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Según su hermano iba disfrazada de monja putona. Según su madre, de bruja yeyé. Su padre murmuró: “¡Ajá… Hum. Ajaá…!”, como siempre que Adriana le consultaba algo.
El gimnasio del instituto parecía un cementerio brumoso. Estaba muy bien conseguido. Berta se había encargado del atrezo, como el año pasado, aprovechando viejos decorados del teatro que dirigía su tío. Consiguió seis ataúdes con mecanismos chirriantes. Al levantarse cada tapa se incorporaba un muerto viviente… Excepto el muerto de verdad: el ex novio de Adriana.
Cuando Adriana llegó a la fiesta se tranquilizó al ver aquellos coches de policía bloqueando la puerta del instituto, y disfrutó con la explicación quejumbrosa que Berta daba a los agentes: “Se trataba de una escenificación con zombis -hipaba Berta-. ¡Qué tragedia!… ¡Adriana, Adri, ha sido horrible!”.
¡Todo estaba saliendo según lo planeado! Adriana tenía coartada familiar y su amiga no la necesitaba… Cómo iba a saber Berta que el cerdo de Manu era alérgico a esa marca de Ketchup, justamente la utilizada para la sangre de los zombis…
Adriana iba disfrazada juez, y Berta de verdugo. Pero las dos amigas parecían plañideras enlutadas. En carnavales, ya se sabe: ¡nadie es lo que parece!
Tenia que llevar aquella máscara durante 361 días, ahora durante cuatro se la quitaría y se mostraría ante los demás tal y como él quería ser; un hombre sencillo, amante de su mujer, padre ejemplar, educado con sus vecinos, buen jefe con sus trabajadores, solidario, risueño, y un monton de excelentes cualidades que lo convertían en otra persona.
Muchas veces durante esos 361 dias tenía la tentación de dejarlo todo y volver a sus orígenes, aquella vorágine de poder y placer lo había convertído en todo lo que el siempre odiaba, pero el regreso a la nada le daba pánico, por eso decidió esos dias de carnaval quitarse aquel disfraz que tanto le pesaba y por el que muchos le admiraban.
No era fácil pero la recompensa le proporcionaba momentos de felicidad que le servían para luego poder seguir con su vida el resto del año: la sonrisa de sus hijos, las palabras de amor de su mujer, los saludos de sus vecinos, la amabilidad de su empleados, el abrazo de su madre, la mano extendida del necesitado, todo eso era lo que él buscaba ,aunque solo fuera durante aquellos cuatro dias.
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Para celebrar el inesperado éxito de su primera novela, La asesina enmascarada, Marcos organizó una fiesta de carnaval con algunos antiguos compañeros de universidad.
La luna, semioculta tras un antifaz de nubes, presidía la noche. Marcos, vigilante desde una de las ventanas del ático, presenció la llegada al viejo caserón del último de los invitados. Todos vinieron por separado y debidamente ataviados para la ocasión, ciñéndose a las indicaciones del anfitrión.
La pista de baile se convirtió en un mosaico caleidoscópico al sonar los primeros compases de la música. Tal como estaba convenido bailarían a media luz y en absoluto silencio, siendo las siluetas y movimientos de los cuerpos de los bailarines las únicas claves para poder reconocerse. Marcos, mezclándose entre ellos, los fue contando y vio, sorprendido, que eran catorce, cuando solo trece habían confirmado la asistencia. Fue aproximándose a cada uno, afanado en conseguir una rápida identificación, y se quedó perplejo al observar que una de las máscaras, la de diseño más peculiar y sofisticado, era exacta a la que él había imaginado para la protagonista de su novela y que había intentado reproducir, sin conseguirlo, para ilustrar la portada. La enmascarada, sintiéndose observada, le dio la espalda.
Estaba tan convencido que el de la máscara dorada se comportaba como un animal al acecho, que optó por no separarse ni dos metros de él. Bien estuviera bailando, bien pidiendo una copa o simplemente paseando, no le quitaba el ojo.
Se fijaba sobretodo en sus manos, a la espera de que sacara el arma que utilizaría para atacar a su víctima en cuanto descubriera tras que máscara se ocultaba.
Estuvo a punto de abalanzarse sobre él al percibir que realizaba un extraño gesto con su mano derecha, pero solo fue para rascarse la ingle. Agradeció haber dudado.
También le robó algunas parejas de baile pensando que tal vez ya había descubierto su objetivo y se disponía a actuar, pero dedujo que no era así porque su comportamiento no variaba sustancialmente.
Al final, tras tres horas de intensa vigilancia, todo se desarrolló tan rápido que no fue capaz de verlo venir. El bueno de Juan, el ebanista, le levantó la máscara, y con la mano plana como un ariete, le chafó su ya maltrecha nariz.
La megafonía de las calles no cesaba de trasmitir noticias sobre la desaparición del carnaval. Luis escucha consternado; le gusta disfrazarse. Se divierte. Desde pequeño disfruta diseñando su disfraz para llamar la atención de los demás.
La radio del autobús del colegio, también repite que nunca más se celebrará; estudian como sustituirlo. Alegan los muchos años que sometió a los niños confundiendo sus personalidades. Cuanto exhibe a parejas de amantes en público. Cómo camufla a pobres en ropajes de ricos ostentosos. Y lo que les hizo tomar esta drástica decisión: muestra a las mujeres indecentes y frívolas.
No entiende nada. Pone la televisión; emiten la misma información con cifras del setenta por ciento de dependencia; incluso en gentes de países pobres como él suyo. El periódico de casa tampoco calla. Acusa de “celebración mediática.”
Sin alcanzar a comprender, le resulta extraño ver su barrio callado. Entristecido. Con los disfraces para el desfile y el baile guardados. Se pregunta cuándo disfrutará viendo a su mamá caracterizada de hada, bailar con su papa vestido de caballero.
-Es mala suerte que algo así ocurra ahora,- dice llorando. -Si bailaran este carnaval se divertirían,- murmura desconsolado. Cuando creen que no escucha, hablan de separarse.
Como de costumbre el doctor colmó sus expectativas con esa profusa atención que testimoniaba su fruncido entrecejo, su camisa escrupulosamente abotonada, el impecable nudo de la corbata y ese nervioso garabatear con el que había tomado notas mientras él hablaba.
–Los sueños son como los bailes de máscaras –empezó diciendo –.Nadie es quien aparenta ser.
Lucas compuso una media sonrisa de incomprensión.
–Le pondré un ejemplo –continuó –. El abad asesinado que aparecía en su sueño nos señala su rechazo inconsciente a la boda en ciernes con… ¿María se llama su futura esposa?
Asintió con la cabeza.
–El pulpo representa los obstáculos que ha encontrado durante los preparativos. El tiburón volador en realidad es alguien por quien se siente amenazado; probablemente el exnovio de María.
–¿Y el buitre? –preguntó.
El psicólogo se llevó la punta del lápiz a la barbilla y se quedó pensativo durante unos segundos.
–No lo sé –contestó al fin –.Esa máscara era realmente buena.
Luego volvió al crucigrama que disimulaba dentro de su libreta. Incauto, que se deja estafar fácilmente. Ocho letras : «pardillo».
–Si pasa al mostrador María le cobrará, señor Lucas.
Como siempre, al despedirlo, desplegó sus brazos para darle un afectuoso achuchón.
Los domingos no madrugamos y a mi hija le gusta venir a mi cama a despertarme. Una careta de cartulina sobre su pequeño rostro le da la excusa para abalanzarse sobre mí, gritando “¿Quién soy?”
Siempre le respondo que es la princesa de mi corazón y ella se enfada. “No, soy Barbie” o “Que no, soy Caperucita».
Mientras la abrazo e inventamos juntas el porqué del personaje de turno en nuestra casa, me siento auténtica, sin el peso de las máscaras que debo ponerme cada día para enfrentarme a la vida.
Tengo un armario lleno y me las voy cambiando a lo largo del día. La de la chica feliz que no necesita nada más, cuando llega mi madre por las mañanas para llevar a María al colegio. La de la secretaria eficiente que tiene todo bajo control, cuando mi jefe me da los buenos días. La de pepita grilla, con la expresión estudiada del tú ya no me importas nada, cuando sermoneo a mi exmarido por no venir a ver a la niña…
Pero, cuando me veo reflejada en esos ojillos pícaros que me miran a través de una careta, no tengo ninguna duda: por ella, sé quién soy.
Sus caras resultaban conocidas a cualquiera, pero nadie recordaba haberlos visto nunca juntos. Al llegar a aquella calle comercial tan exclusiva, las cámaras de seguridad no tardaron en detectarles y una discreta vigilancia se organizó en su entorno.
Anduvieron pausadamente, charlando y deteniéndose a mirar algunos escaparates, hasta que decidieron entrar en una lujosa joyería. En menos de lo que tardaron en decir «buenas tardes» media docena de agentes cayó sobre ellos, les derribó y quedaron esposados.
No llevaban armas, ni reales ni simuladas, su documentación y tarjetas de crédito parecían legales y sus huellas no se correspondían con las de ninguno de los casos pendientes de resolver.
Un afamado cirujano plástico certificó, tras analizarlos detenidamente, que sus rostros eran naturales y no habían sufrido alteración alguna.
Finalmente la conclusión no pudo ser otra. Se trataba de ellos, de los genuinos, de los auténticos, de los mismísimos Anonymous y Joker.
Cuando bajaba, él le asestó una fuerte cachetada; ella se tambaleó, en su infelicidad. Recuperó el equilibrio y con buen ritmo concluyó el descenso.
Entró en el comedor con la mejor de sus máscaras.
Los invitados alabaron la comida y las finas atenciones de la anfitriona. En el salón de baile, él le pasó el brazo por la cintura y le susurró al oído: «¡Cuánto te quiero!». Ella, le clavó el acero de su mirada. Él cayó al suelo fulminado, con tal estruendo que temblaron los cimientos de la casa.
Ella se quitó la máscara.
Los convidados, con eufórica complicidad, se despidieron de la justiciera señora, besando su inflamada mejilla.
Mientras, en el jardín, alegremente silbaban los grillos.
Translocación
Mi imagen era inusual, una bella mujer con peluca blanca y vestida al gusto de Luis XVI. La máscara se ajustaba tan bien, ni yo me reconocía. Cuando llegué a la fiesta, me dediqué un buen rato a exhibirme con placer. Sentía las miradas de muchos y me gustaba, me gustaba mucho. Reparé entonces en Lord Byron. Una sensación se apoderó de mi vientre, y aunque no era desconocida, hizo que temblara de miedo y sorpresa. Nunca había sentido por un hombre un deseo así, tan voraz, que me provocaba dolor. Él se acercó a mí y sin mediar palabra, me besó, un beso dulce a pesar de las dificultades al llevar máscaras. Quise derretirme en él, quise fundirme con él, y lo debió sentir igual porque cogió mi mano para sacarme de allí.
En el taxi seguimos besándonos, y aunque no quería pensar, no podía evitar intuir su reacción cuando descubriera mi secreto, ni podía entender que me estaba pasando, el lio de emociones y sentimientos encontrados que estaba viviendo.
Extenuados encima de la colcha, pude por fin sonreír tranquilo. Acaricié su nariz al tiempo que le decía – encantado, soy David -.
-Encantada David, y yo Elena-.
Tras las máscaras se esconderían el amor y el dolor, la mentira y la verdad, juventud y vejez, ficción y erección, lo que somos y lo que nunca podremos ser, algún futurible nobel y consagrados barrenderos, verduleras tímidas y políticos honrados… Este año sería espectacular: los Stones irían disfrazados de Beatles, Blancanieves embarazada de siete, Machoman vestido de bailarina, el Hombre Invisible como himself, el incombustible Diablo vestido de rojo o los insustituibles Arlequín y Casanova, y además yo, calva desde hace siglos, con estos pelos… la nit de Carnestoltes prometía. Tan solo debería escoger una buena pareja.
Desde primera hora de la tarde ya estaba preparándome para la fiesta, esta vez sí, con el inútil espejo siempre cerca. Todo hilado al milímetro: los rizos perfectos, las pestañas insultantes, los glúteos provocadores, la hoja curva afilada y reluciente. Sin embargo, un año más, con el carmín ya en los labios, decidí no asistir al baile: seguro que a alguien se le habrá ocurrido disfrazarse de mí.
No me gusta cómo ha terminado esto. Aquí desnudo junto a ésta desconocida a las cuatro de la madrugada en un garito lleno de gente en pelotas fornicando sin ningún pudor. No sé cómo he podido hacer caso al descerebrado de Juan. Que si «ven que no pasa nada», que si «nadie se va a enterar»… Yo aquí poniéndole los cuernos a Rebeca mientras ella duerme tranquila en nuestra cama. Me estoy arrepintiendo, pero… ¡uf, que fiera me ha tocado! ¡Menos mal, había cada callo por ahí! Bueno, «a lo hecho, pecho». La propuesta era difícil de rechazar: «Fiesta Orgiástica de Máscaras» en un club de intercambio, pero además sin necesidad de llevar pareja, «Día del Soltero». La tía está de muerte y le gusta el sexo, ¡si señor! Que lástima que Rebeca no sea así.
Anonimato, máscaras, desconocidos, sexo sin tapujos… Una lástima no volver a verla. No puedo dejarla ir así, no podré olvidarla nunca. Y sin soltar palabra en toda la noche ninguno de los dos. ¡Que oscuro está esto!
-No puedo evitarlo, perdona, ¿cómo te llamas?-
-Rebeca, ¿y tú?-
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