintió nada más que la sangre caliente corriendo por sus manos y cayó.El aneurisma lo bordaba todo.
Su mujer lo encontró tirado entre las páginas prontas.Cuando lo llora aún se pregunta si el precio pagado por la palabra empeñada no fue demasiado.
La imprenta ya no tiene quien la atienda.
He visto cientos de veces amanecer sobre los montes de Kathmandú. Sin embargo jamás había visto nevar en la ciudad. Esta población, de clima templado, me sobrecoge y hoy me sorprende con un gélido invierno. El sol es tan brillante que produce un efecto de miles de diamantes flotando en el aire. Exaltados, los niños descubren esos copos de nieve que se traducen en pura diversión. Los ancianos con sonrisa torcida en sus labios, hablan y arengan sobre este fenómeno. Yo me destilo entre las páginas de este libro que quisiera terminar pronto para verle nacer en los escaparates de Madrid; el regreso, anhelada vuelta a mi civilización, a mi mundo. Observo a Dhansara y en sus ojos oscuros siento la felicidad. Mujer de dulzura infinita y sabiduría ancestral, me hace sentir pequeño cuando recuerdo mi ciudad. El trepidante caminar por la Gran Vía, no es comparable con este arcano disfrutar de la vida. Es posible que mi novela sea interminable o quizá no cabe en mi historia anterior. Yo ya elegí. El punto y final está aquí. Amo este país y las manos de mi esposa, que delicadas se pasean por cada capítulo de mi vida. Adiós Madrid.
Siempre deseó ser escritora. Llenar páginas y páginas con sus historias. Tendría que disponer de mucho tiempo para plasmar las andanzas de los numerosos personajes que bullían en su imaginación. Había empalagosas princesas. Aguerridos guerreros. Madres llenas de ternura. Viejos cargados de nostalgia. Ardientes amantes. Perturbados y mafiosos. Todos le urgían, atrincherados en las yemas de sus dedos, a ser los primeros en ver tecleadas sus andanzas. A veces la sorprendían en el mercado o en mitad de una importante reunión, con su última aventura; o le robaban horas de sueño empecinados en susurrarle versos de perfecta rima. Pero había uno de aspecto melancólico, que nada le pedía. Rodeado de libros e inmerso en la lectura, parecía diferente a todos los demás. Seducida por su misterio fue en su busca. Un escritor anónimo ha alcanzado el éxito narrando por fascículos, la apasionante historia de amor que un personaje de ficción y una joven real disfrutan. Dice haberlos hallado atrincherados al final de una fila de locos, héroes y heroínas.
Mis padres decidieron vender el viejo cortijo del abuelo, donde pasamos tantos veranos. No es agradable desalojar el hogar de un muerto, pero yo me proclamé encargado de la parte más lúdica, su pequeña biblioteca. Siempre me había preguntado cómo un hombre de aspecto rudo y modales toscos podía pasarse horas embebido en la poesía, con las cejas muy juntas y esa boca abierta en cada palabra que torpemente repetía su bigote poblado, como si una fuerza interior le obligase a ser sensible a trompicones.
Uno a uno hojeé cada volumen. Ningún libro era nuevo, aunque estaban especialmente ajados los de un determinado poeta. Las manchas de humedad seca me recordaron una vez más sus largas lecturas con ojos emocionados.
Dentro del más deslucido de los libros hallé suelta la fotografía gris y sepia de un grupo de soldados, todos sonrientes, menos uno con el bigote poblado. Tras ellos, una pared llena de impactos. En esa página, tres versos premonitorios subrayados:
Orden terminante de apuntar a la cabeza.
Tramposa obediencia debida, muerte en su conciencia.
No hay misericordia para quien fusila a un poeta.
Se había escondido entre las páginas misteriosas de aquel hermoso libro.
Era la mejor manera de desvanecerse, de apartarse de la realidad, que traicionera, intentaba sumergirle en un pozo sin fondo.
Por ello, cuando le asaltaba la certeza de que en esta vida a ella le habían repartido cartas marcadas, se abalanzaba sobre sus páginas. Allí sabía que se sentiría bien, al menos por unas breves horas.
Mientras se perdiera entre las historias románticas, viajes increíbles o vidas azarosas de otras gentes, lograría olvidarse de su propia realidad.
A través de los personajes de este libro conseguía revivir las aventuras y desventuras, durante unos momentos.
Ese era su mayor regalo y su mejor momento del día.
A mi madre, Isabel Consuegra.
Un mes después del entierro volví a su casa. Debíamos recoger papeles, repartirnos algunas cosas entre los hermanos, donar la ropa y otros enseres y dejar arreglado el piso para poder alquilarlo. Dentro de los libros de poesía que siempre estaba releyendo aparecían fotos y flores secas. Entre las cajas de zapatos llenas de fotos, huérfanas de su mirada ya para siempre, aparecían poemas.
Pasaron un par de meses más hasta que una tarde de lluvia, de esas que invitan a la lágrima, me dio por hojear uno de sus libros de poesía, el de Neruda. Al abrirlo, compartiendo versos con hojas secas y pétalos prensados, apareció un pequeño relato manuscrito con su deficiente letra de posguerra. Estaba esperándome entre las páginas de una canción desesperada. La tinta todavía conservaba ese olor a madre que tienen las tardes de lluvia. Algún día, cuando esté preparado, tengo que leerlo.
Enero en Madrid era helador. La portería estaba en un semisótano, que por el lado de atrás daba al patio de luces. ¿De luces? nunca entendió que se llamara así, todo era gris en esa casa y en su vida, desde que acabó la guerra.
Domingo ya tardaba. Esperaba no tener que salir a buscarle a “los caracoles”.
Demonio de hombre. Había trabajado tres días esa semana en una obra de la calle Ave María. Ella se enteró por la Manuela, la portera de la calle de la Fé. Así que ahora estaría gastándose las pocas pesetas en vinos y caracoles.
Se sentó mirando al aparador. Reparó en el libro: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, ¿a quién le interesaba? Un papel se escurrió de entre sus páginas, un billete de cinco pesetas y otro y otro. El bueno de Domingo, “¿así que esta es tu hucha?”
Se echó la toquilla por los hombros y se fue a la plaza y según llegaba pensó “¡qué diantres! nada de morcillo, compraré una col y patatas. Mejor me paso por donde Maruja y me merco aquellas medias y un pañuelo nuevo pa la cabeza y un jabón de olor, y…”
Desde que Judas, un crisol de razas sin dueño le mordiera la entrepierna, Miguel Villaescusa odia los febreros. Un año más, el incómodo mes ha llegado con su parafernalia de amores que hasta los gatos celebran. Las hembras enceladas buscan machos que calmen su garzonía contoneándose por los tejados rojos de la casa del señor cura, justo enfrente de su casa.
Para saciar su sed de venganza, cada noche se aposta en la ventana con una buena provisión de piedras, abre la libreta donde anota sus logros, y espera paciente el desfile felino. Acecha tras los visillos, escucha cómo maúllan reclamando una dosis de amor para sus venas, y le duele sentir ese vacío de hombre emasculado entre sus piernas.
Zapirones ufanos llegan dispuestos a sembrar su estirpe. Miguelón, que ya nunca podrá imitarlos, espera el momento. Agasajará al campeón con una lluvia de pétreos regalos. Si afina, marcará una x en la columna de los muertos. Si no es lo bastante hábil, habrá otra en la de los tullidos como él. Y si falla, la equis irá a pendientes: dentro de dos meses habrá una nueva camada con la que hacer puntería.
Se levantó de un salto. No desayunó, ni se duchó. Tampoco fue al trabajo. Vació los cajones de su mesita de noche y examinó impulsivamente su escritorio. Libros, cuadernos y folios volaron por el aire y conformaron una alfombra extensa que pisoteó sin pudor. Ya en el salón desvalijó literalmente las estanterías. Entre sus manos, las páginas se movían tan deprisa, que las letras escritas parecían tener vida propia. Su madre, que la vio desbaratar el orden, sintió temor y con ternura y palabras bien escogidas, trató de disuadirla de su empeño. Negó dos veces, lenta, pausadamente. Sus ojos ausentes empleados en radiografiar cada página no revisada. Ignorando la voz y su contenido, se zafó del abrazo protector, para correr hacia el único lugar no explorado. Una habitación vacía de vida y repleta de estantes. Sentada delante de una inmensa caja con olor a madera húmeda escudriñó los viejos apuntes de Anatomía, Fisiología y Estadística. Su corazón ralentizado y su pelo encaneciendo por minutos. A punto ya de encontrarse cara a cara con la noche, su mejor sonrisa iluminó un renglón del texto escrito. Con letra pequeña y singular, un TE QUIERO emborronado, colmó de felicidad su alma desvalorizada.
Aún se colaban en la habitación algunos rayos tibios del último empujón de la tarde, que dejaban ver al trasluz danzarinas motas de polvo flotando en el aire. Estaba cansada, y aunque no era habitual, se sentó a leer el libro que acababa de sacar de la biblioteca. Era uno de los pocos con un título que le sonaba. Lo abrió sin demasiadas esperanzas, tratando de mitigar el aburrimiento, y empezó la lectura. La luz de las tardes moguereñas comenzó, sin permiso, a invadir su espacio cansado; sintió en su piel la dulzura vibrante de la primavera, los amarillos de los cardos se colaron sin previo aviso en sus pupilas… y las nubes de agua, las lágrimas tiznadas…y ese borriquillo… Por primavera sintió como se diluían las paredes de su celda.
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