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Papá solía morirse dos veces al día…
Las dos veces que lo conectaban en el hospital a esa maldita máquina. Y las dos veces resucitaba, como siempre, optimista, esperanzado y con ganas de seguir.
Cuando se cruzaban nuestras miradas, se alegraba como si se tratase de un reencuentro después de largos años sin vernos y, en realidad, tan sólo nos separaban la hora y cuarto que duraba cada sesión.
Yo no lo podía soportar, cada muerte era un adiós, una despedida, un «ahora sí que se acabó…», pero, él siempre volvía, y me animaba diciéndome: «para no quedarte en el camino tienes que desear volver…».
Al caer la tarde, las luciérnagas aparecían de pronto y el jardincillo era un pequeño cielo de estrellas fugaces. Sus colas alumbraban los setos y el pequeño banco de piedra. Allí se sentó, más delgada y ojerosa, bajo el sutil aroma de las glicinias recién abiertas. Igual que las flores, él llegaría, etéreo y frágil, iluminado por las luciérnagas, para decirle que aún la amaba, que las glicinias crecían para ella y que siempre le perdonaría haber confundido el vino con el veneno para ratas.
Dicen que la muerte no duele, que el miedo paraliza nuestros sentidos y el pánico nos convierte en seres inertes incluso antes de perder la vida. No se qué hay después de la vida, probablemente pasamos a un estado eterno de inutilidad y aislamiento. Seguro que desaparecemos de este mundo para encontrarnos en uno que ni si quiera nos deja aparecer.
Qué pena que te fueras. Qué lástima perderte y sentir que nadie sabrá de ti. Qué angustia experimentar el dolor que tú no padeciste.
Imaginarte me enerva, recordarte me fatiga y quererte me desgarra.
Creo que me voy contigo, que le duela a otro.
Me sentía mareado y desorientado. Hacinados en aquellas cuatro paredes de metal en continuo movimiento se perdía la noción del día o de la noche. Me acerqué a ella y apoyé mi frente en la suya, transmitiéndole así mi caricia. Ella volvió sus grandes ojos caramelo hacia mí, inundándome de una profunda tristeza y, lo que había sido un futuro incierto, se tornó en un fin desalentador y gris. Por un tiempo engañamos al destino con esas escapadas al campo dejándonos mecer por la brisa y las flores, o esas noches de verano al raso contemplando las estrellas… Yo era tuyo y tú eras mía. Ahora mi corazón se partía al verla en esta luz fría y mortecina: Lo que antes era cálido y suave se transformó en húmedo y frío.
Y paró.
Aquel traqueteo cesó repentinamente aumentado la confusión y el agobio. Nos hicieron salir por una estrecha rampa empujándonos con palos y, al elevar mi mirada, distinguí unos garabatos desgastados incomprensibles que iban a marcar nuestro destino: Matadero Municipal.
Pues tal y como nos habéis propuesto….Vamos a celebrar que en noviembre llegaremos a tener un millón de páginas visitadas haciendo lo que nos gusta… aunque con unas condiciones un tanto especiales…
El sol asomaba poco a poco por el horizonte y su luz comenzaba a bañar la habitación, arrancando aquí y allá resplandores. Por toda la estancia había plumas blanquecinas de almohadones y diversos objetos estaban dispersos por el suelo. El único testigo de lo que había sucedido era un pequeño pájaro de plumaje anaranjado. Su jaula se hallaba en un rincón, abollada en un lateral, como si hubiera recibido un fuerte golpe. Por fin, el animal consiguió abrir la puerta y escapar. Emprendió el vuelo hacia la ventana y varias plumas revueltas se desprendieron de su cuerpo y cayeron al suelo. Se tiñeron al instante de un fuerte color rojizo al mojarse con un gran charco. El líquido manaba incesantemente de la herida de un joven que yacía en el suelo, completamente inerte. Y el único testigo escapó hacia el cielo azul, llevándose con él la verdad escondida por el secreto de la noche.
Y me acaban de contar que han sido finalistas
Yolanda Nava, Fran Rubio y Lola Sanabria
¡Toooooma!
El inspector de policía acudió al hotel en cuanto recibió el aviso, aunque antes tuvo tiempo de comprobar que era cierto lo que le habían contado, y cuyas consecuencias no se atrevía a imaginar. Sintiendo aún esa sensación de vértigo que producen los acontecimientos insólitos, atravesó la cinta amarilla con la advertencia “No pasar. Policía”, y dejó atrás a los curiosos que ya se habían congregado por allí. El director lo recibió sin poder disimular su angustia ante el hecho de que hubiese sucedido algo así en su hotel, le comunicó que el edificio ya estaba desalojado y luego lo acompañó a la habitación donde había aparecido el cadáver.
Una mujer yacía en la cama, boca arriba, con la mano derecha crispada sobre su pecho. No se apreciaban signos externos de violencia. Su expresión tenía un rictus desagradable y las arrugas de la cara delataban su edad. Aunque el inspector nunca la había visto personalmente, reconoció su rostro de inmediato. Se dejó caer en un silla y volvió a preguntarse una vez más “¿Y ahora qué va a ocurrir?”, incapaz de apartar su mirada de la otra mano, con la que la mujer agarraba una vieja y desgastada guadaña.
Me encaminé hacia un pueblo con mar para enfrentarme a mi último caso. El aire caliente hizo que me desprendiera de la americana y el sombrero mientras mi ayudante, Ramírez, me informaba de todo. La víctima, que aún seguía sobre la arena, se llamaba Juanita Reyes. Había recibido un golpe seco en la cabeza y, posteriormente, la arrastraron hasta la playa. Era el cadáver más bello de toda mi carrera.
Mientras la miraba, Ramírez me puso al día sobre los posibles sospechosos: Carmela, la dueña del colmado, intuía una posible relación con su marido; Don Pío, el médico, ya no tenía tantos clientes gracias a los ungüentos de Juanita; para terminar, Justo, “el loco”, todos conocían su obsesión por la joven sanadora.
Me agaché para mirar las plumas que adornaban su cabello…, pude ver algo más: con mis dedos recogí unas astillas de madera de entre sus rizos y, con ellas en mi mano, me dirigí a interrogar al supuesto loco. De camino topé con la iglesia, pudiendo ver, junto a la entrada, a un joven cura restaurando lo que parecía ser la cruz de un maltrecho santo. Me detuve en seco sintiendo que algo se clavaba en mi mano.
Se enamoró perdidamente de aquel profesor que nunca la miraba a los ojos. Recién llegado al pueblo para el nuevo curso, nadie supo contarle de su vida ni de su situación sentimental. Armada de intrepidez, lo siguió hasta su casa, espió sus costumbres, indagó en sus gustos a través de los encargados de las tiendas e hizo todo lo que estaba en su mano para conocer más de la vida del hombre que la tenía seducida sin remedio y que la ignoraba de manera ostentosa.
Cuando casi creía que nunca repararía en ella el atractivo profesor, obtuvo la primera mirada de él. Fue a la salida de las clases, en un claro día de finales del invierno. Todo su interior brincó revolucionado, como si dentro tuviera metidos a los innumerables caballos de un hipódromo. Se sintió feliz, sin saber que aquella primera mirada sería la desencadenante de su creciente estado de debilidad, el mismo que la llevaría a la muerte una semana después, una vez recibidas en su cuerpo un número considerable de miradas del amor oscuro que había elegido
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