¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Miré el espejo. Éste me devolvió la imagen. No era yo, no me reconocía. Estaba cansada de ver siempre esa imagen que quería parecerse a mí.
Braulio es un hombre sin orgullo. Siempre cumple con su obligación, con lo que le piden, con lo que falta, con lo que nadie quiere. Se conforma con las buenas palabras y, sólo al final del día, se mira al espejo, agotado, y se siente un pusilánime. En eso estaba hoy cuando su reflejo ha sacado la mano a esta realidad, y le ha cruzado la cara con un restallante bofetón. ¡Espabila imbécil! -le ha espetado- Los espejos nunca mienten, y estoy hasta los huevos de que aquí detrás todos se rían de mi.
Ante mi espejo era feliz. En él podía ver cómo cambiaba mi mirada incomprendida, a sensual y provocadora. Mientras me maquillaba, le contaba mis sueños y mis desilusiones. Sé que era el único que me entendía y me aceptaba tal cual era, sin discriminación.
Sospecho de él desde hace tiempo. No me fío de sus buenos modales ni de su pelo engominado. Me repelen sus corbatas de seda y sus trajes caros.
Acudes zozobrando hasta el claro del bosque y tratas de recordar dónde comenzaste tu pergrinaje nocturno. Has llegado hasta el bosque calcinado, sin árboles ni arbustos. Observas tus brazos heridos y te lames esas cuchilladas, que se cruzan como aspas por tus extremidades.
Te sientas con cuidado, para no arañar más tu cuerpo desnudo con las piedras del suelo. Quieres descansar pero aún no es de día. A pocos kilómetros de ti hay un hombre que juguetea con fuego, puedes olerlo. Tu corazón palpita desbocado. Quizás sea el pirómano. Notas el calor que ruboriza tu piel como si fuera hierro candente.
Podrías acabar con él. La luna llena sigue brillando. Eres capaz.
Cuentan que una vez, en el corazón del barrio judío de Paris, existió una tienda de antigüedades en la que los objetos elegían a sus dueños y no al revés. Tras el mostrador, envuelto en una luz ambarina, el anciano señor Herzog regentaba el negocio desde tiempos inmemoriales. Muchos encontraron allí la felicidad. Al señor Dupont, ávido lector y frustrado escritor, le cayó en las manos la novela más hermosa jamás escrita, cuyo final cambiaba según era su estado de ánimo. La señorita Dreyfuss, la eterna soltera más por obligación que por vocación, encontró un reloj que se retrasaba en los momentos felices, haciéndolos así más duraderos.
Dicen también, que el espejo de mi habitación procede de aquel mágico lugar. Mi abuelo lo rescató cuando los nazis desmantelaron la tienda y se llevaron al señor Herzog. En él puedo verte junto a mí, tan guapa como siempre. Te acercas por detrás sonriendo y me abrazas ladeando la cabeza, como solías hacerlo. Parecemos felices y eso me ayuda a soportar la inmensa soledad que siento desde que te marchaste.
Aurora incendiada la de la mañana en que llegó al valle sufriente, tras 6 meses de calor de infierno y sequía agostada, un ser pequeño, hostil y rezumante de rabia.
Sin cruzar palabra con nadie alcanzó la casa de la Petrona, la mujer más vieja de la comarca, la que nos había visto nacer a todos. Su voz de trueno escupió 666 exigencias y convocó al rayo que mató y arruinó a todos los habitantes del valle.
Ardieron árboles, se quemaron cultivos y se calcinaron hombres, cerdos, vacas y gallinas. Aquel demonio rojo no calculó que bajo los escombros quedarían larvas, huevos, promesas de vida. ¡Pobre diablo, pensó que acabaría con todo y no era más que un aprendiz!
Me gusta mirarme en los espejos, en los escaparates y vidrieras. Aquella vez fue distinto. Tengo un espejo de pie alto. En él finalizo siempre mi repaso. Ese día sonó el teléfono y, mirándome en el espejo, lo cogí. Me quedé observando fijamente. El aparato lo sujetaba con la mano derecha pero en el espejo era la izquierda, llevaba el reloj en la izquierda pero “la otra” no. Mis piernas estaban cambiadas. ¿Por qué, si se trataba de un simple reflejo, se comportaba al revés que yo?
Cada veinticuatro de junio frente al espejo se hacía la misma pregunta, ¿quién soy? Su mirada de mujer olvidada le respondía con otra desconcertante interrogante, ¿por qué?
Cinco minutos… ¿Listas, chicas?…
Un día desaparecieron. Todos los espejos se fundieron a negro y nunca volvimos a ver nuestros reflejos. Los buscamos en los cristales de los escaparates, en el agua del estanque, en las grandes pupilas de los niños… Pero desde aquel día, nada brilla, todo es mate. Y nosotros vagamos arrastrando la silenciosa ausencia de aquella gente idéntica —pero inversa— que tenía el corazón a la izquierda.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









