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Se había convertido en un muñeca de nieve, no lo supimos hasta que encontramos su sonrisa helada, para siempre, una mañana de invierno.
Ni lobo, ni gordo, ni feroz.
Era hembra. Preñada.
Y en un claro del nevado bosque, entre aullidos de primeriza parturienta, yo me quito la caperuza roja y ejerzo de comadrona.
Entonces, estalla el Apocalipsis.
Disparos, golpes, gemidos de lobeznos agonizando, mi nariz rota…
Y, mientras la sangre que brota de ella dibuja puntos suspensivos en la nieve, yo veo, aterrada, cómo el cazador baja lentamente la cremallera de su pantalón.
En ese preciso instante descubro, con una certeza absoluta, que las peores bestias del bosque caminan erguidas.
Acurrucada en su butaca y tapada con una mantita, la anciana miraba por la ventana el jardín nevado. En una de las ramas del gran árbol ya sin hojas sus nietos habían instalado una casita de pájaros donde solía refugiarse algún que otro gorrión aterido. Ánibal, el gato de la vecina del primero, no lo ignoraba y muchas veces se le podía ver entre dos setos esperando su oportunidad.
Su ama, con ganas de verle en acción, echaba migas de pan después del desayuno o de la comida y esperaba, a la vez que su gato, que se acercara el pájaro. Como es de suponer la anciana apostaba fuerte por el ave y casi siempre se sonreía cuando tras picotear algunas migas, esquivaba de un aleteo las temibles garras del minino.
Desgraciadamente no siempre perdía Ánibal; ese día la abuela se entristecía al contemplar las huellas de la refriega, que poco a poco la nieve que caía iba a borrar por completo dejando el lugar impoluto y sin ningún rastro de lucha.
La Policía del Tiempo me dio caza en la cabaña del bosque. Supuse que el reguero dejado en la nieve me delató. El pánico me impidió articular una mentira creíble, y opté por confesarlo todo: que venía del pasado, que me habían encargado realizar un informe sobre su época, que debía ser discreto y no modificar el futuro, que… que debía hallar la cura para la enfermedad que aniquilaba mi época. La Policía del Tiempo se miró y uno de ellos señaló mi mochila. “Supongo que esa es la cura” dijo sin convicción. Al instante supe que conocía perfectamente el contenido del macuto; es más, él ya sabía cómo terminaría este encuentro. Sin duda, habían vivido el incidente antes que yo. Su misión, intuí, era evitar tropelías temporales como la que pretendida. La verdad es… guardé silencio y comprendí lo estúpido que suponía mentir. “Denos el contenido de la mochila y le dejaremos ir”. Obedecí. Desabroché la cremallera y extraje el objeto que pretendía llevar conmigo. No era la ansiada cura, sino una piedra preciosa que robé de una tienda. “Le permitimos marchar, pero recuerde que su enfermedad no sana con dinero, sino con cultura”.
La cólera hizo que de sus manos saliera disparada la bola de cristal estrellándose contra la chimenea. La lechuza, la liebre y el muñeco de hielo con bufanda cayeron al suelo, quisieron seguir el rastro de los copitos de nieve, pero una escoba gigante los arremolinó para terminar en un oscuro y frío cubo de basura.
El frío lo despertó. Se alegró de que ya estuviera amaneciendo. Le sorprendió el silencio absoluto, nada habitual en aquel lugar. Enseguida comprendió lo que sucedía: había caído una gran nevada que amortiguaba los sonidos. Era la primera vez que contemplaba semejante espectáculo. Se levantó y, abrigándose todo lo que pudo, se dispuso a caminar sobre la blanca alfombra. Pero al instante observó que no era el primero en hacerlo. Como se había acostado completamente solo, le chocó ver aquellas huellas profundas que lo precedían. La curiosidad le hizo seguir el rastro, con cierto miedo y mucha precaución. El camino marcado serpenteaba, subía, bajaba… Y sin apartar los ojos del suelo, lo fue siguiendo, como hipnotizado. De repente, atónito, se queda paralizado al comprobar que sus pasos lo han devuelto al escondrijo donde había pasado la noche; sobre su colchón viejo, cubierto con sus mismos cartones, una persona idéntica a él duerme profundamente.
Iba tras su rastro en la nieve, no se me iba a escapar, le daría caza. Por la profundidad de las huellas era adulto. La nieve seguía cayendo, conejos y cervatillos, ignorantes de que la fiesta no iba con ellos, se escondían temerosos. Lo presentía cercano y aceleré el ritmo, a cincuenta metros avisté su silueta, ralenticé mis movimientos y lo rodeé… !Ahora! Cuando me vio intentó abatirme con su arma «Browing» telescópica de largo alcance. Ya era tarde, mi zarpa desgarró su pecho y mis colmillos se hundieron en su garganta, su cara reflejaba sorpresa, terror y despedida. La vida del hombre se diluía en la nieve. Tendría comida para tres días.
Todas las tardes acudía a la galería de arte y se sentaba frente al cuadro de su pintor favorito. Contemplando ese bosque invernal casi podía sentir el frío, el silencio y la paz que parecían emanar de la pintura. En primer plano y entre las filas de árboles cubiertos de nieve, se iniciaba un camino que se perdía en el horizonte. En él, las huellas de unas pisadas manchaban de gris la pureza del blanco inmaculado.
El pintor parecía obsesionado con los paisajes vacíos. Constituían el tema de todos sus cuadros: playas desnudas, calles nocturnas…atravesadas por pisadas fantasmas. Ella, que había perdido a sus mejores amigos tras el alzamiento militar, se sentía impresionada por los rastros de esas ausencias que parecían llamarla desde el lienzo.
Una madrugada fueron también a buscarla, su nombre aparecía en alguna infame lista de opositores.
Tiempo después, una nueva obra cubrió la pared principal de la exposición; en ella aparecían representadas las huellas de unas breves pisadas ante el banco vacío de una galería de arte. Frente a él, podía contemplarse la reproducción de su famosa pintura “Un paisaje nevado”.
El cielo va perdiendo su color azabache y comienza a tomar una luminiscencia boreal de sanguinaria tonalidad.
Abducido por tal prodigio natural, se queda atónito admirando el espectáculo cenital.
Las luces del poblado espontáneamente se van apagando por barriadas. Las de su hogar no son excepción. A ciegas busca el cajón de la mesita y ahí, junto a la foto en la que sonríe con sus difuntos, se hace con la linterna de emergencias.
Extrae un haz de luz por la ventana. Un rastro de cadáveres yace sobre la nieve que lo encamina hacia un pánico atenazador. Aterrorizado advierte que su medroso perro no ladra entre tinieblas.
Ilumina sus huellas en la blanca alfombra y comprueba que se entierran en su caseta.
Enfoca el refugio subterráneo de su jardín. Duda sobre dónde estará más seguro. Decide no arriesgarse.
Con unos prismáticos examina a los caídos. Su mascota no tiene síntomas de violencia. Las personas circundantes a su finca tampoco. Solo coinciden en sus escleróticas sin pupilas. En el balcón de enfrente está la señora Watson, inmóvil con la misma mirada vidriosa y una mueca congelada.
El cielo va recuperando sus vestidos de luto. Las luces vuelven. El silencio se queda.
Siguiendo un sendero de rosas rojas, caminaba en dirección al centro de tu amor. Imaginando pasiones desenfrenadas, idílicos sueños, solícitos amores compartidos. Montado en la cresta de la espuma, explosiva juventud desbocada.
Las rosas, rojas como rubí encendido, me llevaban hasta ti en aquel invierno cubierto de nieve. Las luces de París nos atraían como luciérnagas imantadas. Los sueños poco a poco se iban realizando.
Pero el destino nos dio la espalda. Fue en Biarritz que la palidez se adueñó de tus mejillas. Yo, ilusionado por el nuevo mundo que ante mí se abría, descuidé la rosa que se marchitaba a mi lado.
Largas horas esperando ante aquel hospital, donde te consumías. Largos días sin poder besar tus labios, sin saber nada de ti, pues las normas eran tan estrictas que sólo se permitían las visitas un día a la semana.
Para el día permitido, ya era tarde. La luz de tus ojos se había apagado. Tus labios estaban fríos, y mi amor sin ti, no tenía sentido.
Despertó y percibió el hilillo de sangre que aún brotaba de su nariz. Entonces los ruidos, las sirenas, las caras largas de los enfermeros que le hablaban. Al ver los cristales rotos de la ventana junto a la mesilla de noche, ella supo que él se había marchado tras su rastro por la nieve,
En su huída precipitada por el monte cubierto de nieve, había dejado tras de sí un rastro de dolor e incomprensión. Sabía que tras esa noche tardaría en regresar a su hogar.
Todo había comenzado unas horas antes, ella vivía en una familia tradicional, cristiana y con ideas muy conservadoras, por lo que imaginaba qué lo que contaría aquella noche no iba a ser entendido por su familia, pero ella necesitaba hacerlo.
Esperó al segundo plato, se levantó y se dispuso hablar. El padre, un rico heredero y médico en la localidad, mando callar a la abuela para escuchar las palabras de su hija. Mientras esta hablaba, el rostro de cada uno de los allí presentes fue cambiando, el color de la tez de la madre emblanqueció, el padre enfureció y mientras la abuela se santiguaba, decía entre dientes «esto es obra del diablo«.
El padre antes de mandar a su hija al cuarto, le dijo que sería internada en un centro de donde no saldría hasta que estuviera totalmente curada.
Al escuchar aquello es cuando decidió huir de aquel lugar donde no se le comprendía e ir en busca de su amor, aquella chica que conoció meses atrás.
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