Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

2019 ENTCOLORES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el color BLANCO

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Este mes te ofrecemos nuestro concurso habitual y la posibilidad extra de participar en el ENTCerrado... Dos "paginas en blanco" a tu disposición...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
5 de junio

Relatos

164. EL LAGO DE LÁGRIMAS DE PLATA, de Claro

Había leído los suficientes libros como para saber que el amanecer es anaranjado y que desdibuja haces de fotones produciendo la más placentera de las sonrisas. Había conocido en aquellos libros que cuando el día acecha, se comienzan a esparcir sombras por bosques plagados de vegetación y de fauna. Sabía, pero no por cuenta  propia, que cuando llegaba la noche, aquel lugar cálido y cercano se convertía en una zona sombría y quizás para muchos tenebrosa, o para otros pocos en un lugar mágico, en el que la fantasía hacía sus estragos sobre la realidad. Había escuchado hablar de un claro de luna que se reflejaba sonriente en las pacíficas aguas de un lago que albergaba el más misterioso de los páramos, un lugar en el que los lamentos iban a parar como lamentos de las almas descarriadas, el lago de lágrimas de plata. Suspirando terminó la última página de aquel libro y repasando con las yemas de sus dedos la última línea, suspiró y cerró la tapa. Entre lamentos dos lágrimas aterrizaron en el lago y perdiéndose entre las sábanas, una vez más deseó que aunque fuese solo por  un instante la ceguera no le acompañase.

163. EL REFLEJO DEL AMOR PERDIDO, de Carballo

La senda se estrechaba y, de repente aparecia un hermoso bosque de sauces llorones, que rodeaban un pequeño lago de aguas cristalinas, en el que se reflejaban sus largas ramas , que caían como lagrimas sobre aquel espejo tranquilo. En aquella laguna que permanecia quieta como un plato brillante donde se reflejaba la luna llena, la muchacha se miró en las aguas y en ellas vio la nostalgia del amor perdido. Se había refugiado alli buscando un lugar tranquilo donde llorar a su enamorado. Este, la había abandonado aquella tarde, al quedar atrapado en los brazos de otra mujer más madura,  enredado en sus tiernas palabras.

162. UN DESCUIDO REVELADOR, de Arrendajo

El día era espléndido, aunque el campo acusaba la lluvia de días atrás. Sentado en una roca, me enfrenté al bocadillo que, de ser lombrices, hubiera compartido con un mirlo que cantaba en un árbol. ¡Qué repertorio el suyo!, con razón su canto está considerado como uno de los más bellos entre las aves.
De pronto, se ahogó mi gozo engullido por un estruendo ronco. Pensé en una motosierra, pero pronto supe que era una moto de montaña, cuyo piloto se daba el capricho de abrir una nueva ruta, ¡una más!
Le eché el alto. Paró de mala gana.
-Estáis destrozando el bosque.
-¿Y a ti qué te importa?
-Mucho.
-Monto donde me da la gana, metete.
-Pues, tú mismo, pobre bosque.
-¿Qué? ¿De guardabosques?
Arrancó y derrapó para ponerme perdido. Me cegó, mientras se acordaba de mi madre.
Me limpiaba los ojos, cuando percibí un grito desgarrador.
-Ayuda, no puedo moverme.
Le mostré mi móvil, lo metí en el bolsillo y me fui a casa.
Las sardinas estaban encima del mostrador. El gato había perdonado mi descuido. Cavilé… si el gato fue capaz de eso… bajé a una cabina, para no delatarme, e informé del lugar exacto del accidente.

161. SAN CHICO MENDES, de Hevea

San Chico Mendes no es un chico. El abuelo dice que es inmortal. El abuelo es viejo, no controla bien esto de los años. Yo sí soy chico. Todos los días, el abuelo y yo, caminamos unos kilómetros para llegar a nuestra jungla llena de encinas y matorrales. El abuelo lo llama bosque mediterráneo. Yo quiero al abuelo, y lo que él dice siempre es verdad. Dice que a Chico Mendes lo mataron por defender su bosque; un bosque que era selva. Todos los amaneceres Chico, desde que era tan chico como yo, extraía látex de las heveas, unos árboles que se dan en el bosque de Brasil, y con él hacía caucho. El abuelo dice, y ya os he dicho que nunca miente, que lo mataron unos hombres malos que querían cortar las heveas de su bosque. Y, bueno, que los árboles no se deben cortar lo sabe todo el mundo, los chicos y los grandes. Por eso para nosotros Chico Mendes es nuestro patrón. El vela desde un cielo muy verde por nuestras encinas, nuestros álamos, y hasta por nuestros cipreses que son unas agujas verdes y altas que al abuelo, no sé porqué, no le gustan mucho.

160. ESTABA EN CASA, de Junco

Simplemente abrí los ojos y no vi nada… Recorriendo las calles sin rumbo alguno, como si de un títere se tratase, un hilo invisible me arrastró lentamente hasta un prado oculto de ese bosque misterioso. Resulta curioso darse cuenta de cómo no nos percatamos de las cosas. ¿Cuántas veces habría pasado por sus inmediaciones, sin ser consciente de lo que era realmente? Ahora que mi vida se iba deteniendo poco a poco veía las cosas hermosas que me habían rodeado durante tanto tiempo…
Me tumbé en el frondoso pasto, respirando lenta y profundamente, procurando que todos los aromas penetraran e inundaran mis pulmones insuflándoles un poco de vida. Acaricié con manos abiertas la húmeda hierba, deslizándola entre mis dedos…  suave… fresca…
Comenzó a llover como si el cielo fuese conocedor de mi tristeza… Lloraba las lágrimas que a mí ya no me quedaban. Una brisa cálida me reconfortaba mientras el canto de los pájaros me hacía evadir, de nuevo, del mundo.
Cuándo ya nada me quedaba, cuando ya nada esperaba, fue cuando me sentí más libre para volar. El bosque me abrazaba con ternura y amor, protegiéndome como una madre protege a su hijo. Estaba en casa…

159. BOSQUE CAMBIANTE, de Arce 2

Dejaron pasar al caminante, casi sin mirarlo, notaban el vaho que soltaban sus jadeos y como resonaban sus pasos en el silencio espectral del bosque. Sus andares eran bruscos y no tenían ningún respeto por la flora del lugar. Según los paseantes, les daba por comportarse de un modo u otro, era una de sus distracciones, tenían pocas, y nadie contaba que cambiaran un poco. Entrelazaban sus ramas entre congéneres haciendo el bosque impenetrable. Este, tardaría en salir.

158. NADA ES CORRIENTE, de Corzo

Dos amigos charlan tranquilamente por un sendero del bosque; la frescura del río cercano hace agradable el caminar. Hasta aquí todo es normal, hasta que repentinamente la corriente arrastra una botella a la orilla y uno de ellos la rescata de las agua. Descorcha el tapón, dentro hay un mensaje. Saca la hoja de su cápsula, pero no hay nada escrito. La decepción llega a su rostro y hace un movimiento para arrojarla de vuelta al río. Sin embargo, su compañero le retiene el brazo rápidamente y le pregunta:  
-¿Qué haces?
-¿Pues no ves qué está en blanco?    
-Sí ¿Y qué pasa?        
-No sirve para nada.  
Su compañero coge el papel y saca un bolígrafo de su mochila. Tras reflexionar escribe algo mientras el otro le observa intrigado.      
-Ya está, a ver ahora; lee:      
-“Los años pasan para quien tiene una historia que contar”- Tras la lectura se queda confuso hasta que finalmente un destello de inteligencia ilumina sus ojos. Pide prestado el boli y con trazo ágil escribe: “y un amigo con el que contar”.              
La botella continúo su camino y los amigos tomaron uno nuevo: por primera vez se sentían sedientos y no de agua…  

157. APRENDER A DECIR ADIÓS, de Sauce Llorón

Y acudió una vez más al mismo árbol, del mismo bosque donde solían pasar horas y horas.  A él también le produjo una enorme pena su muerte, pero no entendía porque ella no se había recuperado aún. Se sentía egoísta, pero a la vez ya estaba cansado de esperar. Había pasado más de un año, de que se fue su sonrisa, de que se fueron sus ganas de vivir y sus poesías improvisadas sobre las ramas de aquel árbol. Se preguntaba si la había perdido para siempre. Ahora solo era negatividad, sus ojos ya no brillaban. Su alma se había ido con su padre. Tenía que acudir  allí  a respirar la humedad de aquel lugar, que aún era más notoria aquel otoño, para recuperar fuerzas, para volver a su lado con la mejor de sus sonrisas y conquistarla de nuevo.

156. FIEL A SU ESTILO, de Bruma del Bosque

Siendo niña la habían apodado “Caperucita Roja” por la linda capita encarnada y con capucha que su abuela le había regalado para defenderse del frío. Ocurrío que con ella se sintió tan linda y tan hermosa que núnca más quiso quitársela. Aquella capita llamó la atención de un lobo fiero y astuto un día que atravesaba el bosque y fué su desdicha. El lobo la sonsacó hacía dónde se dirigía y, entreteniéndola y engañándola, consiguó llegar primero al destino de la niña,la casa de la abuelita,zamparse a ésta y a la ingenua nieta.Pese a la experiencia nefanda de la niñez “Caperuza”, como todos la llamaban ahora, consiguó sobrevivir gracias a un leñador que por allí pasaba y continuó utilizando capa con capucha.Esta vez eligió color y destinos nuevos:el marrón dentro del monasterio de las clarisas.

155. LAS SÁBANAS DE HILO, de Castaño 2

Había estado planchando las sábanas de hilo, aquéllas que habían sido bordadas con el objetivo de que sirvieran de acogida en una noche de bodas que nunca llegó. Las lágrimas humedecían aún más la tela rociada para su planchado. El día de la última Nochevieja  habían cobijado, un año más, la angustia de la soledad y la tristeza. Era un patética y ficticia parodia de la  vida siempre anheló pero que nunca llegó.
Se bajó de su coche y comenzó a caminar entre los lánguidos castaños. Había estado lloviendo y el aire era tan límpido que estuvo a punto de echarse atrás. Sin embargo, pasada esta primera vacilación, continuó su paseo. Llevaba una bolsa de vivos colores en donde había metido el juego de sábanas. Comenzaba a anochecer por lo que eligió el castaño más grande y más retorcido que encontró; sacó las sábanas y las colocó dulcemente sobre los helechos que poblaban la umbría del árbol. De un bolsillo de su abrigo, sacó un frasquito azulado y una botella de agua. Una a una fue ingiriendo las pastillas, se reclinó sobre las sábanas y esperó, mirando cómo la luna escalaba la grada del cielo. Después todo se fue oscureciendo.

154. INSPIRACIÓN, de Umbría

La soledad inevitable le da la mano, desde el alba hasta la noche, desde la risa alegre hasta la sombra de nube oscura que amenaza un chaparrón de cenizas. No quiere jugar con ella al escondite absurdo de negar que está adosada al corazón de cada hombre. Ella la auspicia a  pasear al ritmo y por el paisaje que el bosque y sus piernas le sugieren.
Cada paseo por el bosque, en ese invierno de su vida, es una aventura que se instala en la mirilla de su corazón de loba. La umbría y los olores desatados se convierten, para ella, en páramo de inspiración, sabor a sueño y asombro íntimo.
A su regreso a casa lleva las botas embarradas, las manos sucias y la mirada ahíta de susurros de la madre tierra.

153. CÓMPLICES, de Bosque Silencioso

Era muy tarde y hacía mucho frío aquella noche. Mientras subía las escaleras, los vio pasar una vez más. Eran tres e iban camino del bosque. Pensó que siempre eran tres y que siempre se dirigían al mismo lugar. Nadie sabía por qué iban allí. Sólo sabían que iban tres, y que volvían dos. Pero nadie se preguntaba por qué. A nadie le interesaba, porque nadie quería saberlo. Así se vivía mejor. Aquella noche era como cualquier otra. De nuevo escucharían dos disparos sordos y de nuevo sentirían un grito desgarrador. Pensarían que era algún animal. Eso es, un animal herido. Y cerrarían los ojos para soñar con un bosque silencioso, en el que los animales no gritan. A la mañana siguiente nadie diría nada, porque no había nada que decir. Y todos notarían el olor a pólvora y a tierra removida, que se confundiría con los aromas del bosque mañanero. Sabían que el bosque haría desaparecer aquel cuerpo. Tenía experiencia y nunca les había fallado. ¿Por qué iba a hacerlo esta vez? Ellos sólo tenían que oír, ver y callar. Así de fácil. Aunque esos que pasaban no lo sabían… y oían demasiado, veían demasiado, o no callaban demasiado.