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Otra vez se sentía como si le hubiesen dado la vuelta a sus tripas. Como si todas las blasfemias y las humillaciones que dirigían hacia él y otros que lo habían perdido todo, no tuvieran capacidad de contraataque.
Se subió al coche y comprobó que le quedaba suficiente gasolina para ir y volver a la sierra. Necesitaba caminar por algo tan puro como la nieve recién caída.
Aparcó en un entrante del bosque y comenzó a caminar sin rumbo fijo. La vuelta era sencilla, desandar lo andado.
En un tiempo y distancia indeterminados, porque poco importan, se topó con unas huellas que le cortaban el camino como una barrera. Contrariado, y sintiéndose incapaz de traspasarla, la siguió paralelamente hasta que esta concluía en un lugar imposible. Solo había dos opciones, alguien había saltado desde un árbol, o estaba ahí antes de la nevada y comenzó a caminar luego.
Decidió seguir paralelo a las huellas en la otra dirección hasta descubrir con sorpresa que llegaban hasta el borde de un gran cortado. Cuando detuvo sus pasos las puntas de sus zapatos ya estaban al vuelo.
Mientras dudaba, un buitre con zapatos de charol, lo observaba de espaldas al sol.
No era habitual que entre aquellas gentes nacieran gemelos. De ahí la curiosidad del poblado cuando sus padres los presentaron a la hechicera para que les adivinase el futuro. Al coger en brazos al primero de ellos, se tambaleó, y a duras penas logró balbucear que ese niño sería inmortal, antes de enloquecer, víctima de violentas alucinaciones.
El niño creció con el respeto de la comunidad —la hechicera jamás había fallado una predicción—, y de mayor recibió las piezas de caza más codiciadas, las hembras que quiso poseer, y sobre su piel se dibujaron los símbolos sagrados que únicamente él podía exhibir.
Un día, con esa confianza ciega en su destino, decidió salir de caza él solo. Entonces, su hermano gemelo, el olvidado, siguió sus pasos, y amparado por las sombras de la envidia, al filo de las primeras nieves, que ya empezaban a cubrir la montaña, consiguió matarlo a traición.
Y la nieve cayó con la lentitud del tiempo sobre su sepultura, y borró las huellas de su paso fugaz, hasta que un capricho del clima lo rescató intacto de su cárcel de hielo. Desde entonces, en la vitrina de un museo, reivindica día a día su condición.
“Si lo conoceré yo…estoy seguro de que ha ido por aquí.”
La ventisca de la noche anterior había borrado cualquier huella, pero todos coincidían en que habría tomado el camino de regreso al refugio. Todos menos él.
“Claro que es arriesgado, claro que la nieve tapa las grietas del glaciar, pero él conoce la montaña, como yo. Seguro que ha seguido adelante. Las grietas se perciben, es cuestión de estar atento. Hay que saber dónde y como …”
Diez metros más abajo, entre un revoltijo de nieve, hielo arrancado en la caída y sangre que goteaba de su cuerpo magullado, su linterna frontal iluminó un rostro congelado asomando de un anorak.
“Lo veis, ya sabía yo que había venido por aquí”, pensó mientras iba perdiendo la consciencia.
Caminaba perdido tras la derrota.
Todo se torció en el juicio cuando la defensa llamó a la testigo final.
Al escuchar su nombre, sintió un estremecimiento.
La mujer, ciega, entró en la sala. El silencio se adueñó de los presentes.
Hacía años que no la veía, pero recordaba el encuentro perfectamente…
Como fiscal del estado, debía probar los cargos del imputado consiguiendo su condena. Aunque, para ello, tuviese que «maquillar» las pruebas en algunas ocasiones. Como en ésta.
Sólo una vez había perdido un caso. Fue la primera vez que ella le miró de frente con sus ojos ciegos.
Y estaba allí, sentada en el estrado, desmantelaría las teorías que tanto le había costado preparar.
Mientras la escuchaba, su mente asumía la derrota.
Poco después abandonó el juzgado y comenzó a caminar bajo la nevada, dejando un rastro fácil de seguir.
Habían pasado horas cuando el rumor de un río le hizo levantar la mirada.
Frente a él se alzaba la torre de Belem.
Ascendió por la escalera llegando a la azotea. Las aguas del Tajo le hipnotizaron.
Su mente repetía el nombre de la mujer que le había vencido: JUSTICIA.
Saltó al vacío y el agua diluyó sus pensamientos.
Como cada 23 de enero desde que murió Julia, hacía ya cinco años, Juan se dirigió al cementerio con un ramo de rosas rojas. Aquel día la ciudad amaneció vestida de blanco. El sol negaba su brillo parapetándose tras las nubes, por lo que todo hacía presagiar que aquel manto níveo, tejido copo a copo durante las gélidas horas de la noche, iba a ser duradero.
La puerta del cementerio ya estaba abierta, pero Juan no fue capaz de distinguir ninguna huella sobre el albo suelo que le confirmara de alguna presencia anterior a la suya en el lugar.
Al llegar a la tumba de Julia le sorprendió hallar sobre la misma un ramillete de pequeñas flores surtidas que, frescas y lozanas, aparecían sin cubrir por la nieve. Colocó el ramo de rosas en el centro de la lápida para, seguidamente, coger el ramillete de flores menudas, pudiendo leer en el reverso del lazo que las sujetaba: “Una flor por cada momento compartido. Gracias, cariño”.
Juan, desconcertado, no pudo evitar que le embargara una cierta sensación de desasosiego y, dando un pequeño rodeo a la sepultura, vio unas claras huellas de pisadas que dibujaban el largo camino de la duda.
Hinco mis rodillas en la nieve. Me rindo. La ventisca acuchilla mi cara, el oxígeno me duele, los dedos no tienen color, no me obedecen. Parece como si la sangre se hubiera vuelto filosa y cortara las venas a su paso.
Mi vida anodina, el desapego de mis hijos y la indiferencia de mi marido, ahora ya no tienen ningún sentido. He venido huyendo a esta montaña que no me reconoce, que sabe que he profanado su pureza, esa que he mancillado con mis huellas en su tez virgen. Busco algún horrible pecado, que no recuerdo haber cometido, que justifique este letal castigo. Pero mi cerebro se reblandece y los pensamientos flotan sin consistencia. Sólo una frase de mi madre repiquetea dentro:”Si me pierdo no me busquéis en la nieve”, y aunque sé que sería el último lugar en donde la hallaría, siento su olor, su mejilla contra mi mejilla, su calor al abrazarme, su piel suave acariciando mi cuerpo.
Poso mi nuca en una almohada blanca y helada y un velo salpicado de lágrimas blancas cae sobre mí. Cierro los ojos y el dolor cesa. Un Mediterráneo cálido baña nuestros pies y mi madre sonríe.
Tus huellas quedaron grabadas en la nieve, cuando el sol las hizo charco pensé que ellas también lloraban por ti.
—El sol, como una bombilla en el firmamento, encendía aquella gélida mañana y dibujaba sinuosas formas en la vasta alfombra blanca que tapizaba la superficie sobre la que caminábamos. El inestable paso de mis extremidades provocó que se precipitara al suelo la mercancía que transportaba sobre mis hombros. Como una pieza más de un dominó seguí la trayectoria de aquel objeto que corría el peligro de verse absorbido por el tapiz granuloso y blanco. Una vez rescatado mi tesoro continué dibujando un nuevo trazo sobre las huellas anteriores. Pese al frío, me sequé el sudor de la frente y, eliminada la cortina que enturbiaba mis ojos, divisé el oasis en el que esperaba el resto de la mercancía acumulada—relató el anciano.
—Sigue, abuelo…. —demandó, expectante, el pequeño.
—¡Deja de contarle historias absurdas a tu nieto!—intervino la madre.
—¿Qué tiene de malo edulcorar un poco la realidad?— protestó el anciano. —El chaval ya tendrá tiempo de comprobar por sí mismo el tedioso trabajo que le espera cada mañana en la despensa de la pastelería: recoger del camino uno tras otro cada grano de azúcar y transportarlos sobre ese mismo e interminable camino. ¡La vida de hormiga es muy dura!
El cazador olisqueó la huella que había bajo sus pies, la cual, dedujo, era reciente. Nevaba abundantemente y el hombre no cesaba en el empeño de capturar a su presa. Aún resonaban en su cabeza las palabras de su mujer, advirtiéndole de que el tiempo era bravo, y rogándole que se quedara a salvo en el interior de su hogar. Pero él hizo oídos sordos a las súplicas; no permitiría que su familia pasase hambre un día más, y sabe Dios que se iba a dejar la piel con tal de que su familia esa noche cenase caliente.
Continuó su camino tras el rastro, alejándose cada vez más de los territorios por él conocidos, cuando lo oyó. Sin duda era el sonido agonizante de un ciervo, herido por una flecha que él mismo había lanzado. Se acercó acechante entre la maleza, y, por fin, lo visualizó. Allí yacía su presa. El cazador corrió excitado hacia ella, pero precisamente éste fue su error. De repente todo se volvió oscuro bajo kilos y kilos de nieve.
“No salgas hoy cariño; prefiero pasar hambre y tener un marido al que amar que amar a un cadáver.”
De las pocas veces que nevaba en el pueblo, tuvo que ser aquel día cuando tu ausencia creo alarma. Amaneció la nieve helada. Te imagino saliendo por la puerta, errante desesperada. Quiero pensar que ilusionada con el silencioso fluir de los inmaculados copos. No sé si fueron tus huellas en el camino o la casualidad de la exasperada búsqueda. Cobijada en un camino te encontraron quieta, helada. Quiero pensar que una sonrisa dibujaba tus labios. Quiero pensar que tus anhelos durmieron tranquilos y sosegados para siempre. Quiero pensar que el manto blanco y radiante arropó calmadamente tus sueños.
Aislado en su cabaña del monte, Marino lleva semanas sin hacer su trabajo de piconero. Taciturno observa la desapacible nevada. Su hijo tirita en sus brazos. Intenta quitarle el frío avivando el escaso rescoldo de la chimenea con el último saco de picón, y su vaho caliente. Comienza la lectura de un desgastado cuento infantil; ilustrado y escrito con tizones por él mismo. El crío parece entretenerse; ilumina el azabache de sus ojos; asoma su sonrisa por la bufanda; y relee con su padre:
“Estrellita, exhausta, encuentra al fin los nardos mágicos de hielo. Respira profundamente. Sus olores parlotean como un susurro. Acerca sus puntitas brillantes a los cientos de pétalos, antes invisibles, y se iluminan.
Emocionada danza entre ellos. Recuerda la promesa de la tormenta trasparente. – Si los posees, cada pétalo te otorgará un deseo.-”
Marino y su hijo, azulados de frio, leen y se relamen los labios resecos con la lengua.
“-Quiero mi primer deseo, ordenó Estrellita al pétalo. Concédeme pastelitos de merengue. Tú, gritó señalando otro, me enviarás leche azucarada.-
Escogió el tercer pétalo, y, relamiéndose, le pidió helados de chocolate con almendras.”
Papá, murmuró somnoliento el niño. –Ya no tengo hambre. Mañana arrancamos más pétalos.-
Estar en medio de ninguna parte tiene alguna ventaja. Puede seguir tu rastro fácilmente al encontrar tu habitación vacía. Sobre todo cuando nieva.
Baja corriendo las escaleras con el gesto fruncido. Coge el chambergo y la pelliza, mira la hora en su reloj para asegurarse del tiempo que llevas fuera y sale a buscarte. Con el andar decidido pero, a veces, lento. Sobre todo cuando nieva.
Hay más de cien metros desde la casa hasta los primeros árboles del bosque. Sabe dónde vas a refugiarte, o al menos, dónde has ido siempre. Seguir tus huellas en aquel claro es mucho más fácil. Sobre todo cuando nieva.
Te encontrará como siempre, junto al riachuelo congelado. Apenas encogida sobre ti misma. Tiritando y maldiciendo en voz baja tu enésimo fracaso. La respiración se hace de hielo. Sobre todo cuando nieva.
Pero hoy lo has hecho mucho mejor, te quedaste en el claro, esperaste a que se borraran los vestigios de tu paso e hiciste en la nieve un agujero. Refugiada en él es más fácil pasar desapercibida. Sobre todo cuando nieva y esperas que siga nevando.
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