¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Al ocaso, el reloj marcó las seis tres veces. La campana tañó seis, seis, seis. Campanadas y campanadas.
La última fue un gong descuartizado, que se prolongó hasta el infinito de nuestro último orgasmo. Creí que se me abría la cabeza, desde dentro.
Los gusanos brotaban del vacío de tus cuencos orbitales. Deposité flores de borraja sobre la lápida de tu tumba. Allí dentro habíamos fornicado a sus espaldas, tus gritos le despertaron. El cielo rojo se abrió en dos, como mi cabeza. Y me dolía, no en el cráneo, sino en las falanges de los dedos meñiques, como si los retorcieran con alicates. Pensé que iba a perderte. Del universo acababa de borrarse la palabra paz.
Me disuelvo. Atravieso el espacio rozando la eternidad. De repente, descubro unas manos que, al moverlas, palpan una cabeza, un cuerpo, unos pies… y aprendo que me contienen, mientras sigo flotando en el éter impulsado por una desconocida fuerza hasta que tropiezo, me estrello contra vuestros cuerpos, percibo sonrisas, observo rechazos, ceños fruncidos y amorosos roces en mi piel y es entonces, sólo entonces, cuando vuestras pupilas me desvelan mi auténtica realidad.
dospesetas.blogspot.com
La primera vez fue una mañana de ojeras, alargó su mano tímidamente y me recogió el pelo, dejando al aire varios mechones, con una gracia de la que yo siempre he carecido. Se fue atreviendo con la barra de carmín, un toque de rímel y los pendientes de turquesas que no había sacado de la caja desde que me los regaló mamá. Un día, tras obligarme a quitarme los vaqueros, me mandó de regreso al dormitorio. Volví con el vestido de licra estampado, el que nunca me puse porque se ajusta demasiado. Me regañó y, no sé por qué, le hice caso: en dos semanas de yogur y gimnasio el vestido se me ceñía al cuerpo sin marcar una arruga. Sonríe con una coquetería que a mí me avergüenza y ha conseguido que la mano de Mario me busque de nuevo entre las sábanas. Pero yo no me engaño, bien sé que a él no le importo. La que le gusta es ella, la chica del espejo.
Miré el espejo. Éste me devolvió la imagen. No era yo, no me reconocía. Estaba cansada de ver siempre esa imagen que quería parecerse a mí.
Braulio es un hombre sin orgullo. Siempre cumple con su obligación, con lo que le piden, con lo que falta, con lo que nadie quiere. Se conforma con las buenas palabras y, sólo al final del día, se mira al espejo, agotado, y se siente un pusilánime. En eso estaba hoy cuando su reflejo ha sacado la mano a esta realidad, y le ha cruzado la cara con un restallante bofetón. ¡Espabila imbécil! -le ha espetado- Los espejos nunca mienten, y estoy hasta los huevos de que aquí detrás todos se rían de mi.
Ante mi espejo era feliz. En él podía ver cómo cambiaba mi mirada incomprendida, a sensual y provocadora. Mientras me maquillaba, le contaba mis sueños y mis desilusiones. Sé que era el único que me entendía y me aceptaba tal cual era, sin discriminación.
Sospecho de él desde hace tiempo. No me fío de sus buenos modales ni de su pelo engominado. Me repelen sus corbatas de seda y sus trajes caros.
Acudes zozobrando hasta el claro del bosque y tratas de recordar dónde comenzaste tu pergrinaje nocturno. Has llegado hasta el bosque calcinado, sin árboles ni arbustos. Observas tus brazos heridos y te lames esas cuchilladas, que se cruzan como aspas por tus extremidades.
Te sientas con cuidado, para no arañar más tu cuerpo desnudo con las piedras del suelo. Quieres descansar pero aún no es de día. A pocos kilómetros de ti hay un hombre que juguetea con fuego, puedes olerlo. Tu corazón palpita desbocado. Quizás sea el pirómano. Notas el calor que ruboriza tu piel como si fuera hierro candente.
Podrías acabar con él. La luna llena sigue brillando. Eres capaz.
Cuentan que una vez, en el corazón del barrio judío de Paris, existió una tienda de antigüedades en la que los objetos elegían a sus dueños y no al revés. Tras el mostrador, envuelto en una luz ambarina, el anciano señor Herzog regentaba el negocio desde tiempos inmemoriales. Muchos encontraron allí la felicidad. Al señor Dupont, ávido lector y frustrado escritor, le cayó en las manos la novela más hermosa jamás escrita, cuyo final cambiaba según era su estado de ánimo. La señorita Dreyfuss, la eterna soltera más por obligación que por vocación, encontró un reloj que se retrasaba en los momentos felices, haciéndolos así más duraderos.
Dicen también, que el espejo de mi habitación procede de aquel mágico lugar. Mi abuelo lo rescató cuando los nazis desmantelaron la tienda y se llevaron al señor Herzog. En él puedo verte junto a mí, tan guapa como siempre. Te acercas por detrás sonriendo y me abrazas ladeando la cabeza, como solías hacerlo. Parecemos felices y eso me ayuda a soportar la inmensa soledad que siento desde que te marchaste.
Aurora incendiada la de la mañana en que llegó al valle sufriente, tras 6 meses de calor de infierno y sequía agostada, un ser pequeño, hostil y rezumante de rabia.
Sin cruzar palabra con nadie alcanzó la casa de la Petrona, la mujer más vieja de la comarca, la que nos había visto nacer a todos. Su voz de trueno escupió 666 exigencias y convocó al rayo que mató y arruinó a todos los habitantes del valle.
Ardieron árboles, se quemaron cultivos y se calcinaron hombres, cerdos, vacas y gallinas. Aquel demonio rojo no calculó que bajo los escombros quedarían larvas, huevos, promesas de vida. ¡Pobre diablo, pensó que acabaría con todo y no era más que un aprendiz!
Me gusta mirarme en los espejos, en los escaparates y vidrieras. Aquella vez fue distinto. Tengo un espejo de pie alto. En él finalizo siempre mi repaso. Ese día sonó el teléfono y, mirándome en el espejo, lo cogí. Me quedé observando fijamente. El aparato lo sujetaba con la mano derecha pero en el espejo era la izquierda, llevaba el reloj en la izquierda pero “la otra” no. Mis piernas estaban cambiadas. ¿Por qué, si se trataba de un simple reflejo, se comportaba al revés que yo?
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









