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El inspector de policía acudió al hotel en cuanto recibió el aviso, aunque antes tuvo tiempo de comprobar que era cierto lo que le habían contado, y cuyas consecuencias no se atrevía a imaginar. Sintiendo aún esa sensación de vértigo que producen los acontecimientos insólitos, atravesó la cinta amarilla con la advertencia “No pasar. Policía”, y dejó atrás a los curiosos que ya se habían congregado por allí. El director lo recibió sin poder disimular su angustia ante el hecho de que hubiese sucedido algo así en su hotel, le comunicó que el edificio ya estaba desalojado y luego lo acompañó a la habitación donde había aparecido el cadáver.
Una mujer yacía en la cama, boca arriba, con la mano derecha crispada sobre su pecho. No se apreciaban signos externos de violencia. Su expresión tenía un rictus desagradable y las arrugas de la cara delataban su edad. Aunque el inspector nunca la había visto personalmente, reconoció su rostro de inmediato. Se dejó caer en un silla y volvió a preguntarse una vez más “¿Y ahora qué va a ocurrir?”, incapaz de apartar su mirada de la otra mano, con la que la mujer agarraba una vieja y desgastada guadaña.
Me encaminé hacia un pueblo con mar para enfrentarme a mi último caso. El aire caliente hizo que me desprendiera de la americana y el sombrero mientras mi ayudante, Ramírez, me informaba de todo. La víctima, que aún seguía sobre la arena, se llamaba Juanita Reyes. Había recibido un golpe seco en la cabeza y, posteriormente, la arrastraron hasta la playa. Era el cadáver más bello de toda mi carrera.
Mientras la miraba, Ramírez me puso al día sobre los posibles sospechosos: Carmela, la dueña del colmado, intuía una posible relación con su marido; Don Pío, el médico, ya no tenía tantos clientes gracias a los ungüentos de Juanita; para terminar, Justo, “el loco”, todos conocían su obsesión por la joven sanadora.
Me agaché para mirar las plumas que adornaban su cabello…, pude ver algo más: con mis dedos recogí unas astillas de madera de entre sus rizos y, con ellas en mi mano, me dirigí a interrogar al supuesto loco. De camino topé con la iglesia, pudiendo ver, junto a la entrada, a un joven cura restaurando lo que parecía ser la cruz de un maltrecho santo. Me detuve en seco sintiendo que algo se clavaba en mi mano.
Se enamoró perdidamente de aquel profesor que nunca la miraba a los ojos. Recién llegado al pueblo para el nuevo curso, nadie supo contarle de su vida ni de su situación sentimental. Armada de intrepidez, lo siguió hasta su casa, espió sus costumbres, indagó en sus gustos a través de los encargados de las tiendas e hizo todo lo que estaba en su mano para conocer más de la vida del hombre que la tenía seducida sin remedio y que la ignoraba de manera ostentosa.
Cuando casi creía que nunca repararía en ella el atractivo profesor, obtuvo la primera mirada de él. Fue a la salida de las clases, en un claro día de finales del invierno. Todo su interior brincó revolucionado, como si dentro tuviera metidos a los innumerables caballos de un hipódromo. Se sintió feliz, sin saber que aquella primera mirada sería la desencadenante de su creciente estado de debilidad, el mismo que la llevaría a la muerte una semana después, una vez recibidas en su cuerpo un número considerable de miradas del amor oscuro que había elegido
Los árboles huyen tras el cristal. Los recuerdos giran, deprisa, a la velocidad a la que avanza el coche. Mis huesos se quejan. Ensordecedoras sirenas me impiden conciliar el sueño que tanto anhelo. El olor a sangre me provoca nauseas. Vencido, todo se torna oscuro. Alguien se sienta a mi lado y enciende la radio. Sigilosa, entra en mi vida a la par que se la lleva. Suena en la radio Sympathy For The Devil. Ella la canta con entusiasmo, dando pequeños golpes al volante al ritmo de la música. Pisa el acelerador y consigue mecer mis nostalgias. Mis ojos entreabiertos descubren su cuerpo desnudo, que dibuja una sonrisa en mi rostro. El baile ha comenzado. Ya no te tengo miedo.
Para él aquel no era más que otro día de trabajo, proclive a la desgana, bajo un sol abrasador. Pero todo cambió en un instante cuando recibió el aviso que estaba esperando. Inmediatamente soltó los aperos y corrió a casa.
Se aseó rápido con sus recias manos frente a un espejo casi opaco. Mientras se ponía el traje nuevo que tenía reservado, revivió como en un destello todas las horas de soledad. Le sonreían los ojos. Cuando se hubo atado los zapatos, sorprendió a una hermosa araña en el suelo y la aplastó sin ningún desagrado. Cuánto miedo le daban las arañas a su hijita (lo recordó como si no hubieran transcurrido cinco años y ella siguiera allí). Por fin terminó de arreglarse y enfiló en dirección al encuentro.
El otro, tras cinco años encerrado, salió feliz por el portillo del penal. Completamente ajeno al fatal destino que le aguardaba ―impecable, sonriente, también en busca de su libertad― detrás de la primera esquina.
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| Mar Horno en plena presntación, , Miriam Márquez y Javier Ximens |
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| Towanda, Ximens y Petra Acero |
¡¡¡Felicidades a Mar!!!
El juego es muy sencillo. La peonza gira y ya estás muerto.
Cada vez que algún niño desempolva su yoyó, un diábolo rojo como una llama entre hilos, el vertiginoso vaivén de una peonza, yo estoy allí. Calladito. El azar me gusta tanto como las puertas abiertas, el clin clin de los sonajeros, el chirriar de las tizas trazando una mariola, la canción de las canicas.
Por eso nunca me canso de deslizarme como un soplido bajo las ranuras, girar la peonza y llevármelos conmigo. A donde sólo somos soplos que juegan para siempre.
Al fin y al cabo, no tengo la culpa de que mi padre me asfixiase en 1973, ¿verdad?
Cada vez que saques un juguete,ambos podéis ser míos. Hago un chasquido, la peonza gira suave y he ganado la partida. Otra vez.
Es muy sencillo, ¿juegas?
Trémula a su contacto tiembla como una vela.
Brotan amapolas en su carne a cada latido.
Suspira rendida.
Y es por él.
– ¿Qué hemos hecho para merecer esta suerte?
Las palabras lo atraviesan todo (garganta, aire, cuerpo)
– Esperarte cada tarde a la salida de clase. Recorrer contigo el camino hasta tu casa. Llevarte cogida de la mano. Prender tu beso en mi solapa donde todos pudieran ver que era mío. Construirte un palacio. Guardarte dentro para que ni el viento te rozase. Regalarte cada mañana la flor que había marchitado el día anterior…
– Cállate ya. A eso le llamaste amor y lo usaste para hacerme daño. Dispara de nuevo y esta vez, por favor, acierta.
Trémula a su contacto tiembla como una vela.
Brotan amapolas en su carne a cada latido.
Suspira rendida.
Y es por él.
Desde que la riada de la primavera pasada, nos devolvió al abuelo Matias con ataúd incluido, no hemos podido devolverlo al campo santo. Se niega a ser enterrado de nuevo y se pasea por el pueblo asustando a propios y extraños. Ha formado panda, con los demás resucitados. Isidro, el de la Luisa, con la señora Micaela y con Aniano, el cojo. Todas las tardes se reúnen el la tasca para jugar al mus. Cuando regresa a casa, oliendo a vino y algo mareado, intentamos razonar con él, pero dice que no, que si ha vuelto tiene que ser por algo y que hasta que no lo averigüe, no se piensa morir otra vez.
-Pacita, así no puedes seguir… cada día estás peor.
-Pero ¡si estoy de maravilla!, todo vuelve a ser como antes. Esta mañana después de desayunar, me besó, luego las llevó al cole… Iban regañando, Julia tiraba de los rizos a su hermana, ¡cómo le enfada que se ría de su amiguita imaginaria!
-Venga, prepáralo todo… nos vamos.
-No, están al llegar… no puedo irme de esta casa, aún quedan juegos, secretos que descubrir, caricias, besos por estrenar…
-Si no vienes ahora, otros vendrán a buscarte… albas batas, píldoras coloristas… adormecerán tu memoria, al menos conmigo… estarás con ellos…
Sube a su cuarto y allí sobre la mesilla… les da un beso, los abriga en su pecho. Del cajón saca la pistola, con mano convulsa apunta a su cerebro. Caen al suelo… al mismo tiempo. El marco y el cristal se hacen añicos. La foto es del día del parto, donde su marido sostiene a las gemelas, cada una en un brazo… hoy de nuevo pintados en sangre, igual que aquella tarde cuando volvían del colegio, y se encontraron con ese loco que conducía su coche de frente al de ellos.
Después de dos años por fin se iban a conocer.
Afrodita, (como se hacia llamar), había accedido a tener una cita con él. Decía que tenía el cabello negro, largo y ondulado; y unos hermosos ojos verdes.
Según su último e-mail, estaba muy nerviosa e ilusionada por el encuentro.
Una ducha,un afeitado perfecto,su camisa más elegante y su mejor fragancia harían el resto.
El corazón le latía muy deprisa.
Había dejado todo preparado por si la cita se prolongaba y ella accedía a ir a su casa…
Velas aromáticas, bombones y champán enfriándose en la nevera.
Cogió la flor que serviría para que ella le reconociera y de un sólo portazo cerró la puerta tras de sí.
Arrancó su coche, encendió la radio y salió del garaje. Había tormenta y una espesa lluvia se había apoderado de la ciudad.
Sorteando los charcos, conducía rumbo a su destino, era feliz, era el comienzo de una nueva vida…
En otra esquina, un grupo de atracadores huía a toda prisa después de desvalijar un banco. En la huida desesperada, el conductor se saltó el stop y colisionó con él, de repente, todo se quedó sumido en un silencio eterno…
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