Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

IMAGINACIÓN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA IMAGINACIÓN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA IMAGINACIÓN en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 de JUNIO

Relatos

2. BIENVENIDOS A MARTE

El Arca XIV comienza a penetrar en la atmósfera; enciendo el intercomunicador:

—La comunidad humana de Marte les da la bienvenida al planeta donde la lluvia es como polvo de diamante —Oigo vítores y jolgorio de fondo—. Pueden amartizar en el sector 6B.

Confirmo el inicio del protocolo de acogida y corto la comunicación. Miro a través del ventanal la niebla que cada noche nace en este suelo marciano. Pronto envolverá el Domo y ascenderá. Cuando las partículas de agua que la forman lleguen a la atmósfera, se harán cristales de hielo y se precipitarán sobre la superficie: como pequeñas piedras preciosas.

“Un nuevo mundo, todo para vosotros”, eso nos prometieron.

A lo lejos, veo el descenso de la nave. Pronto descubrirán que los diamantes solo brillan si hay luz, y en este condenado planeta sólo llueve de noche; de día, no hay más tormentas que las de arena y polvo.

Apenas recuerdo el olor a tierra mojada ni la sonoridad de una tormenta de verdad.

¿A qué huele Marte? Dicen que se puede resistir en el exterior, sin el traje, hasta diez segundos.

Alguna noche saldré.

Ojalá merezca la pena después de todo

1. LA ESPERA (JAMS)

Hace más de seis meses que no llueve en Qallucha. Es lo habitual en este infierno amarillo. La última vez vino a coincidir con la marcha precipitada de la maestra. Hace una semana que les han comunicado que cubrirán de nuevo su plaza en la escuela, y los vecinos, en la taberna, ya hacen cábalas. Algunos confían que sea joven y bonita; a otros les basta con que sea menos remilgada que las anteriores y soporte la jarana de una hombría local aficionada al pulque y el jaleo.

Todos esperan que llegue antes de la tormenta, porque el cielo se ha convertido en un vientre liso y malva a punto de estallar.

Los niños, que juegan a las batallas en el viejo fuerte, dicen reconocer los primeros relámpagos por el collado de Matanzas. En esa luz lejana, Fuensanta, que solo espera una voz con quien hablar algo nuevo, cree haber visto los faros de un vehículo.

Pero lo cierto es que Héctor, el nuevo maestro, aún se encuentra en la estación. Aguarda, nervioso, que su pareja decida acompañarle o, como le había advertido, emprender el viaje solo. Faltan tres minutos para la salida del autobús y Ulises no aparece.

DARDOS (Yolanda Nava)

Cuando vienen las visitas coloca su sonrisa de plástico y muda el tono de su voz, todos la adulan y ella practica su condescendencia mientras les alarga las pastas de té. Cuando se marchan se quita el disfraz: las uñas, las pestañas, la capa de carmín y el corsé que la ha dejado exhausta. Y vuelve a ser la mujer arisca e indomable que practica tiro al blanco conmigo. Hasta ahora sus dardos apenas me habían rozado. Hoy han dado en el centro de la diana. Mientras recogía  los complementos de su disfraz después de la última visita, con su peluca en la mano, quise besarla ¡me inspira tanta ternura!, me apartó con violencia, y entre la retahíla de improperios que enlazaba imparable, me pareció escuchar que le da asco mi boca.

Fuera de concurso, ya que fui jurado el mes pasado.

132. El disfraz del pretencioso

–¿De qué vas disfrazado? No consigo adivinarlo.
Se echó un trago antes de responder.
–¿No lo adivinas?
Le miré de arriba abajo. Ni idea. Desde luego no era como Salvador que, no había duda, iba de Cervantes, con su lechuguilla, su jubón y sus medias. Había logrado un buen efecto pintando su mano izquierda de gris y dejándola colgar fláccida a un lado del cuerpo.
Moisés llevaba algún tiempo apareciendo a nuestra tertulia semanal sin afeitar. Ahora tenía un divertido bigote. Para evitar preguntas, se presentó a la fiesta con una taza y una magdalena. Cuando alguien le pedía una foto, no olvidaba llevarse la mano a la mejilla.
También teníamos un Kafka, un Homero, un Hemingway, un García Lorca, pero ¿de qué demonios iba disfrazado Juande?
–Vamos. Dime de una vez quién eres. ¿Mailer?
–¿Ese idiota? No. ¿No lo ves…? Voy disfrazado de mí mismo.

131. El último carnaval

Se había prometido que esta sería su última fiesta de Carnaval, aunque antes cumpliría su promesa y sería la pareja de María en el baile del Casino.

Buscaba con ello olvidarse de aquellas  imágenes, que acudían una y otra vez a su mente, las del disfraz de Carlota cubierto de sangre, mientras esta exhalaba su último suspiro.

Un año después sabía que la mezcla de alcohol, drogas y un deseo irrefrenable, sumado al rechazo de Carlota, se había convertido en un cóctel mortal.

130. Día de difuntos, de Laura Garrido.

Trato de ahuyentar el recuerdo adormecido de un baile de máscaras que se celebró en una casa victoriana. El hecho inverosímil aconteció a partir del tercer vals. En uno de mis giros, al ritmo que me imponían los delicados pies de Catalina, cerré y abrí los ojos con incredulidad. Por la escalera de mármol descendió lentamente una imagen totalmente desenfocada. Iluminaba su rostro la lámpara de araña que colgaba del techo. Unas canicas blancas colgaban de un muelle bailoteando descompasados sobre sus pómulos y de su boca resbalaba un hilillo color púrpura que confundí con un chorrillo de sangre. La mujer que lucía una bella máscara veneciana gritó en primer lugar. A su alarido le siguió un coro de aullidos femeninos que paralizaron el sonido de la orquesta, y con el desconcierto, las damas iniciaron la huida seguidas por los caballeros, los músicos y los sirvientes. Allí quedé paralizado asimilando mi solitaria presencia frente a un ente borroso que no olía a fantasmas, quizás fuera el hedor de la muerte que me llegaba desmaquillada. Y nunca supe quién era porque cuando me tocó se desvaneció en el aire cayendo al suelo esta máscara. Los otros, jamás regresaron.

129. ESPÍRITUS LIBRES

Matías fue uno de los mejores fotógrafos de su época. Lo atestiguaban sus miles de fotos captadas por todo el mundo, publicadas en revistas de varios países.

Con la jubilación, se retiró a la casa del campo. Tenía las paredes decoradas con una colección de máscaras conseguida en sus expediciones por los cinco continentes. Algunas festivas, varias guerreras y otras rituales. Eso sí, todas eran mágicas y protectoras. El reportero dio un giro a su vejez el día que comenzó a cubrirse la cara con esas valiosas piezas.

Él, que nunca había bailado en su vida, deslumbraba a sus vecinos mientras ejecutaba las danzas, cubierto con las máscaras de batalla. O aquella semana que iba ataviado con la de fertilidad y visitó todos los burdeles de la zona. Incluso la del dios de la lluvia evitaba el incendio de cada verano, gracias a los fuertes chubascos.

Las máscaras desaparecieron de la casa igual que Matías. Cuando llegaron los médicos para recoger su cadáver, encontraron sobre la cama el rostro de un águila tallado en madera. Una cabeza muy parecida a la del ave rapaz que sobrevuela por las mañanas el hogar de Matías.

128. HISTORIA DE UNA » MINA “

La “mina” era guapa. Un poco bajita quizás, pero lo suplía con unos tacones de vértigo. Tenía pocos pesos, pero ahorrando de acá y de allá, caminando varias cuadras en vez de tomar el bus, había conseguido unos zapatos negros y lustrosos, símil de charol que daban el pego bajo las luces frías de neón del bailongo.

La “mina” era seria pero no lo parecía. Se ponía el disfraz de pizpireta cuando salía a la pista y se dejaba arrastrar, seducir, apretar, por los señores que pagaban la entrada para estrechar los cuerpos jóvenes y semivestidos de las chicas, que sacaban un sueldo extra al compás de tangos y milongas.

Fuera de allí sólo soñaba con darse un baño, sacudirse las huellas de las manos viciosas sobre su piel, y conseguir su propósito: montar un salón grandioso de baile donde los chicos lucieran  zapatos lustrados, se acicalaran y llevaran en la espalda un número, para que las “minas” como ella, pagaran por bailar con ellos y palparlos con lujuria.

127. Preparativos frente al espejo

Arranca la careta de madre sacrificada, la de esposa complaciente, la de funcionaria eficaz, la de hija solícita, la de amable vecina. Cuando el rostro no es más que un puro hueco, renuncia a maquillarse. Sabe bien que el alcohol, la música, la sorpresa del deseo fortuito dibujarán con trazo preciso la mejor máscara de carnaval.

126. MASCARADAS

–        Buenas noches, Madame.

–        Buenas noches caballero. Bienvenido a “La gata caliente”  el club con más clase de la ciudad ¿En qué podemos servirle?

–        Quiero compañía.

–        Ya, claro, lo imaginaba. Me refería a que si ya tiene decidido el servicio que le apetece.

–        Pues no. Estoy hecho un lío. ¿Podría asesorarme?

–        Por supuesto señor. Llamo a nuestras tres meretrices que salgan al salón para que usted elija a la que más le guste. ¡Niiiiñas! ¡Poneos aquí en fila!

–        La verdad es que son muy monas todas. Pero todavía no sé por cuál decidirme ¿Me las presenta a ver si así…?

–        Vaaale. La primera empezando por la izquierda es la Jenny. Es la que mastica chicle.

–        Me gusta…pero no…quizás si no mascara…

–        Bueeeno. La segunda es la Vane, que hace un servicio especial con el que los clientes se van muy satisfechos. Eso sí, es la que más cuesta.

–        Mmmm. Tentadora. Pero no. No quiero a la más cara.

–        Me lo está poniendo usted difícil. A ver, a continuación, y por último, tenemos a la Yoli, de rostro poco agraciado, por eso lo tiene cubierto.

–        Suena misterioso, pero no me gustan con máscara. Me voy.

–        Pues ¡Anda y veste a cascála mañó!

125. Melpómene

– Quiero la máscara de oro

– Es para tu hermano

– ¿ Y yo?

– Te he creado para siervo.

– No es justo, madre

– Los dos  interpretaréis  la tragedia que yo escribí para vosotros.

Al término de la función , un ramo de pensamientos malva , lanzados desde la platea,  cae  sobre los cuerpos yertos de los personajes.

 

124. Disfrazados de María.

Me encontré de repente con la casa llena de gente. No los oí llegar. La fiesta de disfraces que había organizado María pintaba bien. Yo no había preparado ningún disfraz; tan solo llevaba un triste antifaz. Mi ceguera me había convertido en una persona bastante huraña. La música sonaba demasiado alta para mi gusto. Quise buscar a María, pero todos llevaban su perfumen, su caro perfumen. ¿Acaso habían entrado al baño y se lo habían arrebatado? Percibí también el tintineo de sus ostentosas joyas. Era como si se las hubieran repartido entre todos. Seguro que la habían maniatado en el sótano y se las habían quitado también. Abrí la puerta que daba acceso a las escaleras del sótano y grité su nombre. Pero nada, María no estaba allí abajo, o por lo menos no estaba allí viva. Me pareció escuchar tras de mí el sonido de sus inconfundibles  zapatos de tacón de metal. Pronto me percaté de que era un hombre. Cansado de todo me fui a la cama. Allí había alguien. Estaba inmóvil. ¿Sería María? Llevaba un camisón que no era suyo. ¿Estaría muerta? Por si acaso me di la vuelta e intenté dormir.

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