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A primera hora de la mañana oteó, en la lejanía, la cueva que buscaba. Avanzó hasta quedar a una distancia prudente del umbral que parecía desierto. Pero el extraño color escarlata que surgía de entre las entrañas de esa oscuridad inquietante le previno, y continuó ahora lento, aguzando los sentidos. Cuando estuvo a pocos metros de la entrada, desenfundó. Y a pesar de estar alerta, la estridencia de los rugidos lo desconcertaron. Se batió con valor pero al final fue inútil: la primera dentellada erró; la segunda, logró herirlo; la tercera fue demasiado veloz para él. Cayó, lacio, a los pies de la bestia mutilada, cuya doble mirada seguía cargada de sordidez.
Vi reflejado al demonio en el espejo del baño, tenía los ojos delineados, las cejas prolijamente depiladas,los labios carnosos pintados de rojo y las uñas de las manos impecablemente largas, el abundante cabello rizado de un color negro brillante, hacía resaltar un magnífico rostro de tez muy blanca, como la nieve,…y el verde esmeralda de sus ojos, atraían como un poderoso imán,…y de esa roja boca deliciosa como una manzana, salían las palabras más dulces y seductoras, cuando de conseguir o pedir algo se trataba.
Hoy cambia todo y tengo miedo de no reconocerme, de perder el eje. Mi existencia es el sabor de las mandarinas, el olor a tilo del jardín. El perfume de tu piel que reconozco en cada prenda que usas o has usado. Mi ser vibra al ritmo del agua que baja por el río, mis memorias se esconden en el eco de estas montañas. Y soy la mujer más bella del mundo, porqué tú me lo dices y no importa nada. No quiero perder la porosidad de estos muros, el frío del suelo, el calor del sol en el rostro. No quiero perder la música de Chabuca. Cuando me quiten las vendas y esté preparada para descubrir mi figura debo asegurarme de que nada cambiará. Seguiré honrando a mi piel, a mi lengua, a mi olfato y a mis oídos. Invitaré a estos nuevos habitantes marrones (eso me han dicho) a este banquete de sentidos, y me adueñaré de ellos lentamente. Cuando esté segura de que no toman solos decisiones, ni comandan mis pensamientos y percepciones.
Resulta extraño verla así, tan quieta, rodeada de todas esas rosas blancas: sus favoritas. Mis favoritas. De fondo suena su canción preferida. La mía. Está guapa. Para estar muerta quiero decir. Muerta. Mu-er-ta. Muer-ta. Muerrrrta. Llevo toda la mañana desmenuzando esa palabra para encajarla en el complicado puzle de la nueva realidad, pero no consigo hallar su hueco. También consumo las horas mirando el ataúd, es bonito, como objeto quiero decir, está lacado en blanco y ribeteado en oro y, ella con su vestido celeste, parece una princesa dormida dentro de él. A mí alrededor algunos lloran y otros ensalzan sus virtudes y convierten en almíbar sus defectos. Mis defectos. Siento que se ha roto el único espejo en el que podía mirarme y que soy invisible, etérea, un ser sin silueta. Incorpórea. Espero así, poder seguirla sin que nadie me detenga.
A los ojos de un simple humano, aquella chica, era solamente una joven que paseaba por el bosque a las tantas de la madrugada. Pero solo la luna, diosa y madre de aquella joven, sabía que ella no era humana. Sino la misma bestia que había atemorizado a toda clase de gente en años, tal vez siglos. La misma bestia de ojos rojos como la sangre que, con unos puntiagudos dientes, había sonreído a la muerte más de una vez. La misma bestia que, hacia unos siglos atrás, el mismo príncipe había mandado a cortar la cabeza. Pero ni el mismísimo príncipe azul había podido plantarle cara a la joven. La bestia había ganado siempre todas las batallas. Y como siempre feroz.
Lleva toda la tarde mirándose en un espejo de mano. Se lo ha acercado su hermana para que se entretenga y no la moleste. Porque la pequeña, que se ha de quedar a cuidarla, lo que querría es salir a la calle a jugar a la charranca con las demás. Y asomada al balcón busca escapar entera a través de la mirada. Mientras la grande, condenada a permanecer por siempre tumbada, aprende a hacerlo por el espejo, por donde no necesita piernas que la sostengan. Cuando la madre regresa de limpiar escaleras ajenas, encuentra a una, ciega, con los ojos fugados tras un tejo de rayuela; a la otra, escapando, con la cabeza a medio devorar por el espejo. Y ella, que jamás supo hacerlo, huye con tan mala fortuna, que en lugar de hacerlo para afuera por la puerta, sale corriendo hacia dentro. Llegando tan lejos en su pecho, que nadie nunca más la encuentra.
Todos los días la contemplo en la luna de metal, deseando que esa imagen que me mira repetida desde el lado silencioso e infinito sea irreal. Observo el detalle del paso del tiempo. Piernas y rodillas más gruesas, cintura sin curva y un cuello flácido de pliegues sumergidos. Las manos, de ambas, con las venas de relieve azul recolocan el vestido ajustado de vivos colores, que hoy le he prestado. Me arreglo la melena, que ella tímida también maneja. Y siendo sólo huésped de las cuatro paredes de mi habitación, cuando yo camino la observo como con mis tacones se mueve libre, sin dimensiones, ingrávida. Y siempre me espera. No sé si es a mí o a la sombra ya intuida de mi madre.
La primera vez que me miraste, me hiciste sentir especial. Pero a los pocos días observé algo en tus ojos, ya no miraban igual, como si no me soportaran.
Parecía que la reunión había ido bien. Buena conversación, buena compañía,… Planes de futuro se abrían ante ella.
El gorjeo del agua, el sabor a sal, sus manguitos de princesas. Cuando cierra los ojos puede oler hasta el rumor del mar.
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