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Ruth avanzó por el valle que rodeaba la cabaña en la que había pasado una semana. Una cabaña hecha con madera que provenía del bosque de frondosos y grandiosos pinares alejados de aquella morada y donde vivía su abuelo. Todas las mañanas, Ruth abría la ventana de su habitación y a través de ella divisaba todo el valle y al final, aquellos majestuosos pinares. Pensaba si ese sería el último despertar junto a su querido abuelo. Sabía que cada día su abuelo era invadido por aquella maldita enfermedad y que a cada segundo se iba evaporando cada vez más.
Conforme avanzaba por aquel valle, el cansancio era cada vez mayor, debido a la inmensa nevada que había caído. Se dio la vuelta, para ver el lugar exacto donde había dejado la cabaña, aunque se mostraba tranquila porque iba dejando un rastro en forma de huellas. Se dijo, no pasa nada Ruth, seguiré mi rastro en la nieve para volver a la cabaña. Paró en seco. Vio a su abuelo allí, sentado en lo que parecía una piedra. Se aproximó hasta él. No era una piedra, era la lápida de su abuelo. Le dio un beso y se unieron. Para siempre.
El cabello de la víctima aparece empolvado, sin lustre, tras haber barrido la nieve con surcos inquietos, convulsivos, aventura, amargamente, el viejo policía. Recostada sobre la mesa de metacrilato del hotel, la chica recuerda una marioneta abandonada.
El inspector contiene las lágrimas, mientras deforma con rabia los guantes de látex que su compañero le acaba de pasar…
Por la noche, derrotado sobre su cama, llorará acariciando una foto, buscando culpables, tratando de apresar demonios… antes de que huyan camuflados entre papeleos legales.
Ahora no, ahora no puede alterar la escena. Por eso no retira cariñosamente ningún mechón de la joven, ni arropa su espalda desnuda, ni limpia el rastro de nieve de su cara… Ahora, el inspector jefe lanza un beso de buenas noches a su hija muerta.
Interrumpí por unos instantes mi desesperada carrera jadeando y dejando escapar con cada resoplido, espesas bocanadas de vaho. El frío intenso me había calado hasta los huesos de una forma que intuía irreversible.
Cada vez más cerca escuchaba el vocerío de la turba que me perseguía junto al aullido de sus perros.
Al pasar por la alambrada de espinos me hice un desgarrón en el brazo, pero no me dolía tanto como saber que mi sangre estaba dejando un rastro nítido en la nieve. Traté de taparlo atándome fuertemente la bufanda aún a costa de acelerar el proceso de mi propia congelación.
Comenzaban a abandonarme las fuerzas. Tras horas de correr por el bosque, con la nieve hasta las rodillas, las pocas energías que aún me restaban las empleé en subir hasta el monte que se alzaba imponente ante mis ojos. Era consciente de que se trataba de un callejón sin salida.
Conseguí llegar a la cumbre exhausto, apenas con un soplo de vida, pero mis perseguidores tardarían un tiempo muy valioso en descubrir que había optado por el camino más absurdo.
Me desnudé y me tumbé en la nieve a esperar con dignidad mi destino.
La mañana discurre tranquila, fatigada a causa de un sol madrugador y terco. Unas pisadas firmes van trazando una cremallera cerrada sobre el piso lechoso. El rival le espera en el centro de la explanada. Se detiene, igual que se suspende la respiración y el tiempo; por un momento solo son una anónima fotografía en blanco y negro. De repente todo comienza: sin una señal, sin una voz. Los rivales embisten apostando a todo o nada. Las fintas, golpes y respuestas se suceden como siguiendo un guion preestablecido. Sus ojos infinitos la observan en todo momento para asegurarse de que su amada espera al triunfador. Un ataque, un quiebro, un error y una vida perforada se vierte sobre el delicado trabajo de varias horas. Las repentinas flores rojas destacan como la firma de una victoria. El silencio se condensa. El campeón toma aliento y se relaja, emprendiendo sin demora el vuelo hacia la hembra. Se posa sobre la pared pintando nieve con sus patas manchadas de nata. Ella espera con las alas abiertas, deseosa de darle incontables larvas.
La nieve era la protagonista absoluta. En la taberna, en la peluquería, en la escuela, en las cocinas de cada una de las casas del pueblo no había otro tema de conversación, que si el cambio climático, que si había que acordarse de Santa Bárbara, o eso era solo cuando tronaba, que si Estados Unidos, o China, o cualquier otro país sospechoso de querer dominar el mundo los había elegido para poner en práctica algún experimento secreto… Todo eran especulaciones, pero si los primeros copos fueron recibidos con sorpresa y regocijo, tres semanas después nadie soportaba el frío, ni se reía ya de los resbalones ni de las caídas, ni aprovechaba en la caza el rastro que dejaban los desprevenidos animales salvajes.
Lo que deseaban era que el maldito Papá Noel, o Santa Claus, o como quiera que se llame, regresase a Laponia con sus renos, su trineo y sus calcetines rojos colgados de la chimenea. Sin embargo, el anciano no parecía darse por aludido, ni siquiera cuando un conato de incendio amenazó su casa de madera. Había llegado para quedarse.
Lo curioso es que Pie Grande no se llamaba así desde el principio, en realidad no se llamaba de ninguna manera, ya que seguramente se trata de una criatura legendaria. Pero sea como fuere, Pie Grande andaba como de costumbre deambulando por su inmensa heladera del Pacífico noroeste cuando un día encontró una enorme huella. Tras observarla unos instantes, hizo lo que cualquiera y calzó su pie en el hueco advirtiendo enseguida que se acoplaba de maravilla al mismo, de modo que empezó a llamarse Pie Grande.
Y como era de esperar, poco más allá encontró otra huella y después otra y otra y atravesó estepas y cordilleras durante meses y años que también le fueron dejando su huella para echarle una mano. Tras cruzar andando sobre el agua de cada río, aprovechaba para rebautizarse, Wendigo, el Yeti, Migou o sabe Dios cuántos más. Todo esto puede seguirse en el National Geographic. Lo que de verdad importa es que ahora se llama Chuchuna y hoy me ha tocado como premio en una tómbola. Lo he llevado a casa y en cuanto ha llegado, se ha puesto a jugar a monta y cabe con mi hijo, vamos, ni hecho a medida.
La escuela quedaba a más de un kilómetro. Como mis hermanos eran más pequeños, tenía que ir solo, así que rezaba para que viniera un jefe de estación con hijos de mi edad. Aquel invierno tuve suerte, Eladio tenía seis hijos, tres de ellos de edades cercanas a la mía, así que cuando la gran nevada estuve bien acompañado. Con Luis, Carmen y Herminio, el camino se convertía en un juego. Corríamos por la pradera nevada, hundiéndonos hasta las rodillas; nos tirábamos bolas y nos dejábamos caer sobre la alfombra blanca, dejando en ella nuestra silueta. A eso lo llamábamos “hacer santos”. Llegábamos a la escuela sofocados y felices, con las mejillas coloreadas por la intemperie. Pero eso pasó y llegó la guerra. Ahora también me toca pisar nieve, pero sin una pizca de alegría. Tras la derrota, nos venimos escondiendo noche y día, sin poder encender fuego para secarnos, y sin comer apenas. El camarada Fermín enfermó del pecho y tuvimos que enterrarlo en una cueva. Luego caímos en esta encerrona. Por el recuerdo de aquellos tiempos, Luis, te suplico que me contestes sólo a una cosa: ¿me vais a matar?
El invierno era duro en aquel recóndito pueblo de montaña, sobre todo cuando a la noche se le antojaba vestirse de blanco y un lobo solitario, atraído por el manto inmaculado de tan singular novia e iluminado por la gran luna redonda, se acercaba hasta las primeras casas. Allí permanecía aullando hasta que los primeros rayos de sol aparecían en el horizonte. Se diría que andaba enamoriscado, pero ¿quién era el objeto de su deseo?
Blancanieves se levantó y, sin decir nada a nadie, se dirigió al bosque siguiendo las huellas del lobo. Lo encontró dormido dentro de la cueva. Ella se acurrucó a su lado, como hacía siempre, y esperó. Cuando la bestia se humanizó y sus garras desaparecieron, comenzó a acariciarla. Los amantes, arrastrados por una vorágine de deseo y placer, se amaron ferozmente.
Era un viaje de regreso condenado al fracaso, lo sabía desde el mismo momento de su partida, pero era lo último que podía hacer por él.
Apenas lograba seguir su propio rastro debilitado por la intensa nevada, mientras varios metros detrás, Amalia y el pequeño Rubén, se esforzaban por avanzar en mitad de la ventisca que ralentizaba su paso.
De vez en cuando, se giraba y les apremiaba para que se dieran prisa, más sus intentos eran acallados al instante por el sonido del viento.
En su mente sólo bullía una idea desesperada: Llegar a tiempo para salvarlo.
Pero todo su pequeño mundo se desmoronó de golpe, cuando divisó a su dueño en pie, inmóvil, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol y la mirada perdida en el vacío. Un manto de escarcha cubría todo su cuerpo y sus ropas.
Igual que hiciera cada mañana durante su corta vida, le lamió la cara y las manos congeladas en un vano intento por despertarlo, pero todo fue inútil.
Entre gemidos de dolor, notó cómo su dueña le cernía la correa alrededor del cuello, e inmediatamente después, sus patas dejaron de tocar la nieve y le faltó el aire.
El candidato diecisiete llegó y enseguida se hizo una composición de lugar como de Google Earth: Frente a él, desafiante, se extendía la Gran Placa de Hielo, y en su interior, cientos de ojos escarchados le miraban con expectación fría. Le abrumaba aquella responsabilidad. Recalculó sus posibilidades con esa antipatía romana del dedo pulgar hacia abajo y finalmente decidió esperar. Pasaron minutos (quizás siglos), hasta que el viento gélido le trajo un murmullo increpante: “¡Vamos! ¿A qué esperas?”. Y bueno, con esa desgana de un Charlton Heston portando leyes de cartón-piedra, alzó los brazos.
Fue entonces cuando se escuchó aquel gemido (como de hielo seco en café), y cientos de capas geológicas empezaron a descongelarse alumbrando amebas, coliseos, automóviles y playas nuevas. Era como despertar notando que nada te duele adentro; como dejar de sentir ese terror de hormigas bajo un zapato. Aunque duró poco… Justo hasta que cayeron, desfallecidos, los bracitos enclenques de aquel tipo. Nada más. Después, todo volvió a compactarse, y ahora toca esperar al siguiente candidato. Otra vez en silencio, desenfocados, en el limbo de esta foto fija.
Cuando María Fuensanta Desiderata Nuño, dueña y señora de la nieve del paraíso, vio el cadáver de su hijo, a la puerta de palacio, perdió la voz y, desde entonces, ningún sonido voló hacia el cielo de su boca a excepción de un leve gruñido lastimero y ululante que no cesaría, a lo largo de su vida, ni siquiera en sueños, dándole a su presencia, o a su descanso, un sentir como de animal agonizante, de ser primario que atemorizaba a todo el que la acompañaba.
Su venganza siguió el rastro de la sangre sobre los copos tiernos que se perdían en la punta de la derramada lengua del glacial, cerca de La Misión, donde María Fuensanta envió un ejército de demonios hermosos y dorados a tentar a vírgenes y misioneros. Así, cosechó en los vientres de las nativas la semilla del mal y transformó el compromiso evangelizador en una liturgia de actos perniciosos y abominables que acabaron con todos los habitantes del lugar.
En su vejez, María Fuensanta se retiró a la soledad del hielo y a su muerte, grandes aludes sepultaron su cuerpo y dejaron a la vista una ciudad de oro que emergió de la nieve.
Algunos coleccionan monedas, otros sellos, pero ella era diferente, coleccionaba amantes. ¿Y yo?, yo coleccionaba sueños.
Era una mañana de invierno, casi tan fría como la soledad, iba caminando por la calle nevada que corta la de la esperanza con la de la desesperación, y de repente la vi, me fije en sus ojos que eran como un atardecer de verano. Solo hizo falta un cruce de miradas, nada más, y me crucé con su sonrisa triste de medianoche, quería salvarla, y pensé que ella quería ser salvada, salvada de ella misma, salvada de algo de lo que solo ella se podría salvar. Entonces le dije «quédate».
—Lo prometo —dijo ella —te encontré.
Me han contado por ahí que ella aún no completó su colección. ¿Y yo?, yo colecciono recuerdos.
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