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Me he levantado sin pereza aunque he dormido mal esta noche. Después de una ducha revitalizante me he puesto el vestido más bonito que he encontrado en el armario. Uno blanco, tipo ibicenco que confeccionó mi madre. Blanquísimo que azulea, con la falda llena de volantes y puntillas y los hombros cubiertos por un fino encaje que deja adivinar mi piel. Es un rito, una costumbre sagrada, vestirme con lo que más me gusta en días tan desasosegantes como este.
El autobús está lleno como es habitual y aunque he conseguido sentarme, los nervios no me dejan para los pies.
Al llegar me he sentado frente a él, sola frente a él, que ha hecho una pregunta.
Es todo lo que recuerdo, que ha hecho una pregunta y que las cintas de raso de mi vestido volaban con la brisa como si quisieran escapar del lugar.
Lo he mirado fijamente y él con sus ojos ha insistido en que le conteste.
En sesenta segundos eternos, he recorrido palmo a palmo los renglones con la mente pero no he hallado la respuesta.
Preferiría no hacerlo señorita, me ha dicho solemne, pero no me deja otra opción. Tendrá que volver en septiembre.
Hubiera preferido no hacerlo. Era el último vestigio de humanidad en aquel mundo.
Lo lanzó al agua, y esta se fue tornando oscura. Truenos, relámpagos y vientos azotaron las costas y levantaron espumas cenicientas. Eran las pruebas de lo vivido: las guerras, con su color rojo y sanguinolento, las traiciones, que espumaron de verde los rápidos, las envidias, amarillas como el último tono del cielo en poniente, la frialdad azul del desamor helado. La negrura del odio, allá donde la sima era más insondable.
Todas las caídas, las angustias, los grises de la indiferencia, los marrones de la intolerancia.
Se arrepintió de su trabajo. Había polucionado lo anodino con aquel despojo. Contempló abrumado el triste efecto, hasta que percibió que en un pequeño recodo algo comenzaba a brillar y agitarse, minúsculo pero con la fuerza de lo que renace. Vislumbró en la última página del libro que se deshacía, como una palabra pujaba por sobrevivir. La fue deletreando con emoción mientras el agua iba transmutándose en colores limpios de esperanza.
Se lo había prometido. Y ahí andaba, luchándolo. Si sonaba el móvil se ponía a silbar evitando así caer en la tentación de sacárselo del bolso. El ordenador procuraba no tocarlo para no mirarle el correo. Pero aquel día anduvo olisqueando todo el día la carta urgente que llegó por la mañana. No la abrió porque así lo habían acordado. La escudriñó durante mucho tiempo y al final le pareció percibir un perfume de aftershave. El aroma le pareció animal y empezó a imaginarse un ejemplar de hombre con mirada lasciva que no sacaba por nada los bigotes del escote de su novia. Las horas dilatadas de espera le sirvieron para componer una historia de traiciones y vileza imperdonables. Nada más cruzar la puerta le cruzó la cara. Ella le abandonó. Y él lo sintió mucho. En su soledad mostraba arrepentimiento y lamentaba sus actos. Sin embargo, estaba seguro que nadie se habría resistido ante pruebas tan concluyentes.
Lo miro acostado en el piso sin moverse. Se ve tan inofensivo. Finalmente guarda silencio, dejo el sartén sobre la mesa. Me inclino hacia él, no hay sangre en su cabeza, no veo marca de los golpes.
Durante cuarenta y cinco años lo cuidé, lo obedecí, aguanté sus golpes y malos modos. Levanté las cosas que él tiraba, le cociné
Mucho tiempo lo quise, aunque hace mucho que ya no.
Si ya se había ido ¡caray! Y volvió para seguir molestando. Siempre enojado, pidiendo, exigiendo.
¡Con las veces que le pedí a San Judas que encontrara otra mujer y se quedara lejos!
Ahora ya viejo, le entró el sentimentalismo y quería que lo acompañara de día y noche.
Yo, ya me cansé.
Así que ahora, que comía su merienda y me gritaba, un trocito de comida se le fue chueco y
¡Quería vomitar! En el piso limpio de mi cocina. ¡Eso no! Tuve que taparle la boca para que no escupiera, se resistió. Tuve que usar toda mi fuerza y controlarlo con el sartén. Tosió y luchó hasta que cayó al piso.
Siempre he limpiado sus desastres y hoy…preferiría no hacerlo.
Me acerqué demasiado al filo del abismo intentando acabar con todo y conmigo mismo, pero empañando mis ojos, como si de un vértigo repentino se tratara, aparecieron contundentes los cientos de buenos recuerdos que, bien doblados, permanecían guardados entre la maraña de malos pensamientos, invasores desde hacía tiempo de aquel desván desordenado en el interior de mi cabeza. Revolotearon unos instantes susurrándome al oído con insistencia: Seguro que preferirías no hacerlo, como una letanía maravillosa que me tuvo en trance un buen rato, preferirías no hacerlo, preferirías no hacerlo… Logrando convencerme de dar marcha atrás.
Así que arrojé al vacío aquella pesadumbre negra como un cuervo, que voló seguramente lejos, muy lejos, dejando un espacio diáfano donde antes estuvo su nido, y comencé a sacudir las telarañas de aquel artesonado complejo y magnífico, recolocando mis cosas en un ambiente ahora muy distinto.
(Hace 200 años, los escoceses construyeron un faro mar adentro. Su base solo es visible cuando baja la marea.)
Cuentan que trabajaba allí para superar el pánico al agua que padecía desde niño. Pero la vio nadando desde la linterna, y a partir de entonces, cuando el temible Mar del Norte llegaba al primer piso, abría la ventana para acariciar sus escamas.
Dicen que la sirena tenía demasiado miedo al aire para alcanzar tierra firme, pero al alejarse arrastrada por las olas suplicaba: \»Arrójate\». Que pasaron muchos años amándose solo durante la pleamar, hasta que una mañana encontraron sus cadáveres ancianos tendidos sobre la roca. Nadie sabe si saltó al fin y la sirena arrastró su cuerpo ahogado para expirar juntos, o fue ella quien no quiso desprenderse de su cuello, y viéndola asfixiada entre sus brazos el infeliz se precipitó al océano.
En Arbroath aseguran que vencieron al miedo mucho antes, y vivieron juntos entre mar y tierra hasta que sencillamente llegó su hora. Y mirando hacia la luz de Bell Rock, hoy tristemente automatizada desde una lejana central en Edimburgo, se consuelan pensando que, suceda lo que suceda, el amor siempre nos permitirá respirar en un mundo irrespirable.
Mario se interna en el mundo secreto de su padre. Espera encontrar un resquicio de pensamiento asomado y descubrir los que están retenidos por la barrera de oscuridad. Preferiría no hacerlo porque explorará los que le coaccionaron en su infancia y tocará los que hicieron estallar las tremendas batallas libradas en su adolescencia.
Siente la calidez de la mano que mantiene apretada, la misma que le llenaba de confianza camino del colegio y se adentra en la espesura de los pensamientos paternos cantando “Mambrú se fue a la guerra”, la canción que cantaban a voz en grito durante los interminables viajes de veraneo familiar.
Avanza entre el bosque de densidad sólida y encuentra al fin la tronera por la que asoma una punta de lucidez rodeada de ramas secas, pensamientos antiguos y Mario canta. Vuelven a cantar los dos a voz en grito esa canción antigua, luminosa y frágil que les une eternamente.
¿Arrepentirme de haberte conocido? Preferiría no hacerlo. La distancia que siempre nos ha separado, pudo suponernos el dolor que provoca la lejanía, el sinsabor de los reproches de amigos y familiares.
Cuatro mil kilómetros no parecen mucho cuando son sólo palabras. Físicamente son un muro de responsabilidad, compromiso y seguridad.
¿Arrepentirme de sentir lo que estoy sintiendo? Preferiría no hacerlo. Es un sentimiento no explorado antes y del que temo no volver a sentir por otra persona que no seas tú. Ignoro si todo está fundado en algo real y tangible, o si es solo un sueño que añoro.
Todos me aconsejan, me advierten de los peligros de una relación a distancia como la que tenemos, ¿lo hacen por mi bien o por su tranquilidad?
Podría decirte todo esto mientras conversamos esta noche, preferiría no hacerlo. Cuando hablo contigo soy tan dichosa, que estos momentos de felicidad, prefiero no empañarlos con dudas.
La decisión, el riesgo, los obstáculos, son nuestros. Ellos serán abatidos por nuestra honestidad, confianza y amor del uno por el otro.
Mi respuesta es no. No me arrepiento de haberte conocido, de sentir lo que siento…y sí, Si quiero compartir mi vida contigo.
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