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Estimados amigos del ENTC,
Hoy recibi este e-mail de la organizacion del certamen y que deveras alegrome. Soy finalista. Me gustaria tambien preguntarles si conocen alguien en el dia de la cerimonia y que podria representarme.
Agradezco.
Un gran saludo desde Japon, amigos.
Edweine
Em Quinta-feira, 24 de Outubro de 2013 23:49, «MASSANA FIGUERAS,Gloria
Apreciado/a,
Nos es grato comunicaros que vuestro relato ha quedado finalista en el VII Concurso de Microrelatos de Terror y Gore (2013), que organiza el Festival de Cine de Terror de Molins de Rei, con la colaboración de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Molins de Rei y la Biblioteca Pau Vila.
Es por este motivo que os invitamos a asistir a la Lectura del veredicto y a la entrega de los premios, el próximo viernes 1 de noviembre, a las 22 h (aproximadamente), en el Teatro de La Peni de Molins de Rei (Plaça de Mercè Rodoreda, 1 – 08750 Molins de Rei), en el marco de la noche de la final del XII Concurso de Cortometrajes de Terror y Gore, dentro del XXXII Festival de Cine de Terror de Molins de Rei, que se celebrará del 29 de octubre al 3 de noviembre de 2013.
Para recoger vuestra INVITACIÓN (para dos personas) sólo hace falta que os dirigís a las taquillas del teatro antes del inicio de la proyección de los Cortometrajes (21 h), y os presentéis como finalistas del VII Concurso de Microrelatos con vuestro DNI. Os agradeceríamos mucho si pudierais confirmar vuestra asistencia a la noche de los premios, lo más pronto posible, enviando un correo electrónico de confirmación a la siguiente dirección:massanafg@diba.cat
Desde la organización queremos felicitaros por llegar a la final, desearos mucha suerte y saludaros atentamente.
La primera vez que me percaté de su presencia fue el día que en el colegio, Sebastián se atragantó con el tapón de un bolígrafo y se lo llevaron en ambulancia. Su mesa permaneció vacía el resto del curso y ya nunca regresó.
La siguiente, una noche en que la abuelita Rosario no paraba de toser y toser. Nadie durmió esa noche ni al día siguiente ni al siguiente.
Otra en el viaje a la playa, al terminar la Universidad, en aquella curva maldita donde segundos antes había volcado un autobús. Se alejó como si nada, sin mirar atrás.
Luego vinieron unas cuantas más pero últimamente parecía haberse olvidado de mí.
Esta mañana salí a pasear por la montaña con mi perro labrador. El terreno estaba muy húmedo por las lluvias del otoño. No sé cómo, resbalé y empecé a caer por la ladera. Mientras lo hacía, me sorprendió ver en el camino al mismo viejo barbicano y jorobado de siempre. Esta vez me sonreía y mostraba una reluciente guadaña.
Fracasamos y nos arrestaron a unos cuantos. Nos confinaron como a perros en una cloaca oscura y el tiempo se detuvo. Cada mañana, elegían a uno para delatar a los de fuera y, desde el otro lado, sus gritos desgarradores volaban hasta clavarse en nuestra conciencia. Cuando lo devolvían, su llama se apagaba entre terribles sufrimientos a las pocas horas. Así fue cómo los exterminaron. Por eso, cuando me quedé a solas con el cuerpo apaleado de Bermúdez, entre un llanto asustado, le prometí que lucharía por la libertad. Me perdonarán mis camaradas, pero eso hice cuando llegó mi turno.
El perímetro estaba a punto de ser acordonado, el haz rojo y azul era lo único que me permitía distinguir a los míos de los curiosos. La prensa no había llegado, lo que era un gran alivio. Le indiqué a dos novatos que dispersaran todas las miradas indiscretas. Entré en el motel y, al subir por las escaleras, me crucé con otro bebé de teta uniformado con cara de haber estado a punto de contaminar la escena del crímen con su cena. Tras el cordón policial de la habitación pude ver el trabajo de un monstruo. El cuarto estaba empapelado con fotos de aquel cuarentón acostándose con su cita. Aquella joven no tendría ni veinte años. Estaba maquillada con su propia sangre, sentada delante de un plato con la cena, su corazón. En tan siniestra velada tenía como acompañante al alcalde. El que hasta hacía unas horas era el líder de la ciudad tenía su traje totalmente ensangrentado y la boca tapada con un billete que le habían cosido. Su plato contenía la piel anteriormente extirpada de cuello para abajo. La ciudad ya no pudo dormir tranquila.
«Otro fin de semana más» pensaba el elenco de actores mientras entraba al salón en silencio, uno tras otro, y se colocaba en semicirculo con la alfombra como las tablas del improvisado escenario y el crepitar de las llamas de telón de fondo mientras esperaba el veredicto de los huéspedes que habían acudido al caserón el fin de semana temático de crimen y misterio.
«¿A quién habrán elegido como asesino?» era cuanto pensaban en aquel momento los actores. Todos excepto dos. Una, la actriz que interpretaba al ama de llaves y que había extraído de la urna el papelito que la designaba como víctima ese fin de semana, y cuyo cuerpo comenzaba a manifestar los inicios del rigor mortis.
Y otra, quien de lunes a viernes era la esposa del mayordomo y que atónita había asistido al espectáculo de arrumacos y caricias libidinosas entre su marido y la joven actriz ajusticiada y que, desamparada, cruzaba las manos sobre su vientre aún ligeramente abultado, consciente sólo en parte de las consecuencias de sus actos.
Papá solía morirse dos veces al día…
Las dos veces que lo conectaban en el hospital a esa maldita máquina. Y las dos veces resucitaba, como siempre, optimista, esperanzado y con ganas de seguir.
Cuando se cruzaban nuestras miradas, se alegraba como si se tratase de un reencuentro después de largos años sin vernos y, en realidad, tan sólo nos separaban la hora y cuarto que duraba cada sesión.
Yo no lo podía soportar, cada muerte era un adiós, una despedida, un «ahora sí que se acabó…», pero, él siempre volvía, y me animaba diciéndome: «para no quedarte en el camino tienes que desear volver…».
Al caer la tarde, las luciérnagas aparecían de pronto y el jardincillo era un pequeño cielo de estrellas fugaces. Sus colas alumbraban los setos y el pequeño banco de piedra. Allí se sentó, más delgada y ojerosa, bajo el sutil aroma de las glicinias recién abiertas. Igual que las flores, él llegaría, etéreo y frágil, iluminado por las luciérnagas, para decirle que aún la amaba, que las glicinias crecían para ella y que siempre le perdonaría haber confundido el vino con el veneno para ratas.
Dicen que la muerte no duele, que el miedo paraliza nuestros sentidos y el pánico nos convierte en seres inertes incluso antes de perder la vida. No se qué hay después de la vida, probablemente pasamos a un estado eterno de inutilidad y aislamiento. Seguro que desaparecemos de este mundo para encontrarnos en uno que ni si quiera nos deja aparecer.
Qué pena que te fueras. Qué lástima perderte y sentir que nadie sabrá de ti. Qué angustia experimentar el dolor que tú no padeciste.
Imaginarte me enerva, recordarte me fatiga y quererte me desgarra.
Creo que me voy contigo, que le duela a otro.
Me sentía mareado y desorientado. Hacinados en aquellas cuatro paredes de metal en continuo movimiento se perdía la noción del día o de la noche. Me acerqué a ella y apoyé mi frente en la suya, transmitiéndole así mi caricia. Ella volvió sus grandes ojos caramelo hacia mí, inundándome de una profunda tristeza y, lo que había sido un futuro incierto, se tornó en un fin desalentador y gris. Por un tiempo engañamos al destino con esas escapadas al campo dejándonos mecer por la brisa y las flores, o esas noches de verano al raso contemplando las estrellas… Yo era tuyo y tú eras mía. Ahora mi corazón se partía al verla en esta luz fría y mortecina: Lo que antes era cálido y suave se transformó en húmedo y frío.
Y paró.
Aquel traqueteo cesó repentinamente aumentado la confusión y el agobio. Nos hicieron salir por una estrecha rampa empujándonos con palos y, al elevar mi mirada, distinguí unos garabatos desgastados incomprensibles que iban a marcar nuestro destino: Matadero Municipal.
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