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La escasa luz y la soledad hicieron que me sintiese actuando ante una congregación de fantasmas que en aquel momento estuviesen aplaudiendo mi aparición. Por un momento creí ver a alguien cruzando la entrada que yo atravesé una vez, pero me sobresaltó una sirena lejana que parecía estar presentando mi número a gritos. A pesar de todo me reconfortó el sonido familiar.
El local estaba cerrado, ni siquiera el eco de mi presencia habitaba allí. Una sensación a lugar muerto me oprimía, pero solo podía esperar a que abriesen.
Me pregunté sonriendo qué pensaría Rosa cuando aquel mago me hizo desaparecer.
A.B.S. comenzó su carrera siendo apenas un barbilampiño chaval.
Tantas horas vivió en la calle que sabía reconocer, aún con los ojos cerrados, en qué esquina, plaza o calle se encontraba.
Supermercados, farmacias, bares, joyerías, coches… Cualquier lugar era bueno.
Fue sumando penas hasta convertirse en el preso con más condenas de su galería.
Y así, consumiendo vida, logró saldar su cuenta.
Cuando escuchó el cierre de la verja a sus espaldas se imbuyó del fresco aroma de la libertad. Pero ahora la ciudad era otra. Marchó despacio observándolo todo… Hombres y mujeres caminando, mecánicamente, por fríos carriles imaginarios en uno y otro sentido, deprisa, sin mirarse apenas las caras.
Por primera vez, en mucho tiempo, se sintió perdido…
Semanas después, un hombre que respondía a las siglas A.B.S., fue detenido cuando se disponía a atracar una Caja Rural. Un policía de paisano se percató del incidente y redujo al anciano, que no opuso resistencia.
Con sus antecedentes fue devuelto de inmediato a su celda.
Regresó feliz mientras, esposado, recorría los trillados corredores girando el cuello y reclamando las miradas cómplices de sus amigos, su gran familia, a los que saludaba elevando sus cejas en un gesto de arraigado cariño.
– Mamá…
– Dime hijo.
-¿Qué es volver?, mañana lo daremos en clase.
– Es regresar de donde partes.
– ¿Papá volverá?
– No cariño.
– ¿Por qué?
– Porque está en el fondo del mar y no hay camino de vuelta.
– Ya. Cuando se fue su barco, la estela que dejaba era el camino que desaparecía…
¿Por eso no puede regresar?
– Sí hijo, por eso.
– Mamá, ¿estás llorando para hacer un camino de lágrimas hasta papá?
– ¡…!
– No lo hagas mamá, secaré tus lágrimas porque si no…, tampoco podrías volver.
No quiero regresar. Y me aferro con fuerza a sus brazos. No es mi madre, pero quisiera que lo fuera. No es mi país, pero aquí podría ser feliz. No vería más la guerra, el dolor, la miseria y la huida.
Tengo que volver, no hay otra solución. Debo agradecer mi suerte pero no puedo. Odio a todos, a los unos por destrozar mi infancia, y a los otros, por enseñarme que hay otra forma de vida, que difícilmente tendré.
Aquella gris tarde de septiembre volvió a Granada tras veinte años de ausencia. La Alhambra seguía alzándose majestuosa e inconmovible, observando, apática, su regreso. En primer lugar, se dirigió al bar donde tantas horas pasara en su juventud rodeada de amigos, pero aquel ya no era su sitio. Los camareros le resultaron desconocidos y los jóvenes la señalaban y cuchicheaban riendo: era demasiado mayor para estar allí. Después se dirigió a casa: vacía y cubierta de polvo le recordó que una vez tuvo una familia. Comprendió, entonces, que no debía haber vuelto, ya que no le esperaba ni el abrazo materno ni la sonrisa de un amigo ni la felicidad de regresar a los brazos del ser amado. Se marchó a otra ciudad segura ya de quien era: alguien que jamás tendría que volver a ningún sitio, un corazón apátrida.
Me quitan el mar.
Me separan de junto al mar.
Cuando empecé a caminar con dificultad aún podía nadar, y eso parecía devolverme la fuerza perdida con los años.
Toda mi vida escuchando sus rumores.
Toda la vida sintiendo su oleaje.
Y por cariño me alejan del mar.
Quiero a mis hijos y ellos me quieren, pero el mar parece estar conmigo, ser conmigo, y ahora no lo tendré.
Yo mismo los animé a que buscaran su vida en la ciudad, lejos del mar, quizá ese feo consejo sea la causa de este castigo.
Ahora sí que siento ser viejo, estar solo, no poder andar.
Ellos me cuidarán con cariñosa justicia, pero echaré de menos la injusticia del mar, aunque me hundiera en él como una vieja barca.
Intentaré no hundirme a partir de ahora recordándote, mar.
(Mensaje encontrado en una botella en el Atlántico por el pesquero Garoña).
VAN LOS ECOS EN BUSCA DE LA VOZ
Lo enrollé despacito, con la meticulosa calma con la que envuelvo la carne picada con los canelones.
Lo bajé al trastero y lo encerré con tus recuerdos.
Al llegar la primavera lo volví a ver en el rellano, frente a la puerta. Bienvenido rezaba el felpudo. Una sola vuelta a la llave me advirtió que habías vuelto.
La llave se quedó atascada en la cerradura. El anciano dejó la maleta sobre el tranco y oteó las casas encaladas del pueblo. Sus ojos se cruzaron con los de una anciana, vestida de luto, que regaba los geranios de su portal.
Él se le acercó.
— Buenos días señora, ¿Tendría aceite para engrasar?
—No sé si le servirá. Esa puerta no se abre desde hace mucho.
Le invitó a entrar.
La mujer rebuscó en un armario; mientras tanto, el hombre observaba una foto de boda. Se estremeció.
—En aquella casa vivió un joven con el que novié antes de casarme. Un día se marchó. Me prometió volver cuando pudiera darme una vida de princesa.
El anciano la escuchaba, embebido en la imagen de la joven del retrato; en su pelo azabache, en su sonrisa cautivadora.
—Todavía espero su regreso —Sus ojos brillaban—. Ver de nuevo su gallardía, su pelo rubio, sus fuertes brazos…
Cuando se volvió para entregarle la aceitera, el hombre ya se había ido.
Salió a la calle y lo vio alejarse cargado con su maleta. Algo le vino a la boca pero murió en sus labios.
Rostros extraños, sonrisas ajenas, luces de colores; es navidad en esta sociedad que no me invitó. Camino por la calle como si fuera un perro abandonado en una carretera hostil. Nadie me dará trabajo y menos en estos tiempos, ¿y amor? ¿y simpatía? Aquí nadie me invitará siquiera a un partido de futbito en el patio. Nadie me dará un cigarro cuando ande corto como suelen hacer los latinos. Aquí no habrá partidas de poker ni porros compartidos. Esos escaparates están llenos de cosas que no son para mí; yo sólo puedo aspirar a pedírselas a la dependienta con un cuchillo en la mano y esperar, no huir…esperar pacientemente a que llegue un madero y me grite mientras me apunta, me tire al suelo, me espose y me meta en el coche. Y pronto volveré a estar en mi mundo.
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