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Todas las madrugadas en cuanto el primer rayo de sol asomaba por la ventana, se instalaba frente al espejo a cultivar su única pasión: mirarse y admirarse a sí mismo. Sabía que las comparaciones eran odiosas, pero no podía sustraerse a su propio encanto: se veía el más bello, elegante, fuerte y esbelto de todos. Unos minutos antes de las siete, volvía a la cama y ocultaba celosamente su egolatría, hasta el día siguiente.
La vez que el despertador sonó a las seis y cuarto de la mañana, el timbrazo lo cogió desprevenido: estaba ensimismado observándose atentamente de perfil.
Vivianita se rascó la cabeza, se estiró y se levantó rápidamente, justo en el momento en que él, daba el gran salto. La niña se vistió a toda prisa. No es que le gustara madrugar y menos en verano, pero la perspectiva de un mes de vacaciones en casa de su abuela, era realmente deliciosa. Maleta en mano salió corriendo dando un portazo, dejándolo irremisiblemente abandonado.
Desolado y maldiciendo secretamente su narcisismo, subió a saltitos hasta su atalaya. Mirarse en el espejo era todo cuanto le quedaba.
Y allí, poco a poco, el piojo languideció de hambre adorando su propia imagen.
Desgraciadamente, estamos pasando por momentos indeseables. Confío, que esta transformación sea pasajera, la vida es un ir y venir. No me explico, cómo ha podido suceder, solíamos llevar la corriente a nuestros semejantes. Cochinillas, nos llaman ahora, los vecinos del adosado. Total, once recibos devueltos y un frigorífico desangelado. ¡Miserables!
Anoche, anduve merodeando en su casa y no es por criticar, pero si hablamos de guarrillos, él sí que es un desmelenado, que se pasea durante las noches veraniegas aireando el tamaño de sus bendiciones. Ella, ya me imaginaba, que algún secreto escondía. Botes de baba de caracol, venenos de serpiente y abeja, para iluminar su rostro surcado, ocupan las repisas de su aseo. Pero lo peor, fue cuando deslizándome por el iphone, comenzó a sonar una música, y descubrí un video de mi marido y el desgreñado arrimándose sus tubérculos al son del chachachá.
Hoy, he recibido una carta. Una desconocida y millonaria tía, ha tenido a bien legarme su herencia. No es venganza, sino justicia. El viento se encargará de dar la noticia. Pero yo, ya habré depositado todos mis huevos en sus majestuosas plantas, mientras, espero mi nueva transformación. Respecto a él, mejor dejarle como está.
Aquella araña me tenía completamente fascinada desde el mismo momento en que la vi al entrar en la nueva casa.
Por el día brillaban sus colores, a media tarde la brisa la hacía balancearse, y en la noche hasta podía oír sus crujidos. Me tenía loca, loca de amor. Pero a mi marido se le ocurrió la idea de que había que hacer limpieza.
__ ¡Un sacrilegio !. __ Le dije .__Debe de llevar años y años, dejémosla resplandecer, bambolearse a su antojo. Ella no nos molesta, hagamos lo mismo.
Sentada en la escalera subyugada por sus brillos era imposible no resistirse a sus encantos, me pasaba las horas mirándola fijamente. Estaba extasiada por su belleza. Dejé de leer , dejé de escribir, mi vida se había resumido a observar su lento vaiven.
También dejé de hacer caso a mi marido que celoso decidió acabar de una vez por todas con aquella araña hipnotizadora.
Lo malo es que cuando le quitó los tornillos que la tenían enganchada al techo, yo estaba en el suelo admirando sus dulces reflejos. Y allí quedé, aplastada debajo de la gran araña de cristal.
La viuda negra observa con desgana la despensa vacía, alisa una arruga imaginaria en su vestido de diseño y decide salir a darse un garbeo. Atrás deja la seguridad de su hogar para acercarse al mercadillo de flores y plantas, donde siempre encuentra algo apetecible que llevarse a la boca entre hortensias, rábanos y tomateros. Pero se ha confundido de día y hoy, domingo, se topa con la «Muestra Internacional de Gastronomía Exótica». Bueno, ya que se ha molestado en venir, echará una ojeada.
Enseguida uno de los tenderetes atrapa su atención. Se arrima a saltitos y poco le falta para empezar a babear con el variadísimo surtido de productos expuestos: cazuelitas de mosquito africano en su jugo, hormigas rojas salteadas, piruletas de avispa,… ¡Qué rico todo! Pero justo cuando a punto está de lanzarse a por una de las golosinas, le da un vuelco el estómago al ver las brochetas de araña crujiente…
Entonces da marcha atrás y emprende a toda prisa el camino de vuelta. Demasiado azúcar y demasiada grasa. Continuará con su dieta blanda de sorbetes y zumos licuados hasta que se le baje el colesterol.
Se despertó, abrió pesadamente los ojos y su primera reacción fue de sorpresa. Erguido sobre la cama miró a su alrededor. Estaba en la habitación de ¿un hotel? Corrió al baño y encontró a un joven tan asustado como él mirándole desde el espejo, con un gesto interrogante en su rostro. ¿Quién era aquel desconocido? Revisó los bolsillos de sus pantalones y encontró una tarjeta: “Hugo Bértenas. Abogado”, rubricaba un nombre y apellidos nada familiares. Con la confusión dibujada en su semblante bajó a recepción. Allí le esperaba un hombre. “Cuidado con la comparecencia. Esto es un recordatorio”, susurró éste mientras entregaba al abogado un voluminoso sobre. Con aquel fajo de billetes palpitando en sus manos el letrado se estremeció al ritmo de otro latido: su tarjeta de visita. Una palabra taladraba su mente: justicia. “Pensaba que lo había conseguido… todo un hombre… ¡por fin! Pero… ¿reencarnarme en un… abogado? Está visto que una cucaracha siempre será una cucaracha ¡Maldito karma!”, se jactó mientras guardaba el sobre bajo su caparazón negro.
La vio dormida junto al río.
Era una flor a punto de abrir.
La niña de ojos de jade, de labios de rubí, de rizos de rayos de sol…
Estaba ahí dormida y era tan bonita…, la vio y no lo pudo resistir.
Tenía que hacerlo, voló a dar aviso…
Sin mediar palabra, la comunidad se puso en movimiento.
En pocos minutos, cientos de ojos observaban a la niña.
Ésta, se removió, estiró los brazos y abrió la boca para dar un bostezo…
Ese fue el detonante para que todas las abejas, al unísono, atacaran a la pequeña.
El viejo truco de la botella y el bacalao resultó infalible para engañar y asesinar centenares de moscas. Dejaron de importunarme tres días. Gracias a ello pude enfrascarme en la lectura de Kafka hasta exprimir, en setenta y dos horas de pura abstracción, sus textos. Frenético, casi en trance, como si allí estuviera la salvación del mundo, mi único sustento fue la ambrosía de sus letras. Nada me apartó de él. Ni el sueño ni los amigos ni la familia ni mi pareja; todo resultaba demasiado superficial.
— ¿Quién podía abandonar el camino si al fondo parpadea la luz de la esperanza?—explicaba a los que decían preocuparse por mi estado mental.
Al tercer día, cuando iba a salir de mi habitación, comprobé que algo extraño había sucedido: la puerta se había encogido hasta convertirse en un círculo por el que sólo cabía una mano. Al poco me crecieron alas y deseé engullir excrementos. No hallé manera de escapar. Sólo vi a un hombre que miraba con desprecio por el agujero del embudo mientras se disponía a abrir un libro de Kafka.
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RELATO FUERA DE CONCURSO POR SER JURADO ESTE MES
Detrás de aquellas nubes que amenazaban lluvia, un sol benevolente que parecía estarse demorando, se escondía dispuesto a despertar a una aldea dormida con su cálido abrazo. Una vez más, Franz debía de esquivar aquel enorme enjambre que desde hacía un tiempo amenazaba con robarle el néctar de sus flores. Rápidamente, él debía extraerlo, transportarlo y depositarlo en el recodo que había encontrado bajo el tejado del cobertizo donde aún se encontraban sus viejas bicicletas. Ahora, aquel era su hogar. Allí, ambos habían decidido que sería el lugar donde criar sus larvas. Ella no era como Milena, pero se había enamorado de una abeja reina que no hacía otra cosa que esperarle solícita.
Aquella mañana, desde el seto que bordeaba el camino, Franz vio a su madre que, tras las últimas tormentas, se disponía a limpiar los canalillos. No lo pensó dos veces. Recordó que era alérgica. Divisó desde lejos su cuello terso y blanco y clavó su aguijón en una yugular que apenas tuvo tiempo de evadir su destino. Al fin y al cabo, – pensó- él sólo obedecía a un básico principio. Y se internó en la celda donde una reina inquieta le esperaba.
Supe que esa cucaracha gorda que encontré en la cocina era la reencarnación de Gregorio cuando, en vez de correr, como hubiera sido lo natural en una cucaracha, se me quedó mirando con un gesto de reproche, igual igual, que el de mi difunto marido.
Luego, ante mi estupefacción, se dirigió muy digna a comerse las migas del bizcocho de mi plato para, acto seguido, subirse a su sofá favorito y quedarse dormida.
Anduvo tras la siesta recorriendo la casa con sus patitas cortas, como hacía Gregorio y, por la noche, intentó escalar por mi pierna derecha hasta que le sacudí un manotazo diciendo: “¡Gregorio, por Dios, siempre estás pensando en lo mismo!”.
Meditando quizás en la dificultad de la empresa por haber caído patas arriba, tuvo que ceder en su empeño y, volteándose muy digna, desapareció de mi vista.
Coincidió que en esos días comenzó a visitarme un antiguo amigo para consolarme en mi duelo. Un día que Gregorio nos sorprendió juntos, no tuve más remedio que atizarle un escobazo.
Como a mi amigo pareció sorprenderle un comportamiento tan contundente en una mujer sufrida como yo, tuve que confesarle con voz queda: “No soporto las cucarachas”.
La patada que el bibliotecario propinó a papá, cuando nos desahuciaban de los bajos de su local, tuvo la culpa de todo. El pobre quedó tan maltrecho que mamá pensó en hacerle reposar en el crucero. Embarcamos de noche, para evitar ser vistos, y nos instalamos cerca de las cocinas, en una de las despensas principales entre las cajas de botellas.
El paquebote soltó amarras al día siguiente, entre los vítores de una enardecida multitud de bípedos engalanados con ropas de domingo.
Pero a papá no le sentaban bien los aires oceánicos. Empeoraba. Cada día se le veía más deteriorado, hasta que en la madrugada del catorce de abril, rodeado por todos nosotros, expiró. Justo entonces el barco se estremeció. Poco después, mientras tirábamos el cadáver de padre al mar, la nave comenzó a hundirse entre los gritos de los desafortunados pasajeros que no habían encontrado plaza en un bote salvavidas.
Yo tuve la fortuna de conseguir acomodo en uno de ellos, y desde allí presencié emocionada la desaparición del Titanic en cuestión de segundos.
En mi condición de cucaracha nunca agradeceré bastante la empatía que todos, trasatlántico y humanos, nos mostrasteis. Impresionante.
El mosquito hembra tiene el orificio genital lubricado con las feromonas de sus ovarios y observa en el árbol un enjambre de machos, con sus dos conductos deferentes inhiestos, con un zumbido excitante y tarareando el vuelo del moscardón de Korsakov. A través de sus ojos compuestos y como un mosaico de imágenes eróticas, se lanza en picado, copula salvajemente con tres machos de buen ver, en una orgía de miles.
Se deja caer en un charquito en el césped y chapotea.
Debe chupar un poco de sangre, para su metamorfosis.
Por la noche, desde la pared intuye a sus huéspedes, porque no se les ve, pero sabe que están haciendo lo que ella hace unas horas, pues a sus órganos sensoriales le llega el anhídrido carbónico exhalado, la humedad, el calor y el sudor corporal.
Se acerca y vuela en zigzag alrededor de los humanos pero el aleteo de unas manos le hacen huir volando. De repente una oleada de calor y los cuerpos se aquietan y aprovecha para hundir los estiletes de su mandíbula en el glúteo y a la vez, una mano tatúa su silueta en la piel, mientras una gota de sangre se dirige al canalillo.
Con gesto inquieto, ordena el plato y el vaso vacíos en la bandeja y la coloca sobre sus rodillas.
Abres la puerta y entras. Cree que le dedicas una sonrisa. Piensa que hoy estás más guapo y que el pelo te brilla. Sus ojos se iluminan, una mariposa de fogosos colores va a posarse en su cabeza, pero tú con gesto zalamero, la ahuyentas. Sale volando y ella también, se escapa con los suyos, ¡les echa tanto de menos!
Un suave roce de tu mano la trae de nuevo, le coges la bandeja, ahora es ella quien sonríe. Te pregunta… por los claroscuros de las paredes, y por esos palitos negros pintados en ellas. No contestas. Te marchas pero ella sabe que volverás, aún te queda una por venir, siempre las cuenta.
Sobre la destartalada mesa, en una minúscula y contigua habitación, abandonas la bandeja. Un hombre, desaliñado y astroso como tú, te ofrece un pitillo. El aire se espesa…
“Malditas polillas. Ya empieza a mirarme con ojos tiernos, con un poco de suerte… que no pase como con la última, que el papaíto llegó a tiempo con la tela y me quedé a dos velas”
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