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| Mar Horno en plena presntación, , Miriam Márquez y Javier Ximens |
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| Towanda, Ximens y Petra Acero |
¡¡¡Felicidades a Mar!!!
El juego es muy sencillo. La peonza gira y ya estás muerto.
Cada vez que algún niño desempolva su yoyó, un diábolo rojo como una llama entre hilos, el vertiginoso vaivén de una peonza, yo estoy allí. Calladito. El azar me gusta tanto como las puertas abiertas, el clin clin de los sonajeros, el chirriar de las tizas trazando una mariola, la canción de las canicas.
Por eso nunca me canso de deslizarme como un soplido bajo las ranuras, girar la peonza y llevármelos conmigo. A donde sólo somos soplos que juegan para siempre.
Al fin y al cabo, no tengo la culpa de que mi padre me asfixiase en 1973, ¿verdad?
Cada vez que saques un juguete,ambos podéis ser míos. Hago un chasquido, la peonza gira suave y he ganado la partida. Otra vez.
Es muy sencillo, ¿juegas?
Trémula a su contacto tiembla como una vela.
Brotan amapolas en su carne a cada latido.
Suspira rendida.
Y es por él.
– ¿Qué hemos hecho para merecer esta suerte?
Las palabras lo atraviesan todo (garganta, aire, cuerpo)
– Esperarte cada tarde a la salida de clase. Recorrer contigo el camino hasta tu casa. Llevarte cogida de la mano. Prender tu beso en mi solapa donde todos pudieran ver que era mío. Construirte un palacio. Guardarte dentro para que ni el viento te rozase. Regalarte cada mañana la flor que había marchitado el día anterior…
– Cállate ya. A eso le llamaste amor y lo usaste para hacerme daño. Dispara de nuevo y esta vez, por favor, acierta.
Trémula a su contacto tiembla como una vela.
Brotan amapolas en su carne a cada latido.
Suspira rendida.
Y es por él.
Desde que la riada de la primavera pasada, nos devolvió al abuelo Matias con ataúd incluido, no hemos podido devolverlo al campo santo. Se niega a ser enterrado de nuevo y se pasea por el pueblo asustando a propios y extraños. Ha formado panda, con los demás resucitados. Isidro, el de la Luisa, con la señora Micaela y con Aniano, el cojo. Todas las tardes se reúnen el la tasca para jugar al mus. Cuando regresa a casa, oliendo a vino y algo mareado, intentamos razonar con él, pero dice que no, que si ha vuelto tiene que ser por algo y que hasta que no lo averigüe, no se piensa morir otra vez.
-Pacita, así no puedes seguir… cada día estás peor.
-Pero ¡si estoy de maravilla!, todo vuelve a ser como antes. Esta mañana después de desayunar, me besó, luego las llevó al cole… Iban regañando, Julia tiraba de los rizos a su hermana, ¡cómo le enfada que se ría de su amiguita imaginaria!
-Venga, prepáralo todo… nos vamos.
-No, están al llegar… no puedo irme de esta casa, aún quedan juegos, secretos que descubrir, caricias, besos por estrenar…
-Si no vienes ahora, otros vendrán a buscarte… albas batas, píldoras coloristas… adormecerán tu memoria, al menos conmigo… estarás con ellos…
Sube a su cuarto y allí sobre la mesilla… les da un beso, los abriga en su pecho. Del cajón saca la pistola, con mano convulsa apunta a su cerebro. Caen al suelo… al mismo tiempo. El marco y el cristal se hacen añicos. La foto es del día del parto, donde su marido sostiene a las gemelas, cada una en un brazo… hoy de nuevo pintados en sangre, igual que aquella tarde cuando volvían del colegio, y se encontraron con ese loco que conducía su coche de frente al de ellos.
Después de dos años por fin se iban a conocer.
Afrodita, (como se hacia llamar), había accedido a tener una cita con él. Decía que tenía el cabello negro, largo y ondulado; y unos hermosos ojos verdes.
Según su último e-mail, estaba muy nerviosa e ilusionada por el encuentro.
Una ducha,un afeitado perfecto,su camisa más elegante y su mejor fragancia harían el resto.
El corazón le latía muy deprisa.
Había dejado todo preparado por si la cita se prolongaba y ella accedía a ir a su casa…
Velas aromáticas, bombones y champán enfriándose en la nevera.
Cogió la flor que serviría para que ella le reconociera y de un sólo portazo cerró la puerta tras de sí.
Arrancó su coche, encendió la radio y salió del garaje. Había tormenta y una espesa lluvia se había apoderado de la ciudad.
Sorteando los charcos, conducía rumbo a su destino, era feliz, era el comienzo de una nueva vida…
En otra esquina, un grupo de atracadores huía a toda prisa después de desvalijar un banco. En la huida desesperada, el conductor se saltó el stop y colisionó con él, de repente, todo se quedó sumido en un silencio eterno…
Las palabras se las lleva el viento y nosotros con ellas en el tiempo. Eso escuché decir varias veces a mi abuelo, sabio en palabras como el que más; en cada momento sabía dejar caer su metáfora, su dicho, animando cada tertulia. Así sentenciaba y dejaba siempre el ambiente adornado con el perfume de sus palabras.
Hoy él se ha dejado llevar sin darse tiempo a embellecer con ellas el viaje del silencio. Pienso que lo ha hecho adrede, porque ayer me llegó a decir a solas que había un momento, sólo uno, en la vida donde sobraban las palabras.
A Don Saturnino no le saca del pueblo nadie. Ni el cura, ni el enterrador. Ya estuvo en Tetuán cuando la mili y le dio para llenar de historias el resto de sus días. La Antonia conseguía limar sus asperezas, pero se marchó pronto. Murió al nacer Sofía, que no había cumplido los 17 cuando se fugó con aquellos feriantes y nunca más se supo. Por aquel entonces hacía ya tiempo que no había niños que jugaran en la plaza al escondite, como cuando él era sólo Nino y odiaba quedarse contando con la cabeza apoyada en el muro de la iglesia. La escuela fue lo primero en cerrar. La taberna, lo penúltimo. Salvo alguna lagartija despistada, las calles están desiertas. No hay nadie. Nunca hay nadie. Pero los días de viento las campanas tocan a muerto y en el aire se escucha entre risas:
– Por mí y por todos mis compañeros
El verdugo siempre había sido muy puntual y no iba a dejar de serlo esa mañana. Miró el reloj, dejó que sus ojos registrasen el amanecer, comprobó el nudo de la soga y empujó con los pies la silla que le sostenía.
Fue una ejecución curiosa, dentro de una casa, sin público y a solas.
A propuesta de Ginette Gilart os ofrecemos un fregmento inspirador acorde con el tema del mes que pertenece a un fragmento del relato breve «Radicales libres» de Alicia Munro, la reciente ganadora del Premio Nobel de Literatura 2013
Ya estoy en el lugar indicado, en caso de no presentarme mis hijos estarían en peligro. Por lo menos eso fue lo que dijo la voz amenazante que habló a mi teléfono ayer, también el manuscrito que colocaron al pie de la puerta de mi casa. De acuerdo con la información, ha llegado el momento de pagar por mis errores, he de sufrir una muerte espantosa.
El silencio me aterra, no miro a nadie en esos coches, ninguna persona se ha asomado a las ventanas y nadie circula por la calle. A estas alturas desconozco si alguien desea vengarse de mí.
Ya mis nervios no resisten, no siento mi piel y cada fibra de mis músculos tiembla. Justo cuando creo no aguantar más, sin saber si han pasado minutos o segundos, escucho una voz que proviene de uno de los edificios de apartamentos:
–Hoy no te asesinaré, pero ya te he matado del susto, ¿eh?
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