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“Luces cálidas. Frio tras la ventana. Villancicos lejanos que llenan silencios. Un portal a punto de cobrar vida. Olor de comida haciéndose en la cocina. Risas, abrazos, comentarios que recuerdan episodios pasados. Miradas perdidas, enamoradas, desgatadas. Ilusiones ocultas bajo un tronco con barretina que llegó de la montaña. Otras, un duende barbudo las traerá. Una mesa vestida de rojo y repleta de pequeños detalles, espera a sus comensales y a las futuras manchas que la ocuparan cuando todo acabe y se apaguen las luces del hogar. Los pequeños juegan por el comedor”.
Sus lágrimas caen sobre el plato de sopa tras la aparición del educador que le recuerda dónde se encuentra. Nochebuena recluido en un centro de menores, alejado de su familia y de sus sueños. No se encuentra mal pero le encantaría estar con ellos, como otros compañeros lo están. Nunca ha podido hacerlo. No ha tenido esa oportunidad, compartir estas fechas con su familia. ¡Su jodida familia! Tira la cuchara con fuerza, se levanta arrojando la silla y marcha del comedor gritando. Tras de sí deja el silencio de niños asustados que no entienden nada, las miradas interrogantes de los educadores y el CD con los villancicos apagándose.
«Fum, fum, fum…», Luciano tararea el villancico que suena por la megafonía del centro comercial. Se siente libre, dichoso y, embriagado del espíritu navideño, compra una colonia francesa de mujer, una Barbie, un coche teledirigido, un jamón, su correspondiente cuchillo y un disfraz de Papá Noel. Cargado de bolsas, sale a la calle para imbuirse en el ambiente festivo, disfrutar de nuevo del sol y ser un viandante más. ¡Decidido! Realizará el trayecto hasta su casa a pie.
Delante del espejo, parece otro con esa barba postiza y el relleno debajo del traje rojo. «Jo, jo, jo», se carcajea antes de introducir los regalos en la saca. Ilusionado, se dispone a sorprenderlos. Llama al timbre de la puerta y se esconde. Es el pequeño de la casa el que abre y, en ese momento, se abalanza sobre él, lo coge en brazos y se adentra en el pasillo hasta llegar al salón. «¡Ya está aquí Santa Klaus!». La niña lo mira con la boca abierta, mientras la madre pregunta quién es, qué hace en su casa. Luciano suelta al crío, extrae el cuchillo y contesta: «Vecina, soy el hombre que necesitas y vosotros, desde esta noche, seréis mi nueva familia».
Sonrió. ¡Por fin una Navidad en familia! ¡Y mantenía su trabajo! Cerró la puerta y ante el contable se abrió un horizonte de interrogantes: ¿Cómo era posible? ¡Si hasta le había entregado su carta de dimisión al no poder cumplir los plazos! ¿Por qué su jefe habría ampliado la fecha de entrega del informe anual? Precisamente él, el implacable directivo para el que no existían horarios, ocio, ni familia. La nube de cavilaciones se disipó cuando el contable recordó que aún debía comprar los regalos navideños antes de tomar el avión rumbo a casa. ¿Qué habría pedido este año? Abrió su maletín y buscó el sobre que le había dado su hija para echar al correo…
La luz de la oficina del final del pasillo, la última que se extinguía con la jornada laboral iluminaba aún el atardecer en la tercera planta. El director volvía a abrir la carta que le había entregado aquella mañana con gesto apesadumbrado su contable; un sobre que contenía un papelito garabateado con una ingenua caligrafía: “Sólo quiero un regalo: que mi papi venga a casa en Nochebuena. Gracias. ¡Ah! He sido muy buena. Y mi papi también”. Sonrió. ¡Por fin una Navidad en familia!
La mañana del día de Navidad,andaba Maruja por la Ruta del Colesterol intentando quemar las cinco mil calorías ingeridas la noche anterior,cuando presenció algo que la dejó pasmada: en el parque aledaño estaba aterrizando lo que tenía pinta de ser una olla express Magefesa.
Corrió hacia allí llegando justo a tiempo para ver cómo se abría una compuerta y de dentro salía un alienígena. Sin embargo, a Maruja, aquella pequeña criatura le pareció un bonito agaporni.
El extraterrestre sacó su pistola de protones dispuesto a fulminarla. Maruja, perpleja ante todo lo que sabía hacer aquel adorable pajarillo se sacó del mandil unas miguitas de pan…
Media hora más tarde, el «agaporni» de las galaxias estaba dentro de una jaula acompañado de un canario, una carcasa de sepia a medio picotear y alpiste, mucho alpiste.
– No te lo comas todo de golpe «cari«, no vayas a explotar, como el último… ¡Ay, qué bonico, si parece que quiere hablar!
– XRP-33 a nave nodriza. Abortamos misión de exploración previa a la invasión del planeta tierra. Una vez más hemos sido capturados por las Fuerzas Especiales Maruja. Inmolación en 3, 2, 1…
¡BOOOOUM!
Mi vida de niño fue siempre ejemplar, hasta que una nochebuena, mis padres, decepcionados, me subieron a aquel maldito tiovivo. Allí, a lomos de un caballo mustio, me hicieron firmar el finiquito y me centrifugaron entre arengas y burlas. Ni que decir tiene que al rato estallé, transformado en cristales de agua y chispazos azules. Luego, todo cambió… Ahora floto en el aire, sin carga negativa ni rencor, jugando entre isobaras y ventiscas. Nunca volví a ver a mis padres, aunque no estoy solo; somos muchos. Viajamos, bulliciosos, formando edredones níveos sobre los coches, o luciendo, con orgullo geométrico, sobre la fachada del Corte Inglés. Si te fijas bien, podrás verme. A veces bajo en zigzag sin llamar la atención, salvo por un soniquete de velcro cuando caminas. Disfruto espiando parques llenos de luces navideñas. Aunque me quedo poco tiempo. Sólo hasta que vuelve esa tristeza antigua. Entonces hago malabares para no licuarme y me elevo raudo, con la esperanza envuelta entre nubes. Luego huyo sin tregua; desbocado, como un caballo sin tiovivo bajo la tormenta; y me pierdo, otra vez, buscando el camino de vuelta a casa; siempre errando en círculos.
Este mes me ha enviado un dibujo acorde con estas fechas: un enorme abeto decorado con motivos navideños rojos y dorados, la estrella –su adorno favorito- está un poco torcida, sonrío al recordar cómo me apremiaba a que la subiera en mis hombros para colocarla. Al pie del árbol hay cuatro cajas enormes bellamente empaquetadas, por afuera están los nombres de cada uno de nosotros. La mía es de color verde y no puedo evitar el nudo en mi estómago: tampoco este año podré abrirla. Me dice que la guardará con las anteriores y las siguientes. “Necesitará mucho espacio para las veinte” –pienso- mientras la emoción de conservar un lugar en mi familia humedece mis ojos. Por megafonía nos llaman a cenar. Coloco el dibujo al lado del catre y me dirijo al comedor, seguro que el menú de hoy es especial, acorde con estas fechas.
En un cajero al abrigo del frío con los cartones húmedos enrollados hasta que el vigilante llegara y a cajas destempladas los echara, allí estaban. Entré a sacar dinero. Son esos días en los que el dinero se te acaba y tienes que comprar. Dos hombres escribían sobre un papel arrugado:
Nada como los días de fiesta.
Sacad los pastores a cantar.
Consumamos cordero lechal.
Invitemos a un indigente a cenar.
A quién tocará la lotería.
Que brillen las luces sin pagar.
La sombra vendrá en la factura del gas.
Vivir y cantar, comer y dormir.
Cada uno en su casa.
No habrá peleas familiares.
Id de compras señoras.
Derritamos tarjeta de crédito.
La cuesta no llegará hasta enero.
Demos a los pobres los buenos días.
Regalemos lo que no nos sirve.
Derrochemos en generosidad.
A la calle con los niños
En casa manchan las alfombras.
¡Gorros y bufandas qué hace frío!
De hoy para mañana, un año más, venga vamos a celebrarlo:
Feliz navidad, Noche buena, Noche vieja, un año más.
Y, hale a cantar: “Ya vienen los Reyes…”
Me cantaron su villancico a modo de rap. Salí del cajero y me fui a mi casa.
Aunque ella no puede recordarlo en ese momento, se llama Elena. Su madre, filóloga, le puso ese nombre porque significa “antorcha resplandeciente”. En el barrio la conocen por “La pelirroja”. Poco más pueden saber de ella. La distancia es el baúl donde se acumula la ignorancia.
Ahora, mientras le sangra la nariz y el oído derecho, tampoco sabe que vive ambulante entre cuatro calles durante el Sol y en un cajero cuando este se oculta. Que su deambular no tiene otro objetivo que conseguir dinero para la próxima papelina.
No es consciente de haber sido vapuleada y violada por “El Puma” a cuenta de deudas . Ni tampoco puede escuchar la conversación de este con “El Palos”:
– ¿Que es ese jaleo a estas horas de la noche?
– Son los que salen de la misa del pollo.
– Es la del gallo, ¡So bruto!
– ¡Perdone vuvesensia!
Corría dando zancadas imposibles con sus piernas aún cortas, para no ser alcanzado por el chucho rabioso. De un bote subió a un árbol; y descubrió cuanto le gustaba ver el mundo desde arriba. El arce se convirtió en su secreto refugio, receptor de llantos, dispersor de risas, silencioso confidente. En el otoño de sus ochenta y cinco años, aún ágil, ya cansado, trepó a su árbol una vez más un día de nieve y calma. Se acurrucó en su hueco y se durmió. Los suaves copos abrigaron su cuerpo, y las hojas susurraron una canción triste de despedida…solo cuando el arce se liberó de todas sus hojas otoñales le encontraron. En Navidad.
Me cogió las manos y las besó con ternura.
– Pídeme lo que quieras.
– ¿Lo que yo quiera?
– Lo que sea.
– Quiero… un ático.
– Hecho.
– En París.
– Muy bien.
– Con una terraza llena de hortensias blancas y azules. Y que se vea la Torre Eiffel.
– ¿Algo más?
– Amueblado y con cuadros de artistas bohemios.
– ¿Eso es todo?
– Y un bono de transporte y dinero para mis gastos, que en París hay mucho que ver y hacer.
– Va a ser mucho. Si se entera mi mujer me echará de casa.
– En mi ático siempre habrá un sofá para ti. Así que cómpramelo cómodo.
Me sonrió y nos abrazamos. Así me despedí de mi amigo y compañero durante los peores momentos de mi vida, del encierro que debía sanar mi mente enferma.
Salí de la clínica y me reencontré con mi familia. Subí al coche de mi hermana, de noche ya, y las calles que fuimos recorriendo me desconcertaron con sus colores y estrellas resplandecientes. La gente parecía tan feliz…
Hasta que comprendí: era Nochebuena.
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