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Todo empezó cuando me trasplantaron las dos manos. En tan solo dos semanas ya era capaz de escribir y manipular objetos casi con normalidad. Sin embargo, aquello no era lo más asombroso. Al poco tiempo descubrí que podía tocar el piano, a pesar de no haberlo hecho en mi vida. Luego me pasó lo mismo con los malabares y la papiroflexia. Incluso llegué a hacer algún truco de magia. Mi mujer y mis hijos están encantados con el cambio. Es más, ella se ha vuelto a enamorar de mí. Bueno, mejor dicho, de mis manos. Tanto es así que ahora ya no quiere besos, solo caricias. Además me exige a todas horas que le haga masajes. Qué manos tienes, me dice. Ella lo ignora, pero sueño con que todo vuelva a ser como antes. Hoy me ha pedido que recorte los setos del jardín. Al coger las tijeras de podar y comprobar lo afiladas que estaban, he sentido un cosquilleo por todo el cuerpo.
Asomaba al mundo de los vivos para pasearme por cementerios y lúgubres alamedas. Creía perseguir el amor, pero mis conquistas tan sólo acertaban a despertar mi ira y mi sed de venganza.
Resultaba químicamente irresistible para aquellos que navegaban por submundos de fetidez. Basureros, forenses, enterradores. Todos ellos caían, irremediablemente, bajo el hechizo de mi fétido hálito, fascinados por mi nauseabunda trampa mortal. Culminaba el cortejo con un beso letal que me devolvía a mi mundo de ultratumba sola, insatisfecha. Profundamente infeliz.
Hasta que llegó él. El taxidermista. Lo descubrí una noche de luna en un bulevar olvidado. Subyugado por mi podredumbre, no pudo reprimir el deseo de reconstruirme. Me ofreció la inmortalidad. Su rostro pálido me suplicaba y supe que mi búsqueda había terminado. Decidí seguirlo.
El resplandor de la luna dibujó mi imagen en sus pupilas. Y me vi como él me veía. Ajada. Descompuesta. Necrótica. Me retiré sobresaltada, inundada por la abrumadora realidad de mi putrefacción. Estiró su mano, rozando mis huesudas falanges, atrayéndome hacia él.
“Preferiría no hacerlo”, mentí antes de huir.
Aquella noche, los gusanos y larvas que descansaban en mis cuencas orbitales perecieron ahogados por un torrente de lágrimas.
Ignoraba que aún pudiera llorar.
Le toca vigilarlas hasta que les llega su hora. ‘Probar la mercancía’, como dice su ‘boss’.
Les echa miradas amenazantes a través de los barrotes. Pero es una pose. En el fondo, está muerto de miedo. Por ellas, por todas las que llegan y llegarán. Asustadas, engañadas, atrapadas… Y por él. Si alguien sospechara que, en el fondo, lo que desea es ayudarlas… Y denunciar a la organización. Unos mafiosos, traficantes sin escrúpulos.
Teme, sobre todo, el momento en que su ‘boss’ le diga: ‘Aprieta el gatillo’. Se estremece de pensar en esa posibilidad. Aún no entiende cómo ha acabado juntándose con esa gente. Está atrapado. Por malas decisiones, encadenadas una tras otra. Por confiado. Por cobarde…
Voces airadas le sacan de su ensimismamiento. Otra ‘carga’ nueva llega.
— ¡Carne fresca!, anuncia su ‘boss’ a gritos.
Risas y comentarios obscenos celebran sus palabras.
— Venga, chaval. Te toca estrenarte. Ya va siendo hora.
Le tiende una brillante y pesada semiautomática y una bolsa de plástico.
Traga saliva, se pone pálido. Mira a unos y otras. Mira a su ‘boss’, y, sosteniéndole la mirada, contesta:
—Preferiría no hacerlo…
Y se desmaya, cayendo al suelo con los pantalones mojados.
Me encontraba en una encrucijada, la verdad es que preferiría no hacerlo, pero alguien tendría que llevarlo a cabo y ese alguien era yo.
Ya había pasado el tiempo de las dudas, la decisión se había tomado hace tiempo, nadie está por encima de la justicia. Yo seré el primero en salirme de la fila pero estoy seguro que otros me seguirán y los injustos no se volverán a ir de rositas nunca más.
Pero aun preferiría no hacerlo. Pero lo hare. Hoy se acaba el tiempo de los injustos.
El viento helado se colaba por las rendijas de la ventana. Ululaba entre los árboles de la calle que llevaba hasta la casa. Acostada hecha un ovillo escuché las doce campanadas. Mi mano transpiraba sudor frío. Sentí la llave penetrar en la cerradura, sus pasos inequívocos chocándose todo lo que encontraba en su camino. Lo imaginé sobre mí. Su lengua lasciva, oliendo a alcohol. Sus manos ásperas, torpes, golpeándome de nuevo. Preferiría no hacerlo, pero mañana saldré en los diarios. Y apreté firme el mango del cuchillo que tenía bajo mi almohada.
Dejé la cámara en el suelo, preferí no hacer fotos; cubrí su cuerpo con la cazadora que se anclaba a mi cintura. Sus grandes ojos verdes me miraron con una belleza indescriptible. La media luna asomaba tímida. El bombardeo cesó y cuando volví la cabeza para acomodarlo entre mis brazos, pude ver las estrellas reflejadas en su pupila, dormida.
Con ocho años decidió hablarme. De no ser por la trágica muerte de su padre, igual nunca me hubiese dirigido la palabra. Aquel salto al vacío, me convirtió en su confesor. Un día, entre sollozos, me corroboró la infidelidad de su madrastra. Hablar era lo suyo. En compañía del silencio nos sentíamos muy solos.
Hoy pudo haber sido su día feliz. La psicóloga prometió visitarnos. Cuando entre sus habituales balbuceos, afloró la noticia; no puede contener mi regocijo, y con derroche de maña tenebrista acicalé cuanto pude su patética figura. ¡Al fin una visita! La primera en muchos años.Venía a darle la enhorabuena por su cuarenta y cinco cumpleaños.
Pero todo salió mal. Para él… ellas, todas, no eran más que malas hembras. Fue alternando empujones con injurias hasta que la echó de casa. Yo también me llevé mi parte… Pero solo hasta que su corazón le dejó inerte. A punto estuve de sofocar con palabras de ánimo su incontrolable desatino; pero temía matarlo del susto ¿Acaso las sombras hablan? Ya da igual. Él nunca sabrá que aprendí a hablar.
La miro y no la reconozco, sentada todo el día frente al televisor, apestando a licor y a sudor. La he increpado en varias ocasiones, pero la muy zorra calla y muequea un gesto baladí de chiflada. Está más desaliñada y sucia que cualquier vagabunda de la calle. Ha dejado de cocinar y ni limpia, ni hace la compra, ni se asea. En cuanto al sexo, con su aspecto, me ha dejado de interesar.
Ayer, la agarré de la grasienta bata y la metí en la ducha. Ni se inmutó. Media hora más tarde allí permanecía, quieta como una efigie, bajo el agua. La saqué de los pelos y la empujé hacia la butaca. Me miró con una inmensa sonrisa de bobalicona y prosiguió viendo la tele como si nada.
La prefería antes, cuando me hacía frente amenazando siempre con abandonarme…
«¡Ahí te quedas, maldita imbécil!»
Cuando tuvo la certeza de que el hombre no regresaría, se levantó del sillón, apagó la tele, se aseó, abrió las ventanas y bajó a comprar algo de comida. Los días anteriores creyó que iba a volverse loca permaneciendo al lado de un hombre al que aborrecía, pero que jamás le concedería el divorcio.
«Mi modo de ver la vida»http://platonenmismanos.blogspot.com.es/
La primera vez que el jovencísimo soldado inflige la penúltima vejación altotecnológica al prisionero inmovilizado y hecho un guiñapo del campo de concentración que se construyó en el extranjero para que los detenidos en él no puedan gozar del derecho a la presunción de inocencia que les otorgaría la Constitución del país si dicho campo estuviese en territorio nacional y cuyos derechos tampoco están protegidos por la Convención de Ginebra puesto que su estatus es el de combatientes enemigos ilegales acusados de pertenecer a una organización terrorista que ha perpetrado los mayores atentados de la Historia tras ser fundada en los noventa por un joven entrenado en una de las bases que Occidente financió con generosidad a fin de propiciar la derrota de los invasores de un subsuelo con las mayores reservas de litio del planeta quizá preferiría no hacerlo. O sí.
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