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La habitación estaba oscura pero sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra. Recostado sobre el frío muro de ladrillos se entretenía estrellando su pastoso aliento de borrachín impenitente contra los cristales y dibujando figuras obscenas sobre ellos. De vez en cuando dispensaba alguna mirada a la calle y contemplaba con estupor malsano las luces, los sobrecargados escaparates y el ejército de idiotas que trajinaban más bolsas de las que sus manos podían sobrellevar.
No le quitaba ojo de encima al miserable farsante que agitaba la campana delante del centro comercial cuando la pantalla del teléfono volvió iluminarse. Lo había silenciado y ahora el terminal solo era capaz de agitarse nervioso y alimentar el morbo de acercarse cada vez más al borde de la mesa. No pensaba contestar; ni a las llamadas ni a los mensajes. Se quedaría escondido en aquel motel de mala muerte hasta que pasara la Navidad y nadie le echara de menos. ––Que se encarguen los tres memos–– pensó. Mientras, le dio otro trago a la botella en la que se reflejaba la pelliza roja, su oronda barriga y la larga blanca barba que esa misma noche se afeitaría para que nadie pudiera reconocerlo.
El timbrazo del teléfono le sobresaltó. Por un momento estuvo tentado de no responder, pero después pensó que no le llamarían si no fuera importante.
–Sí.
–Se ha producido un tiroteo.
La voz del ayudante sonaba vacilante. El sheriff imaginó que había pasado la noche bebiendo. Pidió que le repitiera la dirección. No, no hacía falta que fuera nadie más. Él se encargaría.
Se vistió lentamente. Se pasó la mano por la mejilla. El afeitado tendría que esperar.
–¿Qué sucede?
–Nada. Vuelve a dormirte.
–¿Te preparo un café?
–No. Volveré en una hora –dijo sin mucha convicción.
Hacía un frío terrible fuera. Contempló las estrellas. No, no nevaría. A la camioneta le costó arrancar. Durante unos instantes se quedó pensando el mejor camino para llegar. Aquella dirección estaba al otro lado del pueblo.
El trayecto se le hizo eterno. Cuando llegó, alguien esperaba en la puerta.
–Sheriff, yo no…
–¿Qué ha pasado?
–Escuché un ruido… Me asusté… No podía imaginar…
Entró en la casa. Allí, junto al árbol de Navidad estaba tendida una enorme figura vestida de rojo. En medio de un charco de sangre. El sheriff se preguntó si no estaría teniendo una pesadilla.
Ya sé que este año tampoco he sido bueno. Mamá me lo repite constantemente y el cinturón de mi padre me lo recuerda cada vez más a menudo. La seño tampoco se corta y me paso las tardes viendo las esquinas de la clase. Por eso, no voy a pedirte que me traigas una bici negra con palanca de freno y llantas de aluminio como la de la tienda de la esquina, ni el skyboard con dibujos de playa que tienen los niños de mi calle, tampoco el balón de la selección que anuncian en la tele. Lo que sí te pido es que no vengas esta Navidad a mi casa y sobre todo, sobre todo que ni se te ocurra volver a dejarme carbón, porque te estaré esperando con el tirachinas al pie de la chimenea.
La echaba de menos, hacía tiempo no me visitaba. Esta mañana de invierno y sol esplendido la volví a ver. Embriagándome, y recorriendo todo mi cuerpo. Dos lágrimas saladas manchan mi rostro, surcando mis mejillas hasta llegar a la comisura de mis labios. Mis manos se elevan como dos flores blancas y juegan con el aire dulce que respiro. Camino como si estuviera entre nubes. Abro los ojos al máximo. Me incorporo hacía el interior del coche, mi vista se clava en el retrovisor. Viendo el reflejo de aquel rosario. Cada detalle queda grabado en mi mente para reproducirse más tarde… en sueños. No sé cuánto tiempo después aprieto el botón de la música. Quédate siempre al despertar, es la primera frase que puedo escuchar. Sacudo la cabeza como minutos atrás lo hice de alegría para maniobrar el coche. Sigo rodando sin perder de vista la carretera. Estoy llegando a mí destino, y esta vez no estoy sola. Apareció por navidad. Bienvenida felicidad.
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La proximidad de la navidad le hacía sentir mal porque invitaba a realizar un examen de conciencia del que pocas veces salía bien parado. La interminable lista de buenos propósitos que cada enero se afanaba en confeccionar, resultaba inútil apenas un par de meses después. Ahora, sin embargo, no había tiempo para lamentaciones. Repasó todos los preparativos y cayó en la cuenta de que no recordaba dónde había puesto el tique de la tintorería. Intentó hacer memoria mientras rebuscaba por toda la casa el maldito papel. ¿Dónde lo habría puesto? Abrió el armario y, traje por traje, miró en todos los bolsillos sin resultado. Cruzó los dedos y sacó la ropa húmeda de la lavadora para comprobar que tampoco estaba allí. Tras unos angustiosos minutos, encontró el resguardo bajo el mueble del pasillo, escondido, como queriéndose burlar de él. Demasiadas emociones para un solo día, se dijo justo cuando el teléfono comenzaba a sonar. De mala gana descolgó y escuchó al otro lado la voz de su ayudante: “Santa, todo listo, mañana a estas horas comenzaremos el reparto. Los regalos ya están empaquetados y cargados en el trineo. No olvides recoger tu traje en la tintorería. Que descanses”.
Los angelitos cantaban al son de las panderetas, porque un niño había nacido allí lejos, en la tierra.
Las estrellas esa noche relucían con más fuerza. Por todas partes había un alborozo de fiesta.
Las gentes se apresuraban por los caminos y sendas y hasta las aves del cielo iban y venían inquietas.
En un humilde pesebre, desprovisto de riquezas, el regalo más hermoso que uno imaginarse pueda, lo entregó Dios a los hombres en aquella noche buena.
Corrí a abrir la puerta y me encontré con un señor de barba que no conocía. Llamé a mi madre que, para mi sorpresa, estalló en sollozos mientras le abrazaba. Mis hermanos y yo asistíamos a la escena con más asombro que cuando Renato caminó sobre el alambre. Luego nos sentimos estrechados contra el traje de pana que olía a intemperie. Mi madre, antes de poder aún articular palabra, trajo el cuadro en que aparecía de pequeña con el abuelo, aquel que había tenido que irse lejos hacía tanto tiempo. Entonces tenía la barba negra y el gesto grave.
Desde la muerte de papá, se notaba en casa un gran vacío en Navidad, pero este año todo fue diferente. El abuelo era un gran contador de historias. Todos le mirábamos tan embobados que las grandes y pequeñas carencias dejaron de importarnos.
El día de Reyes nos levantamos temprano. Esperábamos, como siempre, hallar en los zapatos regalos sencillos: higos secos, peladillas, algunas monedas. Para nuestra sorpresa, la galería amaneció llena de grandes cajas de vistosos envoltorios, con nuestros más inalcanzables deseos dentro. Corrimos a la alcoba del abuelo, pero no estaba. Desde la foto nos miraba sonriente.
Nuestro pueblo no celebra la Navidad. Así de raros somos. Por eso, todos los años, mi mujer y mis dos hijos bajamos ilusionados a alguna gran ciudad. No importa que el viaje sea largo. Una vez allí, pasamos desapercibidos entre cuernos de reno, antenas de alambre y pelucas de colores, llenamos nuestros estómagos de comida, y buscamos cosas bonitas para llevarnos. Hoy mis hijos están felices porque han visto a Papá Noel tocando una campanilla en la tienda de juguetes. En la plaza hay mucha gente abrazándose y, con sus manos, azules por el frío, estrechan las nuestras, azules también. Nos unimos a la diversión y, cuando intentamos cantar, nos dicen que nuestros gorgoritos dan miedo. Pero pronto echamos de menos nuestra casa; es hora de volver. Vamos tan cargados de regalos para todos que me cuesta arrancar, aunque finalmente ascendemos rápido, y contemplamos orgullosos como las luces de nuestro platillo volador se funden con las de la Navidad. Papá Noel no parece contento y dice que se quiere bajar.
Era un día frío de Noviembre. Había perdido al ser más querido que, a su vez, más muestras de afecto le había mostrado en su miserable vida. Llevaba años sin que le importara demasiado desaparecer del universo en que habitaba, que tildaba de cruel e injusto; tan solo aquel ser le había mantenido atrapado y vivo en un mundo extraño.
Deambuló por estrechas callejuelas, amplias avenidas y parques solitarios, pero día tras día su corazón se encogía por el vacío. La soledad combinada con un diciembre virulento de frío y nieve determinaron que, en el soportar del banco donde pernoctaba cada noche, se dejaría ir en una muerte dulce de bajas temperaturas. Cerró los ojos mientras sentía el hielo penetrar en sus extremidades y su mente se adormecía. De repente, sintió un calor pegajoso en su cara; la gruesa lengua de su perro, al que creyó haber perdido, no paraba de acariciarle invitándole a quedarse un poco más: había aparecido por Navidad.
Había querido celebrar la Navidad, todos juntos, como hacían cuando los niños eran pequeños.
Pero sus hijos y marido se oponían a rodearse de abuelos, tíos y primos y la mujer no se sentía con fuerzas para luchar contra esos muros de acero, que no se doblegaban ante sus razones.
Sabía que a su madre no le quedaban muchas más Navidades, y conocía lo importante que era para ella rodearse de toda su familia.
Pero desde hacía cinco años no lograba doblegar su voluntad para que olvidasen por dos o tres horas ese egoísmo supremo, que los mantenía aferrados al: “soy mayor de edad y no quiero cenar con tú familia”.
Para evitar el feo a su madre y hermanos, año tras año la mujer se inventaba que tenía que trabajar, y volvía a quedarse en Madrid, cuando su corazón le pedía viajar a su amada “terriña”.
Tras una lucha sin tregua, acababan pasando solos las Navidades ante el televisor, mientras sus hijos se aferraban a su ordenador.
A la mujer, llena de dolor, se le rompía el corazón cuando escuchaba por teléfono a sus seres queridos celebrando juntos la Navidad, y eso le hacía sentirse todavía más sola.
El andén del metro estaba abarrotado, como siempre en los días previos a la navidad, la gente ajena los unos a los otros.
Yo bajaba abriéndome paso en las escaleras mecánicas. Sé que llevaba el brillo radiante del sol en mi cara, porque siempre me lo has dicho: “eres transparente”. Y ahora a través de mis transparentes ojos verdes solo podía verse el amor que había hecho posible nuestro pequeño milagro.
Ponía el pie en el último peldaño, cuando el convoy del metro en el que llegabas tú, hizo su entrada en la estación.
Mucho antes de que se abrieran las puertas, nuestras miradas ya se habían encontrado, luego nos abrazamos, yo comencé a llorar y tú empezaste a reír. Estuvimos riendo y llorando, llorando y riendo hasta que pusiste tus manos en mi vientre y me diste un beso en él, con una expresión infinitamente dulce que debías tener guardada para el momento en que ese corazoncito nuevo latiera dentro de mí.
Entonces un silbato resonó en las bóvedas húmedas de los túneles y nos devolvió a la realidad del andén. Abarrotado, como siempre en los días previos a la navidad, la gente ajena los unos a los otros.
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