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De momento para los que queráis buscar la inspiración por la red tenéis mucho y variado…
El TEXTO COMPLETO
La BIOGRAFÍA DEL AUTOR
Uno de los numerosos AUDIOLIBROS de la obra
Una VERSIÓN DRAMATIZADA española en blanco y negro
Uno de lo numerosos CORTOS DE ANIMACIÓN
Uno de los numerosos CORTOMETRAJES
Salgo todas las mañanas a la misma hora para ir a trabajar, camino por las calles, viendo como el gentío el ir y venir, el regusto de saber que no estoy solo, el ajetreo constante de los coches y los atascos, hacen que me sienta vivo en esta mi ciudad.
Cuento con los años que he vivido en Madrid, ni mas ni menos que sesenta, he visto de todo y he vivido de todo. Guerra, crisis, transición, el destape… Me he casado y he tenido cuatro hijos a los que adoro, cuatro nietos que tendrán el futuro muy negro si seguimos así, me reconforta que mis ojos no lo verán. Me duele ver como mi país se cae, se seca como una manzana podrida, deseo que todo pase, que pasará, pues así ha ocurrido siempre.
Preferiría no hacerlo, pero hoy es el último día que caminaré para ir a trabajar, de aquí en adelante, lo haré cuando me apetezca, al lado de mi esposa, con mis nietos.
Echaré de menos no volver al trabajo, más de cuarenta años en el mismo sitio es mucho tiempo, me entristece que haya caído también.
Ojalá pronto todo vuelva a ser como antes.
Este título podría interpretarse de varias maneras. Podría ser las primeras palabras que un bebé de cinco meses pronuncia o el comienzo del estribillo de las canciones con que «Aqua» o «Cartoons» nos flajelaban; pero no es el caso. Hace referencia a la duda, a la gran y reiterada duda que permito se hinque en lo más profundo de mi, como una garrapata hinca su cabeza bajo la piel. Convirtiéndose así en el equívoco motor «real» de mi vida. Preferiría no hacerlo; dime cómo.
– Vete por favor, no quiero que presencies esto.
Tus ojos color miel traspasan mis sentidos y tus palabras cargadas de tristeza hacen que mi corazón se encoja.
Es el aspecto más desgarrador de tu enfermedad la que se asoma cada noche en tu busca y nos acecha detrás de la puerta.
El miedo, el sufrimiento y los nervios muerden mi piel, preferiría no hacerlo pero tengo que plantarle cara a esto.
Preparo mis armas como un caballero de la Edad Media, el amor, la ternura, el cariño y la paciencia son mis utensilios de batalla junto con tu tesón y tus ganas de vivir para salir victoriosos.
Y una mañana despiertas, ya pasó todo, el sufrimiento se escapó habilmente por las rendijas de la persiana y llegó la claridad del día.
Vi tu sonrisa clara y abierta y me acerqué para besar tus labios totalmente enamorada.
Me tendiste tu mano fuerte y segura. Miramos a través de la ventana y volamos juntos lejos, muy lejos al país de los sueños para columpiarnos sobre las cuerdas de la esperanza y comenzar de nuevo.
RELATO FUERA DE CONCURSO
-Preparar el almuerzo.
-Repasar los bajos del pantalón.
-Encajar los horarios de la piscina.
-Fregar el suelo de la salita.
-Estudiar para el exámen de inglés.
-Recoger el estropicio de los gatos.
-Insistir a Marta para que recoja el cuarto.
-Reñir a Alfonso por las notas.
-Ir al médico por si…
-Airear el sótano.
-No olvidarme de la vacuna de los gatos.
-Organizar el cajón de las medicinas.
-Hilvanar el vestido para la boda del domingo.
-Adecentar un poco el coche.
-Comer menos.
-Engrasar la cerradura de la verja.
-Recalentar las sobras de la cena de ayer.
-Lavar las sillas del patio.
-Olvidarme de las ganas de escribir.
RELATO FUERA DE CONCURSO
Clavó pupila al diccionario leyendo con detenimiento la definición de una palabra hasta entonces desconocida por innecesaria,
“1- Quitar a uno la esperanza de conseguir lo que desea”.
“2- Considerar el médico al enfermo sin esperanza de salvación…”.
No llegó a la tercera acepción cuando, apretando los dientes con la rabia de toda una vida de trabajo acumulada al lomo, decidió el final de su historia. Tras arrojar todas las pastillas a la basura procedió a salir de su casa cargando las alforjas de la memoria, negras como sus uñas de currela, con la imagen de Alba y sus padres abandonando la puerta colindante con su mundo. Pisaba ojeras camino de su destino cuando acarició el hierro en el bolsillo de su chaqueta y decidió que éste sería el último desahucio. Al menos para él.
La entrada en la sucursal bancaria le supo a salida por la puerta grande. Andares orgullosos y mirada limpia que se enfrenta con los pequeños y sucios ojos del orondo director.
—“Hombre, don Tomás… usted dirá qué le trae por aquí”.
—“Preferiría no hacerlo, pero si insiste…”.
Desde hace generaciones mi familia tiene la obligación de vigilar la ventana en el piso tercero del edificio. Es ahí donde está la silueta, inalterable, siempre en la misma posición. Durante cientos de años ha recaído sobre cada primogénito la labor de habitar lo más cerca posible de este lugar, sin perderlo de vista. Una vez al año hay que recorrer esos pocos metros, subir por las escaleras, entrar en la habitación que se vislumbra apenas tras los cristales y hacer la misma pregunta: Señor Bartleby ¿no cree que ya es el momento de abandonar este lugar? Siempre contesta lo mismo: preferiría no hacerlo. Tras esta respuesta regresamos de nuevo a casa, con la esperanza de que si le damos más tiempo la próxima vez la contestación sea distinta. Ya no recuerdo cuándo comenzó todo, ni qué sentido tiene seguir aquí. Mi vida ha sido cumplir esa rutina, pero estoy cansado, mis piernas apenas tienen fuerzas para hacer tan corto camino y no queda ningún pri
mogénito que continúe la labor. Esta herencia inexorable llega a su punto final, cualquier día el edificio desaparecerá de pura decrepitud igual que este mundo donde ahora solo quedamos Bartleby y yo.
Por el patio empedrado de la vieja casa de campo, caminaba inquieta y clueca la gallina con sus pollitos. Lograba meter bajo su ala a los diez vástagos cada vez que decidía taparlos. Allí, quietos y agasajados, permanecían hasta que la clueca se levantaba a picotear algún grano o pequeñas piedrecitas que, hábilmente y con suma constancia, seleccionaba con su pico.
La abuela decidió atar una tira larga de tela raída a una pata de la gallina, anudándola también a la pata de una pesada banqueta de madera de tea para que el animal no se alejara del patio.
El nieto pequeño, venido de la capital, apenas empezando a hablar y a corretear por los alrededores, pasaba unos días con ella. A un descuido de la abuela, se hizo con uno de los polluelos y apretándolo contra sí mismo, lo dejó exhausto y sin vida. ¡Abuela no funciona! Gritó el pequeño inconsciente una vez lo hubo dejado en el suelo desmadejado.
Su abuela, con tristeza y a la vez entendiendo la corta experiencia del nieto, relata la amarga historia a su vecina, insistiendo entristecida que hubiera preferido no haberlo visto, pero el caso es que el daño ya estaba hecho.
El jefe del departamento se lo advirtió: —Es una labor harto difícil, y no es cualquiera empleado el que posee la entereza para realizarlo… —Y le expuso el interior del horno crematorio y el funcionario se estremeció. Durante un tiempo, su misión fue salvar a la mayor cantidad y hacerlas llegar a su destino; para ello no dudó en instalarse su morada en aquel lugar. Bajo el escritorio, una frazada; en una silla, una palangana, jabón y una toalla; algunos adminículos de aseo dental, y un biombo para protegerse de las inclemencias de las miradas. Así podía dedicarse entero a examinar cada caso, rastrear las pistas hacia algún destinatario. Poco a poco, perdió la dirección de su propia existencia entre tanta soledad de historias inconexas. Entonces, operó el instinto de supervivencia: entregaba al fuego a muchas, aún con esperanzas, con tal de proveerse de víveres y cualquier cosa que le fuera útil, y se parapetó detrás del biombo con una lata
de bizcochos de jengibre, hasta que el mismo director del correo le vino a suplicar:
—Márchese de aquí, por favor, y que Dios lo bendiga.
Entonces Bartleby contestó:
—Preferiría no hacerlo.
Lidia y Juan se prometieron amor eterno. No eran matrimonio, ni siquiera pareja, cada cual tenía la suya. Pero juraron ser amantes perpetuos. Siempre, siempre y por encima de todo, podrían citarse. Durante años no hubo problema alguno, e indistintamente se reclamaron para saciar sus deseos más instintivos. Ella sigue reclamándolo con frecuencia insaciable. Juan accede, fiel a su palabra, pero cada vez le cuesta más. Desde que ella murió le resulta extraño.
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