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El mal olor empezó en las iglesias, en diciembre. Al principio, nadie le dio importancia, lo achacaban al viejo alcantarillado. Pero los equipos de limpieza, enviados en sucesivas tandas, no consiguieron eliminarlo.
Luego fueron los grandes almacenes. Emanaban un olor fétido, nauseabundo, así que también dejamos de entrar en ellos. Los pequeños comerciantes se frotaban las manos, pero a los pocos días les sucedió igual. Caminar por las cercanías se convirtió en un vía crucis, aunque nos colocáramos las preceptivas mascarillas. Los vecinos no podían abrir las ventanas; los más vulnerables incluso tuvieron que mudarse.
Todas las ciudades del país fueron simultáneamente anegadas por el hedor. Días terribles: cerraron las más prósperas firmas, hubo despidos masivos, protestas y enfrentamientos que provocaron muertos…, el caos. Hasta que una mañana de enero desapareció de improviso, tan inexplicablemente como había surgido. La gente respiró por fin y fuimos recuperando la normalidad.
Pronto hará un año y la comunidad científica, aún perpleja, no ha llegado a ninguna conclusión. Acaso fue un aviso que no queremos entender, me digo mientras espero que entre el nuevo diciembre.
Ricardo era un tipo analítico y pegado a la tierra. El pasado era historia y sólo se consentía mirar al futuro para planificar y anteponerse a los contratiempos.
Eso había hecho cuando instaló aquel sistema de alarma. En estas fechas, con la mitad de las casas vacías y la otra mitad inmersa en ruidosas celebraciones, las posibilidades de sufrir un asalto se multiplican. La llamada de la empresa de seguridad la mañana del veinticinco confirmaba su razonamiento. La madrugada anterior la Policía había detenido a un tipo gordo con barba blanca que trataba de introducirse en su casa por la chimenea. O eso le pareció entender; con el volumen del llanto de su sobrino frente al árbol de Navidad no estaba seguro.
Le llamaban Scrooge en la oficina. Se había ganado a pulso el mote entre sus empleados, no escatimaba a la hora de menospreciarlos, humillarlos y pagarles una miseria. Con la particularidad de que en Navidad, se convertía en un ser aún más despreciable y ruin.
Cuando Ángela aterrizó en el despacho ni tan siquiera levantó la vista para indicarle sus funciones y menospreciar las virtudes que daba por sentado no tenía. Pero a Ángela no le importó. Simplemente le agradeció la oportunidad de trabajar allí y ocupó su puesto.
Tuvieron que pasar dos semanas para que Luis viera por primera vez el rostro de su nueva empleada. Un rostro que deseó esa misma noche no haber visto jamás. Luis recordó, entre pesadillas, aquella niñez que ya había olvidado a fuerza de golpes; los rostros de pánico y descontento de sus empleados con los que tanto disfrutaba y con un futuro que nunca hubiera podido imaginar. La soledad ya no le era tan benévola.
Cuando aquella mañana entró en el despacho, sólo quería ver a Ángela. Pero Ángela se había marchado. Intentó enfurecerse, menospreciar, humillar… pero ya no pudo. Todos los rostros con los que se cruzaba, se parecían a Ángela.
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Era un veintidós de diciembre. La cantinela del sorteo acompañaba nuestros movimientos por la fábrica, pero nadie esperaba que le tocase, ni siquiera un pellizco. Cuando nos entregaron los paquetes, la perplejidad se pintó en nuestros rostros y corrimos en busca del viejo Martín, el único que había visto, alguna vez, uno de aquellos.
Los ojos del viejo brillaban. Antiguamente cuando llegaba la Navidad —nos explicó —, las empresas obsequiaban a sus empleados con una de aquellas patas de cuadrúpedo que Martín llamaba jamones. Otras veces, el regalo era un surtido de viandas y bebidas alcohólicas, conocido con el extraño nombre de “lote”. Y había también, decía con voz trémula, una cosa llamada “paga extra”.
En este punto la historia de Martín se había convertido en un cuento lleno de fantasía y, aunque por educación nadie se atrevió a contradecirle, poco a poco fuimos retomando nuestras tareas y lo dejamos allí solo, hablando de “cenas de empresa” y regalos del “amigo invisible”.
“Se le ha ido la pinza”, murmuraban los más jóvenes entre risas. Y agarrando cada uno una paletilla, punteaban un imaginario solo de guitarra.
La mujer oyó algo sobre unos mensajeros alados y se acercó al portal por curiosidad, porque iban todos. Allí, al calor de las bestias, estaban el hombre, la recién parida y el chiquillo, que lloraba con desconsuelo. Sintió lástima y, viendo que a la muchacha no le había subido la leche, se abrió la túnica y lo amamantó.
Días después la mujer está sentada en el sardinel mientras su hijo succiona, goloso, de su pecho. El soldado aparece de repente, agarra al niño del brazo y lo levanta en el aire como quien sacude una estera. Ella intenta gritar que ha cumplido dos años, que le cuente los dientecillos afilados, pero la voz se desgarra en un aullido. El relámpago de la espada la ciega un instante y la cabecita rueda por el suelo.
Ya no tiene quien alivie sus pechos y se acuerda del recién nacido, quizás los soldados no encontraron aquel portal retirado. No lo encuentra. Dicen que un mensajero los alertó y huyeron en secreto, sin compartir con nadie la noticia.
Ahora, junto al pesebre, solo es llanto. Por el hijo muerto. Por esa leche que no puede ofrecer y se le va convirtiendo en veneno.
Recuerdo mi primera navidad de casada, tenía veintidós años y acababa de salir del dulce y protector nido que era mi hogar. Aquel veinticuatro de diciembre pasé varias horas en la cocina de mi suegra mientras mis cuñadas iban y venían con sus gritones retoños a cuestas.
Los hombres, por supuesto, arreglaban el mundo desde el salón. Familia tradicional decía ella; doce hijos pensaba yo.
Terminé de hacer los langostinos y los llevé a la mesa. Cuando apoyé la bandeja vi que no quedaba un solo canapé. Tampoco había una silla libre.
De pié, llena de ira, engullí los cuatro kilos de crustáceos. Todos. Uno tras otro.
Desde entonces no puedo ni verlos, y es una pena, porque el espíritu navideño se alimenta de eso: de paz, de amor y de tragar.
Aquella Navidad Maria estaba convencida de que él vendría,su corazón le había dado un pálpito y ella siempre decía que eso era una buena señal.
Se vistió el traje de terciopelo verde que realzaba el color de sus ojos que aunque habían perdido su brillo y los tenía sumergidos en un nido de arrugas , aún conservaban un ápice de frescura.
Arregló su pelo recogiéndolo en un coqueto moño , deslizó su barra de carmín sobre sus añejos labios , y para terminar aderezó su cuello con aquel collar de perlas baratas que había sido la herencia de su madre.
El puchero estaba reposando y el calor de hogar cubría toda la casa. Preparó la mesa y se sentó a esperar, y esperó, esperó, ……esperó y ……
Dias despues llamaron a la puerta: Ring, ring, pero nadie abrió. Los bomberos entraron en la vivienda encontrando a Maria sentada con la cabeza ligeramente inclinada y encima de la mesa un papel en el que se podía leer.
_ Hijo, tu madre siempre te espe……..
A pesar de las prohibiciones del médico (y de mi madre), chupar cabezas de gamba roja era para mi padre lo más parecido a tocar el cielo. Solo lo hacía por Nochebuena, cuando nos reuníamos toda la familia, ese día tenía rienda suelta, así lo había pactado con mi madre (y con el médico). Algunos disfrutábamos viéndole succionar aquel exquisito jugo que tanto le gustaba con la servilleta dispuesta a lo largo de su orondo torso para no mancharse. Mi madre, en cambio, era puñetera, usaba los cubiertos, y como un verdugo guillotinaba esa sabrosa parte despreciándola a un lado del plato, además de soltarle un rollo sobre el cadmio. Le recordaba -con cierta malicia- que ese metal pesado estaba presente en las aguas marinas y contaminaba la carne del marisco, fundamentalmente las vísceras de su cabeza, y que podía causarle disfunción renal e incluso cáncer. “Lo que no me mata me hace más fuerte”, replicaba mi padre sin permitir que nadie le fastidiara la noche. Fue en ese momento cuando, inexplicablemente, un desconocido vestido de negro entró al salón donde estábamos reunidos y, sin poder evitarlo, se llevó a mi padre para siempre.
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