Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

AGO103. JACINTO Y SUS GUSANOS, de Miguelángel Flores

El mismito día que me compraron las zapatillas veloces, se perdió Jacinto. Fue cuando vi luego a papá con la caja de mis deportivas irse para la higuera. Allí se arrodillo y se puso a escarbar. Asustado fui hasta mi armario casi llorando, pero sin correr porque no las llevaba puestas. Lo abrí y allí estaban. Entonces, me las puse y me dormí con ellas.
Luego se me olvidó hasta un día que no. Ese día, como no, me acordé de la caja. Así que, fui a la higuera, rebusqué donde la tierra removida y la encontré. Recubiertita de polvo marrón. Claro, como no llueve, del roce la vida se desgasta así, dice el abuelo. La destapé. Estaba llena de gusanitos iguales, que se movían como si brillaran. O como si respiraran con un ruido de moscardones. Seguramente pensaban dármelos si seguía llorando por Jacinto. Por si tenían hambre o frío, pobrecillos, metí la caja bajo mi cama.
Primero les echaba morera; ahora, carne y cosas así, que les gusta más. Ya hay casi un millón y como no caben, algunos granujillas se suben por mi cama, donde muchas veces sueño con que vuelve Jacinto. Y anoche lo oí maullar.

AGO102. HIELO, de María Jesús Briones Arreba

Soy un parásito, cuando, intento posarme en tus labios, como una de esas cien mil moscas , en busca de mi mínuto de orgasmo.
El manotazo impacata en mis lentes, con la embestida de aquel camión, ¿Recuerdas?
La moto sobre mi cuerpo inútil y el tuyo convertido en carámbano. después del diagnóstico. Duelen los cristalitos perforan mi carne con la provocación de tu sentimiento hostíl.
Me siento un insecto estampado en un frigorífico.

Mi vida se construye con tus pequeñas gotas de hielo , que congelan el corazón.

AGO101. EN LA BUHARDILLA, de Gabriel Bevilaqua

Los sábados de madrugada, mientras me cree dormido, mamá sale de casa y regresa siempre con un extraño. Tras cuchichear brevemente en el living, los invita a subir a la buhardilla. Con cautela, los sigo; pero como le echan llave, ignoro qué es lo que hacen. He llegado a deducir que practican algún tipo de arte marcial, porque mi mamá suele abandonar la habitación con la ropa desarreglada como en los combates de yudo. Pero tengo la seguridad de que ella siempre gana, y de que esa es la razón por la cual nunca he visto a los sujetos salir de la buhardilla. Su vergüenza los hace escapar por la ventana. Sin embargo, anoche la puerta quedó sin llave y descubrí que mi teoría era incorrecta.

Mamá se hallaba en el centro de una telaraña gigante, y a su lado yacía, medio envuelto en un capullo, el desconocido de turno. Al verme, ella ocultó su rostro tras sus ocho extremidades y me suplicó que cerrara la puerta. Desde entonces mamá se la pasa llorando en la buhardilla. ¡Y para colmo está tan demacrada! Lo mejor será que me apure en colocar el aviso ofreciendo un cuarto para hombres solos.

AGO99. TAMBIÉN HAY FLORES QUE CRECEN EN EL FANGO, de Modes Lobato Marcos

La Dama de la Guadaña se acerca, y me ofrece sus labios.
Yo, los acepto.

Que curiosa y fascinante es la vida.
Hasta hace unas horas yo era una cucaracha que vivía en El Dorado.
Mis hermanas y yo éramos dueñas de una habitación repleta de basura.
Afortunadamente, el anciano con el que compartíamos espacio, se encargaba de abastecernos cada tarde de comida fresca.
Síndrome de Diógenes lo llaman.
Pero hoy, se ha sentado en su sofá, y juro que su mirada y la mía se han cruzado.
Y en mi diminuto corazón ha estallado el big bang, y he tenido la certeza absoluta de que todo mi ser amaba a ese humano.
Después él permaneció inmovil. Durante horas.
Simplemente había muerto.
Mis hermanas olieron la presa y, como hienas, se dispusieron a devorarlo.
Y yo a defenderlo.
Juro que luché contra ellas hasta que mi cuerpo fue un oasis lechoso.
Y agonizando deseé que el destino permitiera que en otra vida, mi alma y la del anciano llegaran a rozarse.

Sí. Soy una repugnante cucaracha, pero, de algún modo, mi corazón intuye que mis sentimientos se aproximan a eso que los humanos llamáis… belleza.

SE SINTIÓ PROTAGONISTA…

Esta mañana me he encontrado a mi amiga libélula en el limonero de la entrada de mi casa, y parecía querer decirme… «un saludo para los amigos de ENTC«… 
Y aquí la he traído…

AGO97. EN EL CIRCO, de Amparo Martínez (Petra Acero)

Les dio las últimas indicaciones. Ella actuaría después, con los adultos.
—Saldréis los doce en fila… como hormigas —sonrió—. Avanzaréis con los ojos cerrados para… que no os deslumbre la luz. Recordad: ¡No abráis los ojos!… Aunque el público os lo pida.
Fuera, la animación crecía: el circo se llenaba.
—Iréis de la mano —les animó—. Las hormigas trabajan en comunidad… ¡Juntas poseen más fuerza que un león!
—Yo quiero hacer de escarabajo. Los escarabajos dan suerte.
—Yo de luciérnaga… ¿Las luciérnagas también van de la mano?
—Pues yo… ¡Yo seré el pez! —exclamó uno de los más pequeños.
Todos rieron. Sabían que los peces no podían caminar por la arena del circo como las hormigas, los escarabajos o las luciérnagas.
Ella le acarició la cabeza, y le dibujó un pez en la frente.
En las gradas, el entusiasmo del gentío silenció el primer rugido.

AGO96. EL DESPEGUE, de Luisa Hurtado González

Fue un verano extraño el del 2013, en Londres hizo un calor fuera de lo normal y todos nos volvimos un poco locos, también los insectos que desde tiempo inmemorial llenaban las salas del Museo de Historia Natural.
Recuerdo que estábamos visitando la exposición de mariposas vivas que todos los años había en el jardín del Museo y que, de repente, una sombra se extendió sobre nuestras cabezas al tiempo que el aire se llenaba de un murmullo ensordecedor, algo extraño, como de millones de ángeles. Elevamos la vista y vimos cómo el Museo salía volando, dirigiéndose hacia el sur, aparentemente liviano, llevado en volandas por miles y miles de insectos resucitados y con ganas de volver a agitar sus alas, como antaño, como antes.
Hoy lo han dicho las noticias, el edificio ha sobrevolado la Península Ibérica y muy posiblemente se posará en Doñana siguiendo una ruta aún por documentar. Mientras aquí, en Londres, en el vacío dejado por el vetusto edificio, sólo pueden verse los esqueletos de aquellos dinosaurios que, quizás demasiado pesados o acaso un tanto esquivos, decidieron no emprender el viaje, decidieron no dejarse llevar.

AGO95. LA PROTECTORA, de Mariano Álvaro

Hace una semana que el bebé llegó a casa en brazos de Mamá, mientras Papá portaba todos los enseres que habían llevado al hospital, así como los regalos recibidos por todos los que habían acudido a dar la bienvenida al nuevo miembro de la familia.
Desde que llegaron los observo actuar desde un rinconcito. Me gusta ver a Mamá mecer al pequeño, susurrándole una nana. Me gusta ver a Papá levantarse en mitad de la noche para calmar sus sueños.
Me siento un extraño en esta familia con la que habito desde hace tiempo. No reparan en mí, pero no quiero separarme de ellos. Adoro a ese pequeño al que anoche protegí de un mosquito que revoloteaba a su alrededor. Quisiera poder protegerlo así siempre.
Hoy Mamá me ha mirado con esos ojillos que solo ella sabe poner. Se ha marchado sin decir nada y al momento ha vuelto a acercarse pero una intensa niebla ha borrado todo y yo he caído en una especie de sopor y me he dejado llevar mientras escuchaba su voz en la lejanía.
-Cariño, he matado una araña en la habitación del bebé. Hay que poner mosquiteras en las ventanas para protegerlo.

AGO94. APOCALIPSIS, de Arantza Portabales Santomé

Amanecí con la noticia en el telediario de que hoy se acabaría el mundo. Así que, por si acaso, he pasado todo el día preparándome. Sólo por si acaso.
He puesto la lavadora. Indudablemente la colada ya no puede esperar a mañana. He pagado facturas. He llamado a la residencia. Me apetecía oír la voz de mamá por última vez. Finalmente, he avisado a mi jefe de que no iría a trabajar. Aprovechando, le he dicho todo lo que pensaba de él. Esto último, me ha sentado particularmente bien.
Mientras estaba sentada en el sofá, ha comenzado. Desde el ventanal del salón he visto oscurecerse el cielo. Una plaga de langostas lo ha cubierto todo. Avanzan lenta e inexorablemente, arrasando la ciudad a su paso.
Están a apenas doscientos metros.
Cierro los ojos.
Lo único que escucho es el frenético latir de mi corazón, acompañado del centrifugado de la lavadora.

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