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Ahora la contemplaba una vez más. Enganchado a ella, como si no existiera otra en el mundo, ni lugar donde observarla cada madrugada. Instruirla, indicarle aquello que tenía que hacer lo satisfacía de tal manera que siempre acababa masturbándose al apagar el ordenador. Obsesionado con ella desde que la descubrió por primera vez semidesnuda, ahora le excitaba el control que tenía sobre ella y la candidez con la que le obedecía. Unos doce años que, en ocasiones, le habían llevado a imaginarse, dónde y cómo sería su madre.
Hoy, lloraba mientras se masturbaba delante de la webcam. Eso a él lo excitaba más. Cogió el micrófono del portátil y le dijo: “Haz…”
Ayer, sentí un miedo casi sobrenatural, las carnes se me granularon y el rojo intenso de mis venas se convirtió en fumet incoloro.
En la cafetería del barrio, discutían acaloradamente y en voz baja una pareja. La mujer, menuda y con ojos vivos increpaba al hombre que estaba sentado a su lado; él,
la mandaba callar colocando su dedo índice de la mano izquierda sobre los sus labios, simulando un moscardón.
Con la parsimonia de un depredador, mostró su brazo derecho, una zarpa peluda de tres dedos con uñas afiladas y gruesas. Clavó la pezuña en el costado de la muchacha con un giro de muñeca ensayado. Después, se levantó y escondió su mano con una sonrisa fugaz.
Te despiertas de madrugada, empapada en sudor, sin recordar lo que estabas soñando y con sensación de descolocada. Afuera, el viento de invierno ulula, amenazando. Los dioses duermen. Tu cabeza no asimila el cambio, no sabe qué está pasando. De camino hacia el aseo, has percibido que detrás del espejo hay alguien, alguien que no eres tú. Las fotos que llenan el pasillo están cambiadas, y no solamente de lugar. Ella ha desaparecido en todas las imágenes; donde antes estaba su retrato, ahora solo se escucha el viento. Comprendes lo que ocurre cuando ves subir su mano hacia la boca y, con la mirada rota, apretar el gatillo. El ruido es sordo, del otro lado: ningún dios abandona su letargo. Su presencia se va difuminando en el cristal, mezclada con esa niebla de madrugada que emana de tu mente. Saltas a tiempo a la otra parte para ver como del espejo intacto brota un hilo de sangre que resbala hasta el suelo, formando charco. En este lado.
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No me refiero al de la mermelada de ENTC, que no he tenido el placer de probar (y no miro a nadie), sino al que me ha quedado en el paladar después de un mes entero saboreando vuestros relatos. Los ponía encima de la mesa a la hora del desayuno, la comida y la cena, y disfrutaba del amplio menú. Armada con cuchillo y tenedor troceaba los textos y me los llevaba a la boca. Algunos estaban fríos y otros más calientes. Los había dulces, salados y picantes. Unos eran tiernos y casi se deshacían en la boca, y otros, duros y tenía que masticarlos despacio. Mi lengua reconocía viejos sabores y descubría muchos nuevos. Qué placer.
ASUN GÁRATE
A un lado hay un diablo menor, de esos que solo barritan en ocasiones. En el otro, el famoso niño con nimbo. Justicia se coloca entre ellos mientras Muerte arrastra los despojos del Último Ángel fuera del cuadrilátero. Suena la campana.
Para cuando Muerte regresa del depósito, del diablillo solo queda un amasijo de carne, vísceras y huesos quebrados. Rojo líquido sobre rojo húmedo sobre el rojo seco anterior. Justicia mira al rincón vació de aspirantes. El niño alza los brazos en señal de victoria y despega envuelto en la luz cegadora. En la tercera fila.
Satanás, con determinación, lo ve evaporarse. Si Dios no regresa pronto, saltará al ring la próxima vez.
Torso al aire. Posición defensiva. No hay titubeos. Ambos púgiles se miran con desprecio. Empieza el combate. A los pocos segundos, un gancho no consigue alcanzar el mentón del rival, pero el siguiente golpe, tirado con rabia, alcanza la zona renal. La realidad se tambalea. Retrocede y se frota la mano. Sacude la cabeza y frota sus ojos. El impacto ha sido duro, pero se recompone rápido. Debe afinar los golpes. Hace una finta pero no contraataca. El rival es más ágil de lo que suponía. Siempre mirando los puños del adversario, siempre pensando rápido, ignora la mejor forma de lanzar un ataque certero. Había infravalorado a su contrincante, que parecía esperar el momento exacto para dejarlo KO. Entonces observa una zona desprotegida. El rival no defiende sus pómulos y, al compartir altura, decide lanzar un directo. Si ataca rápido y esconde sus intenciones, lograría vencer. Debía ser efectivo como un cirujano. En caso de alargarse el combate, perdería: el púgil que tenía enfrente no era, como supuso, tan vulnerable. Saturado de odio, ataca. El golpe alcanza el objetivo y su mano comienza a sangrar. Cansado, sonríe. Cree haberlo machacado. Trozos de espejo se amontonan por el suelo.
Espejo que atraviesas mi sombra advirtiendo la importancia del ser que está dentro de mi. En ti veo el reflejo que desvela parte de mi realidad, en un rostro surcado de ausencias. La turbia mirada, cuando mis ojos se inundan de lágrimas en un estéril llanto. El estrago que verifica el transcurrir del tiempo. No me importa que me recuerdes, cada día, que nunca volveré a ver la joven que fui. Me basta con aprender a querer lo que veo, que soy yo misma. Llena de vida, por mucho que te empeñes, con tu realismo perturbador, en mostrarme los trazos de mi materialidad desfigurada.
Acostada en un jergón, así sobrevive desde hace meses. Una bombilla pelada en el techo, una silla, un lavabo mugroso… Ha perdido la cuenta del tiempo que hace que está ahí. Ha oído cosas espantosas de chicas a las que torturaron de manera brutal. Algunas salieron vivas, pero ya no fueron ellas mismas. No quiere obsesionarse. Sabe que algún día saldrá de allí. Él la vigila constantemente. Viste de rojo. No habla. No entra. Solo le deja la comida. Nota un sabor amargo. Pero si no come, tal vez se quede allí siempre. Como en una tumba olvidada. Piensa en sus padres, en su vida ahí fuera. Suenan golpeteos a través de las paredes. Siente que volverá a ver la luz.
¡Mira en el espejo! ¿Dime qué ves?
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