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Era la primera vez que salía de viaje con ella. Estábamos en los inicios de la relación y todo era nuevo y sorprendente, como un día sin estrenar. Me gustaba aquella mujer, me gustaba mucho.
Por desgracia, no la atendí como debía durante el viaje. Una avispa inoportuna se enganchó a su brazo que, cándido y desprevenido, sufrió la picadura que le propinó el insecto con saña. Ella me dijo que sentía escalofríos y mareos al compás que su brazo se hinchaba como un flotador inflado por un aliento muy potente. Le quité importancia a su inquietud: el picotazo no tenía mayor trascendencia y pronto el brazo y ella misma volverían a la normalidad.
A lo largo de la jornada, se quejó varias veces y me hizo partícipe de su malestar continuo mientras me mostraba la hinchazón en aumento.
Cuando al caer la noche, decidí llevarla a un hospital por su aprensiva y cansada insistencia, fue demasiado tarde: en el camino, falleció entre convulsiones.
Desde aquel momento aciago, odio a las avispas.
Sucede doctor que a veces me despierto llorando con el rostro seco. Me limpio la cara notando como ellos la recorren con su sucio cuerpo y me dirijo a mi ducha matutina. Levanto los brazos, me inclino y aprehendo el alba como mejor puedo.
Todo comenzó hace un par de años cuando decidí mirarme al espejo. Antes los sentía pero pensaba que con una ducha se irían y ahora toda el agua del mundo no es suficiente para extraer los gusanos de mi cara.
_ Debemos buscar una solución Eva.
Doctor, el otro día uno de los gusanos se coló en mi casa, se aferró a mi rostro y en una de mis lágrimas salió viéndole uno de mis hijos.
_Necesita salir de esto, vénganse a mi casa unos días.
Eva salió de la consulta, se vistió en un bar cercano. Primero las botas rojas, luego la falda de terciopelo y finalmente aquellas viejas medias malva. Con cuidado salió a la calle procurando no ser vista, pero antes de situarse en el lugar de siempre compró un bolso grande y guardó todas sus ilusiones lejos de los gusanos , bajo llave, soñando recuperarlas algún día.
Puedo empezar por un puñado de hormigas o de saltamontes. Para ir acostumbrándome. Estoy seguro de que han abandonado mi búsqueda. Después me será más fácil probar ciempiés y escarabajos, bien machacados con una piedra. Ha pasado mucho tiempo. Quizás tú también has perdido la esperanza. Hasta ahora solo he comido ensaladas de flores, moras y tallos verdes, y un huevo caído que enseguida vomité. A veces veo tu rostro en las nubes que pasan por encima de las montañas. Y continúo andando. Aunque me duele todo, fue un milagro que no me rompiera nada. En algunas plantas germinan unas semillitas picantes y sabrosas que me recuerdan los chiles que cenamos en el hotel la primera noche. Hoy he soñado contigo y al despertar he elegido el tronco delgado de un árbol. Como si fuera tu cuerpo lo he abrazado y me he echado a llorar y te he pedido perdón. Me incliné demasiado. Creo que estoy caminando en círculos. El hambre y la sed me hacen delirar. Imagino cosas terribles. Que me devora una serpiente. Que me capturan unos indígenas caníbales. Que me empujaste del globo en el que sobrevolábamos la selva. Que sonreías a nuestro atractivo guía turístico.
Día caluroso, noche sofocante. Agosto es lo que tiene. Es hora de acostarse y tras innumerables vueltas en la cama el cansancio acaba por vencerme.
En mi sopor creo escuchar un leve zumbido en mi oído derecho. Intento ignorarlo pero el minúsculo hijo de puta insiste en su acoso. Me pica en la frente.
El mosquito ha perdido completamente la vergüenza y campa a sus anchas despabilándome y picándome.
¡Es la guerra!
Ya completamente consciente le espero. O él… o yo.
Siento un cosquilleo en mi mejilla. Acecho paciente. Espero a que proceda y se distraiga.
El autobofetón ha merecido la pena.
¿O no?
Pues no.
Nuevamente ese zumbido me taladra inmiseridorde el cerebro. Me arde la mejilla.
¡Ya está bien! Enciendo la luz pero, como si lo presintiera, el muy cabrón desaparece.
Vuelvo a apagar, vuelve a zumbar.
A oscuras cojo una chancla. Enciendo una linterna y busco con cautela.
Por fin le veo posado en la blanca pared con la tripa a reventar, confiado.
Se escucha un “zas” en el silencio de la noche. Cuando retiro la chancla descubro un círculo rojo en la pared y en el centro…él.
Sonrío satisfecho y, más tranquilo, me quedo dulcemente dormido.
Es el retrato de un hombre alarmado. Mi abuelo estaba sentado en un banco de madera, de aquellos que los fotógrafos tenían como atrezo en su estudio. En el momento del disparo se observa que tiene las manos apoyadas sobre las rodillas, crispadas, convertidas en garras. Los ojos muy abiertos. El blanco y negro no deja apreciar la dilatación de las pupilas que miran con aprensión hacia un lugar concreto: la cabeza del fotógrafo, sobrevolada por un par de moscardas negras, inmensas, asquerosas.
De aquella sesión quedó el retrato de un hombre asqueado. Porque lo que a continuación sucedió fue relatado por el doliente retratista en una habitación del hospital, tras el vano intento de mi abuelo de rematar la corta vida de las moscas que se habían posado, con total descaro, sobre la calvicie sudorosa del fotógrafo.
Pasadas las doce de la noche me vencía la fatiga, pero no quería pasar por incompetente cuando los peces gordos de la empresa leyeran mi informe sobre solución de problemas. Revisé las cifras y los argumentos tantas veces que me las aprendí de memoria. Y cuando estaba a punto de enviarlo por mail, reparé en ese maldito acento que el corrector automático no me había marcado como erróneo. Borré la palabra y la reescribí, tecleando con cuidado, no fuera a ser que estuviera pulsando la tecla de acentuación inconscientemente. Miré a la pantalla. ¡Otra vez, rayos! Busqué las últimas modificaciones de la Real Academia: yo tenía razón, le escupí al corrector automático, “guion” ya no se acentúa. Traté de desactivar el corrector para impedir que arruinara mi esmerado trabajo. No recordaba cómo se hacía, así que perdí otro cuarto de hora probando a ver cómo diablos… Me sentí como una moscarda que se da continuamente de cabezazos contra el cristal sin atinar con la salida. En ese momento, una mosquita diminuta echó a volar de la superficie de mi pantalla… y,¡ menos mal! , que, si no, aún sigo buscando soluciones a problemas que no existen.
Que curiosa la vida se ha convertido en un mundo lleno de máscaras oscuras y claras, no quiere ver más allá de su rutina, no permite explorar la realidad de nuestro ser. Como entender nuestro propio destino, tiempo, final, procesos iguales al universo animal, cambios metamórficos, estructuras, funciones simples, tamaños y colores llenos de luz como las luciérnagas en su esplendor, luz propia simplemente ellas. Vivir, escaso es hacerlo, ¿escaso ver que se trabaje unido, que simple verdad? recuerda nuestros cambios, mundo parecido siiii… las hormigas se convierten en un especial cuento de Hoy.. ¡Sabes! se mantienen unidas luchan sobreviven y aun mejor su rutina es el día a día, compartir no olvidar, proteger, al despertar mi mente de tan solloza agonía de la perdida profunda de mi vida me libere retire mi mascara logre aclarar mis sentidos mi cuerpo se realizo logre ser «yo» luz propia brillante que tocaba las estrellas, volaba tan alto solo fueron minutos para entender lo valioso de mi mundo, mis cambios, mis procesos, la transformación lograda lo alcance me he descubierto. parecidos mi larva mariposa y «yo»
Nací al amanecer, apenas con las primeras luces. Me aferré a la teta de mi madre antes de ir al colegio. A la salida, decidí comer en un bar cercano; si volvía a casa, no llegaría a tiempo al trabajo. A las ocho en punto, fiché para ir a celebrar mi jubilación cenando con la familia. Próxima la medianoche, me dispongo a acostarme y esperar sereno la cercana muerte.
Te decían que eras una temeraria, que cualquier día ibas a tener una desgracia y, no sólo sería para ti, támbien la traerías a todo la comunidad. Tristemente, lo sucedido les dio la razón.
Te cautivaban los sitios calmos donde poder reflexionar y alargar el presente hasta suspenderlo en el tiempo; mientras, los demás no veíamos más allá de nuestros quehaceres. Acostumbrabas a aparecer en la cocina cuando la familia estaba dormida, allí, te dejabas iluminar por la oblicua luz que penetraba por la ventana y se posaba en ti como un finísimo tejido. Te podías quedar largos ratos contemplando en silencio el geométrico vuelo de las moscas queriendo descifrar las figuras que trazaban en el aire. El delicado orbitar de los mosquitos entorno a la fruta te conmovía especialmente, como alguna vez te vi sentir. Nunca supiste que te contemplaba en tu contemplar, y yo nunca supe hacértelo saber, tal vez porque parecías interesada por todo lo ajeno a los tuyos.
Los malos augurios se materializaron aquella noche: estarías absorta en tus pensamientos sin notar los somnolientos pasos que se aproximaban.
-¡Maldita cucaracha!- Resonó en la noche haciéndonos estremecer.-¡Ay qué asco! ¡Toma, toma,…!
Despues de un otoño cortejandola sin sobresaltos llego un invierno especialmente
duro, ella se aletargo y apenas la vi 2 o 3 dias, fueron meses de
soledad y pensamientos. Cuando empezo la primavera sali a la calle,
fui en su busca decidido a declararle mi amor, tal y como habia
planeado palabra por palabra. Alli estaba ella, en su
arbusto, parecia estar esperandome, me regalo una sonrisa y senti
por vez primera ese año, quiza en toda mi vida, el calor del sol
por la mañana. Todo salio bien, hablamos, nos miramos a los ojos,
nos reimos. Sin embargo cuando la propuse hacer el amor alli mismo,
a la vista del mundo, debajo de aquellas hojas me rechazo. Ella era
una delicada mariposa de buena familia con una educacion victoriana
y aquella nuestra primera cita.
Despechado no quiese volver a verla, tiempo despues me dijeron que murio
de pena, pero ya se sabe como son las habladurias, quiza fue de felicidad.
Lo que si es cierto y no se si ese fue el motivo real de su rechazo,
es que aquel dia de abril salvo la vida, pues en bien sabido que entre
los de mi despreciable especie es costumbre en el momento del orgasmo
clavar el aguijon a la hembra.
Un acto reflejo, dicen los biologos.
La mujer escarabajo friccionó sus antenitas contra los costados rechonchos de su cuerpo. Un chirrido de cristales lastimados se elevó sobre la mancha gris que era la tarde en ese momento. Acarició con sus dos manos intermedias ―un poco más cortas que las anteriores― su enorme barriga, y comenzó a secretar huevecillos al interior del cadáver.
Meses atrás, la gitana que sintió bajo la palma de su mano una secuencia de tímidas pataditas, no creyó que aquello fuera un mal augurio.
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