Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

09. Esta noche cuento que te quiero. Capítulo IV

Cogió aquella hoja amarillenta entre las páginas del libro y emprendió la búsqueda de aquel chico por las calles de la ciudad.

Tras un buen rato caminando, encontró la calle que buscaba. Se detuvo ante el portal y se quedo pensativa unos minutos.  Un trueno  la trajo de nuevo al portal, la tormenta se acercaba por lo que decidió entrar. Subió los escalones y llamó a la puerta.

Un chico de unos 19 años con barba de tres días, abrió la puerta.

– ¿Tú? ¿Qué haces aquí? – Preguntó el chico sorprendido al verla.

– Hola Isaías, entiendo tu sorpresa pero necesito tu ayuda.

– ¿Qué quieres? Ya me dejo claro en el campamento que no querías saber nada de mí.

– ¿Recuerdas que dijiste que harías cualquier cosa por mi? Pues ha llegado ese momento.

Isaías recordó aquella conversación en torno a la hoguera y la invitó a pasar.

– Pasa Emma, no te quedes ahí y cuéntame en que puedo ayudarte.

Se sentaron en uno de los sofás del salón y mientras los relámpagos iluminaban la habitación, Emma le empezó a contar minuciosamente el plan que había preparado para recuperar a su amada.

07. B u s t r ó f e d o n .

El dédalo de callejuelas se precipitaba por la colina hasta ser ocultado por los barrancos. Huttong era La Ciudad Podrida hechizada gracias a la vegetación antediluviana y la tela de araña. Por encomienda de Ze Rycai Ziang , El Sogún, tres peregrinos anhelaban desentrañar su acceso: Lucas El Artesano de Celestas, Kongre El Hosco y Mateo El Ebrio en Primavera. Y para lograrlo, leían reverentes el volumen milenario depositado en el facistol del Cenador del Conciliábulo, en el pórtico. Según la diferente exégesis que cada uno componía, se abismaban hacia los monumentos abandonados. Los dos primeros sesudos no superaron Los Pensiles de Cancamusa y no se les volvió a ver.

Mateo, el armenio, alias El Ebrio En Primavera, un sansirolé despreocupado de las disposiciones de La Pagoda de Laca, triunfó. En las hermosísimas hojas del pergamino del kakemono, existía después de todo, la descripción privilegiada del tránsito seguro por Huttong. Entre sus renglones, aparecía inapreciable un segundo cifrado que debía leerse aplicando una curiosa disciplina. Consiguió incluso El Libro de Providencias para Rycai. Y es que dio la casualidad, que Mateo leía como andaba.

06. LIBROS DE HISTORIA (J.Redondo)

“Inhumadme en mi reino. Embalsamad mi corazón y que un noble caballero lo entierre en el Gólgota, en  Jerusalén”.

Dos reyes testaron así sobre sus restos; el uno para lograr ser emperador después de muerto y el otro para salvar su alma  excomulgada.

Dos caballeros colgaron sobre su pecho la reliquia y se pusieron en camino. Ninguno llegó a su destino.

4 de Abril de 1284, Alfonso X fallecía en Sevilla. La pertinaz hidropesía terminó con el más universal de los reyes medievales. Frey Juan Fernández, maestre templario, fue el comisionado. El corazón no pasó de Murcia, el lugar más cercano del reino a Jerusalén.  Allí quedó en el templo y en el escudo heráldico de esa tierra.

25 de Agosto de 1330, Al Ándalus. Hijo del lugarteniente de «Brave-Heart», el caballero James Douglas, depositario del corazón del primer rey de Escocia, Robert I, causa baja mortal bajo el castillo de la Estrella. Su cuerpo y el relicario con el corazón de su rey, son entregados, con honores, a Alfonso XI  por Muhammad IV, sultán Nazarí de Granada. Los caballeros escoceses supervivientes retornaron a Caledonia el cuerpo de Douglas y el corazón de su rey.

En Téba de Málaga encontraréis, relatada en granito, “aquesta” gesta.

05. Sensaciones (Ricardo González)

 

Entre las páginas 122 y 123 me deslumbró el aún brillante color rojo del pétalo de papaver rhoeas. Incluso creí percibir un sutil  aroma.

 

Volví al libro y, de perfil, pude apreciar que, unas cuantas después, guardaba nuevas sorpresas. Entre la 248 y 249, sí; surgía el dulce y mentolado olor australiano de las hojas, a la fuerza planas y resecas de eucalyptus  acaciiformis. Revivían.

 

Fue al tercer día de estudio cuando descubrí de la 340 y 341 que las finas agujas de los pinos sonaban a Respighi entre neblinas del amanecer en Vía Apia.

 

Infructuosamente lo intenté varias veces más entre páginas del libro y en otros muchos volúmenes de esta y otras bibliotecas, desconsolado.

 

Solo quien estudió con aquel tratado de botánica y la terquedad de mi profe de ciencias, en su empeño por enderezarme, me introdujeron en ese mundo de sensaciones, desconocido y absorbente.

 

Siguen amonestándome por oler los libros.

04. Colorín colorado (J.Antonio Vázquez)

Cuando las luces de la biblioteca se apagaron y los pasillos quedaron huérfanos de visitantes y curiosos, todos, o casi, peregrinaron cariacontecidos al lugar escogido para las exequias. Alrededor del viejo buró que acicalaba el pasillo de la sección de enciclopédicos, esa que ya nadie pisaba desde que la condenada «wikipedia» había eclosionado en la vida de todo ser humano que tuviera conexión a Internet, se congregaron los personajes de los cuentos de siempre dispuestos a darle el último adiós a Narrador, de quien lo último que se escuchó decir antes de perder el conocimiento y caer de bruces al suelo fue : «érase una vez».

Durante el sepelio, Cenicienta y Blancanieves no dejaron de llorar ni un solo minuto. El Soldadito de Plomo se fumó un cigarro tras otro incapaz de aplacar su angustia y hay quien asegura que escuchó a los tres cerditos lamentar que el «viejo» se había muerto de aburrimiento por contar siempre las mismas historias.  Al único que parecía no afectarle era al Lobo Feroz. Desde el rincón más oscuro miraba a Caperucita con la certeza de que la próxima vez, entre las páginas de su fábula, nadie sacaría a colación al maldito Leñador.

03. LA NOVIA CADÁVER – EPÍFISIS

De entre las páginas del libro de anatomía, el profesor sacó mi ficha y me encaminé con  el bedel y tres compañeros más al arcón de mármol donde estaban los muertos en formol.

El líquido ambarino,  turbio, dejaba entrever varios cuerpos y al estar mojados costaba sacarlos, yo cogí la cabeza y al reconocerla, la solté, golpeando los otros cadáveres.

Mi otrora novia,  guapa, aunque hoy, las suturas de la cabeza y cuerpo la afeaban, me miraba. La  depositamos en la mesa de autopsias y el formol se iba por los sumideros, el olor no.

Una cicatriz bordeaba el nacimiento del pelo y otra más grande  su abdomen y tórax.

Ese pecho,  que tantas veces había acariciado, ahora amarillento y  húmedo, ese vello púbico, ralo y pegado, con el que me gustaba enredar  mi dedo, durante aquellas tardes de verano.

Tirando de los hilos gruesos, el abdomen se abrió como una granada madura. El profesor con un estilete nos señaló el útero cortado sagitalmente, con un embrión. Se suicidó, nos explicó  y donó su cuerpo por si se encontraba con el futuro estudiante de medicina y enseñarle a su hijo.

Me desmayé,  golpeándome en la nuca, ahora estoy en Toledo.

02. Secretos maritales (DavidRubio)

—¿Su marido leía? —Preguntó el inspector al otro lado de la mesa.

—¿Leer? ¿A qué viene eso? Como mucho esos periódicos deportivos.

—¿Está segura? —El agente abrió el cajón y le mostró un libro— ¿Lo reconoce?

La viuda arqueó las cejas. Cogió el volumen y lo hojeó con premura.

—Sí… es una novela romántica… la leí hace mucho.

—La aferraba cuando encontramos su cuerpo. Es raro para alguien que no leía, ¿no le parece?

—Jamás lo hubiera imaginado… Parece que nunca conocemos del todo a las personas —comentó mientras jugueteaba con las páginas—. ¿Me lo puedo llevar?

—Por supuesto. El forense ya ha confirmado que la causa de la muerte ha sido un infarto. La investigación está cerrada.

El inspector se levantó y acompañó a la mujer hasta la puerta. Allí, a modo de despedida, le dijo:

—¿Son buenas? Las novelas de detectives ya me empiezan a aburrir.

—Hay de todo… disculpe, tengo prisa.

La mujer se marchó. El agente volvió a la mesa y extrajo unas fotos del cajón. Las observó tratando de reconocer en ellas la respetable esposa que se acababa de marchar.

“Es verdad, nunca sabemos lo que nos podemos encontrar en un libro”, se dijo.

138. Cuando éramos niños

Un bosque de cuento. De esos frondosos con árboles de brazos gigantes agitándose con un viento que parece aullar. O quizás sean los lobos. Siempre hay lobos en los caminos de baldosas amarillas que llevan a un mundo de fantasía. O a casa de la abuela. Ella siempre tiene historias que contar.

Se hace de noche. Cerrada, oscura, tenebrosa. Las nubes cumplen su amenaza y el cielo se rompe en pedazos sobre nosotros en el mismo momento en el que el motor deja de rugir.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Todos sentados en aquel Seat 124 rojo averiado y esperando una grúa que tardó horas en llegar, aunque no las suficientes para agotar ni la imaginación de papá, ni las canciones de mamá ni nuestras risas. Nunca nos sentimos tan felices y seguros como bajo la tormenta.

137. PRECISIÓN

Las gradas del circo ofrecían un lleno espectacular. Payasos, malabaristas y saltimbanquis conseguían arrancar sonrisas de admiración en los espectadores. Aunque todos esperaban impacientes la salida a la arena de Sandor, el famoso lanzador de cuchillos venido de tierras lejanas. Cuando lo hizo, los aplausos retumbaron provocando que la carpa vibrara. Luego, contuvieron la respiración expectantes. Sandor enseguida les mostró una caja llena de cuchillos y les explicó que esta vez venía solo, no le acompañaría su pareja habitual. Quería dar un paso más para demostrar su precisión y ofreció un cuchillo a cada uno de los asistentes siendo él mismo quien los repartió. Entonces regresó a su posición inicial y les animó a que se los lanzaran. En segundos una tormenta de cuchillos se le vino encima y sorprendió su habilidad en esquivar cada uno de ellos.

 

136. Regreso a casa

«… maldita nevada…si al menos no me doliera tanto el brazo…

debería estar llegando al pueblo, faltaban pocos kilómetros cuando patinó el maldito coche y me incrusté contra el árbol…

no siento los pies, ni las piernas, espero que no se congelen los dedos… sin embargo el brazo me tortura a cada paso…

bueno, pero si ha dejado de nevar… y parece que ya no me sangra el brazo, de hecho, no siento la sangre pegada ¡y ya no duele tanto!, vamos, que no me duele, y lo puedo mover… ni me cuesta caminar, no me siento nada cansado, todo lo contrario… ¡eh! allí viene gente…»

134. El brujo

Cierra los ojos y recita la plegaria. Cada vez que termina, saca un puñado de hierba seca de la bolsa y lo lanza al aire.
–Este tipo no va a conseguir nada.
Por un momento abre los ojos y mira el cielo: está completamente azul. Sigue musitando la plegaria. Llegará. La lluvia llegará.
–El anterior, Fat… Se llamaba Fat. Conseguía lo que le pedíamos. Una tormenta… Lluvia… Nieve…
Si al menos le dejaran. Tienen que esperar. La lluvia tardará un poco. Un poco.
–Me voy a la caravana. Me apetece un trago.
–Le avisaremos si consigue que llegue la lluvia, señor Ford.
–Cuando lo consiga, Harry, cuando lo consiga.
El joven brujo no puede menos que sonreír. Quizá los otros han perdido la fe en él, pero no Natani Nez. No Natani Nez.
Sisea la plegaria. La repite una y otra vez sin hacer caso del cansancio. La sigue repitiendo hasta que un viento húmedo le golpea la cara.
–Hum. Parece que el maldito navajo lo va a lograr.
Musita la plegaria una vez más. Las primeras gotas le golpean el rostro.
–¡Increíble! Chuck, llama al señor Ford. Dile que todo está listo para seguir rodando.

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