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En los confines de la tierra, donde se cruzan desiertos y nieves, una batalla cruenta, fraticida, había comenzado. ¡Ho!, ¡ho!, ¡ho!, Santa Claus se lanza a repartir golpes con su saco lleno de juguetes con aristas cortantes. Melchor lo coge desprevenido por la espalda, mientras, Gaspar, a grito de ¡ muerte al pagano !, le clava su corona punzante en su voluptuosa barriga, el rojo de su casaca se vuelve más intenso. Rudolph cocea a Baltasar en sus partes y por muy reales se le saltan las lágrimas. El espíritu de la Navidad repartía manotazos, como espíritu que era, se perdían en el aire. La batalla parecía no tener fin, juguetes destrozados salpicaban el paisaje. De repente, una muchedumbre alborotada rodea a los combatientes, armados con troncos de abeto ( naturales o artificiales ), golpean furiosamente con saña a los contertulios bélicos; nieve y arena se tiñen rubí.
Los cuerpos yacen sin vida. Rudolph moribundo, y el espíritu desorientado. La algarabía ya saciada se dispersa. Los padres vuelven a sus hogares.
SUPREMACÍA. +9
Cuando despertó, después de una noche repleta de pesadillas, buscó el retrato de aquella época feliz.
Habían viajado en un Peugeot gris con los números 2084 en la matricula. A ella le gustaba el nº 5 y esa cifra lo tenía escondido.
Él, emulando a los caballeros medievales, abrió la portezuela y con una reverencia dejó el camino expedito hasta el asiento.
Risas, besos, roces… amor, amor, amor y más amor. Eran tan jóvenes, tan inexpertos, todo lo aprendieron juntos. Todo lo descubrieron juntos, todo… hasta su enfermedad.
En mayo, ella se fue apagando; ¿qué le pasa a la princesa?
¿Qué te pasa, princesa? Le preguntaba él…
Y cuando ella se miraba en el espejo, éste le devolvía una imagen indigna, impropia…
El pensó: preferiría no hacerlo, pero tomó una resolución; con paso torpe, lento, llegó hasta donde estaban los productos tóxicos y sin dudarlo bebió de aquella botella donde se leía “mata insectos…”
Ya no se podía volver atrás, tenía una cita con la muerte.
Lo encontró allí desmadejado, sin brillo en sus pupilas, sin latido en su corazón.
Destrozada se alejó de Ventina anu Apalbar.
Y esta vez… tampoco ella apareció por Navidad.
El monarca ya había sugerido algo unas horas antes en su tradicional mensaje navideño. Lo estaban esperando. Conocían lugar y hora de su aparición. Y apareció. Nada más poner un pie en tierra, se encendieron potentes focos que lo cegaron, mientras un primer cordón de seguridad aislaba la casa y los agentes del comando interior lo reducían e inmovilizaban. A los tres segundos se radió el mensaje: “objetivo neutralizado, operación finalizada con éxito”. La prensa afín, que aguardaba en segunda línea, tomó la casa para derrochar fotografías que se adjuntaron a los artículos, informes, e incluso ensayos escritos de antemano y que esperaban en sus respectivos medios las imágenes. La primera edición digital inundó las redes sociales a los tres minutos doce segundos de la detención y en papel vio la calle cuarentaicuatro minutos después.
Se le hizo confesar por todo: aeropuerto, palacete, cierre de la televisión, farmacias, paro, hospitales, becas, excarcelaciones, corrupciones nacionales y autonómicas… incluso lo del cambio climático. Se le imputó asimismo el delito de intrusismo profesional, por lo de los Reyes Magos. “Confiamos en que no vuelva a aparecer por aquí en años venideros”, declaró, en un comunicado posterior pero pregrabado, el presidente de la nación.
Mi abuela es una bruja. Se lo oí decir a papá cuando mamá nos informó de que se vendría a vivir con nosotros. “Es muy mayor y además, este piso es suyo”, argumentaba ante nuestra falta de entusiasmo.
Al mes de llegar con su gato Lucifer, papá dijo que iba a comprar tabaco y no regresó. Mamá llamó a los amigos, a los hospitales, y más tarde a la policía, pero todo fue en vano. La abuela murmuraba: “Ya lo sabía yo” con un extraño brillo en los ojos.
En esas llegó la Navidad y, para alegrarnos un poco, decidimos poner el Belén con las figuritas que la abuela había coleccionado a lo largo de su vida. Eran verdaderas obras de arte, y tan realistas, que parecían personas de carne y hueso.
-No las toques –me prohibió mamá- no se vayan a romper.
Así que, mirando como las colocaba la abuelita, descubrí una que representaba a un señor en cuclillas con los pantalones bajados.
-Mira, mamá ¿no es igualito que papá? hasta lleva gafas.
Ella tomó la figura en sus manos y tras examinarla, gritó histérica:
– ¿Me quieres explicar qué es esto, mamá?
-Es el cagonet, hijita, el cagonet.
El reloj marcaba medianoche; el día había llegado. Todos aguardaban con expectativa el momento crucial, pero nadie se atrevía a adelantar el resultado del encuentro. Las miradas se entrecruzaban para dirigirse finalmente hacia el fuego del hogar.
A la mañana siguiente, las noticias informaron sobre lo ocurrido, dijo el locutor: “La Justicia apareció en Navidad. Hoy, durante una fría madrugada, la policía desbarató la entrega de una importante cantidad de estupefacientes que eran lanzados desde un helicóptero en bolsas de amianto para entrar en una elegante casa a través del ducto de la chimenea.
La encontró Fabián, el jardinero, ‘dentro en un útero de plástico escondido en el pozo’ según nos contó después. Estaba viva pero muy asustada, así que la acurrucó bajo su chaqueta y la trajo a nuestra casa.
Era Nochebuena y nevaba. Mamá abrió la puerta y recibió, estupefacta, aquel cuerpecillo tembloroso en sus brazos. No supo, no quiso o no pudo decir que no: que no era buen momento, que no podíamos tenerla, que buscase otra familia, otra casa o que se la quedara él. No cruzaron ni una palabra entre ellos.
Nunca olvidaré su rostro desconcertado y la extraña mirada que lanzó a mi boquiabierto padre cuando, para nuestro regocijo, entró derrotada al salón, con el mejor regalo del mundo.
La llamamos ‘Susa’ y logró, a base de lametones, juegos y monerías, que los psicólogos se esfumaran de nuestra vida, que papá y mamá sonrieran juntos de nuevo y que la abuela recuperara las ganas de contarnos historias.
Mi hermana y yo dedujimos que Fabián trabajaba de duende para Santa Claus. Lo que, afortunadamente, nunca sospechamos fue que era la segunda vez que traía la perra a casa y sabía que el infausto saco había salido de nuestro garaje.
Llegó como un regalo por Navidad y fue como un soplo de ilusión en mi vida, eso, que las primeras veces fueron un fracaso, muy fría, me pegaba a su cuerpo y ella hacía muy poco, me miraba con sus ojos azules, abría mucho la boca y nada. Mi deseo desaparecía y me daba la vuelta.
Una tarde, me la encontré en la cama, me desnudé y al abrazarla tuve una erección, por fin lo hicimos, aunque ella estaba un poco seca. Los días siguientes mejoró con lubricación.
Me gustaba que se pusiera encima, agarraba sus tetas tersas y duras y yo la penetraba como un poseso. En la del misionero, se quejaba del peso porque se le iba el aire del pecho.
Nunca había practicado sexo anal y con Melissa me gustó. A partir de ese día lo hicimos de todas las maneras posibles, también oral. Yo estaba feliz. Ni un reparo, salía con los amigos, se quedaba con la boca abierta de mis polvos.
Pero empezó a tirarse pedos y aunque no olían, era desagradable. Una mañana que estaba debajo, se tiró uno enorme y desapareció de entre mis brazos, salió por la ventana y no ha vuelto.
No recuerdo qué año fue exactamente cuando por fechas previas a las fiestas navideñas estaba con mi abuela colocando el Belén, todos los años me pedía que le ayudara por eso de ser decoradora, cuando se me ocurrió decirla con la figura de Baltasar en la mano: “Abuela, ¿sabías que Baltasar no siempre fue negro?”. Y no, mi abuela no lo sabía. Me miró con cara de qué me estás contando. “Sí, hasta el siglo XV, allá por finales del Gótico, cuando hacían las catedrales tan altas y bonitas, no se comenzó a representar a Baltasar negro porque hasta entonces no se conocía la existencia de Africa, fue entonces cuando se decidió poner uno blanco procedente de Europa, otro árabe de Asia y el último africano”. Luego me preguntó ella: “¿Y América?”. “América no se había descubierto, pero no te creas que ya hubo quien quiso colocar un cuarto rey indio, pero esa idea no cuajó”.
Así que mi abuela ni corta ni perezosa decidió ese año embadurnar a Baltasar con un poco de harina para blanquearle la tez morena.
Cuando apareció mi abuelo por la puerta se quedó blanco al ver al nuevo rey negro.
Cuando despertó, el inspector Valdez miró el retrato del niño en la pared y, en ese instante, quiso tener un trabajo diferente. Desde que estaba a cargo del caso de la chica desaparecida en el número 2084 de la calle Caballeros de Colón, viejos tormentos pugnaban con volver a perseguirle. Era como mirarse de nuevo en el espejo, sólo que esta vez le tocaba enfrentar a los padres sin tener una respuesta a lo que le pasó a su princesa. En el transcurso de la pesquisa dos sospechosos fueron detenidos y, aunque preferiría no hacerlo, la ley le obligaba a dejarlos ir al no poder obtener una declaración o pruebas que les involucraran. Un mal presentimiento, que revoloteaba en su cabeza como un insecto molestoso, le provocaba malestar en el estómago; era muy probable que la joven tuviera una cita con la muerte y nunca la encontraran, se necesitaba inventar una palabra para describir lo que era capaz de hacer un asesino para desaparecer un cuerpo y de eso él tenía constancias ya que todos los días, al observar la foto, recordaba el cuerpo mutilado de su hijo, que apareció por Navidad.
Rojo, amarillo y ¡azul!. El semáforo de la Navidad acaba de instalarse en las calles.
Alcaldes de todos los colores han acudido a las plazas de villas y ciudades para asistir al encendido de las guirnaldas luminosas que dan comienzo al ritual de las compras navideñas, precisamente el día al que se define con el curioso nombre de “viernes negro”.
El azul de las luminarias no consume apenas, pero anima al consumidor e incentiva el consumo, que buena falta nos hace. No se trata de bombillas, sino de leds, que casi no contaminan y reducen el gasto energético, explican los que dicen saber.
La factura no importa; la seguiremos pagando hasta que se encienda la próxima Navidad.
A Catalina le olían las manos a lejía y el aliento a ajo. Solía venir por navidades a ayudar en la cocina y mientras la veíamos trajinar nos aseguraba que el barco de su marido estaba ya cerca y que muy pronto recibiríamos nuestras ansiadas bicicletas. La mía sería roja, con una cestita delante.
Pero en mi casa las paredes hablaban. Con la oreja pegada al tabique del comedor, descubrí aquel año que el esposo de Catalina no era capitán, sino un gandul que se había esfumado cuando nació su hija, se asustaría al ver un bebé con bigote. Y que los Reyes eran los padres, bueno, mi madre, que a mi padre no le gustaba ir de tiendas. Enseguida informé a mis hermanos pequeños para que revisaran los juguetes de sus cartas y se fueran olvidando de las bicis.
Aprovechando su estupor les convencí de que a Catalina, la pobre, nadie le regalaría nada, así que rompimos nuestras huchas para comprarle un frasquito de perfume. Me las apañé para rellenar con agua de lavanda uno que encontré por ahí y lo envolví en papel de regalo.
Con el dinero del botín conseguí los patines que llevaba dos años pidiendo.
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