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Aquella mañana se encontraba aburrida, de baja, intentando recuperarse de la gripe que llevaba arrastrando desde hacía un mes.
Tenía tal grado de apatía que todo lo dejaba atrasado, pensaba tal vez mañana…
La casa le pedía a gritos atención pero era incapaz de ponerse manos a la obra.
Sentía sensación de aislamiento. Esforzándose se conectó a internet, la embargaba una sensación de pérdida e introdujo su nombre y apellidos. En la pantalla apareció una biografía que podía ser la suya, sus hobbies, su pasión por los viajes y lo más desconcertante su misma fecha de nacimiento. Después una fecha de defunción que coincidía con aquel repentino ataque de tos de diez días antes que la pilló desprevenida.
Con curiosidad se levantó y se miró en el espejo del salón, por más que se buscó en el reflejo solo vió los muebles que estaban detrás de ella.
En la ciudad sin alma, los cristales ahumados de los fríos edificios se obstinan en trasegar peatones apurados y automóviles con alma de quelonio. Su río, mil veces depurado, y mil y una veces corrompido de légamo y pecina, devuelve al cielo su aspecto de pobretón vestido de perpetuo terno de invierno.
En la ciudad sin memoria, hay numerosos y mezquinos palacios que forran sus paredes con beatíficas telas e hipócritas altas lunas que, sabiéndose desertoras del firmamento, reflejan honestidad y bonhomía de las caras de sus selectos usuarios.
En la ciudad sin futuro, en los escaparates a oscuras de difuntas comerciales, se quedaron perennes las miradas del pasado, extraviadas para siempre de sus dueños, mientras los oscurantistas celebran que en sus cristales habiten fantasmas.
En la ciudad sin alma, sin memoria y sin futuro, cualquier día, a la hora del aperitivo, ante los espejos del Callejón del Gato, se atusa el bigote Don Latino de Híspalis, mientras piensa, al contemplarse, que todo en su ciudad funciona como es debido.
Reflejado en el falso espejo, su imagen inventada plasmaba aquello que nunca fue, lo que ya no sería. Y se vio como un eco mudo, una resplandeciente sombra, un hecho inacabado, porque allí en el espejo de su alma, que ya no era suya, prevalecían las falsas apariencias que fingía ante la gente, a la que decía que apreciaba.
No veo mi reflejo en el cristal de la oficina de subsidios pero sé dónde se ha quedado. Todas las mañanas, cuando iba al trabajo, me cruzaba con él en un escaparate. Mientras yo escribía informes, él permanecía en casa encargándose de los asuntos familiares. Por la tarde, al finalizar la jornada, nos volvíamos a cruzar y si yo limpiaba el comedor, él estudiaba en la empresa cómo desarrollar el nuevo producto.
La primera vez que nos ocurrió fue en la vidriera de la inmobiliaria; meses después, frente a la tienda de trajes de novios y así en sucesivos comercios: muebles del hogar, agencia de viajes, ropas de bebé, papelería escolar, trajes de comunión. El caminar era pausado y apenas se trenzaban las miradas, salvo en la época que coincidimos frente a la clínica: él atendía a mi mujer y yo meritaba en la oficina por el ascenso. Más tarde empezamos a cruzarnos en los escaparates de artículos de lujo. Entonces coloqué en el despacho una foto familiar y él pasaba el día en el club.
Hoy se ha quedado en casa, sé que está asomado al balcón y que observa un monstruo que desde el jardín le hace señas.
Que se mueran los feos. Y punto.
Venga, ya podéis empezar a disparar. Estoy curado de espanto.
Narcisista, egocéntrico, chulo…bla, bla, bla…
Palabrería barata de sucios proletarios.
Recuerdo que siendo niño, me encantaba pasar horas y horas admirándome en el espejo, mientras las criadas de la casa me regalaban los oídos con toda clase de halagos.
Al crecer, mi autoestima lo hizo a la par que yo.
Soy bello, me gusta la gente bella y creo que la humildad es el refugio de las personas visualmente desagradables.
Ahora, por estas cosas de la vida, estoy atravesando una mala racha. Voy un tanto desaliñado, sin afeitar, incluso tengo que, ver para creer, hacerme mi propia comida.
Pero desde esta mañana se que eso va a cambiar.
Después de muchos esfuerzos, por fin he conseguido que este negrito repita, como un loro, las seis palabras mágicas que le he enseñado:
» Es usted muy guapo, señor Crusoe «:
«Dime Alicia, rica, hermosa niña ¿A dónde van todas las imaginadas vidas que anegan el azogue de un espejo? ¿En cuál de las dimensiones difusamente científicas del universo zurdo del otro lado permanecen sus habitantes hasta que se nos muestran frente a nosotros en el espejo? ¿Tienen razón las lamias cuando se miran en un espejo, sabiendo y queriendo del usufructo de la vida eterna? Y por otro lado ¿Fue la yod la que hizo que un espejo se manifestara vulgarmente caliente atrapando en su fuego eterno las vidas contrariadas de quien se pusiera a su alcance, en vez de soportar la culta y estudiada frialdad necesitada de tibio aliento de un aséptico espéculo vaginal tan poco apreciado por las que somos las entre todos nosotros?»
Alicia, deshizo con su dedito índice uno de sus tirabuzones tirando de un mechón y manteniéndolo separado del resto de su luminoso cabello, y con voz también sensual contestó.
«Siiiiiií, vale»
Era tanta la miseria que cualquier pequeña novedad suponía un mundo de ilusión. Sin juguetes, sin ropa, con zapatos rotos, jugábamos a ser comedoras de cal o a pintar con pizarra sobre las piedras. Sentada, hoy en mi habitación con tantas cosas innecesarias a mi alrededor, con tanto objeto que desborda de las estanterías recuerdo cuando, con 8 años, vi por primera vez mi cara en el espejo. Se le había caído a alguien en el camino. Estaba roto y mi cara se veía deformada. Pasé horas delante de aquel objeto. Y fui feliz. Nunca, después, lo fui tanto. A pesar de intentarlo, una y otra vez, instalándome en aquel cuerpo de niña viendo su cara en un espejo roto.
Hay quien hereda una mansión en la Toscaza. Yo no, mi familia es de otra categoría y me legó, por todo patrimonio, un espejo de mano.
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