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De los cientos de trozos en que quedó dividido el espejo sólo fue posible salvar cuatro. El resto cayó al foso en el que hervía el aceite derramado por los guardias que resistían el asedio al castillo y allí se convirtió en lágrimas de plata ardiente.
Un día nos repartimos los dos trocitos de la luna rota de un armario. En las tardes de canícula aburrida, el sol se resbalaba en los añicos y nos enviábamos, ella desde el alféizar y yo desde el camino, los fogonazos de un amor primerizo, cándido. A ella no la dejaban salir y a mí me gustaba aquel juego sin malicia.
En el otoño, empezó la escuela. La esperé con ansiedad para compartir los recreos, y hablar de lo nuestro. Pero su pupitre permaneció vacío. Supe que enfermó. Deambulaba cada día, hasta llegar a su calle apartada. A veces, después de largos minutos de angustia, se corrían los visillos y un chispazo se posaba como una mariposa en mi cara. Lloraba de alegría, al final me sacaba el pañuelo y me secaba los lagrimones, para que los muchachos no se rieran de mí.
Se presentó un invierno castigador. De las clases volvíamos mis hermanos y yo con la noche en los tobillos. Nos encerrábamos para no dejar entrar los cuchillos del frío. La primavera más tarde puso las cartas sobre la mesa. Me plnaté debajo de su ventana, aguardando unos destellos que nunca llegaron. Tampoco la volví a ver.
Después de interminables pruebas han descubierto lo que tengo. Por lo visto he sido víctima de una fuga de cerebros en la que todas mis neuronas espejo se han ido a otro cuerpo. Como ella. Sin esas neuronas no podemos ponernos en el lugar de los demás o aprender buenos comportamientos. Tampoco amar. De ahí, mi potente agresividad y escasa habilidad para mantener relaciones. Y su abandono.
Salió de la ducha como un autómata al que le queda la cuerda justa para aguantar un día más. Agotada, somnolienta, presa de un letargo enquistado en lo más profundo de su ser. Se enfrentó a su reflejo, que pocos la reconocerían sin maquillar, apenas sí lo lograba ella. Sacó el neceser y se acercó hasta casi besar a aquella desconocida. Sombra de ojos, la línea del párpado para acentuar la mirada…En una hora estuvo lista.
Finalmente había conseguido convencer a sus padres de que la dejaran con sus primos, librándose así de la visita al mercado medieval. A la media hora ya se había zafado de su vigilancia y, con la tableta bajo el brazo, atravesaba el prado hasta el bosque de bambú, a cuyo susurrante y oscuro misterio se acogió como cobijo. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda sobre un tallo nudoso y dispuso la tableta sobre su regazo. Una rápida sucesión de ventanas respondió obedientemente a sus dedos, mientras ella, con brillo en los ojos y media sonrisa en los labios, contemplaba la animación: una niña que abandonaba a hurtadillas la casa del molino; que se encaminaba hacia las altas cañas y se escondía entre ellas para juguetear con una tableta; que se inclinaba sobre la pantalla contemplando algo infinitamente remoto: una chiquita desobediente perdida entre los susurros insinuantes de una sofocante barrera verdosa…
A primera hora de la mañana oteó, en la lejanía, la cueva que buscaba. Avanzó hasta quedar a una distancia prudente del umbral que parecía desierto. Pero el extraño color escarlata que surgía de entre las entrañas de esa oscuridad inquietante le previno, y continuó ahora lento, aguzando los sentidos. Cuando estuvo a pocos metros de la entrada, desenfundó. Y a pesar de estar alerta, la estridencia de los rugidos lo desconcertaron. Se batió con valor pero al final fue inútil: la primera dentellada erró; la segunda, logró herirlo; la tercera fue demasiado veloz para él. Cayó, lacio, a los pies de la bestia mutilada, cuya doble mirada seguía cargada de sordidez.
Vi reflejado al demonio en el espejo del baño, tenía los ojos delineados, las cejas prolijamente depiladas,los labios carnosos pintados de rojo y las uñas de las manos impecablemente largas, el abundante cabello rizado de un color negro brillante, hacía resaltar un magnífico rostro de tez muy blanca, como la nieve,…y el verde esmeralda de sus ojos, atraían como un poderoso imán,…y de esa roja boca deliciosa como una manzana, salían las palabras más dulces y seductoras, cuando de conseguir o pedir algo se trataba.
Hoy cambia todo y tengo miedo de no reconocerme, de perder el eje. Mi existencia es el sabor de las mandarinas, el olor a tilo del jardín. El perfume de tu piel que reconozco en cada prenda que usas o has usado. Mi ser vibra al ritmo del agua que baja por el río, mis memorias se esconden en el eco de estas montañas. Y soy la mujer más bella del mundo, porqué tú me lo dices y no importa nada. No quiero perder la porosidad de estos muros, el frío del suelo, el calor del sol en el rostro. No quiero perder la música de Chabuca. Cuando me quiten las vendas y esté preparada para descubrir mi figura debo asegurarme de que nada cambiará. Seguiré honrando a mi piel, a mi lengua, a mi olfato y a mis oídos. Invitaré a estos nuevos habitantes marrones (eso me han dicho) a este banquete de sentidos, y me adueñaré de ellos lentamente. Cuando esté segura de que no toman solos decisiones, ni comandan mis pensamientos y percepciones.
Resulta extraño verla así, tan quieta, rodeada de todas esas rosas blancas: sus favoritas. Mis favoritas. De fondo suena su canción preferida. La mía. Está guapa. Para estar muerta quiero decir. Muerta. Mu-er-ta. Muer-ta. Muerrrrta. Llevo toda la mañana desmenuzando esa palabra para encajarla en el complicado puzle de la nueva realidad, pero no consigo hallar su hueco. También consumo las horas mirando el ataúd, es bonito, como objeto quiero decir, está lacado en blanco y ribeteado en oro y, ella con su vestido celeste, parece una princesa dormida dentro de él. A mí alrededor algunos lloran y otros ensalzan sus virtudes y convierten en almíbar sus defectos. Mis defectos. Siento que se ha roto el único espejo en el que podía mirarme y que soy invisible, etérea, un ser sin silueta. Incorpórea. Espero así, poder seguirla sin que nadie me detenga.
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