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Como todas las mañanas, salgo de la habitación a todo correr, pero hoy encuentro una mirada taladrándome que me hace parar en seco. Retrocedo sin perder de vista ese par de ojos y me acerco muy despacio, con la cabeza agachada por precaución -no vaya a ser violento el dueño de esos ojos- pero adelantada por si hay que actuar con rapidez. Estoy a menos de un palmo de esa cara, podría husmearla pero no percibo olor alguno. La palpo y su tacto es tan frío como irreal e intensa la mirada, parecen venir de otro mundo.
Me acerco, se acerca; alzo la frente, la alza; me alejo, se aleja; aúllo, responde el silencio. Miro, olfateo y rozo desafiante pero no hay respuesta, así que lanzo un sonoro ladrido para que ése sepa que me aburre. Alzo la cabeza y me voy muy ufano por haber dominado tan bien al del otro lado.
Estiró las facciones con los dedos índice y corazón unidos, una mano a cada lado. Observó como, en el reflejo que el espejo le devolvía, desaparecían las arrugas y la piel quedaba tersa, natural. Esta era perfecta. Por fin había encontrado lo que buscaba. Desde que salió de la unidad de quemados del hospital hace dos años, era la mas parecida a su antiguo rostro. El fuego había hecho bien su trabajo, pero la cabezonería era una de sus virtudes y pudo más que el desánimo que le sobrevino después de aquel desgraciado accidente.
Luis retiró satisfecho y con cuidado la piel que cubría su desfigurada cara y la dejó a un lado hasta comenzar con el trabajo de conservación. Limpió las marcas de sangre que salpicaban su cara y se puso los guantes. Ahora, como tantas otras veces, tenía que eliminar los restos del cadaver.
El verano viene lluvioso y no me fío de los rayos UVA. Menos mal que con este bronceador sin sol, dentro de unas semanas luciré un moreno impresionante. Y si no funciona aplicado directamente sobre mi piel, lo utilizaré como hago con la crema antiarrugas: cada noche, con una gamuza, extiendo una pequeña cantidad en el espejo del baño. El resultado es fabuloso.
Ella ha quedado tumbada encima de la cama como una muñeca rota .
Él silbando entra en el baño, y frota las manos dejando correr el agua del grifo mientras mira cómo desaparecen por el sumidero los restos de sangre .
Se mira satisfecho en el espejo, saca del cajón sus útiles para afeitarse ya que ha quedado con sus amigos para pasar la noche del viernes de bar en bar.
Cada cierto tiempo debe limpiar el vaho del espejo que se forma por el vapor de agua.
La tercera vez que lo hace nota algo raro, se siente feliz pero no lo aprecia en su reflejo.
Frota con ahínco la toalla , sólo puede ver un rostro serio y enfadado.
Maldice… y antes de darse cuenta su propia imagen le da una bofetada que le parte la cara en dos.
Sin haberlo sospecharlo siquiera , el monstruo tiene conciencia.
Pusimos en marcha a nuestros «bestiardos» (amigos de ENTC que no hubieran presentado microbestia) y ya han cumplido su misión. De las primeras 9 invitaciones fueron aceptadas 7… y esos han sido los votantes. Muchas gracias a tod@s ell@s. Yo (ya me lo preguntaron…) no he formado parte del jurado (… y se nota porque he vuelto a conseguir el 0 más absoluto ja ja ja) Han votado los cuentos sin ningún criterio preestablecido ni condición, como les ha parecido libremente.
Probarán la dulzura del éxito…
66631 LA LEVEDAD DE LA PUREZA, de Raquel Ferrero
66667 RITOS, de Antonia García Lago
Y estuvieron cerca de coneguirlo…
66629 CONSCIENCIA, de Esther Cuesta
66632 PARTO 666, de Juan H. García Ceballos
66637 UNA HISTORIA VULGAR, de Nieves Martínez
66638 EL BEBE DE LUZBEL, de Patricia Mejías
66611. LA SEMILLA DEL DIABLO, de Arantza Portabales
66627 AMANECIA, de Asunción Buendía
66640 HULKA, de Sergio Cambrils
66645 FE CIEGA, de Javier Palanca
66642 AUDIENCIA BESTIAL, de Tíndaro del Val
66650 EL INTERIOR DEL SOBRE, de Mercedes Jiménez
66652 SOLO EN CASA, de Fernando Martínez
66663 FLORES PARA MI DEMONIO AZUL, de Purificación Menaya
Gracias a tod@s por vuestra participación, gracias a tod@s por vuestra comprensión y por haber mantenido el anonimato y haber hecho de esta propuesta improvisada una buena ocasión para divertirse.
Finalmente, muchas gracias a Sergio Cambrils por su maravillosa ilustración, ha sido, sin duda, una magnífica inspiración.
“¡A escena en quince minutos Alicia!”, y ella arrojo contra el espejo el bote de esmalte de uñas, color Perle de Jade, que dio a su cara, reflejada en porciones irregulares, un toque mineral.
En sus ojos, color vidrio del bosque, definió unas pestañas postizas que engrandecían el efecto de mirada única; y sobre su piel, tallada con rasgos de imaginería barroca, extendió una base uniforme de maquillaje de cobertura que iluminaba su expresión y la protegían de la fuerza lumínica de los focos.
“¡Ojala pudiera maquillarse la vida!”, pensó.
Pero el contraste entre claros y oscuros estaba ya marcado en las diagonales de un rostro que, ahora, perdía la mejilla derecha en el espejo y se estrellaba sobre el tocador de granito veteado, como lepra acristalada, heridas que nunca se cierran, carnaza para los chamarileros de corazón apuntalado.
Lejos, muy lejos de este cuchitril de vodevil fronterizo quedaban sus actuaciones en los grandes teatros, los primeros casting de la mano de su tío farandulero y maricón, los premios y las grandes ovaciones.
“¡Cinco minutos, Alicia!”
“Mucha mierda”, se dijo al espejo y salió imperial al escenario.
En la semipenumbra apenas rasgada por el foco que marca el contraluz, te adivino cada tarde. Imagino tu vida fuera de la pantalla. La imagino conmigo, como entonces. Y casi puedo sentir el aroma a la primavera de nuestros largos paseos, por encima del avinagrado olor del celuloide recuperado. Y confundo la pianola del subtítulo mudo que somos, con la banda sonora de nuestras veladas de boulevard. Y recuerdo los futuros que nos prometimos engañados de felices finales. Y cuando enardecido me niego el tiempo y me dispongo a reducir entre nosotros el espacio, las luces se apagan, del todo, te levantas y marchas. Y en la oscuridad me quedo, ensayando mentalmente las escenas que te volveré a representar mañana, siempre mañana.
Me miro en el espejo una vez más. Todo me parece un poco nebuloso. Yo misma me siento así. La jeringuilla, el papel, la goma, una gota de sangre, minúscula, sin importancia, me envuelven y forman parte de mi paisaje diario. Mis ojeras sobresalen por encima de un cuerpo consumido y roído por la vida, la mala vida. Me apoyo sobre la pica, en un intento de evitar una caída provocada por la levedad de mi cuerpo. Resbalo pero me reincorporo y vuelvo al espejo.
El paisaje ha cambiado. Se ven unas montañas, una niña corriendo por el campo, un conejo blanco que observa la escena. Aparecen hermosos insectos voladores, orugas y mariposas. Dos oriundos gemelos ríen entre las sombras de un bosque encantado. Una pareja discute sobre una manta. Mis padres. Me buscan, siempre lo han hecho. Y yo, en ocasiones, he anhelado encontrarles. Pero me refugié en un país de oscuras maravillas y falsas promesas, que sólo me permite reunirme con ellos a través del cristal. Un castillo de cuento de hadas, un laberinto sin salida y una lágrima que amenaza con devolverme a mi realidad, cruzan el espejo antes de que caiga en un profundo sueño.
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