Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

42. El Príncipe – Mendigo

Complemento mi atuendo con un antifaz. Doy a mi rostro unos retoques con tizne. Represento una especie extinta que solía arribar, durante épocas de abundancia y fiesta, a la capital del reino. Nadie ha vuelto a verlos desde  las reformas benéficas de mi abuelo, Otón el Santo. Hasta ahora en que, vestido de harapos, me dirijo, por una puerta oculta del dormitorio, a un escondrijo en los jardines imperiales.

— ¡Una limosna en nombre de Dios! —Y mi mano salta desde los arbustos para recibir  unas monedas de mis asustados súbditos.

Alguien me golpea en la nuca. Despierto en un saco, amordazado y atado de pies y manos. A través de la  tela del costal, escucho la voz del jefe de la guardia:

—Esta vez uno logró alcanzar el palacio. ¡Pudo haberlo visto el Príncipe Feliz!

Me alzan en alto. Siento el rebote contra una superficie hirviente, los chispazos de dolor y el tirón del fuego al quitarme la mordaza. Mis gritos quedan esparcidos entre las cenizas del horno de piedra.

41. IGUALDAD DE GÉNERO

La navaja roza su palpitante yugular. La mariposa, sostenida con decisión, está escoltada por una voz rota y grave que exige sus cosas de valor.

—Quítate la máscara, cobarde, despojo, quiero ver tu cara, malnacido, niñato. Sé hombre y muestra tu rostro, venga, sé un macho y no una mujerzuela. Permíteme ver quién eres, venga, atrévete.

Sin perder de vista su cuello, se la quita. Un rostro de mujer deja sin argumentos al valiente caballero.

40. DISFRAZ OPRESOR

Desde que tengo recuerdos, la lámpara de araña que cuelga en el salón me ha atemorizado. Sus lágrimas penden de enormes brazos, son como las que yo siempre he reprimido; algún día deberán caer para hacerse añicos.

Y esta noche de carnaval es la idónea.

Mis padres, perfectos anfitriones, están por el jardín y mi novia, de elegante Cleopatra, no me hace caso mientras  tontea con un Marco Antonio patético.

Decidido, subo al escenario y el salón enmudece. Mickey y Minnie, sorprendidos, descubren a su hijo micrófono en mano.

– Buenas noches. Espero que estén disfrutando de esta… velada. Algunos os preguntaréis de qué voy disfrazado. Pues bien… Voy, como toda mi vida, de perfecto y santo hijo varón -miro de reojo la lámpara del salón mientras una lágrima recorre mi mejilla.- Pero se acabó, hoy me quito este disfraz opresor… Queridos Mickey y Minnie, querida Cleopatra… Apreciados payasos, bucaneros, arlequines, princesas… Soy homosexual.

Ahora floto sobre pétreas estatuas, feliz, sin ceñidos ropajes ni falsos maquillajes. Liviano y descarado me dirijo hacia un apuesto marinero de agua tan dulce como su mirada y le pido que me invite a una copa en cualquier lugar donde no haya máscaras.

39. Súmate a la fiesta

Las máscaras que elaboraba eran tan reales que podían pasar por espejos. Hasta él mismo se asombraba de la perfección de sus trabajos. Poseía la virtud de imitar toda faz que se le presentase. Para ello, usaba una materia prima etérea e inagotable que le permitía emular la piel de todos ellos y reflejar con todo detalle las más variopintas facciones y dispares peculiaridades. Ojos verdes, azules, marrones, achinados, saltones…; narices respingonas, aguileñas, puntiagudas, celestiales…; caras ovaladas, alargadas, con mandíbula cuadrada…; labios carnosos, caídos, pintados…; lunares, verrugas, cicatrices, arrugas, bigotes… No había nada que se le resistiese para crear rostros de ficción. Por mucho tiempo que los dioses o las musas hubiesen dedicado a elaborar el rasgo de sus modelos altruistas, siempre igualaba su belleza.

Le entusiasmaba contemplar y admirar tanta diversidad alrededor suyo. Conseguía sacar lo mejor de todos ellos: la inocencia, el lado infantil que llevamos dentro y, lo más bonito, les estimulaba su imaginación y fantasía.

Y así seguían sumándose cada vez más máscaras para disfrutar de esta fiesta interminable a la que os había convocado.

36. CANSA SER

El hombre me observa con sus ojos pequeñitos, me clava una mirada azul e inquisitiva que yo esquivo. Entre decepcionado e irritado por la ausencia de respuesta, me llama por mi nombre. Creo que imposta su voz, grave y profunda, como si quisiera impresionarme, aunque sigo sin inmutarme. «Bien que te conozco», pienso. Me miente, siempre me miente. Sin embargo, yo no soy el de ese lado del espejo, sino este otro, el que me mira desde la foto ajada por el sol de treinta años.

35. GENÉTICA (Beto Monte Ros)

Mis progenitores se conocieron en una fiesta de disfraces, ella llevaba la máscara de mujer enamorada y él la de galante seductor. Bailaron la danza de apareamiento y, después de haber estado celebrando, se fueron a vivir juntos. Por un tiempo su  vida fue un carnaval pero, cuando me metí en el jolgorio, llegó el momento de quitarse las caretas. En una apareció un rostro que pedía compromiso y en la otra el miedo a asumir responsabilidades. De pronto cesó la música, desmontaron las guirnaldas, se apagaron las luces y mi padre nos abandonó, no lo conocí. Mi madre, sola, se encargó de que nunca me faltara nada.

Hace poco, no sé cómo, se enteró de la muerte de ese hombre, a quien ella había amado, y de que, durante su vida, pudo hacer fortuna. Desconozco si llegó a procrear más hijos o quién se hará cargo de sus posesiones. Aunque no llevo su apellido, mi herencia siempre ha estado asegurada, de eso no hay dudas. He llegado a saber que me ha dejado en heredad: la calvicie, el hoyuelo del mentón, la diabetes y el contrato de un probable cáncer de próstata (a él lo mató) que quiero rescindir.

34. D o s R o m b o s .

Existía un cuarto de costura en el caserón de mi tío abuelo Jean. Estaba atestado de recuerdos de su difunta esposa, mujer de vastísimos conocimientos, a quien no conocimos en vida los niños del clan. Cuando ocasionalmente mis padres me llevaban de visita, curioseaba las antigüedades, aunque mi fascinación era para las siete máscaras de exóticas latitudes que el anciano custodiaba en una vitrina sucia.

Pero un año, durante la fiesta de La Candelaria, se abrió por ensalmo apenas la toqué y me dispuse a una celebración privada. Al ponerme la primera máscara en la soledad del cuarto de costura, se fundió la bombilla. Sentí un calambre y presencié una escena a través de aquella careta que se correspondía con algo en lo que debió participar la tía abuela. Me despojé de ella como si quemara, pero mis manos y las demás obras de artesanía confabulaban contra mi voluntad a pesar de la oscuridad y probé la siguiente, embozándome una detrás de otra hasta la séptima, con las respectivas visiones.

Alguandre he vuelto a festejar el santo de la tía abuela Candelaria, pues blanco es mi pelo desde entonces.

Y la aberración anida en mi mente.

 

 

33. MÁSCARA JUSTICIERA

Con el bullicio de la fiesta, nadie se percató de lo sucedido. Su disfraz de zombi hizo que la sangre verdadera se confundiera con la postiza, y los primeros auxilios llegaron demasiado tarde. Esta vez había ido solo; a su esposa, dolorida por la última paliza que le propinó, la dejó en casa. Sí estaban varios vecinos y una buena amiga de la mujer. Ella misma se encargó de la difícil papeleta de comunicarle la tragedia. La llamó al móvil sin obtener respuesta. Inmediatamente se desplazó corriendo a su vivienda, situada al final de la calle. Timbró con insistencia, gritó varias veces su nombre, hasta que, al fin, se entreabrió la puerta. Pero no pudo cruzar el umbral, porque lo que vio dentro la dejó de piedra: su querida amiga todavía llevaba puesta la careta y una espada ensangrentada en la mano.

32. EL FESTEJO DE VIEJAS COMADRES

Fue en aquel viaje de regreso a San Luis Potosí durante la celebración del Día de los Muertos que pude al fin reencontrarme con mis viejas comadres después de cuarenta años. Me vinieron las cuates toditas cadavéricas a buscarme al aeropuerto arrastrando un aire festivo que contagiaba a todo el mundo. Y yo, sintiéndome partícipe de la fiesta, me dejé llevar así nomás, sin máscara ni nada.

-Señorita ¿Me da mi calaverita?-Nos decían los chamacos a nuestro paso reclamando sus golosinas.

En verdad las calles eran un bullicio de procesiones, gentes enmascaradas, como ríos de difuntos que daban a parar al santuario: El camposanto, invadido por una algarabía a la que ya no estaba acostumbrada. Y esquivando familias creí ver la tumba de mi mamacita y quise pararme, pero las comadres me llevaban decididas a un lugar concreto con sus cestos repletos de quesadillas, que me encantan, y panes dulces de muerto. Entonces, frente a tres tumbas solitarias donde nadie festejaba, soltaron los cestos y prendieron llama a los cirios que las rodeaban. Vi sus nombres: Asunción, Guadalupe y Eulalia… Se sentaron ante mí con sus máscaras, comimos, bebimos y celebramos que yo sí huí evitando así mi matanza.

31. Inconfundibles

Inconfundible ese trasero respingón que pugna por levantarse incluso bajo el disfraz de caperucita. Imposible no reconocer las orejas carnosas y rosadas, aunque estén disimuladas bajo el casco de gladiador romano ¿De verdad piensa que el disfraz de Robespierre oculta su movimiento algo espasmódico al andar? Vine a la fiesta de disfraces pensando que lo pasaría en grande, al olvidar quien es quien bajo el disfraz….pero, ¿cómo no reconocernos?

29. CITA EN VENECIA

Cuando entró en el gran  salón  de los espejos, todas  las cabezas se giraron y un murmullo de admiración contenida recorrió el baile, como si una extraña marejada hubiera inundado todo el palacio dejando vacíos los bellos canales de la ciudad.

Coronando una larga capa de seda negra se alzaba, imponente, la más hipnótica y elegante máscara que jamás vieran los asistentes a aquél carnaval de Venecia.

Tras una educada reverencia, el fabuloso pájaro brillante de largas plumas doradas que, como una llameante cascada, le recorrían de la cabeza a los pies, fue tocando levemente, con su pálido pico y a modo de discreto saludo, a cada uno de los invitados que le rodeaban curiosos, tras indicar a la orquesta que prosiguiese con su interrumpida música.

La sorprendida anfitriona, no conociendo a aquél intruso, se colocó a su espalda y, en un rápido movimiento de la mano, le arrancó de pronto la máscara, que cayó con un sonoro golpe al suelo.

Los atónitos presentes pudieron ver entonces, horrorizados, a la inmemorial y conocida calavera, de vieja y carcomida sonrisa, acudiendo puntual a la cita que, precisamente esa noche, tenía concertada con todos ellos.

28.La sonrisa del ratón

Había sido un curso muy duro. Hice cuanto pude para obtener la máxima nota en el examen de selectividad, pero no fue suficiente para acceder a la universidad pública, unas décimas de menos y mi vocación al traste. La carrera deseada se impartía en una inaccesible facultad privada, que con el sueldo de mi padre no me podía permitir. Conseguí sumar amargura a la que ya arrastraba desde la pérdida de mamá.

 

Llevaba sin salir desde entonces, hasta que mis amigas me convencieron para asistir al baile de máscaras del casino. Acepté, al fin y al cabo, allí no tendría que mostrar mi rostro, falto de alegría desde hacía meses. Una vez allí me sentí fuera de lugar, rodeada de personas felices y pudientes, cuando apareció aquel tipo armado. Oculto tras una máscara de Mickey Mouse, desvalijó a todos con rapidez y eficacia, en mi caso apenas contribuí a engrosar su botín, que sin duda fue sustancioso.

 

Semanas después, papá anunció que había obtenido un ascenso, que ahora podía costear mi carrera. Todo se lo debo. Nunca le contaré que en un cajón descubrí un día una pistola de juguete, junto a ella, un ratón sonreía.

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