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Llevo ya mucho tiempo contemplando el cadáver. Me resulta fascinante el desfile de insectos que se afanan en llegar hasta aquí para obtener algo de alimento. Los hay de todos los tamaños y colores, a muchos ni siquiera los había visto antes. Algunos, no conformes con llevarse un pedacito de carne, han instalado aquí mismo su nido. Cualquier hueco es válido: hay una familia entera de larvas en una de las cuencas oculares; una especie de mariposa duerme en una fosa nasal y los oídos son un frenético ir y venir de hormigas y gusanos. De vez en cuando intento asustarlos para que dejen el cuerpo en paz, pero estos monstruos nada entienden sobre el respeto a los muertos. Además, son demasiados. Cada vez más.
La espera se está alargando mucho. No he visto a nadie por aquí desde el accidente. Tal vez no hayan pasado sólo días, puede que se trate de meses, a juzgar por el aspecto del cuerpo. Cuando uno muere el tiempo no se calcula de igual manera. Ojalá puedan encontrar pronto mi cadáver, antes de que ya no quede ni un triste hueso que enterrar.
En el colegio lo apodaron “el Bichos” porque cada día traía alguno a clase, como aquella vez que nos mostró una sutil telaraña colgando de las gafas o cuando paseó un escorpión sobre los hombros. Otro día nos enseñó como en su estuche, en vez de lápices, afiladores y gomas, vivían unas enormes hormigas rojas a las que daba migas del desayuno.
Las orugas de los jardines no tenían secretos para él, los grillos frotaban los élitros para saludarlo y hasta las ambarinas cucarachas lucían tiernas en sus manos.
Como era de esperar, se hizo un entomólogo famoso, recorrió selvas y estepas, montañas, sabanas y bosques. Fue a morir cruzando una calle, deslumbrado por unas luciérnagas inmensas, que no supo identificar bien y que no figuraban en sus numerosos tratados sobre insectos.
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Me duelen las muñecas. Nunca pensé que esto doliera tanto. Nunca creí que ocurriera esto. Estaba todo controlado. De principio a fin.
Cuando abrí el congelador el olor me golpeó con fuerza haciéndome vomitar. Las moscas inundaron la estancia sobrevolándome, rozándome con sus asquerosas alas. La visión del cuerpo hinchado y cubierto de miles de insectos me paralizó. Caminé aterrorizado y sin control hacia atrás hasta tropezar y quedar quieto en un rincón, observando como aquella marabunta se desparramaba sin control por el sótano junto con aquel hedor insoportable que ascendía hacia el resto de la casa. Hacia la calle. Fue entonces cuando descubrí que todo, no estaba controlado.
Una simple avería y esta maldita fobia han conseguido en un instante, lo que durante años no ha logrado la policia.
Y mientras subo al coche patrulla sólo puedo pensar en dos cosas. En el maldito dolor de mis muñecas, y en cuanto tardarán en descubrir el resto de cadáveres.
Mi pueblo está construido justo en el extremo opuesto de la tierra donde vuelan las mariposas, y por eso, cuando después de un inesperado aleteo el viento decide visitarnos, lo hace con una fuerza impetuosa y siempre logra sorprendernos. Como le ocurrió a una vecina, a quien poco después de enviudar le trajo un señor distinguido, educado y con bigote. O a mi sobrino el pequeño, cuando le sopló su nueva fecha de cumpleaños —llevaba ya un tiempo, desde que había perdido la suya, sin recibir ningún regalo— y pudo recuperar su sonrisa. Al hijo de la acomodadora del cine le cambió el destino después de entregarle un mapa sin dibujos ni referencias topográficas, que utilizó para explorar esos mundos fascinantes con los que siempre soñaba. En cuanto al viejo leñador… bueno, fue una fatalidad que le susurrarse el día de su muerte y que casi sin tiempo para creérselo tuviese que buscar urgentemente una rama que soportase su peso.
A mí me trajo un tintero junto con una preciosa pluma de cisne sin estrenar. Quizá más adelante las alas de mariposa me envíen la inspiración para escribir ese poema con el que te pueda enamorar precisamente a ti.
Un sueño recurrente enturbia tus noches. Estás en un espacio inmenso y la luz te ciega. El sol es tan poderoso que todo lo que hay a tu alrededor desaparece. Estás solo. Aunque lo que te asusta es que sabes que no lo estás. Sientes que alguien te observa. Quieres escapar. Agitas tus extremidades pero algo pegajoso te atenaza y solo consigues lacerar tu cuerpo. Estás atrapado. No logras averiguar qué es lo que ocurre. Tienes miedo. Tembloroso observas cómo dos linternas negras surgen de la nada brillante. Unido a ellas un cuerpo avanza sigiloso hacia ti. Ocho patas articuladas lo sostienen. Su boca pegajosa esboza lo que parece una sonrisa. No tiene dientes, sólo unos apéndices terminados en puntiagudas uñas que va extendiendo con cuidada ceremonia. Sacudes con furor los brazos y observas aterrado cómo se han convertido en dos pares de alas marrones. Antes de que puedas gritar ya está encima tuya rociándote con un líquido que escuece tanto que crees que
vas a desaparecer.
Es entonces cuando te despiertas y compruebas que, la araña que vive encima de tu lámpara, ha vuelto a atrapar en su red a otra polilla
A veces me siento una hormiga. Con mis sueños que me superan en peso y en tamaño camino por la vida. Ni siquiera sé cómo esos sueños van a llegar a buen término; solo sé que hay una parte de mí capaz de lograrlo. Llámalo poder interior, llámalo X…, yo me siento una hormiga. Un ser pequeño a la vista, pero fuerte en su esencia.
Y entonces ocurre, lector. Sí. Ocurre. Justo cuando estás llegando a tu destino, un pie enorme te aplasta. Espachurra tus sueños hasta convertirlos en polvo. Espachurra tus sueños y todo lo que tú creías ser.
Hoy me he sentado en el parque y he visto a las hormigas a merced de múltiples suelas aplasta sueños. De pronto he sentido deseos de gritar y lo he hecho. Y he alargado mi grito hasta los oídos de aquellas personas que me han dicho que no podía, que no valía. Y lo he hecho porque el día de mañana no quiero ser como ellos. No quiero robar ilusiones, frustrar caminos. Quiero cargar con sueños enormes sobre mi cabeza. Esperanzas escondidas en lo secreto, lejos de pisadas maliciosas. Porque nadie, salvo yo mismo, puede limitarme.
– Que razón tiene la FAO que rica esta la ensalada de insectos.
– Un picudo rojo por aquí, una oruguita de mariposa emperador por allá, un par de gusanos del agave, para decorar.
– Y este… Mirando a su alrededor, para mí. Uhmm, que crujiente.
– Desde que cambie el caviar y las angulas por estas exquisiteces mi vida es más plena. Osea, más chachi piruli.
– Por favor Sebastián, apaga la tele que siempre están con esos niños africanos tan feos.
– Si señorita.
– No, no la apagues busca el Gandía shore.
¡Pero qué asco de comida! ¡Qué manía de ofrecerme esa masa pringosa! Y luego… dale que dale con lanzar cosas. ¿Por qué me mira extrañada?
Me cae bien. Le agradezco que me haya traído a su casa y que me haya curado las heridas. Pero… se comporta de forma rara.
Ayer le contó entre risas a una amiga que me comía el polen de las flores del jardín (no pretenderá que me coma la bazofia que me da) y que agitaba las orejas como si quisiera volar. ¿Qué orejas? ¡Si no tengo! Pobre chica, creo que está un poco loca.
Ahí viene… ¡No, eso sí que no! ¡La correa no me la pones!
Y a Marta la picadura le molestó varios días.
Cada noche, ejércitos de polillas, carcomas y pececillos de plata se cuelan sutilmente en las grandes bibliotecas del mundo. Dentro, devoran con paciencia un libro detrás de otro. Cuando llegue el gran día, solo las cucarachas habitarán nuestro desolado planeta. En cambio ellos, sabios insectos bibliófagos, habrán adquirido el conocimiento suficiente para mudarse a un lugar mejor.
Ha dejado la margarita calva de tanto deshojarla —me llama, no me llama— y se siente nervioso como un mosquito en medio de un vendaval, confundiendo su estómago con una bolsa repleta de mariposas. Todo comenzó cuando sus amigos le confiaron entre risas: —Le llaman la mantis —. Entonces, su cerebro de mosquito se hinchó hasta el tamaño de un escarabajo pelotero para albergar la posibilidad de sexo. Sin pensárselo, corrió hasta la chica alta y feúcha para darle su número y ella lo aceptó escudriñándole desde arriba, miope y burlona: —Me gustan los insectos. Te llamaré. —Cuando quieras —tartajeó él, sumiso, irremediablemente enganchado a su tela de araña. Y «cuando quieras» es ahora: el móvil comienza a vibrar como un abejorro encerrado en su mano. Descuelga triunfal, anticipando una cita con ella, viéndose ya agarrado a su talle de avispa, izándose sobre las puntillas para susurrarle cositas picantes al oído (cochinilla). Se lleva el
móvil a la oreja donde su voz sensual de mantis juguetona es un insinuante aleteo de mosca: —Ya sabes, me gustan los insectos —y él adivina por qué le llaman la mantis cuando añade eufórica:— En el terrario a las siete, ¿vale?
Enfiló la entrada de los tribunales erguido sobre sus patas traseras. Lo frenaron dos malencarados soldados. Les mostró, contento y orgulloso, la carta en la que el juez Kierling expresaba su deseo de contratarlo como secretario. Sí, y yo mañana general -dijo el alto. Necesitas un pase para entrar y se expiden en una ventanilla interior –dijo el fornido.
Consiguió la dirección de Kierling. El mayordomo lo trató de farsante porque el juez había sido asesinado días antes de la fecha de su carta. Ante su insistencia le achucharon los alacranes.
Arrastrándose sobre sus seis patas llegó a una miserable pensión.
Le despertaron con fuertes golpes en la puerta y se lo llevaron arrestado sin explicaciones.
Días más tarde, su abogado de oficio le iluminó: En el lugar del crimen de Kierling se encontró una pata de escarabajo pelotero.
– Pero yo soy un escarabajo verde y tengo todas las patas ¡Caso cerrado!
– Bueno, eso tendremos que demostrarlo.
El día del juicio le preguntó por qué no había escarabajos en el jurado.
– Muchacho, aquí nos regimos por las leyes de Louisiana-1883.
– ¡Pero estamos en Praga!
– ¿Y?
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