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La natividad es la propiedad de lo nativo. Una parte de las tribus terráqueas celebran a finales de cada uno de sus años numéricos la natividad de alguien que no fue nativo. Ellas creen que hay un misterio divino en ese nacimiento, pero el auténtico misterio es que haya existido alguien cuya natividad lo excluye de ser nativo.
Nieva.
Y yo soy un paria. Un desarraigado que sólo busca refugio y calor.
Pero el frío congela el corazón de los hombres. Y todos me ignoran, me rechazan, me desprecian.
Hay una niña. Una niña que me abre sus puertas. De par en par.
Yo acepto la invitación, entro, y me alojo en su pulmón izquierdo.
Por cierto, mi nombre es Cáncer.
Nieva.
Y esta tos no me deja dormir.
Me levanto de la cama, cojo la muñeca que me regaló Papá Noel, y voy al salón.
En la mesa hay una carta. La leo un poco, pero no entiendo nada.
Oigo a mami en el cuarto de baño. Qué raro, parece que llora.
Cuando salga le preguntaré qué quiere decir \»maligno\».
Nieva.
Y miles de copos blancos asaetean el ataúd de la niña.
Y yo mastico dolor. Y mi alma vomita impotencia por no haber podido salvarla.
Salgo del cementerio. Y corro. Y corro.
Llego a un puente, me encaramo, y salto al vacío.
Mi cuerpo gana velocidad, el suelo sube a mi encuentro, reviento contra el asfalto, y …
Y descubro que un Ángel de la Guarda no puede morir.
Echa un vistazo por la ventana para comprobar que su muñeco de nieve aún no le ha abandonado.
Manolito, atribulado, interrumpió nuestra reunión nocturna de monitores:
—Chuchi, ¡el cuerno volante se ha comido a la murciélaga!
Aquel día, hace ya casi 50 años, Manolito, custodio de la caja de zapatos en la que los más pequeños guardaban los bichos que encontraban, había recogido un ciervo volante y una luciérnaga. Esta, evidentemente, había perdido ya su fosforescencia.
Hogaño los gorriones, confiados, picotean en el suelo y mesas de las terrazas. Yo, “barbâro que subía a los arbôles y comía los pajâros”, experto en cepos, testigo de la destreza de mi madre arrancando la cabeza a los txoriak, desplumándolos y friéndolos para mi cena, siempre los vi huidizos, temerosos del hombre, su depredador natural.
Nunca olvidaré la mirada de decepción y repulsa que me dirigió aquel niño, cuando entré en la colonia infantil de Aprícano de Álava, chimbera en mano y dos pardillos cazados con balín en la otra.
Hoy, Navidad, sentado en un poyo, bajo la torre del templo de Miera, la barbilla apoyada en mi cachava de caminante, vuelve a mi memoria el recuerdo de Manolito, mientras miro con emoción, un petirrojo de colores pastel, que indiferente a mi presencia, da saltitos por el escarchado pretil del puente.
Casi habíamos perdido contacto con ella. Recibíamos alguna llamada de teléfono, una charla vía skype, whatsapps de cuando en cuando… Cartas manuscritas, solo una, cuando se instaló.
Después, entre que los horarios eran distintos, allí de noche cuando aquí amanecía, un ritmo de trabajo estresante, nuevos amigos, nuevas costumbres… no supimos de ella en una larga temporada.
Pero mi madre, madre de las de antes, aún mantenía la fe en la vuelta de su hija. Reservaba su silla en la mesa, ponía una vela al lado del Belén, un pijama limpio y la cama hecha por si llegaba de improviso.
Hasta que mi madre también faltó. Y faltaron el pijama y la vela. Y la silla fue ocupada por yernos y nueras de quita y pon.
Años después, recibí un e-mail, mezcla de español y japonés. Traducido decía que este año sí vendría. No la creí. Ni lo comenté a mis otros hermanos en la comida de cada domingo.
Hasta que, cruzando un túnel oscuro cerca de la estación, divisé su delgada figura tirando de una maleta con ruedas. Nos quedamos frente a frente. Nos miramos. Lloramos. Un largo abrazo y muchos besos rompieron nuestra larga separación.
Un grupo de mariposas tocaron la puerta dispuestas a entrar en su estómago. Ella, asustada, decidió echarlas al fuego de la chimenea en un intento desesperado por evitar que el amor llegara así a su vida.
Yo comenzaba mi viaje, aún no había decido cuál sería la ruta cuando un colorido humo llamó mi atención. Esa fue la primera casa que visité.
Han pasado muchos años desde entonces y solo nos separamos una vez al año, el veinticinco de diciembre, el día de nuestro aniversario.
La habitación estaba oscura pero sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra. Recostado sobre el frío muro de ladrillos se entretenía estrellando su pastoso aliento de borrachín impenitente contra los cristales y dibujando figuras obscenas sobre ellos. De vez en cuando dispensaba alguna mirada a la calle y contemplaba con estupor malsano las luces, los sobrecargados escaparates y el ejército de idiotas que trajinaban más bolsas de las que sus manos podían sobrellevar.
No le quitaba ojo de encima al miserable farsante que agitaba la campana delante del centro comercial cuando la pantalla del teléfono volvió iluminarse. Lo había silenciado y ahora el terminal solo era capaz de agitarse nervioso y alimentar el morbo de acercarse cada vez más al borde de la mesa. No pensaba contestar; ni a las llamadas ni a los mensajes. Se quedaría escondido en aquel motel de mala muerte hasta que pasara la Navidad y nadie le echara de menos. ––Que se encarguen los tres memos–– pensó. Mientras, le dio otro trago a la botella en la que se reflejaba la pelliza roja, su oronda barriga y la larga blanca barba que esa misma noche se afeitaría para que nadie pudiera reconocerlo.
El timbrazo del teléfono le sobresaltó. Por un momento estuvo tentado de no responder, pero después pensó que no le llamarían si no fuera importante.
–Sí.
–Se ha producido un tiroteo.
La voz del ayudante sonaba vacilante. El sheriff imaginó que había pasado la noche bebiendo. Pidió que le repitiera la dirección. No, no hacía falta que fuera nadie más. Él se encargaría.
Se vistió lentamente. Se pasó la mano por la mejilla. El afeitado tendría que esperar.
–¿Qué sucede?
–Nada. Vuelve a dormirte.
–¿Te preparo un café?
–No. Volveré en una hora –dijo sin mucha convicción.
Hacía un frío terrible fuera. Contempló las estrellas. No, no nevaría. A la camioneta le costó arrancar. Durante unos instantes se quedó pensando el mejor camino para llegar. Aquella dirección estaba al otro lado del pueblo.
El trayecto se le hizo eterno. Cuando llegó, alguien esperaba en la puerta.
–Sheriff, yo no…
–¿Qué ha pasado?
–Escuché un ruido… Me asusté… No podía imaginar…
Entró en la casa. Allí, junto al árbol de Navidad estaba tendida una enorme figura vestida de rojo. En medio de un charco de sangre. El sheriff se preguntó si no estaría teniendo una pesadilla.
Ya sé que este año tampoco he sido bueno. Mamá me lo repite constantemente y el cinturón de mi padre me lo recuerda cada vez más a menudo. La seño tampoco se corta y me paso las tardes viendo las esquinas de la clase. Por eso, no voy a pedirte que me traigas una bici negra con palanca de freno y llantas de aluminio como la de la tienda de la esquina, ni el skyboard con dibujos de playa que tienen los niños de mi calle, tampoco el balón de la selección que anuncian en la tele. Lo que sí te pido es que no vengas esta Navidad a mi casa y sobre todo, sobre todo que ni se te ocurra volver a dejarme carbón, porque te estaré esperando con el tirachinas al pie de la chimenea.
La echaba de menos, hacía tiempo no me visitaba. Esta mañana de invierno y sol esplendido la volví a ver. Embriagándome, y recorriendo todo mi cuerpo. Dos lágrimas saladas manchan mi rostro, surcando mis mejillas hasta llegar a la comisura de mis labios. Mis manos se elevan como dos flores blancas y juegan con el aire dulce que respiro. Camino como si estuviera entre nubes. Abro los ojos al máximo. Me incorporo hacía el interior del coche, mi vista se clava en el retrovisor. Viendo el reflejo de aquel rosario. Cada detalle queda grabado en mi mente para reproducirse más tarde… en sueños. No sé cuánto tiempo después aprieto el botón de la música. Quédate siempre al despertar, es la primera frase que puedo escuchar. Sacudo la cabeza como minutos atrás lo hice de alegría para maniobrar el coche. Sigo rodando sin perder de vista la carretera. Estoy llegando a mí destino, y esta vez no estoy sola. Apareció por navidad. Bienvenida felicidad.
http://yomismawoedpresdotcomdotcom.wordpress.com/2013/12/04/al-despertar/
La proximidad de la navidad le hacía sentir mal porque invitaba a realizar un examen de conciencia del que pocas veces salía bien parado. La interminable lista de buenos propósitos que cada enero se afanaba en confeccionar, resultaba inútil apenas un par de meses después. Ahora, sin embargo, no había tiempo para lamentaciones. Repasó todos los preparativos y cayó en la cuenta de que no recordaba dónde había puesto el tique de la tintorería. Intentó hacer memoria mientras rebuscaba por toda la casa el maldito papel. ¿Dónde lo habría puesto? Abrió el armario y, traje por traje, miró en todos los bolsillos sin resultado. Cruzó los dedos y sacó la ropa húmeda de la lavadora para comprobar que tampoco estaba allí. Tras unos angustiosos minutos, encontró el resguardo bajo el mueble del pasillo, escondido, como queriéndose burlar de él. Demasiadas emociones para un solo día, se dijo justo cuando el teléfono comenzaba a sonar. De mala gana descolgó y escuchó al otro lado la voz de su ayudante: “Santa, todo listo, mañana a estas horas comenzaremos el reparto. Los regalos ya están empaquetados y cargados en el trineo. No olvides recoger tu traje en la tintorería. Que descanses”.
Los angelitos cantaban al son de las panderetas, porque un niño había nacido allí lejos, en la tierra.
Las estrellas esa noche relucían con más fuerza. Por todas partes había un alborozo de fiesta.
Las gentes se apresuraban por los caminos y sendas y hasta las aves del cielo iban y venían inquietas.
En un humilde pesebre, desprovisto de riquezas, el regalo más hermoso que uno imaginarse pueda, lo entregó Dios a los hombres en aquella noche buena.
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