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Mientras su mamá se prueba unas sandalias, Carlitos juega sobre la alfombra de la zapatería a que su imagen reflejada en el espejo también se ponga el dedo en la nariz. De pronto, descubre sus primeras marcas de acné y un incipiente bozo que le asoma tímido. Le pedirá a su padre la maquinilla de afeitar. Y debe darse prisa, no puede llegar tarde a su boda con Mara. El nudo de la corbata se le resiste. Le da una calada al cigarrillo, nervioso, y lo deja en el borde del lavabo, en tanto repasa: yo, Carlos, prometo serte fiel… Por fin podrá dedicarse a pintar, su mayor afición. Se peina las canas y piensa en los compañeros que se jubilaron antes que él. Echará de menos las clases, después de veinte largos años como director. Y sin acostumbrarse aún a que le llamen don Carlos. Limpia los pinceles, se lava las manos de pintura —desde que está solo, pinta mucho—. Nota la punzada en el pecho, pero no tiene miedo. Caen los pinceles al suelo con estrépito. En el espejo, detrás de él, aparecen su madre, Mara, sus amigos… Sonriéndole.
Fantasía, colores, y magia cada vez que la pequeña Blanca se miraba al espejo. La magia envolvía toda su pequeña habitación, las muñecas en aquella estantería sonreían, el cochecito de la Barbie rodando por la alfombra, y el tiovivo giraba sonando su música favorita.
Se mira. Luego se levanta con delicadeza sus grandes pechos, de madre vieja y amante joven, y reafirma indulgente sus carnes caídas. A sus setenta se vuelve a sentir guapa. Lo sabe ella y también su espejo.
Cuando subió la persiana, la luz avanzó decidida hacia el espejo, despertándolo de su largo sopor veraniego. El espejo reaccionó con eficacia, devolviendo los haces de claridad hacia el espacio recién iluminado.
Dice un letrero en la entrada «El espejo no es más que un reflejo de lo que queremos ver«. Sus manos se encuentran mientras se observan a través de los espejos. Ríen y tras ello, se besan. Por primera vez dicen adiós a los complejos.
La chica que estaba al otro lado del espejo ya no era la misma. Por las mañanas la miraba de reojo para ver si me seguía y, durante un rato, cuando el baño se llenaba de vaho podía gozar de ir a su aire. Luego reaparecía y volvía a ser mi hermana gemela. Una sonrisa simétrica se mantenía cuando teñía de algún color de moda mis cabellos canosos y con lágrimas en los ojos nos mirábamos con la misma intensidad al descubrir, demasiadas veces, nuevas manchitas en mi rostro arrugado.
Apenas tuve tiempo de despertarme y la pesadilla se transformó en realidad. Al pasar junto al espejo lo vi. Se reía con la boca muy abierta, desencajada, sujetándose el vientre con las manos. Cerré los ojos y cuando los abrí, allí seguía el espectro, con aquellas convulsiones de risa silenciosa. Me aparté asqueada.
Los antiguos construyeron Valdrada a orillas de un lago con casas todas de galerías una sobre otra y calles altas que asoman al agua los parapetos de balaustres.
Al abrirse la puerta de la oscura garganta, la bestia irrumpió en el infierno. El círculo nefasto se partía en tonos y el número con tres seises clareó en el rectángulo negro.
Estridentes trompetas rompieron el cielo y hubo un diluvio de hierros, pinchos y sangre. Rojo sobre negro excitaban el vocerío. La fiera comunitaria aullaba al unísono con una cadencia musical y mecánica. El eterno juego se repetía entre la arena y el sol. Todos los ojos puestos en el sacrificio. Después un bulto inerte y negro arrastrado como marcaba el rito hacia un altar de sacrificio. La ceremonia había llegado a su epílogo. Era negro zaino. Nadie recordaría su nombre: Arcabuz.
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