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Abandonó el barco como una rata. Sabía que nos íbamos a pique. Evitaba el naufragio. El agua. La lluvia de mis lágrimas. No me di cuenta hasta que se fue, él era quien nos hundía porque hemos vuelto a navegar en paz.
Su conciencia no podría soportarlo, pero continuaría con la ceremonia. El sacerdote miró fijamente los ojos tristes de la novia. Después al viejo cacique sonriente, vestido de frac. Prosiguió:
– Quien tenga alguna objeción que hable ahora o calle para siempre.
Esperó unos segundos, aunque la anciana madre del novio, tampoco el médico, los guardias civiles ni el tendero, se atrevieron a protestar.
En la calle aguardaban los familiares de la prometida. Las nubes ocultaron el sol. El cura concluía las nupcias cuando comenzó la tormenta. El primer rayo cayó sobre la espadaña.
El segundo destrozó la iglesia por completo.
La noche se hizo fría. Las estrellas se escondieron detrás de las nubes mientras contaba hasta diez. -Ya voy-dije a la vez que salia por el pasillo a oscuras como un explorador buscando su recompensa. El primer trueno sonó aún lejano cuando escuché unas risas debajo de mi cama. Me agaché y las risas se volvieron carcajadas; había encontrado el tesoro. Ahora me tocaba esconderme a mi. Los truenos acechaban la ciudad que resistía al asedio de los relámpagos. El cielo se encendía como si en las nubes hubiera una fiesta con luces de colores. Sin respirar casi y con la tripa metida aguantaba detrás de la puerta de la cocina. -Estás aquí mama- sonó la voz dulce que pronto calló con el trueno ensordecedor que se escuchó. La tormenta había llegado, la ciudad quedó atrapada en las redes luminosas y sonoras. Era el momento de acurrucarnos bajo las sabanas con dibujos de soles amarillos.
Cuando empiezan a caer las primeras gotas, a mi hermano y a mí nos gusta ver cómo les nacen caracoles a los muros. Mientras suben por los jaramagos los vamos contando en voz baja hasta que desaparecen entre las grietas. Entonces nos metemos también en la casa y continuamos persiguiéndolos a través de los escombros. Al llegar a nuestra antigua habitación nos tumbamos en la maleza a esperar entre risas a que los caracoles nos trepen por todas partes. Su blando correteo sobre nuestra piel nos recuerda siempre a mamá, a cómo le divertía despertarnos haciéndonos cosquillas cada mañana.
Sentado en una esquina de la cocina, el niño escucha aterrorizado los truenos, con los ojos muy abiertos. Los rayos lanzan destellos azulados que empujados por ráfagas de viento, atraviesan los cristales. Iluminan los rostros de los tertulianos, que a la lumbre del fuego se le antojan demonios. Recuerdan leyendas de difuntos o historias de extrañas desapariciones y de orfanatos abandonados. Agitan con risotadas las calvas, las enormes narices y las cejas pobladas en rostros enjutos.
Con lágrimas y el corazón encogido, a punto está de romper a llorar cuando unos dedos enredan su pelo, templando el sudor frío de su cuerpo. Sesgando como hoja de acero afilada las sombras oscuras del infierno.
Descansó la sobarba sobre la boca del cañón y no vaciló; la escopeta, tampoco. Unos minutos antes, una llamada suya a la Policía les puso al corriente de lo que allí se encontrarían.
Aunque llevaba tiempo con las cartas guardadas, no había sido hasta esta mañana, con los primeros truenos avanzando el peligro que traía el día, cuando se había decidido a acercarse a Correos. Con aquellas hojas, preñadas de letras dolidas que no ocultaban reproches a unos hijos demasiado ocupados y siempre ausentes, no solicitaba perdón. Se conformaba con espantar el odio que pudiera aflorar en ellos hacia un padre viejo, que rebasado por aquella enfermedad desbocada que había dejado a Matilde, primero sin recuerdos y más tarde sin fuerzas; que vencido por aquella muerte en vida que le torturaba hasta el punto de no soportar verla ni un día más postrada en la cama de aquella habitación estéril, donde la única visita era la del sol, los días claros; que él, en plenas facultades mentales y en un acto de humana compasión, había tomado la determinación de escapar con ella de este mundo falible en busca de algo mejor.
Amaneció el día apuntando agua y llovió a mares.
Ella apretó su dedo y se quedó dormida, él pasó toda la noche con los ojos abiertos, se le oprimía el pecho cuando imaginaba su vida sin ella, no podía salir de la jaula de sus pensamientos y ella no podía franquerla, la puerta estaba cerrada.
Él se imaginó libre sin los miedos que lo ataban. Ella se imaginó caminando junto a él. Él sintió que tropezaba. Ella siguió caminando. Él no pudo levantarse. Ella sintió que debía dejarlo ir, “camina a tu paso” le dijo, yo te espero en la estación.Él se sintió temeroso pero se levantó. Ella ya no estaba. Él sintió temor, en cada paso el miedo se hacía más intenso. Ella pensó que él no llegaba, él pensó lo mismo. Ella miró el horizonte con ojos de agua. Él se abandonó. Ella nunca lo perdonó.
Como una oruga dentro de una hoja verde bajo la tormenta: Era uno de los símiles preferidos de Inés. Así se refería al miedo. Si hablaba de esperanza, narraba como la tortuga luchaba por alcanzar el mar tras dejar sus huevos en la arena. Inés daba a todas las emociones y situaciones abstractas de la vida una explicación natural. –Los veterinarios, somos así.- decía. – Todo lo llevamos a nuestro terreno. No hablaba de ocio, sino de que el ser humano debe jugar como lo hacen los animales cuando han comido y procreado. Yo podía pasar horas escuchando como conectaba los pedos de las vacas con el calentamiento global. No entendía absolutamente nada de lo que me contaba pero me gustaba como sonaban sus palabras. Era el primer síntoma de que me estaba enamorando profundamente de Inés.
«Pinca» me llamo.
«Elos» era mi hermano.
Murió una noche de Miércoles de Ceniza.
Buscábamos a pie el preventorio olvidado Peam Trócar. De iluminar tanto bosque enfermizo, la luna presumía con faz mórbida. Elos parecía escuchar unas coordenadas sugeridas a su maníaco cerebro. Se desató una tempestad aniquiladora, convulsiva, blanca y vieja como el mundo -¡No me perdonaré que esa contracción, palor y antigüedad esenciales debieron advertirme!-y a merced de su refucilo se materializó el ilocalizable sanatorio de anatema
¡Qué majestuoso internado de siglos!Ufanos, instalamos espectroscopios en crujías y pabellones . No detectaron ninguna fluctuación, salvo en la capilla. Del abismo sacrosanto, apareció una dama de sanidad preciosa y alba-la enfermera de toda la vida señalando silencio en los veteranos hospitales-Un vesivilo así enamora; en su cofia dos palabras bordadas en carmesí.
Mi hermano quedó prendado sin reflejos cuando Ella saboreó sus labios. Celoso hasta en el averno, esperé catatónico..iba a ofrendarme el ósculo, volví a ver su cabeza..y leí un nombre. Salté atrás porque Elos, sentenciado inexorablemente, se desangraba por boca y nariz en un reclinatorio. Quieto para siempre.
Y en verdad que desde La Honesta Tormenta, al Bellísimo Fantasma, revelaron quien era Ella.
Bajo la tormenta y abocado al fracaso se encuentra el desdichado. Intenta y no consigue encontrar el camino que le alivie de su frustración. Cada día truena más y más en su vida, en su entorno y en su mente. Cada día es un día más en el que se aleja del final del túnel y cada noche, le parece estar viviendo lo mismo, aquella película que en algún momento se quedó atascada. Ve su vida pasar ensimismado en el tintero y aunque busca las palabras, no las encuentra. Busca los argumentos, pero son inexistentes. Busca y rebusca en su mente la solución al enigma, pero el enigma es robusto y no se cansa. En completa agonía termina por pensar en abdicar, olvidarse de luchar y dejarse pisotear.
Día a día somos conscientes de la situación a la que estamos llegando, me pregunto si nuestro escritor encontrara la fórmula, si sería capaz de usarla, sin que antes fuera destrozada.
El agua es mi elemento y, desde que tengo memoria, siempre he amado la lluvia. El aguacero de primavera que tiñe de colores los campos; la tromba de verano que se pega a la ropa sin refrescar apenas; la llovizna de otoño bañando suavemente la hojarasca pero, sobre todo, amo la tormenta que rasga con un rugido las nubes del invierno y descarga su furia hasta anegar la tierra.
Pienso en todo esto mientras, tumbada boca arriba sobre este pedregal, contemplo el cielo gris de la montaña, con la niebla a cuatro pasos y la civilización más lejos que nunca.
Creo que pronto tendré la suerte de volver a escuchar el ruido del agua rebotando en las rocas y a sentir su frío tacto en mi cara. Por un momento regreso a mi infancia y me imagino corriendo entre relámpagos y riendo feliz. Lástima que, esta vez, no pueda levantarme para disfrutar de una carrera bajo la lluvia que tanto amo.
Las primeras gotas están ya helándome el rostro y aún no quiero cerrar los ojos. La fatal caída por un estúpido barranco no me va a privar de dedicarle a esta tormenta mi última mirada.
Érase una vez un centenar de héroes que desafiaron la miseria. Vivían en la más absoluta nada; sin porvenir, sin trabajo, sin dinero, pero con mucha hambre. Subsistían mendigando por las calles de un reino repleto de poca generosidad esperando una llamada de libertad.
Bienaventurados los indigentes que fueron llamados para evadirse de la penuria. Unos acudieron solos, otros con sus compañeros de pobreza y los hubo con toda su familia a cuestas. No todos ellos pudieron pagar el precio de la libertad. La mayoría necesitó robar y hacer uso de las pocas fuerzas que poseían para reunir el coste de una plaza en el cayuco que les brindaría una oportunidad de supervivencia.
A los pocos días, unos cien humanos partieron a bordo de una endeble embarcación enfrentándose a sus propias vidas. A solo veinte kilómetros estaba fijada la salvación, pero una terrible tormenta los sorprendió durante la travesía, convirtiéndola en una auténtica odisea. Mujeres con niños en brazos, adolescentes y decenas de varones perecieron en el intento.
Las autoridades del paraíso atisbaron la patera. Quince sobrevivieron, catorce adultos y un bebé. Los internaron en un centro carcelario hasta que fueron deportados. Todos menos uno, cariño, a quien llamé Ulises.
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