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La mujer que se iluminaba por dentro caminaba siempre desnuda y envuelta en una nube de polillas. Había sido una muchachita normal, pero un día, sin saberse cómo ni porqué, amaneció emitiendo aquella luz intensa que atraía a los insectos y quemaba los tejidos. Con los años se había acostumbrado a vivir sin pudor y hasta sin palabra, pues en cuanto abría la boca se atragantaba con sus mariposillas. Así, con su mudez impuesta, la desdichada pasaba las noches insomne a causa de su propia claridad, y los días buscando sin que nadie supiese lo que buscaba. Abría y cerraba los cajones. Entraba en la iglesia y en el ayuntamiento. Subía a los árboles para husmear en los nidos de los pájaros. Jamás descansaba.
Aquella noche me la encontré registrando mi jardín. En medio del silencio y los insectos se podía escuchar cómo sollozaba quedito. Entonces se me ocurrió la feliz idea: extendí el dedo índice, pulsé con firmeza en su ombligo, y con un leve ¡clic! la mujer se apagó de inmediato.
—¡Lo has encontrado! —exclamó alborozada. Y me besó muchas veces sin quemarme, como cuando éramos novios, mientras las polillas huían revoloteando hacia las farolas del pueblo.
Cada hora que pasa el calor es más asfixiante. Los insectos revolotean alrededor de los cadáveres como una jauría de lobos hambrientos. El hedor es irrespirable y el sol parece un soplete. Cada vez somos menos y hace días que se han terminado todos los víveres. En el grupo comienzan a aflorar las fricciones. Iñaki, sin avisar, se ha bebido el agua de la única cantimplora. María no se fía de nadie y se aleja unos metros hasta una duna que se alza en el horizonte como un peñasco gigante. Aitor, con su rostro demacrado y su asma, parece el más débil. Tal vez no llegue a mañana. Un buitre se acaba de posar junto al cuerpo de Mamen. Algunas puertas nunca deberían abrirse. El responsable de recursos humanos de la empresa lo dejó muy claro: para el puesto de auxiliar administrativo sólo podía quedar uno.
Cuando comenzó su vuelo aquella mariposa tenía sus alas transparentes, de color azul cielo. Volaba por los jardines saludando a las flores más bellas, era cálida, dulce, romántica. Con el paso de los años todavía vuela por el jardín, pero ahora de vez en cuando tiene que refugiarse entre los matorrales porque algunos insectos, la persiguen con su aguijón para clavárselo haciéndole daño. Sus alas se han tupido, perdiendo el color, su vuelo ya no es tan alto. Oprimida se siente. Pasó de ser una mariposa a una libélula y en un estanque se quedó.
La carta llevaba una mariposa como sello. Sin abrirla liberó al insecto. Luego quemó el estorbo y dejó volar su imaginación.
http://unamariposacomosello.blogspot.com.es/ –http://maresdepeces.blogspot.com.es/
Hubo muchos. De complexión atlética y músculos hercúleos. De aspecto aniñado y fragilidad infantil. Descarados. Tiernos. Apasionados. Canallas. No podía evitar el impulso de hacerlos suyos, cada uno tenía un atractivo, un punto diferente, algo misterioso, ella acudía a la llamada de sus instintos y hasta que no los tenía entre las sábanas no hallaba la paz. Empezaron los rumores. Los silencios a su paso. Se corrió la voz y el tiempo desde su última conquista ganaba casillas en el calendario. Todos la rehuían. Hasta que llegó aquel joven espigado y vigoroso con aire bohemio y algo despistado; con dificultad por el idioma consiguió explicar que estaba de paso; pero se quedó, se rindió a ella fascinado. No llegó a saber que la apodaban Mantis.
Le esperaba. Lleva todo el día rondándome con su timidez, aprovechando la más mínima ocasión para cruzarse conmigo, para tocarme. Finjo estar dormida mientras escucho como se desliza de forma sigilosa por la oscura habitación. Siento un sudor frío que refresca como un riachuelo cada una de mis vértebras.
Él también está nervioso, indeciso. Roza la tersura de mis muslos a través de la sábana, luego mi vientre. Pero no se decide. Noto que se distancia de mí por un breve instante que se me hace eterno.
Vuelve. Esta vez se acerca con todo su aplomo, seguro de sí mismo. Me acaricia el brazo. Se detiene. Yo ya no puedo contenerme más. Abro los ojos. Le miro fijamente. Me abalanzo con el brazo que me queda libre hacia él.
No puedo evitar esbozar una pérfida sonrisa de satisfacción al ver cómo ha caído rendido a mis encantos. Una mujer sabe muy bien cómo debe usar sus armas. Sobre todo el matamoscas.
Todo había cambiado, ya nada era igual y cualquier recuerdo del pasado resultaba imposible. ¿Qué había sucedido? Las nuevas generaciones no tenían ni idea y de haberla tenido, en absoluto les hubiera servido, puesto que no podían entenderlo.
Para quienes observaban desde el espacio, la historia del tercer planeta, (ese que gira alrededor de una bola incandescente) sólo seguía su curso: los habitantes de aquel sitio habían evitado la catástrofe nuclear, pero poco después, terminaron de destruir su ambiente debido a la contaminación y al descuido de la naturaleza. Pronto el agua y la comida se acabaron, la tierra no fue cultivable y no tuvieron otra alternativa más que comerse entre sí para sobrevivir… hasta que el penúltimo fue devorado por el último y éste murió.
No obstante, la vida continuó, ahora con los insectos, quienes dominaban el lugar; pero lo hacían de una manera especial, rara, diferente de las hasta ese momento conocidas.
Trataban de imponerse, se lastimaban, se agredían y se mataban. Arrasaban con todo a su paso e incluso, alguien vio como se alimentaban unos de otros.
Adelina tenía una pasión: la restauración. Encontró un reloj de pared precioso con un marco de madera tallado pero muy estropeado.
Se lo llevó al taller y lo contempló. La maquinaria parecía estar en buen estado. La limpió y engrasó y lo puso en hora. A la una vio fascinada que sonaba una campanada y que se abría un cajón disimulado en la parte inferior. De él salió una mosca enorme. Intentó abrirlo de nuevo y no pudo. Por más que buscó resortes ocultos, no encontró ninguna rendija ni botón que accionar.
A las dos sonaron dos campanadas, se abrió el cajón y salieron volando dos moscones. Agitó el reloj pero no parecía haber nada en su interior. Olvidó ir a comer y siguió dándole vueltas. Pasaron las horas y siguió repitiéndose el ritual: campanadas y mismo número de moscas que se quedaban revoloteando sobre ella.
La trabajadora social estaba preocupada. Hacía dos días que Adelina no había aparecido por el centro ni a la hora de comer. Fue a su casa y empujó la puerta. Ahí estaba, rodeada de los montones de cachivaches que recogía en la basura, muerta y con un velo negro que, zumbando, flotaba sobre ella.
Me llamo Juani y soy un pthirus pubis, o sea, una ladilla. Ya sé que nada más conocer lo que soy, muchos no querrán saber más de mí: por apestosa, guarra, impúdica…, pero tan solo soy un pobre y débil insecto con problemas como los de cualquiera: dónde conseguir comida, dónde esconderme…
No soy culpable de ser un anopluro ectoparásito de los seres humanos. Supongo que alguien me creó por alguna razón, y, a decir verdad, no fue muy generoso conmigo. Soy tan lenta que tan solo puedo desplazarme aproximadamente un centímetro en todo un día, y si me equivoco de dirección, ya os podéis imaginar el esfuerzo inútil que eso supone. Soy capaz de poner unos quince mil huevos y, encima, me llaman parásito: cosa que me molesta enormemente.
Claro, que también me molesta cuando me llaman \»piojo del pubis\», por ser en esa zona dónde suelo habitar. Pero, no lo hago por vicio, ¡por favor creedme!, sino que es en esos lugares en dónde encuentro la razón de mi existencia y, sobre todo, descubro a los seres humanos tal y como son, y no como aparentan ser.
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