¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Pámpero conocía bien aquella mujer que se le acercaba corriendo desde un extremo del puente, exhausta, con la cojera metálica y las negras facciones desencajadas bajo los negros ropajes. La había visto en los pasillos del Comarcal, cuando su esposa llegó a ponerse tan enferma; junto a los pozos, momentos antes de los derrumbes o donde los Pocielo, cuando todos menos ellos consiguieron dejar el fuego atrás. La mujer llegó a su altura y abrió la boca como para tomar aire, pero todo lo que hizo fue sacar por ella un humo negro que sonaba a montaña y tierra.
-¿Y el niño? –preguntó, mirando en derredor.
-Esta vez llega tarde, Señora –contestó Pámpero, esbozando una sonrisa mientras contemplaba cómo, muchos metros más abajo, dos hombres sacaban a la orilla el joven cuerpo de entre las revueltas aguas. El muchacho tosió agua, tosió aire y agradeció que en la escuela hoy les dejaran salir un poco antes.
Ven esta noche, está escrito en tinta corinto en el billetito perfumado que el maestro le mandó coser al Zayitas con hilo madreselva justo en el pliegue de la taleguilla.
Y el ven esta noche le está latiendo al maestro en el lado de la carne cuando mira al Cabileño, quinientos cincuenta, zahíno, bizco, avisado. Y como no quiere llegar tarde a su cita con la bella, le espeta, le grita, lo cita de veras con palabras de cita, ven, vente, venme, y le tiende la alfombra franela escarlata para que no se manche los pies en la arena espléndida.
Ya estamos viendo, maldita sea, estamos viendo que el maestro se va a confundir de cita y de este modo ocurre en verdad la vuelta de rueda, la larga cambiada, que por desear tanto la noche y quedar tanto del día, al abrazo de la bestia se entrega el valiente y de la fantástica cópula solo nos queda el rugido cuajarón arruinando de sangre el billetito y el tendido de sol mirando al tendido en la sombra, sombra y capucha, en la ingle el pitón y adentro la muerte.
Entró y cerró la puerta. El cuarto alquilado le pareció desierto. Ningun cuadro en las paredes, ninguna ventana. Una mesa, una silla, una cama, un armario. Pobreza. Y soledad.
Colocó en la mesa la caja del violín, el único equipaje que había traído con él. Acarició con sus largos dedos el cuero envejecido, pero todavía reluciente. Surgieron imágenes casi olvidadas. Sonidos confusos, aplausos frenéticos, caras transfiguradas. La emoción voló un breve rato antes de caer, vencida, en el suelo. El silencio, hambriento, la tragó.
Cuidadosamente, abrió la caja. Desplegó el frágil esqueleto agachado en ella y lo colgó en el armario.
Ya no era solo. La eternidad podía empezar.
Cada mañana se levantaba recordando ese sueño incomprensible que le acompañaba los últimos meses. En él se veía como una persona querida por todos, rodeado de felicidad y paz, en un mundo en el que nadie era más que nadie.
En cuanto ponía los pies en el suelo se vestía con su uniforme, mandaba que le prepararan un café bien cargado y se marchaba a su despacho. Le bastaba con empapar de tinta su pluma y firmar un par de sentencias de muerte para conseguir que esas pesadillas recurrentes, que tanto le atormentaban, desaparecieran al instante de su cabeza.
– Lo ves ¿verdad? hay que matarla.
– Sí, pero no me resulta fácil, es nuestra madre.
– Las madres mueren, así es y así ha sido siempre.
– No a manos de sus hijos, normalmente.
– Tampoco la mayoría de ellos han vivido en la esclavitud de sus ocurrencias.
– ¡Necesitamos la libertad! -gritó Tuppence.
Sonó la frase como un inmenso eco en el amplio salón. Tanto, que todos escudriñaron por si alguien les escuchaba.
– ¿Pero creéis de verdad que la tendremos sin ella?
– Lo que es seguro es que mientras viva seremos sus marionetas.
– ¿Y si cuando ella muera no nos queda mas que el pasado?
– Pues mas vale malo conocido que bueno por conocer.
– Mal refrán, el riesgo forma parte de la vida.
En esos momentos entró un mayordomo al salón para decirles que la cena estaba lista.
Se dirigieron al comedor mirándose unos a otros como buscando respuestas. Luego, durante la cena, solo Poirot habló: Mañana, cuando volvamos de Petra, tomaremos una decisión. ¡Consultad vuestras almohadas!
Al día siguiente, tras la excursión, la encontraron muerta.
…………………………………………………………..
Tras estas últimas palabras, Agatha, soltó la pluma y el cuaderno, y se dejó ir.
-Ya voy, ya voy pelmazo- le digo mientras se me va la mano con el cianuro en su café del desayuno.
Pero que estará haciendo esta pesada. No veo el momento de que se vaya a trabajar, lo único que siento es el coche, lástima que acabe así. Fue una suerte que a ella le gustara tanto vivir en lo más alto de la colina.
-Querido aquí está tu café, disfruta de tu desayuno. Yo me voy que se me hace tarde.
-Muy bien amor, ten cuidado con el coche…
-*-*-*-*-
Uy que se me escapa la bruja de la esposa de mi padre, y tengo que darle el camibazo de coche, mi cari ha “tuneado” los frenos del mío para acabar con ella.
-Espera, si no te importa te cambio el coche, que tengo que traer material y no me cabe en el mío.
-No cariño, espeeeeraaaaa, no le cambies el coche- le digo a mi hija dando el último trago de café y sin que me haga ningún caso.
Mientras mi cuerpo permanece tumbado, oigo voces. No alcanzo a reconocer ninguna. Apenas me puedo mover, siento frio. Intento arropar mis piernas, pero mis manos no tienen suficiente fuerza para hacerlo. Siento mis labios como si estuviesen sellados, intento abrirlos poco a poco. No veo nada, está demasiado oscuro. Quiero salir de aquí, no sé donde estoy. Empiezo a tocar a mí alrededor, subo los brazos hacia arriba sin poder ver nada. Percibo que estoy atrapada y respiro lentamente, estoy agobiada.
Mi única salida es gritar, dar golpes con manos y pies. Será la única manera de que me puedan oír.
-¡Socorro!, ¡Socorro!
– ¿Alguien me oye? Una y otra vez, apenas me quedan fuerzas para seguir gritando. Tras unos segundos callada oigo pisadas muy cerca de mí, y de nuevo vuelvo a gritar con todas mis fuerzas.
– ¡Socorro!, ¡Socorro!, estoy aquí…
Alguien se acerca. -¡Aquí!, ¡Aquí! Creo que me han escuchado, las pisadas se detienen. – ¡No se vaya por favor!
-Tranquilícese no me voy a marchar, intentaré sacarla- replico en voz alta.
-¡Dios!, esto es un milagro ¡está viva!, ¡está viva! – dijo echándose las manos a la cabeza.
http://yomismawoedpresdotcomdotcom.wordpress.com/
Impulsada por una fuerza desconocida emerjo bruscamente sobre las aguas de este mar embravecido de mi amado Finisterre. Mi cuerpo, liberado incomprensiblemente de toda oposición, se desliza veloz sobre las aguas oscuras y frías. En dos minutos alcanzo la playa, y en otros dos, atravieso el camino de tierra que lleva a casa. Todos mis temores, tras años de ausencia se desvanecen en cuanto mamá abre la puerta. Al momento me estrecha en sus brazos, meciéndome suavemente. Incrédula. Como con miedo. Sus labios besan mi rostro y sus lágrimas se mezclan con la sal de mis cabellos, reducidos a una absurda maraña de algas y fósiles. «Mi dulce Elisa» susurra.
Resulta increíble estar de nuevo abrazada a ella.
Pero es extraño no sentir los latidos de su corazón.
Impúdicamente, se estremece complacida al sentir el calor que lame sus muslos.
Arquea su espalda y percibe por primera vez la dureza de sus pezones.
Desea estar libre de ropas y entregarse desnuda al feroz abrazo.
Extasiada, implora que no ardan su corazón ni sus entrañas.
Quiere conservarlos intactos para el próximo encuentro.
Mientras se consume en un éxtasis de cuatro horas, grita varias veces el nombre de su amado y acaba convertida en cenizas.
Cada vez que te acompañaba a que hicieras pis, me decías por el pasillo: «¿Le has dicho a papá que ya sé hacerlo solo?». A continuación me parabas y me mirabas; yo no podía evitar sonreír, y me regañabas: «Aún no se lo has dicho, ¿a que no?». En lugar de responderte, yo siempre te hacía la misma pregunta mientras abría la puerta del cuarto de baño: «¿Te ayudo?», y tú me dabas siempre la misma respuesta: «¡No, ya soy mayor, nunca te acuerdas!». Me quedaba entonces esperando en el pasillo a que acabaras, y luego entraba y limpiaba con la fregona las mil y una gotitas desperdigadas; después te lavaba y te cambiaba. «Voy a mi habitación, tengo sueño, ¿vienes a taparme, mamá?», solías decirme por las noches, o a la hora de la siesta. Y, siempre, yo iba contigo y te tapaba. Ayer también lo hice, antes de que te condujeran desde la sala siete del tanatorio hasta la capilla. Ahora, en casa, estoy mirando en la pantalla del móvil una foto que me ha mandado Iván desde Auckland, junto a un mensaje: “Es tu nuevo nieto, papá, la familia crece, díselo al abuelo, tq mxo, bss”.
Aproveché el momento que me ofrecía el azar, nadie en la mansión, para acabar liquidándote.
Tiempo de insultos y palabrotas, de gritos desaforados en mitad de la noche. De no dar descanso, de no dejar de controlar y fisgar en las vidas ajenas, y más concrétamente en la mía.
Lo he preparado todo como si hubiera sido casual, ni rastro de violencia, ni huellas. Me cuidé mucho de utilizar guantes, y soy muy silenciosa cuando lo pretendo.
Así, que manipulé con precisión la cerradura mientras dormitabas. Luego fue tan solo atraparte con fuerza, taparte los ojos, abrir la ventana del último piso y dejarte caer.
¡Adiós, loro parlanchín!
No me di cuenta de que venía a toda velocidad, el coche me embistió y me lanzó con fuerza por los aires, me estrellé contra el suelo y la película de mi vida pasó ante mis ojos: los llantos de bebé, las primeras letras en la escuela, mi graduación en la Universidad, el día de mi boda, el nacimiento de mi hija, mis éxitos profesionales, el coche que me arrolló y la luz al final del túnel. Antes de que la luz me envolviera borré la última secuencia.
Estoy en la acera viendo cómo se acerca un coche a gran velocidad, cuando se aleja cruzo la calle. Tengo la sensación de que esto ya lo he vivido antes.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









