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Dice un letrero en la entrada «El espejo no es más que un reflejo de lo que queremos ver«. Sus manos se encuentran mientras se observan a través de los espejos. Ríen y tras ello, se besan. Por primera vez dicen adiós a los complejos.
La chica que estaba al otro lado del espejo ya no era la misma. Por las mañanas la miraba de reojo para ver si me seguía y, durante un rato, cuando el baño se llenaba de vaho podía gozar de ir a su aire. Luego reaparecía y volvía a ser mi hermana gemela. Una sonrisa simétrica se mantenía cuando teñía de algún color de moda mis cabellos canosos y con lágrimas en los ojos nos mirábamos con la misma intensidad al descubrir, demasiadas veces, nuevas manchitas en mi rostro arrugado.
Apenas tuve tiempo de despertarme y la pesadilla se transformó en realidad. Al pasar junto al espejo lo vi. Se reía con la boca muy abierta, desencajada, sujetándose el vientre con las manos. Cerré los ojos y cuando los abrí, allí seguía el espectro, con aquellas convulsiones de risa silenciosa. Me aparté asqueada.
Los antiguos construyeron Valdrada a orillas de un lago con casas todas de galerías una sobre otra y calles altas que asoman al agua los parapetos de balaustres.
Al abrirse la puerta de la oscura garganta, la bestia irrumpió en el infierno. El círculo nefasto se partía en tonos y el número con tres seises clareó en el rectángulo negro.
Estridentes trompetas rompieron el cielo y hubo un diluvio de hierros, pinchos y sangre. Rojo sobre negro excitaban el vocerío. La fiera comunitaria aullaba al unísono con una cadencia musical y mecánica. El eterno juego se repetía entre la arena y el sol. Todos los ojos puestos en el sacrificio. Después un bulto inerte y negro arrastrado como marcaba el rito hacia un altar de sacrificio. La ceremonia había llegado a su epílogo. Era negro zaino. Nadie recordaría su nombre: Arcabuz.
De los cientos de trozos en que quedó dividido el espejo sólo fue posible salvar cuatro. El resto cayó al foso en el que hervía el aceite derramado por los guardias que resistían el asedio al castillo y allí se convirtió en lágrimas de plata ardiente.
Un día nos repartimos los dos trocitos de la luna rota de un armario. En las tardes de canícula aburrida, el sol se resbalaba en los añicos y nos enviábamos, ella desde el alféizar y yo desde el camino, los fogonazos de un amor primerizo, cándido. A ella no la dejaban salir y a mí me gustaba aquel juego sin malicia.
En el otoño, empezó la escuela. La esperé con ansiedad para compartir los recreos, y hablar de lo nuestro. Pero su pupitre permaneció vacío. Supe que enfermó. Deambulaba cada día, hasta llegar a su calle apartada. A veces, después de largos minutos de angustia, se corrían los visillos y un chispazo se posaba como una mariposa en mi cara. Lloraba de alegría, al final me sacaba el pañuelo y me secaba los lagrimones, para que los muchachos no se rieran de mí.
Se presentó un invierno castigador. De las clases volvíamos mis hermanos y yo con la noche en los tobillos. Nos encerrábamos para no dejar entrar los cuchillos del frío. La primavera más tarde puso las cartas sobre la mesa. Me plnaté debajo de su ventana, aguardando unos destellos que nunca llegaron. Tampoco la volví a ver.
Después de interminables pruebas han descubierto lo que tengo. Por lo visto he sido víctima de una fuga de cerebros en la que todas mis neuronas espejo se han ido a otro cuerpo. Como ella. Sin esas neuronas no podemos ponernos en el lugar de los demás o aprender buenos comportamientos. Tampoco amar. De ahí, mi potente agresividad y escasa habilidad para mantener relaciones. Y su abandono.
Salió de la ducha como un autómata al que le queda la cuerda justa para aguantar un día más. Agotada, somnolienta, presa de un letargo enquistado en lo más profundo de su ser. Se enfrentó a su reflejo, que pocos la reconocerían sin maquillar, apenas sí lo lograba ella. Sacó el neceser y se acercó hasta casi besar a aquella desconocida. Sombra de ojos, la línea del párpado para acentuar la mirada…En una hora estuvo lista.
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